La unidad nos hace fuertes.

 

 

El próximo 21, a las 00,00 h.,  acaba el estado de alarma y, por lo tanto, algunas medidas restrictivas que se han aplicado durante este período. Especialmente notable será la libre circulación de todos los ciudadanos a través del territorio, lo que supone la devolución de este derecho básico, suspendido que no eliminado, por mor de la necesidad sanitaria.

Acaba una manera especial de aplicación de la Constitución, pero no una forma de vida, pues las normas preventivas de contagio deben seguir aplicándose porque la infección y enfermedad provocados por el funesto virus aún no se han eliminado desgraciadamente. Es más, a partir del 21, será urgente extremar la praxis sanitaria a que nos hemos acostumbrado, porque las actividades sociales, laborales y lúdicas aumentarán las probabilidades de contagio.

Puede afirmarse con toda rotundidad que el éxito de la reducción del contagio ha sido/sigue siendo la irreprochable unidad de todos los españoles en el seguimiento generalizado del confinamiento. Excepciones ha habido, pero, por fortuna, pocas. Las familias, agrupadas bajo el signo de la lucha contra el aislamiento del virus mortal, unidas en torno a esa bandera anti-muerte, asumimos las tareas caseras, siendo capaces de desplegar toda clase de acciones para atender las necesidades intramuros (educación de hijos, atención a sus necesidades, tareas laborales, compartimiento de vida…).

Sin embargo, hay que decir con dolor y tristeza que la unidad no ha estado presente en los políticos que nos representan. He podido y he querido seguir, mañana y tarde, cada uno de los debates parlamentarios planteados con ocasión de las peticiones del gobierno de prórroga del estado de alarma, y la conclusión siempre la misma: Me atribula la ausencia de unidad. Contraste estrepitoso y amargo entre la unidad del pueblo y la desunión de los políticos.

Recuerdo un suceso aparentemente banal, pero que, bien mirado, no lo es. Todos los días, muchos jóvenes de la cuenca de Langreo nos desplazábamos a Oviedo en autobús para asistir a las clases en la universidad. Una de aquellas mañanas, invernales, noté un soplo de aire gélido por una de las ventanas. Alcé la mano y quise cerrarla, pero el cristal de la ventanilla no se movía. Por detrás, la mano de otro muchacho se sumó a la mía, éramos dos tirando fuerte en la misma dirección, y la ventana por fin se selló. Él comentó: “La unión hace la fuerza”. A pesar del tiempo y del espacio, seguimos siendo buenos amigos.

Llega el momento de la reconstrucción de este país. Llega el momento en que nuestros políticos deben vencer sus debilidades y formar un solo bloque, rocoso como el pedernal, para ir dando soluciones conjuntas al grave problema social y económico de España. Porque la unión nos hace más fuertes y nos impulsa más deprisa hacia la verdadera normalidad. “La unión, -decía mi amigo-, hace la fuerza”.

 

 

 

 

Las colas de la necesidad.

 

 

No hay duda de que el confinamiento que hemos pasado, a punto de acabar, es desde el punto de vista de la epidemiología el medio más eficaz en la lucha contra el mortífero virus. Es una tradición que viene de lejos. En el año de 1348, diez jóvenes de estirpe nobiliaria se encierran intramuros de una suntuosa villa, a las afueras de Florencia, para protegerse de la peste negra, la que entonces provocaron las ratas en toda Europa. Tal es la técnica narrativa que Bocaccio utilizó para escribir uno de los relatos más universales de la literatura, el Decamerón. Lo relevante en este contexto –al margen del valor indubitable del libro- es que el confinamiento ha sido desde siempre el medio profiláctico por excelencia para cortar o reducir la transmisión de los agentes infecciosos.

Pero el grave problema que encierra este acto claustral y necesario es el drama económico y social a que conduce, pues la ausencia temporal del “no ocio” o negocio, fuente de la producción, el trabajo, el empleo, y el bienestar económico, precariza la situación de las personas. Nunca mejor dicho que en el remedio va también el problema.

