MÁS QUE PALABRAS

                Revoloteábamos, como ese pájaro que nos mira, entre las pandas del fino empedrado del claustro. Los arcos languidecían en las columnas esféricas y las figuras labradas en los machones de piedra querían hablar con nosotros. Mientras tanto, tu madre caminaba con el séquito de turistas que seguían las explicaciones de la guía. De soslayo, ella, cómplice de nuestras miradas, nos sonreía y así pasamos la tarde dorada acariciados por la sombra del ciprés de Silos.          

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             Todas las noches, siendo muy niño, él se ponía a mi lado y, juntos,susurrábamos las mismas palabras antes de dormir:”Padrenuestro que estás en los cielos…” Más adelante, siendo muy joven, seguí haciendo lo mismo por no cambiar la costumbre. Pasó el tiempo y se hizo un largo y elocuente silencio. Me hice adulto y,todas las noches, cuando me acuesto, tomo un libro en las manos y leo un poema o  unos versos tomados al azar. Probablemente siga rezando como cuando era niño, junto a mi padre. 

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             Escucho, ahora que la noche está cerrada, el murmullo de las gotas de agua que saltan delante de la casa donde vivo. El viento las dispersa por estos campos que, seminados, ya empiezan a mostrar los primeros frutos de la primavera. Recuerdo que hace algunos años, tras la ventana de la sencilla estancia de la casa de mis padres, cuando estudiaba por las noches, escuchaba el mismo estrépito del agua que caía y rodaba por las calles y plazas. Y me asombra admirablemente que no hay intervalo entre las primeras lluvias y las otras, como si se tratase de dos respiraciones seguidas e iguales.

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                 El grupo de niños escuchaba atento el cuento que leía Mª Angeles, sedente como una madre frente a todos. Yo, sigilosamente, los espiaba a través del ojo de la puerta de entrada sin que se notara mi presencia. Él fruncía el rostro, fingía una sonrisa y al mismo tiempo grababa dibujos en el aire como una inquieta mariposa. Otra niña le dijo que su padre estaba allí, y sin pensarlo, salió en mi busca para darme un beso y abrazarme. Ruego al cielo que aplace mi muerte para recoger sus besos cada día.  

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              Suso era el alma del viejo parque. Bullía animoso por todos los rincones, entre las flores y el aroma del aire. Se sentaba a escuchar las melodías de la orquesta y cada nota volaba alegre a su corazón de niño. Luego, ayudaba a los músicos a recoger los instrumentos en los estuches. Suso era una discapacitado psíquico que ha muerto a los sesenta y dos años de edad. En medio del viejo parque, La Felguera, que es mi pueblo, ha levantado un mojón en su memoria con letras de León Delestal.

                 ¡Grandes son los pueblos que recuerdan a sus seres más inocentes! 

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            Leo en esta noche fría unos versos de Antonio Orihuela. Cuenta que su madre, orgullosa, abre un libro del hijo y lee nerviosa y en voz alta. Al cabo, el padre, que está sentado en un sillón, dormita placenteramente. Vuelve a despertarlo por tres veces, y en tres ocasiones, torna a dormirse. Concluye el poeta que el pueblo sencillo y trabajador está lejos de eso que llaman literatura. No lo creo así. Es el pueblo sencillo y trabajador, las gentes que dormitan cansados al final del día, quienes escriben con sus vidas ejemplares las más hermosas páginas literarias.

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                Tengo recuerdos muy borrosos de los primeros días que fui al colegio. Era un caserón privado con crujientes suelos de madera y altos techos de cal. A un lado, una galería acristalada daba a la calle principal. Los maestros, que se llamaban Raquel y Luis, eran adustos, algo coléricos, creo. Sobre el pupitre tenía un cuadernillo, un lapicero muy afilado y un libro de lectura básico. No leía bien y recibía agrias reprensiones, que me ponían colorado. Entonces, ocultaba el rostro entre las manitas redondas y cerraba los ojos y solo pensaba en irme a casa con mi madre para sentirme bien. 

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              Imperceptiblemente las sombras ocupaban poco a poco los rincones del salón, tapizado de libros. Él hablaba hilando un discurso que nunca se agotaba. Él conversaba de todo sabiamente. Yo, apenas contaba diecinueve años, y estaba allí, en su casa, tomando notas deshilachadas, para publicarlas en las hojas dominicales de La Voz de Asturias. Cuando hubimos de acabar, él señaló un estante donde apilaba carpetas corrientes acartonadas, casi polvorientas. Ahí, inquirió, guardo la Filosofía que he construido hasta hoy. Y pensé que allí se guardaba un inmenso patrimonio. Fue muy amable conmigo el filósofo más grande del siglo XX, D. Gustavo Bueno Martínez.