Al español derecho, quiero decir al hombre de bien, le duele en este momento las colas, a veces muy largas, de personas depauperadas, que solicitan bolsas de alimentos para subsistir. La acción solidaria de parroquias, vecinos espontáneos, diversas organizaciones laicas o religiosas, mitigan en lo posible las necesidades más básicas de tantos damnificados.

Pese a todo, y a los esfuerzos solidarios de muchos españoles, la eficacia de esas acciones no es total sin la intervención de las instituciones públicas. No depende el bienestar social solo de la caridad de personas u organismos comprometidos, sino sobre todo de la actuación de un Estado Social y de Derecho, fuerte y vigoroso.

Hoy es un día para sentirse satisfecho por el desarrollo de la Constitución de 1978, pues se ha aprobado por primera vez en la historia de España una ley de ingreso mínimo vital. Ella servirá para ayudar a los sin nada, a los infortunados que, mire por donde, podemos llegar a serlo todos o casi todos, si un día inesperado las circunstancias se volvieran aciagas.

Una lectura de fondo: Para la aprobación de la ley ha existido casi un consenso de los partidos políticos. Si esto se repitiera mañana y pasado, se habría conquistado la unidad política necesaria para encarar con más posibilidades de éxito la reconstrucción del Estado. Entonces, sí, habría otra razón para sentirnos, por dos veces, satisfechos.

 

 

Cuando se es joven.

 

Vienen a la memoria los versos autobiográficos de Jaime Gil de Biedma, que dicen:

“Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante”.

No es el momento de lamentar el paso del tiempo, pero yo también fui joven. Tenía todas las bondades y defectos de los jóvenes de mi generación, pero era común a todos la convicción de que la muerte no iba con nosotros. Como si fuese un fantasma, ni siquiera nos planteabamos su existencia. En todo caso, eso habría de suceder cuando el invierno cubriera de nieve nuestras vidas, ya muy tarde.

La primera vez que me di cuenta de que la vida no hay que tomarla a broma fue el fallecimiento de un amigo. Luego se encadenaron otras dolorosas ausencias, como la de mi padre y, poco a poco, tomé conciencia de que la muerte es la otra cara real de la vida. La experiencia nos va colocando en nuestro sitio.

No queda mucho para que los ciudadanos salgamos del actual estado de alarma. Volveremos entonces a tener  una vida “normal”, aunque esa normalidad no coincida con la que teníamos antes de la pandemia. Quiero decir, la libertad plena que se va a recobrar -y no es que se haya perdido, sino que se ha matizado en algunos puntos- deberá ir acompañada de restricciones personales y colectivas. En una palabra, ahora más que nunca es y será necesario el esfuerzo escrupuloso de toda la población para evitar el contagio del virus, y, por lo tanto, la evitación de sus funestas consecuencias. Al menos, mientras la vacuna redentora no se haya descubierto.

Todos y los jóvenes, especialmente, dotados de muchas buenas cualidades, pero faltos la mayoría de experiencias vitales, debemos estar atentos en los próximos días, meses, para no caer en la apatía, la indolencia o la irresponsabilidad. No más botellones, ni tumultos, ni algarabías, pues la vida va en serio, como escribía el poeta.

 

 

 

 

Ejemplaridad.

 

 

No es difícil imaginar las escenas de compromiso y entrega de nuestros sanitarios en lo que llevamos de lucha.

Por los pasillos de los hospitales, algunos enfermos permanecen postrados en la camilla, pero otros, ni siquiera. Los más privilegiados pasan a las camas. Pero llegan más y más, y no hay sitio para todos. Los enfermos y auxiliares acuden a donde más los necesitan. Los celadores suben y bajan entre la confusión y el aturdimiento. Los médicos no cesan de moverse, diagnosticando, auscultando, medicando. Falta tiempo para poder atender a todos como se quisiera y aconseja la buena praxis, pero es tal la avalancha de afectados que no se puede hacer más. Y por si fuera poco, asisten a riesgo de sus vidas a sus pacientes a casi pecho descubierto, porque faltan las batas necesarias, los broqueles que amparen los dardos mortales del virus. Luego, sí van llegando los trajes y mascarillas, y siguen en sus puestos atendiendo cada uno de los casos graves y menos graves que pasan por sus manos. Nadie tiene tiempo para pensar. Tampoco las limpiadoras llegan a todos los rincones, pues cuando alguien se va, otro ocupa su lugar. Solo, cuando el sanitario regresa a su casa o al hotel que lo acoge para no contagiar a sus familiares, cae en la cuenta de que está muy cansado y hasta se viene abajo. También aprovecha la noche de descanso para llorar las lágrimas que no pudo derramar en el tráfago del combate. Y se acuerda, incluso, de que tomó la mano de aquel anciano ausente, de la mujer que preguntaba por sus hijos, y que acarició las mejillas de un hombre que no quería morir. Ese sanitario representó magistralmente los papeles de cuidador profesional, padre, hermano y amigo, como los mejores cómicos de la dramaturgia. Pero, de verdad, pues su corazón estuvo a punto de romperse más de una vez.

Luego, las urgencias masivas de los primeros días pasaron, llegaron refuerzos, se ampliaron recintos hospitalarios y la lucha, cuerpo a cuerpo, entre los sanitarios y el mortal cíclope, se igualó.

Muchos resultaron tocados, algunos cayeron en la lid, defendiéndose hasta el final como héroes clásicos. Ellos se llevaron la peor parte, aunque debe quedar a sus seres queridos, sobre todo, el consuelo de que dieron sus vidas por otros seres humanos, que vivirán para contarlo.

A todos los sanitarios, sin jerarquías, mi agradecimiento y admiración.

 

 

 

Los niños de la guerra.

 

 

Hablan las estadísticas de que la mayoría de fallecidos por el coronavirus tiene más de setenta años.

Avanzada la década de los años veinte, treinta y cuarenta del siglo pasado, nació en nuestro país una generación de niños, que estarían llamados a vivir los períodos más penosos y duros de los últimos cien años.

Al filo de la inocencia, algunos se encontraron metidos hasta el cuello en una terrible guerra fratricida, que arrojó el balance más siniestro jamás antes vivido: Medio millón de hombres españoles partieron al exilio; y 500.000 personas hallaron la muerte en los campos de batalla. Puede uno imaginarse el horror sufrido por esos niños, el miedo vivido día tras día, y las largas noches insomnes, a la espera de que arrebatasen a sus padres por el postigo falso, o de que una bomba se deslizase por los pardos tejados de sus casas. Recuerdo que mi madre retuvo siempre en su memoria aquella mañana en que se fue a la estación de Carbayín con dos de sus hermanos, y en un recodo del camino,  junto a un soto arbolado y sombrío, en el fondo de la cuneta, halló los cuerpos sin vida de dos vecinos, sin zapatos y con las camisas hechas jirones. La guerra era igual para niños y mayores.

No tuvieron tiempo de asimilar tamaña barbaridad, y esa generación se vio abocada a años de miseria y hambre. En medio de un contexto moralmente infame, la comida escaseaba, mientras los estraperlistas hacían su agosto aprovechando las necesidades más elementales de una sociedad famélica. Decía mi madre que comían fabes pintes una vez al día, y mucha boroña, que dejaba una falsa sensación de hartura. Así se iba regateando el hambre, engañándola, aunque, a pesar de todo, la hambruna causó estragos irreparables en la población más vulnerable.

Esa generación adquirió la edad de trabajar, y se reventó el pecho en las profundidades letales de las minas o en las nacientes, por entonces, empresas siderúrgicas, a cambio de bajos salarios. Por otro lado, quienes se quedaron apegados a la vida rural, trabajaban sin descanso día y noche en una economía de subsistencia. Hubo por entonces un inevitable éxodo del campo a la ciudad en busca de horizontes más halagüeños.

Y esa generación tuvo descendencia, y después de los hijos, a quienes dedicaron lo mejor de sus vidas, llegaron los nietos, a quienes no escatimaron esfuerzo y sacrificio, a pesar de la merma del vigor de la juventud y madurez.