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                     La tarde caía lánguida mientras que una hilada de ancianos, recostados contra la pared de la ermita del Mirón, tomaban el sol de las últimas horas. Lo volví a ver otra vez. Apoyado en las asas, empujaba despacio la silla por el paseo adornado de algunos álamos secos. A medio camino se inclinó y le dejó un beso en la frente, ya blanca como la luna. Luego removió la frazada para que no tuviera frío y ella algo le susurró al oído. Los dos cruzaron una sonrisa, tenue y desvaída. Y las dos sombras desaparecieron muy cerca del Duero. 

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         Me despedí a media mañana de casi todos, sin traumas, serenamente, como quien se sabe peregrino que ya no vuelve la vista atrás. Quedan gestos, malentendidos, palabras, rostros, que probablemente no veré nunca más porque así ha sido otras veces. Percibo que el peregrino, resignado, va consumiendo la vida poco a poco. Hasta que un día, ciego, el viento frío lo desgaje de la tierra y lo aparte del camino. No sirve de nada el lamento si todo ha de pasar. 

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             En un cuarto de la casa en que nací había una maleta de cartón, olvidada.Tenía unas cantoneras en los extremos y pestillos herrumbrosos que, cuando se abrían, sonaban como el gatillo de un arma. Una cinta de cuero con herrajes la rodeaba para asegurar su cierre. Nunca pregunté por qué estaba allí, de quién era, para qué había servido ni qué transportó. Hoy, la recuerdo con tristeza. Acaso porque él la llevó en su juventud. 

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         María me ofrecía las golosinas. Aquella mujer de fina piel y vestido oscuro regentaba una tiendecilla humilde en un rincón de su casa. Yo, tímido, me acercaba para hacer algún mandado de mi madre y ella, generosa, abría un tarro de cristal y lo acercaba a mis manos, pequeñas y redondas. Casi, como un rito sagrado, sustraía un caramelo, y ella me requería remolona: ¡Toma otro! ¡Era feliz con dos caramelos!

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                La poesía está fuera de las palabras. Las siluetas se marcaban entre la muralla de piedra y el río manso, que mostraba apretados mosaicos de hojas ocres y pardas.Giramos por el postigo de San Ginés, en suave declive, y entramos derechos por la avenida umbrosa, donde las hojas se caen al suelo en dulce balanceo.  La tarde tropezaba con la noche mientras el aire, tempranamente frío, agitaba los últimos círculos en el agua. Soria fría, Soria pura, tú eres la poesía, junto al Duero, eterna.

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        Me pasa siempre que visito una ciudad. Hallándome en ella, me vienen a la memoria cuadros descoordinados de escenas rurales: campiñas verdes, manzanos desangelados, fuentes que serenamente manan, espesuras verdes, arroyuelos que esparcen flores en la orilla, bellas majadas de pastores, o plomizas nubes henchidas de agua. Y aún más, en medio del sórdido paisaje urbano, me allega el fecundo patrimonio de la aldea en forma de melodías que canturreo. Y es que soy, entre otras cosas, un rústico asturiano, irredento.

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             Asistí a una exposición en la Ciudad Universitaria de Madrid en la que se libró a finales del año de 1936 una de las batallas más feroces y épicas de la guerra civil española. Pude observar que algunos libros estaban heridos en el cuerpo escrito por la metralla de la contienda, que había alcanzado los anaqueles de la joven Universidad. Pero a pesar del dolor de la literatura asesinada, me duele aún más la bala que hiende el pecho del soldado, yacido en el suelo ensangrentado. Alerta debe estar la memoria para aprender de los gravísimos errores del pasado.

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            Mientras recorría el Camino de Santiago me gustaba sentarme en la superficie de las piedras, que cerraban un huerto verde o formaban el arco de un recio puente medieval. Solía pensar lo mismo: aquí estoy de paso y no volveré a ver este entorno que me abraza, ni los campos de maizales, ni las sierras suaves, ni las casas de ventanucos estrechos, ni ese manantial que me refresca.Solía ir más lejos: no sé a donde mis pasos me habrán de llevar cuando el camino se acabe definitivamente. Y eso me inquietaba.

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                 La he mirado despacio y he visto cansados sus ojos. Atrás queda un camino de muchas leguas.Por delante, ¡nunca se sabe!. Y han pasado aconteceres felices y desventurados, mudanzas y cambios, y aventuras bienacabadas y desgraciadas, y algunas andanzas que otros no han probado. La noto triste y a la búsqueda de un retiro donde la soledad no despierte más cuitas. Es mi generación, que yo llamo del 75, porque en ese período ganamos la mayoría de edad. Pero no sé muy bien si es mi generación o si soy yo mismo.

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                 Volvi a propósito para ver el caserío de Santamarina, allá en el otero, junto a la vieja iglesia. Estaba todo cerrado. La estampa no había cambiado nada después de cuarenta años. La casona, a la que se incorpora la cuadra, se asienta recia; delante el pegujal de acceso; al lado el hórreo destartalado de maderas viejas; los prados se dispersan alrededor y alguno busca la pendiente de la carretera. Pero no había nadie. Busqué el  regato donde suena una música sabiamente meneada. Llamé y el silencio, como zarzas que invanden los carretiles abandonados, me sobrecogió. No soy más que un haz de recuerdos.

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                   España es un país de hermosos contrastes. En unas horas he dejado los campos de trigo de Soria, ahora yermos a la espera de la próxima primavera, y he pasado las sierras fragosas y arboladas de las tierras riojanas de Cameros. En ambos lugares he visto la misma cara de un estío que agoniza y otro nuevo otoño que pespunta. Así es la vida, un ciclo reiterado, hasta que el destino nos separe del camino.

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                       No es solo la imagen de un niño ahogado en la playa, de bruces sobre la arena, la que debe cambiar la conciencia y la política de los Estados ricos. Es sobre todo la convicción moral y humana, la razón de una política de “brazos abiertos”. Estamos  obligados a acoger, alimentar y proteger a los refugiados, que bailan la danza de la muerte en sus casas inhóspitas.

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                           Al atravesar el umbral de la puerta, ellos estaban alrededor de la larga mesa, que pronto se llenará de rimeros de libros, esperando el momento. Este espacio ha sido también mi hogar durante siete años. Las palabras sinceras y los gestos amables deshacen el silencio íntimo y emotivo. Una despedida es un hilo roto. Pero no puedo imaginarme cómo será la última.

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                          Siempre que me asomo a la gran ventana del mar Cantábrico tengo la misma sensación: un vértigo súbito. Era muy niño cuando mis padres me llevaron en tren a Gijón para bañarnos. Surgió de repente un tumulto trágico de ayes y lamentos. Al llegar, vi unos zapatitos de escolares y lienzos de sangre que se derramaban sobre las rocas. Un autobús quedó colgado sobre el vacío y los niños salieron por la puerta equivocada. Es una imagen que me acompañará más allá de la muerte.

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                     Todos los días repetía el mismo rito: franqueaba temprano el enorme vestíbulo de la Casa Modernista, saludaba las fachadas artesanales de la vieja industria textil, luego subía corriendo la cuesta que me dejaba delante del Instituto de la desjarretada ciudad. A la entrada, los profesores me recibían con un saludo lacónico, que les devolvía- bon dia, bon día-. Siempre he procurado respetar la idiosincrasia cultural de los pueblos. Esta noche, te recuerdo, Alcoy, con especial agradecimiento y cariño, a donde se fueron dos años de mi vida. Corría el año de 1988.

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                               La lluvia es un suceso que me ha gustado desde la más temprana edad: observarla cómo cae mansa sobre el suelo que fecunda; verla discurrir deprisa y agitada por las comisuras de las calles; notar la mano suave que humedece el paisaje; sentirla, incluso, posarse sutil en la piel o acariciando las mejillas. No me espanta la lluvia, no, la busco y la deseo como un enamorado busca la silueta de su amada.

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                               En la época infantil me gustaba coleccionar cromos de todos los temas, fútbol, naturaleza, geografía…No sé por qué, me acuerdo de unas estampas  en que un hombre gigantón se hallaba entre unos seres diminutos con quienes no se entendía. Era Gulliver en el país de los lilliputienses, que así se llamaban aquellos enanitos. A la sazón las imágenes me hacían reir y, sin embargo, resultó ser uno de los libros más furibundos que J. Swift escribió contra las costumbres depravadas inglesas, y por generalización, universales. Es que la niñez nos miente, casi siempre.

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                              Hoy el Duero estaba acompañado de bañistas que, bajo los lánguidos sauces y entre brisas cálidas, procuraban despistar los calores de la tarde castellana. Recordé las soledades del poeta que escribía paradójicamente que nadie acompañaba al río y recordé que, cuando era niño, también solazaba mi piel sobre la hierba.Pero esta tarde estaban ausentes el niño y el hombre.

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                       En estas horas, bajo esta noche insomne, me avienen, como aluvión traído por un río desbordado, muchos recuerdos, unos buenos y otros no tanto, mejores o peores. Pero todos son mi historia y forman  el relato de una vida, que es la mía. Por eso, asumo todos y celebro sosegadamente cuanto he vivido, sin apartar de mí nada de lo que he sido o ha pasado. Incluso, aspiro a comprenderlos.