Esa generación heroica, que no se doblegó nunca ni se arredró ante la adversidad, no pudo sin embargo aguantar los embates de la bestia negra del coronavirus, que se ha llevado por delante a los últimos supervivientes. Ni la guerra, ni el hambre, ni el trabajo, pudo con ella. Pero sí este mal viento, que se resiste a pasar.

Descansen todos en paz.

 

 

 

 

 

 

Contra la estupidez.

 

El 11 de marzo de este año la OMS declara que el coronavirus es una pandemia, es decir, la existencia de un virus mortal se propaga al mundo entero, pudiendo afectar a cualquier persona que habite este planeta. El mismo organismo propone que los países soberanos deben articular soluciones basadas en la coordinación de los poderes  y la sociedad, soluciones que pasan sobre todo por la reclusión o confinamiento de los ciudadanos en sus casas, y el control epidemiológico mediante pruebas o tests. Estas dos medidas ayudarían a controlar la propagación de la enfermedad.

Ante la gravedad del anuncio, el gobierno de España decide aplicar aquellas normas de la OMS, y especialmente decreta el estado de alarma como instrumento jurídico que mejor canaliza el confinamiento de sus ciudadanos. Simultáneamente, otras voces de la ciencia española e internacional avalan sin fisuras la necesidad de aplicar aquella figura como el método más eficaz contra la propagación del virus. Al cabo de una semanas, el confinamiento se ha mostrado la única manera, a falta de tratamientos virales y vacunas, de frenar el avance de las terribles hordas hostiles.

Hasta aquí, el relato abreviado de esta triste y trágica historia, que ha dejado muchas vidas en el camino.

Pese a todo lo dicho, hay quienes se han empeñado en negar en nuestro solar común la profilaxis del confinamiento, y se han opuesto desde el inicio a su aplicación. Incluso, aprovechando el desgaste psíquico de los ciudadanos con el paso de los días, proponen en caliente manifestaciones contra la señera y positivisima medida de “quedarnos en casa”. “A sensu contrario”, debe ser bueno, según ellos, salir a las calles con la misma asiduidad y costumbre como lo hacíamos antes de la epidemia. Y de paso, no dejemos de ir al fútbol, los toros, peleas de gallos, carreras de patos, conciertos, cines y teatros, para no dejar de ser también cultos en tiempos de pandemia.

Sencillamente, quienes niegan lo evidente, muestran un nivel próspero de ignorancia o estulticia, por ser más finos. Si además, y esto es más grave, se hace por algún interés oculto, entonces hablamos de maldad, a secas.

 

La prudencia.

 

Poco a poco, todos vamos ocupando las calles de nuestros pueblos y ciudades con el propósito de volver a realizar las tareas habituales, tales como comprar en las tiendas y mercados, acudir al trabajo, pasear sin prisas por las plazas, conversar con quienes se paran, etc. Sin darnos cuenta se va perdiendo el miedo al enemigo invisible, y se aprende casi inconscientemente a convivir con él. Pero, a sabiendas siempre, que él acecha con enorme sigilo en cualquier lugar, rincón o flanco, y actúa astutamente a la chita callando contra cualquier objetivo .

Y esta incorporación paulatina a la vida normal no va a dejar de producirse, hasta que dentro de unas semanas se declare el final del estado de alarma y, con ello, la recuperación de la plena normalidad.

Me preocupa, sin embargo, la posible relajación de las conocidas medidas preventivas de guardar distancias y procurar el enmascaramiento, porque, a pesar del innegable esfuerzo de la mayoría, hay quienes o no se han tomado en serio el problema o se aprovechan de la desgraciada situación para predicar sus proclamas partidistas.

Es por eso que ahora, más que nunca, cuando llega el momento del encuentro bis a bis con el fantasma letal del virus, la sociedad, todos juntos, debemos actuar con la necesaria y correcta prudencia del sabio. De nada sirve haber sacrificado tantas cosas, incluido personas fallecidas, si no se adoptan aquí y ahora toda la batería de remedios al uso.

Hemos aprendido a combatir el miedo, no a eliminarlo, y llega el tiempo de practicar la prudencia pues, al decir de Gracián, es una virtud que evita dolorosas desgracias.

Sin duda, saldremos de esta gravosa situación apoyados en dos báculos: el sacrificio enorme, que la inmensa mayoría de españoles estamos haciendo, y la prudencia exquisita, en la que hemos de fajarnos durante los próximos días. Eso espero.

 

Sobre la unidad en la contienda.

 

 

España está viviendo el segundo acontecimiento más infausto desde hace cien años. El primero fue la fratricida e injustificable guerra civil de 1936. Es sabido por experiencia y sentido común que de las graves y profundas crisis solo se sale con la unidad de todos los afectos, que al unísono bregan en la misma dirección y adoptan posturas comunes, las que sean, pero a fin de cuentas posturas iguales.

Este domingo, he tomado el coche para alejarme un poco de la casa en que vivo, y ver cómo están las cosas en mi alrededor,  los campos reverdecidos por las generosas lluvias de esta primavera, los montes y sierras menos resecos que otros años, el trigo preparándose para la próxima recolección, las viñas aún inmaduras…También, quería notar el pulso de los pueblos cercanos. La naturaleza está ahí, igual, y aunque cambia, parece que siempre es la misma en el reducido tiempo que nos dejan vivir.

Pero no creería, si no lo viera, que, como si se tratara de una feria, había grupos de personas en comitiva sin medios de protección ni mantenimiento de distancias, capaces de evitar el contagio del malicioso virus.

Añádase que ahora se realizan manifestaciones, por supuesto legales, contra la gestión del gobierno español, sin las medidas profilácticas de turno.

Y súmese a todo lo dicho que casi la mitad del arco parlamentario tira de la sirga en sentido opuesto a la otra mitad, apocando no solo las fuerzas sino también las esperanzas de triunfo.

No sé qué pasa en España, que una vez más, ante los problemas verdaderos y profundos, se opta por la división, el segregacionismo, en vez de la irreductible, sólida y eficaz unidad de todos los españoles, sin distinción de credos, “logismos”, o partidismos. Alguien bautizó a este país como “cainista”, que aunque a mí no me gusta, la realidad se empecina en parecerlo.

Porque el diabólico virus es un asesino que mata sin distinción y en silencio. Eso sí, con mucho sufrimiento.

Salud, siempre.

 

 

La salud es algo que hemos valorado, sobretodo, cuando la hemos perdido por algún mal. Todos tenemos algún caso personal que contar. Pero conservo la imagen de mi tío Manolo, al que solía ver apostado en las barandas de una céntrica calle de mi pueblo natal. Al allegarme a él, la primera pregunta que salía de sus labios, ya amoratados por la larga enfermedad, era acerca de mi salud. Yo, joven, extrañado, le respondía que bien, pero me parecía poco o nada importante, una nonada. Deseaba que me inquiriera por los estudios o las compañías o la vida en pequeño. Su contestación era que eso era lo principal, la buena salud, y que lo demás no tenía mayor interés. El tío Manolo pasó su penosa vida en la mina. Primero en un monte de Oseja de Sajambre, donde los inviernos eran durísimos y los lobos aullaban por las noches, extrayendo mineral de unos pozos subterráneos. Luego paso a las minas de Carbayín, y las partículas de sílice del carbón fueron abriendo surcos mortales en los pulmones, como veneno en los cavones de la tierra recién labrada. Para el tío Manolo la salud era el principio y el fin de su vida, lo era todo, porque la perdió casi desde niño.

Ahora, centenares de miles de personas no tienen buena salud, contagiados por este letal y perverso virus; mientras que otras decenas de miles han muerto, solos, sin sus seres queridos, acaso asidos desesperadamente a las manos de un enfermero o médico, que les han dado las últimas palabras de amor. Porque la salud también la han perdido y la pandemia los ha vencido.