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                           La llamo casi a diario porque ya es muy anciana y es mi madre. Recuerdo que ella, al mediodía o al anochecer, o cuando le parecía que tardaba en volver al hogar, también me llamaba voz en grito desde la calle, donde jugábamos sin tregua. Porque hizo de la preocupación por sus hijos una bandera de la que se sentía orgullosa, porque amó con delirio a la carne de su vientre, porque antepuso nuestro bien al suyo propio. Ahora es el momento en que yo debo llamarla, casi a diario.

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                                                                 Miraba a la madrileña calle de Claudio Coello, Instituto Beatriz Galindo, apurando los últimos minutos antes de entrar en la sala. Cuando finalizó el trámite, el presidente del tribunal me confesó: José Manuel, excelente lo del sistema fonológico del español, muy bien por el comentario del Libro de Apolonio, más que pasable la explicación del poema de San Juan de la Cruz, sobresaliente el comentario del texto galdosiano, pero qué te pasó con Petrarca. Repliqué, maestro, no sé nada de Petrarca y todo me lo inventé con lugares comunes. Hoy recuerdo a Miguel García Posada, el maestro, crítico, catedrático y lorquiano, que me dio la alternativa en la enseñanza hace treinta y dos años. Gracias.                        

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                                                                 Ya no me asiste aquel ingenuo optimismo que me acompañó durante buena parte de la vida; tampoco tengo el propósito de arrojarme a un desencanto irretornable. Busco el consuelo de la realidad serena, a media distancia entre la sonrisa y la pena, la felicidad y la desventura. 

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                                                                   Casi los recuerdos se pierden en la niebla del tiempo. Era muy niño, hasta el punto que mi padre me colocó a horcajadas sobre el cuello para que no sufriese tanto la dureza del camino. Deshilvanadamente creo haber visto la boca entibada de una mina y unas casucas de obreros de madera en un estado muy precario. Allí, en un lugar llamado Yaete, en el corazón selvático del paraje de Redes, mis tíos arrancaban mineral al pecho de la tierra, que luego descolgaban en unos calderos colgantes del tamaño de medio hombre. Me parece que estaba asustado. Pero no supe hasta hace poco que los obreros sacaban la fluorita y el patrón se llevaba el dinero. 

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                                                                                   Llevo varios días ocupado en acordarme de su nombre. El autobús me dejó en Cabrales. Anduve seis km. a Poncebos y ascendí por un camino de cabras, zigzagueante y peligroso, hasta el caserío de Bulnes. Era la última familia de pastores que yo quería conocer para enviar un reportaje al extinto periódico La Voz de Asturias. Allí, muy cerca del cielo, en las estribaciones del Naranjo de Bulnes, pasé una tarde inolvidable. ¿Nuria? ¿Mónica? ¿Cómo era tu nombre, pastorcilla, princesa de las montañas y de las estrellas?

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                                                                                    Discurría mi delgado cuerpo en los años de juventud por las calles mojadas de Oviedo y, por guarecerme de la lluvia, aproveché la ocasión para colarme en una conferencia que alguien impartía en el IDEA. Un filósofo jubilado de Enseñanzas Medias contaba su experiencia docente. Mi vida, decía, no es más que la historia de un fracaso irremediable. Era Pedro Caravía, dignísimo y preclaro profesor, que ahora, pasado mucho tiempo, comprendo: Las palabras, como la lluvia, se humedecen y no dejan huella; los gestos apenas son olas que desparecen en la orilla. Hoy, D. Pedro, estoy más cerca de usted. Acaso la vida es solo un silencioso fracaso.

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                                                                                    Otra vez, los dos anduvimos por el campo rodeados de cantos y olores:  ¿No tienes la sensación, hijo, de que las luces de la tarde y el aire de la primavera nos atan más a esta tierra?, comentéEntre los trigales tomé una amapola y una flor, que no sé su nombre, y la deposité en la palma abierta de su mano infantil. Sonriendo, me dio un beso que guardo en el bolsillo derecho de mi alma, como tantos otros .  

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                                                                                     Las estaciones de tren de la niñez eran tristes. Los interiores se resolvían en enormes y desangeladas estancias, apenas amuebladas con unos bancos fijos y un ventanuco arcado por el que alguien expendía un billete tosco de cartón. De vez en cuando el resuello de una maquina dejaba algunos pasajeros que cruzaban aquel espacio. La lluvia casi siempre repiqueteaba en los cristales de los vanos y el reloj daba lentamente las horas. Yo no podía salir a correr al andén, montado sobre mi caballo imaginado. Es por eso que las esperas, todas, me siguen pareciendo tristes.

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                                                                                  Una de las maneras que tengo de descansar es trasladarme al pasado imaginariamente. Ahora me acuerdo de la subida al valle de Orandi, en las montañas de Covadonga, durante una mañana fría orlada de retazos de nieve. Ascendíamos expirando vaharadas de aire que se desvanecía lentamente. La llegada a la planicie fue un regalo: el río discurría suave y se perdía por una boca de piedra, el manto blanco cubría el prado y una manada de asturcones nos miraron extrañados. Contaba veinte años.

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                                                                                     Me acuerdo de que era mediodía en Cacabelos y que lucía un sol hermoso. Entonces hallé la frescura en un parque solitario, donde un mendigo me pidió dinero. Yo también estuve a punto de pedirle algo, perdón. Porque yo era un peregrino rico y él, un mendigo apaleado por la vida. No me he cansado de pedir “perdón” al mundo cada vez que no he hecho bien las cosas, pero nunca he escuchado de otros labios la misma palabra. 

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                                                                                         Me hallo en el aula de un viejo instituto de provincias, que más bien parece un convento, y me siento en el pupitre más cercano al maestro, como un buen alumno. Sentado en la cadira, apoyados los codos sobre la mesa, sostiene un libro en la mano derecha y despacio, con voz quebrada, recita: ¿No ves, Leonor, los álamos del río/ con sus ramajes yertos?/ Mira el Moncayo azul y blanco; dame/ tu mano y paseemos./  Me despido y salgo. Por la calle Real, de camino hacia el Duero, escucho los ecos de un hombre bueno.

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                                                                       No hay que cerrar los ojos para imaginarse miles de manos emigrantes que golpean desesperadamente la superficie del mar. Son muchísimas manos las que buscan asirse a algo que las salve, entre gritos que desgarran el aire con olor a sal. Esas manos piden pan y esos gritos, hace mucho, reclaman justicia y dignidad. Pero nadie les escucha y este mundo sigue perversamente igual sin variar el rumbo hacia la nada.

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                                                                           La televisión insiste tercamente en mostrar justas gastronómicas y concursos culinarios, que no sirven para nada. Mayores y jóvenes aliñan, acompañados de un efectista fondo musical, abigarrados alimentos que otros, de envarados gestos o almibarada voz, los juzgan buenos o malos. Hasta hay que acostumbrarse a pláticas sesudas sobre la estructura icosaedrica de las cebollas o las láminas áureas que metamorfosean las espinacas. Me molestan estos festines, mientras que un millón de niños españoles solo comen en el colegio y, en la línea de la frontera, miles de seres humanos son golpeados brutalmente por el hambre. 

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                                                                      Durante dos o tres años alquilamos una sencilla casa de veraneo en La Pola de Gordón, al otro lado de las montañas cantábricas. Justo encima de la casa, había una floresta donde la imaginación se abría a duendes, lobos, brujas y otros seres mitológicos. Hoy, cuando penetro en la espesura de un bosque, todavía me emocionan las mismas fábulas que mi padre narraba en aquel soto umbrío y las evoco como si él me las estuviera contando a mi lado.                                   

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                                                                     Alguien comenta que las procesiones de estas fechas son el orgullo y la flor de España. No sé. Pero añado que, desde que era niño, yo me entretenía viendo las procesiones de los chopos que se prolongaban a orillas de cualquier río, o admiraba las procesiones de las golondrinas que llegaban a los nidos de antaño para estrenar la primavera. Ahora, hay otra procesión que además me duele, la de los pobres que guardan una larga cola para pedir alimentos que los demás les niegan.                         

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                                                                    Veo a un gorrión, que es el más humilde de los pájaros, saltar en el alféizar de la ventana; luego se va al suelo y brinca jubiloso, sin dejar de menear la cabeza; por fin, reanuda el vuelo hacia la calle, ajeno a mi mirada silenciosa. No sé que va a ser de este pequeño, delicado y frágil volador en medio del mundo. Su presencia me recuerda  la dureza que les espera afuera a las criaturas más débiles.

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                                                                   Uno de los mejores recuerdos que tengo de estudiante en el antiguo convento de San Vicente, plaza de Feijoo, era su voz. Su voz era grave y profunda, enhebraba un discurso sin prisas y gustaba del período sintáctico largo, que se deshacía en ingeniosos recovecos para volver al hilo principal cuando le venía en gana.Sacaba unas cuartillas arrugadas del bolsillo y, sin mirarlas, anotaba algunos registros fonológicos en la pizarra mientras sostenía las gafas con la mano abierta. Más admirable aún era su sabiduría, la del maestro Alarcos, con su voz circunspecta. 

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                                                                A la hora prima, Ángeles encinchaba sigilosa el borriquillo gris y peludo, mientras los niños dormíamos en las estancias espaciosas de vigas de roble. Pasaba deprisa por la corraliza y tomaba el camino empedrado que la llevaba al mercado a vender algunos frutos del caserío. A mediodía, esperábamos ansiosos su regreso sobre las bardas de las tapias y, al aparecer, nos hacía felices montar en la enjalma del pollino. Ángeles era mi tía, sencilla, callada, laboriosa, como tantos hombres buenos que nadie conoce.