Sigo sin comprender la postura de quienes creen que esto es una broma, saltándose las normas y jugando con la muerte; pero sobretodo, no puedo entender ni aprobar la actitud de quienes anteponen la economía a la bendita salud, sobre la que mi tío Manolo redactó un ensayo ejemplar.

 

Cuando la lectura es una utopía.

 

A lo largo de la historia española, las fuentes documentales  aseguran que la lectura ha sido un ejercicio exclusivo de las élites, hasta que, avanzado el siglo XX, la clase media aparece en escena. Leer hoy,  por consiguiente, es un asunto de todos, o mejor dicho, de todos los que quieran.

No me imagino a un campesino medieval seguir emocionado la lectura de los versos de Manrique, ni a un jornalero del siglo XVI o XVII hinchar su corazón con los amores de Salicio y Galatea, o nutrir su seso con los conceptismos de Gracián. Porque la lectura fue un privilegio de algunos clérigos, nobles y burgueses, que accedieron tardíamente a la mal repartida riqueza social.

Lo mismo puede decirse de los últimos siglos, a pesar de los amagos ilustrados de la Institución Libre de Enseñanza (1876), de carácter privado, y de las Misiones Pedagógicas, que captaron a eméritas figuras, como María Moliner, para promover las primeras bibliotecas en los pueblos y villorías españolas. Ni Clarín ni Zorrilla ni Baroja, resultaron a la sazón de uso común para la inmensa mayoría.

En las postrimerías del franquismo y albores de la democracia, la lectura se populariza en el mejor sentido de la palabra. Mi primera obra de lectura seria sobrevino en COU, “La desheredada”, año de 1977, fecha en la que la enseñanza  reivindicó la figura de Benito P. Galdós y su narrativa, tan abundosa y precisa. Por entonces, el pueblo llano, las clases medias, con muchas limitaciones, accedían gradualmente a las bondades que suministra la lectura.

Cuando durante este necesario confinamiento, muchos españoles han encontrado una vía de escape en el hecho lector, cada vez estoy más convencido de que las élites (políticas y económicas), han dejado de leer, por hacer mudanza en la costumbre. Obviamente, hay excepciones honrosas, que confirman la regla.

 

 

 

Vuelta a la escuela.

 

La primera vez que fui a la escuela tenía más o menos seis años, algunos años más que en la actualidad, en la que se entra al ágora desde que se nace. Recuerdo el aulario tosco y enorme, entrevisto desde la perspectiva de un niño pequeño y tímido. Dña. Raquel y D. Luis eran los severos profesores encargados de mostrar a sus alumnos el camino iniciático de las primeras letras. Y ya ese camino, se estiró hasta los veinticuatro años sin solución de continuidad.

La segunda vez que volví a la escuela-instituto lo hice como profesor y, aunque pensaba que era una persona talluda, me di cuenta de que seguía siendo el niño pequeño y tímido de los primeros tiempos. El camino siguió alargándose hasta que, entre titubeos, aciertos y errores, llegó hace seis meses el momento de la jubilación, que quiere decir “regocijo o felicidad”. Aprender de ellos, los alumnos, y aprehenderme ellos a mí, han sido los dos principios que han guiado mis pasos por esta profesión, que debe ser además vocación.

Y retorné a la escuela-social por tercera vez con motivo del confinamiento obligatorio, al que nos ha llevado el problema mortal del coronavirus. Por un lado, he vuelto con los horarios (salida de 6 a 10 horas, unos; después, de 10 a 12 horas, otros, etc. etc.). Además debo repetir las asignaturas que creía aprobadas (en Oratoria ha de estarse a la norma del laconismo de Tácito; la Gramática recomienda el uso correcto de la oración simple en detrimento de la subordinación; las Matemáticas  previenen que la multiplicación por metro cuadrado es una operación de alto riesgo; el Urbanismo y la Higiene son ahora materias troncales). En fin, a estas alturas, y con todo lo que me ha llovido, reconozco que aún no he podido liberarme de la escuela, como me hubiera gustado.

Sin embargo, la Escuela siempre nos ha hecho mejores y más capaces para ser personas de bien. Por eso, no me canso de repetir que “a mandar, señores profesores”, pues además nos jugamos la vida.