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                                                             Me tomaba de las manos y estrechaba la suya en la mía con todas sus fuerzas porque, probablemente, se sentía más segura; en todas las ocasiones repetía aquel gesto cuando tan solo era una niña. El tiempo ha ido separándonos las manos, inevitablemente, como dos hojas que vuelan en direcciones distintas. Pero me sigue necesitando, y yo a ella. 

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                                                      Los almendros vuelven una vez más a abrir sus flores. Recuerdo que, principiando el mes de marzo, el campo extendido entre San Juan y Jijona, a orillas del Mediterráneo, se llenaba de pétalos blancos, rosados, que se descolgaban de los humildes almendros. Al fondo, el mar dibujaba un cromatismo azul disuelto en el aire perfumado. Otra vez, los allozos retornan a enseñar sus flores, a renovar felices sus años, pero yo… ya no.

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                                                  La esperaba con avidez detrás de la ventana hasta que salía a su encuentro al verla. Luego, bajo la lluvia pertinaz del cielo ovetense, sorbíamos un café y dos milhojas que saboreaba despacio, para que aquel momento no pasara nunca. Se marchaba, al cabo, Campillín abajo, y se subía al autobús. Desaparecía entre la bruma y me quedaba huérfano, ajado mi corazón y los ojos mojados como la tierra. ¡Madre, te recuerdo, tan joven!  

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                                                 Mi madre y yo tomábamos el tren que nos llevaba a la aldea para llevar algunas viandas a sus hermanos mineros. Mi madre me subía a un vagón desvencijado que tenía el olor de madera vieja. Con mi madre recorría los caminos cargados de hojas, álabes y arroyos sueltos. Mi madre y yo, cerrada la noche como boca de lobo, regresábamos con un cuajo de miedo en la garganta: eramos dos frágiles sombras que caminábamos solos.   

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                                         Ceci n’est pas une pìpe  fue un título para una imagen célebre de René Magritte. Conservo todavía la pipa con la que yo fumaba, presuntoso e ingenuo, en los bancos del viejo parque junto a los amigos o en las charlas progres del cine. Está ahí: la cazoleta gastada de falso nogal, el caño negro y la boquilla macilenta. Ceci n’est pas une pipe, me digo. Es el recuerdo nostálgico de la juventud, que se me ha ido entre los dedos. 

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                                        ¿Dónde estás Agus? ¿Vives o eres solo olvido? Yo fui tu dueño, fiel y vigilante.Tú, mi amigo, amoroso y tierno. Te recuerdo incansable, corriendo tras el pájaro que, agotado porque no halló una rama, cayó al suelo muerto, a pesar de mis reprensiones baldías. Tú, joven pastor, perro vigoroso, partiste deprisa por un sendero sin vuelta. Como el pájaro, te moriste, pero yo te toqué colocándote los dedos en el cuello y te acompañé hasta el fin de tus días. ¡Hasta siempre, compañero!

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                                       Un día de febrero, en el inicio de la adolescencia, mi padre me llevó a la tienda: es hora de que tengas una radio para enterarte de lo que pasa en el mundo, dijo. Tenía la carcasa roja y la tapa delantera de finos agujeros. Por las tardes escuchaba canciones románticas y, por las noches, oculta en la almohada, oía la voz y el programa de Alberto Oliveras, Ustedes son formidables. Busqué en la casa de mis padres la radio grana, pero solo encontré el largo silencio de su ausencia.

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                                         La noche tirita de frío. Luce abrigada la  pálida luna y titilan azules las estrellas. La escarcha va tiñendo de blanco el árbol, la hiedra, la hierba, todo, mientras que el campo duerme desolado. Y yo permanezco insomne porque me preocupan las cargas, los hijos, las obligaciones, los disparates, las sombras y los recuerdos, que me desasosiegan en estas horas de la madrugada.    

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                                      Hoy, por fin, piso la nieve, que ha caído durante la noche, nada más tocar el suelo que se extiende al lado de mi casa. Veo reverberar un delicado y aterciopelado manto y observo cómo las hojas del acebo sostienen a duras penas unas pellas blancas. Hace mucho tiempo sentía una infantil alegría. Ahora, ya no. Me molestan las ráfagas de aire frío y las gotas que caen del tejado, inoportunas.

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                                      Somnoliento, escucho el viento que pasa alado por delante de la ventana de la casa. Arrastra todo lo que encuentra, sin importarle nada, hojas, ramas, polvo. A veces, silba amablemente, o resuella, enojado. También me gustaría  que el viento arrastrase lejos los recuerdos infaustos.       

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                                   Manuel inquirió: Perdone que le haga una pregunta indiscreta. Tengo la impresión de que no es creyente. ¿Por qué hace el Camino sin embargo? El aula se aquietó. Suelo, cuando camino, apreciar las pequeñas cosas del sendero, el musgo agarrado a la roca, la hierba menuda, los sillares de las ermitas, esculturas y pinturas, gestos humanos… Y suelo, en los atardeceres serenos, sentarme en el último banco de alguna sencilla iglesia románica donde no hay nadie. Entonces, solo, yo, busco a Dios entre el silencio de las piedras. El Camino, Manuel, es experiencia y búsqueda.   

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                                       Volví al campo abierto porque el aire frío me rejuvenece.La tierra estaba muelle e hidratada. Debajo de las encinas brillaban los espejos de nieve que no querían licuarse por no morir. Las cepas cárdenas esperaban los cálidos rayos de luz que llegarán con la primavera. Los montes estaban dormidos. Había una tristeza disimulada bajo un cielo despejado. Y tú, y tú, me sonreías.

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                                   Dice Juan Ramón Jiménez: Intelijencia-con j-dame/el nombre exacto de las cosas. Responde P. Verlaine: No te obsesiones en perseguir/esa palabra precisa y justa. Hermosa lección de libertad, voces contrarias que no se encuentran a voces. Debo aplicármela. 

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                                     Podemos perder algo o mucho en un instante. Yo he perdido, por ejemplo, mil fotografías, mil momentos retenidos, del camino de Santiago archivadas en un Pen. Pero lo tengo todo, la vida y la esperanza. Volveré cuando pueda a los mismos lugares y tomaré las mil vistas que me regale el sendero, otra vez.

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                                         Los años van cayendo como hojas, sin que nada ni nadie pueda evitarlo, y no me gusta porque el árbol se va agostando lenta, silenciosamente, hasta que un mal día se haga leño seco. A pesar de todo, el rito es repetir que el cumpleaños es un suceso feliz.

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                                         Las notas volaban tristes por los aires de la tarde. Hablaba el violín y respondía la guitarra. Los dos jóvenes tocaban animados por un público que sosegaba el paso para escucharlos. En medio de la vía empedrada, bellas melodías ascendían al cielo azul de la ciudad cervantina. Algunos dejaban unas monedas y no ocultaban que el arte es un mendigo que vive en las calles, deseoso de una oportunidad.

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                                         El sol me daba de lado. Isabel servía un sabroso guiso, majado con palabras y sonrisas. Un ventanal enorme se fijaba al suelo de madera por una falleba añosa. Afuera los plátanos cercaban la plaza, a la que asomaba el espectacular Archivo Indiano. Más al fondo, un anillo de plata circundaba la cumbre blanca de los Picos. Es la cara amable de la vida. 

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                                    Mariano viene hacia mí y me extiende un librito de poemas que él escribió: A Jose con cariño, dice la dedicatoria. Leo despacio: Ya no rema el barquero,/ el barquero está cansado;/ya no rema, sueña…Me mira y espera una respuesta. Y se la doy: Es el mejor regalo que me han hecho nunca. Mariano… es un discapacitado psíquico.

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                                        Las urnas resguardaban antiguas ediciones del Quijote en todas las lenguas y siglos. Me entretuve un buen rato. Luego volví al paso, ya en las calles que vieron nacer al más grandioso escritor. E imagino al flaco hidalgo cabalgar por los campos amarillos de Montiel. E imagino cabalgar al más tierno, amable y generoso idealista universal, enjuto como un junco.

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                                     Mientras vertía el vino en la copa, animado por sus efluvios, recordaba el verso angustioso de Pessoa, dame más vino, que la vida es nada. Escucho afuera crujir el viento contra la ventana, acariciar las ramas el suelo pardo, un lejano eco de llantos reprimidos. Me repito, dame más vino, que la vida es todo.

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                                 Camino entre piedras que abrigan los restos de la antigua iglesia desmochada; piso hojas que se aprietan contra el musgo del suelo. El río se desboca por el tajo entre recias paredes y suena y suena la triste canción eterna. Te miro, mi alma inocente, y te pido un beso. Gracias, por quererme ¡tan puro! 

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                                Estaba sediento en mitad del majuelo, allá en Tierra de Campos, y sigilosamente, a hurtadillas, cuando él no me veía, apretaba entre mis dedos una uva para comérmela. Ni se te ocurra, José, esas uvas tienen dueño– me decía. Y volvíamos al pueblo aún más molidos para calmar la sed con el agua fresca de un pozo. –Hoy serías, padre, el bufón de las élites.

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                                       Recuerdo que de niño, cuando retornábamos de vacaciones a la aldea, me subía al carro de bueyes y me agarraba nervioso a la soga que sujetaba la carga de hierba. Veía el mundo desde lo alto y cualquier cosa, viviente o no, me parecía menuda, sencilla, entrañable. Hace muchos años que no he vuelto a la casa de aquella aldea , pero no sé qué daría por estar de nuevo en lo más alto del carro.