 

 

Ni apocalipsis ni banalización.

 

El problema de la actual pandemia es un suceso insólito en los últimos cien años que traerá graves e importantes consecuencias, sin duda.

Encuentro que hay voces pesimistas, a veces acerbas, (“lo que viene no tiene parangón”, “estamos abocados a una tragedia sin solución,” “nada será igual”, “incapacidad para frenar las muertes”); y que hay quienes no toman en serio la gravedad de la situación, realizando actos que incumplen el confinamiento que la mayoría nos hemos dado y asumido (fiestas a escondidas, ceremonias religiosas en las calles o en el monte, carreras de coches, e incluso asistencia a las pedagógicas peleas de gallos). Todo esto está sucediendo durante estos días.

Sobre el pesimismo, recuerdo que, siendo un adolescente, a propósito del asesinato del almirante y presidente de gobierno Carrero Blanco en 1973, una parte del entorno mediático de la época comentaba que España estaba a las puertas de una nueva guerra civil, como la del 36. De la banalización de los problemas, viene a mi memoria el comentario de un taxista que, a propósito de una galerna en las costas de Alicante, consideraba que el mar era una poderosa arma destructora de toda la contaminación, incluso los plásticos, como un ogro que se traga los vertidos tóxicos y los hace desaparecer. Eso de la contaminación era por aquella época un puro cuento.

Quiero decir que la experiencia propia nos ha colocado unas veces ante gentes sombrías y negacionistas, y otras ante quienes nada les importa, salvo su bienestar.

Sin duda alguna, se saldrá de esta situación en un futuro no lejano, ojalá renovados de verdad, cuando se descubra la vacuna protectora, y la economía retorne a su cauce, ¡ojalá más justa con todos! Lo que no recuperaremos nunca son los fallecidos por esta dolorosa pandemia, que ha truncado sus esperanzas de un modo estúpido.

Mi pésame a sus familiares.

“Ejercicios espirituales”.

 

El encierro necesario a que estamos obligados estos días, me recuerda a los antiguos “ejercicios espirituales”, que compartimos quienes fuimos educados en centros religiosos durante la década de los setenta.

Aislados por unos días de todo lo habitual y de nuestras familias, un director “espiritual”, dinámico, con cualidades de buen comunicador, explicaba algunas cuestiones doctrinales con el fin de provocar un cambio vital en sus resignados y pacientes interlocutores. Se trataba de un lavado de cara y de alma para ser mejores personas, en el mejor sentido de la expresión.  Entre sesión y sesión, aquellos adolescentes salíamos a recreo, y descansábamos de los sesudos soliloquios del conferenciante. Mantengo vivos, como si fuese ayer, los paseos por la explanada de la Basílica de Covadonga y sus alrededores, y el silencio de este hermoso lugar, solo roto por el chasquido del agua de la gruta y el sonido de nuestras risas y conversaciones. Era un momento en que los jóvenes cultivábamos la amistad.

Al final, todos asumíamos un sinfín de principios que, a los pocos días se iban paulatinamente diluyendo como azucarillos. Quedaba, sin embargo, el poso de los buenos ratos y alguna que otra cosa buena como estudiar más, obedecer ciegamente a los padres, no mentir…  Y por un tiempo, lo cumplíamos.

Ahora, retomo aquellos ejercicios por ser fiel al pasado. No puedo evitar remover en la saca de mi vida tantas cosas que me han pasado, orearlas y juzgarlas, buenas o malas. En el debe, me equivoqué muchas veces, ya sin remedio, y en el haber, algunos aciertos, sobretodo he deseado ser una buena persona, sin que lo haya conseguido del todo.

De este confinamiento saldremos más fortalecidos, sin duda, más unidos, mejor intencionados, con las ideas más claras, discerniendo el trigo de la paja, lo esencial y no, pero esperemos que no se aviente el haz de buenas razones en el aire del olvido.