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                                   A través de las imágenes de la televisión la pobreza, que habita también mis calles, se descuelga como hiedra seca que se agosta. Siento vergüenza, la que otros no tienen, de mí mismo. No habrá paz mientras un hombre, mujer o niño , que habitan también mi barrio, lamenten haber nacido.  

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                               Me asomo, ya entrada la noche, a la plaza de un pueblo alcarreño. Es desigual, hermosa, de pórticos trabados. Las piedras reverberan la luz blanca de los faroles. Una fuente repite en voz baja las mismas monótonas notas. Por las juntas de las calles arrecia frío el viento. Me mira extrañado y le respondo: ¡Vamos!

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                         Sigo a diario el mismo itinerario para ir al trabajo: los mismos puertos y sierras, las mismas ollas y pueblos, la misma cresta del monte, unas veces cárdena o gris, otras blanca, la misma carretera bajo el mismo cielo. Atravieso cada día el mismo pedazo de tierra.

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                            La niebla ascendía y quedaron envueltos en una hebra de algodón. Fue una tarde feliz porque, cogidos por el hombro debajo de las viejas maderas del hórreo, comenzaron a cantar una vieja tonada : Canteros de Covadonga los que baxáis a La Riera, si queréis beber buen vino cortexai a la tabernera...Ambos sonaban como dos pájaros alegres. Al cabo de pocos días, el silencio se adueñó del valle. 

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                      La gata, que esconde la cabeza en su vientre, dormita en un cojín junto al fuego. La lluvia, como besos del cielo, resbala silenciosa para fecundar el campo ayuno. El niño se deleita con el tierno jorobado de Notre Dame. Todo está bien. Y lo perfecto es que no pase nada nuevo, ahora, en este momento.

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                         Leo: Oye, a la noche, los niños, tú y yo bajaremos el pájaro muerto al jardín. De entre la nada despejo el recuerdo de un gorrión que yacía desplumado, patas arriba, sobre un terrero; lo cogí con cuidado; lo deposité en una caja de zapatos; y lo enterré en el patio trasero de la casita en que vivíamos. Todos los días acudía a verlo para cerciorarme que estaba allí y que ningún gato se lo había llevado. Luego, un día, me olvidé del gorrión, hasta que hoy Juan Ramón Jiménez me recuerda que tuve un pájaro muerto.

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                         Revuelvo papeles antiguos, casi amarillos, y libros desordenados. Un tejuelo me llama especialmente la atención sin saber por qué razón. Abro y leo: “A mí dadme los viejos, los viejos caballos del tiovivo”. Hago mías las palabras de D. Pío Baroja y manifiesto mi querencia por los viejos caballos de cartón con los que cabalgábamos al trote en las ferias del pueblo. Era tanta la dicha de los niños que yo me creía en un caballo de verdad.

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                    Un ancho caudal de seres humanos recorrían un Centro Comercial buscando objetos inútiles en que satisfacer las ansías de consumo. Después me perdí en la ciudad de Madrid y vi catorce pobres pegados al suelo sobre uno de los puentes que atraviesan la autopista. Lo más doloroso es que aquellos seres humanos se acostumbraron a su presencia.

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                         A pesar del cielo fosco salí al campo con mi hijo a buscarme. Y tan solo encontré recuerdos vagos, difusos rostros y palabras gastadas como viejas zapatillas. Pero la inocencia de sus ojos y su mano pequeña de niño me recuerdan que debo seguir paso a paso, como un peregrino, sobre esta mar inquieta.

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                          La unidad de un reguero de hormigas asegura el alimento para un largo invierno; la unidad de las uvas en el racimo asegura la cosecha de vino; la unidad de los trabajadores garantiza la bonanza de sus vidas. Así la unidad de los pueblos traerá la justicia social y la reconciliación del hombre con la Tierra. Reivindico la desintegración de las fronteras y la proclama de un Mundo solidario e igual para todos.  

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                             No es difícil percatarse de que el tiempo pasa y hace estragos, es la decadencia de todo lo físico. Pero hay algo peor, la decadencia moral del ser humano. Aquella debo aceptarla, es decir, tengo que aprender a envejecer. Esta es ominosa y la repudio con todas mis fuerzas.

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                             Suelo por las noches pasear por esas calles nuevas que se han hecho al amparo de insípidas urbanizaciones. Hay solo muros blancos divisorios de parcelas, árboles muy jóvenes, farolas que emiten luz tenue y una sombra, que es la mía. Dentro de unos años se repetirán los muros, los árboles y las farolas, pero la sombra, ya la sombra se habrá ido. 

                  

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