 

Miradas adentro

 

 

Nuestra casa es un mapa bien memorizado. No hay resquicio, ni travesía, ni escarpe, que no tengamos reconocido, pues afortunadamente transitamos mecánicamente por ella cientos de veces al día.

Y en esa ida y vuelta, en ese peregrinaje resignado por las estancias, todo el contenido que está allí hace años, olvidado de puro verlo, empieza a cobrar una identidad inédita.

Observo la aquietada mesa de nogal de los abuelos ¡Qué obra tan sencilla y a la par tan bien acabada! Por su mitad le han salido unas arrugas, que son como las heridas de los héroes de guerra. El noble peso de la fornida madera se sostiene en recias patas con molduras, creándose la sensación de estar ante una fábrica de noble abolengo. La rodean cuatro sillas y dos butacas, perfectamente tapizadas en tela rojiza, a juego con su tonalidad bermeja. Al lado, una alacena guarda los vasares, platos y cubiertos de uso especial, esos que solo se estrenan cuando pinta la venturosa ocasión.

Así, podríamos pasar revista a todos los inquilinos que nos acompañan a diario en nuestras casas, leal y eficazmente.

Pero, por resumir, me fijo especialmente en dos. En el dormitorio hay una cómoda perfecta y un gran espejo. Los cajones entran y salen en sus comisuras en un vaivén sin errores. Cumplen el  importantísimo papel de guardar los pijamas. ¿Dónde sino los pondríamos? Lo más destacado es que la madera está finamente labrada a mano por un artesano granadino, y no hay ninguna muesca igual a otra.  Y de las paredes, cuelgan cuadros, que, aunque mudos, resultan tan locuaces como los mercaderes de las ferias. Hay uno, de tonalidades azuladas, comprado hace más de veinte años, ocasionalmente, a un pintor manchego, Gerardo Córcoles, que testimonia las olas de la playa de San Sebastián rompiendo en la orilla. Me transporta a esa bella ciudad del cantábrico.

Al final, quedarse en la casa propia es, como la vida, valorar los pequeños detalles que nos rodean. ¡No hay grandes cosas, solo la grandeza de lo pequeño!

Todo quedaría bien por una vez, el discurso sería bueno, el final feliz, si se diese la circunstancia de que todos tuviésemos un hogar. Pero es que hay personas de carne y hueso que por tener no tienen nada, ni siquiera esa casa tan memorizada, que hoy aborrecemos un poco. ¡Mal hacemos!

 

Voz para una batalla

 

¡Amigo mío! Tengo miedo, lo digo sin ningún rubor. Ha vuelto el miedo a mi ventana, como supongo que ha pasado a otros muchos, acaso a ti, y ahora, que ha muerto mi madre a los noventa y seis años, desgastada por el paso del tiempo, no por este cabrón del coronavirus, reconozco que ese tenebroso sentimiento me envuelve.

Esta tarde he paseado con él, mi hijo, que es síndrome de Dwon, tan ajeno y feliz en su mundo inocente e iluminado de chiribitas, y pude ver la primavera dibujada en las tímidas flores, que abrían generosamente sus pétalos, y me deje llevar del vuelo de las aves, que triscaban de rama en rama en alegre jugueteo. Ese pequeño, minúsculo mundo, al que tan poco tiempo dedicamos, era un clamor de esperanza y de vida.

A mi memoria, también tornaron recuerdos de la infancia y juventud, ya perdidos, pero casi todos felices, y venturosos. Como los recuerdos de todos, y seguramente los tuyos. ¡Aquellos días de merienda, las tardes de verano en el río, los primeros y titubeantes flirteos…! Esa saca de experiencias era un fragor de esperanza y de vida.

Pero, lo confieso, ahora tengo miedo, porque lo que nos está ocurriendo es un drama siniestro que no sabe ni conoce de fronteras, ¡tan absurdas!  No me acostumbraré a las cifras de muertos cada día, ni a los entierros ayunos de calor, ni a los damnificados que no han podido despedirse de sus seres queridos. Eso sí, no renunciaré a porfiar a brazo partido contra él, unido a todos vosotros, y a ti, también.