Zubiri-Pamplona. Las campanas de S. Estebán (04 de julio de 2016)

 

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                                                                                                                Puente de la Rabia de Zubiri

           Desde el Camino se entra en Zubiri a través del Puente sobre el río Arga. Las aguas, que bajan menguadas, son aprovechadas por algunos vecinos para bañarse, mientras que sus riberas invitan al descanso sobre la hierba aún fresca. Se le encuentra por sorpresa en cuanto el descenso de Erro llega a su fin, lo que provoca una inesperada alegría no solo porque el peregrino busca el reposo después de una larga caminata, sino por la contenida belleza de la construcción: puente medieval de mampostería de piedra, que se fija al suelo por un estribo central a modo de tajamar, y se resuelve en dos ligeras pendientes que se apoyan  sobre dos arcos idénticos.

        Al parecer las gentes de la zona acostumbraban a dar tres vueltas con los animales alrededor del pilar, aprovechando el estiaje, para evitar la enfermedad de la rabia o para curarla, si ya la hubiesen contraído. El misterio de este suceso está en que, según cuenta la  leyenda, fueron halladas las reliquias de Sta. Quiteria en el pilar del puente-joven martirizada por paganos-que tuvo el poder mágico de espantar o impedir la aparición de este mal. Tal suceso determinó que las gentes lo llamaran Puente de la Rabia.  Pero no es la cuestión así de pacífica porque los vecinos portugueses de un pueblo próximo a Coimbra , compiten con Zubiri sobre la paternidad de tan importantes reliquias, estableciendo que es en su pueblo donde los restos óseos de la santa fueron encontrados y no en Zubiri. No es la primera vez que las villas riñen por hechos de esta clase.

         La parte más antigua forma un caserío diminuto construido en los márgenes del río: una plaza cuadrada rodeada de algunas casas, tres o cuatro travesías y una recia casona desde donde sale un largo andador plantado de árboles en la orilla derecha. Lo demás, que se extiende siguiendo la línea que traza la carretera principal, es construcción moderna sin ningún interés monumental. A dos o tres km., en dirección Pamplona, se levanta una factoría de chimeneas y hierros productora de magnesitas que arroja penachos blancos de humo que tizna la atmósfera del valle, y, junto a la empresa, se depositan los residuos grisáceos de la explotación formando grandes piscinas sólidas, que vuelven a rasgar la verdura de los montes y sierras. Es el “progreso” frente a la tradición.

        Al atardecer paseo por sus calles y alrededores. Justo en la zona alta, como observador mudo y somnoliento, está el cementerio. Dentro, flores, parterres y tumbas con lacónicas frases de recuerdo de los antepasados. Y al lado, silenciosos, pastan unos caballos y algunas ovejas sin levantar la cabeza. Me llaman la atención dos detalles que nada tienen en común: la primera es que al Colegio Público le han dado un acertado nombre, Xavier Zubiri, que fue pensador y activista donostiarra, prócer de algunas generaciones y defensor de la teología de la liberación, entre otras cosas. Recuerdo que uno de sus discípulos, Ignacio Ellacuría, murió asesinado en el Salvador defendiendo las mismas ideas que el maestro; y la segunda es la presencia en un barecillo de dos anuncios llamativos pegados a la pared. Uno de ellos recoge la exhibición de un levantador de piedras navarro muy conocido, Inaxio Perurena, hijo de Iñaki, al que se considera el mejor de todos los tiempos, que va a levantar 303 Kg.; y el otro informa sobre un concurso ornitológico que se celebrará en Pamplona con la pintoresca fotografía de un hermoso jilguero. Ambas actividades constituyen tradiciones seculares en Navarra.

             Antes de descansar dos cachorros de gato juguetean entre las sombras de la noche. Por el ventanuco de piedra de la habitación observo y escucho el latir del río que sigue su curso.

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                                                                                                                                                Casa en Ilarratz

             Ya con los primeros claros del día se toma el sendero, que transcurre en algunos tramos junto al Arga en un terreno llano, bajo la fronda de las ramas de los árboles. La vegetación sigue siendo exuberante y la temperatura muy suave. Tras un exigente repecho viene el caserío de Ilarratz, que muestra en primer plano la reciedumbre y solidez de las casas navarras. Ezquirotz es una loma con pocas casas y desde allí se llega pronto a Larrasoaña. No desmerece el pueblo una visita. Tras traspasar un magnífico puente medieval de piedra de tres ojos, llamado el de los Bandidos, las casas flanquean la alargada calle central como es costumbre en el Camino de Santiago. Se dice que también existen dos cofradías fundadas en el siglo XVIII que se dedican a la atención y cuidado de los peregrinos.

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                                                                                                                       Bosque en Aquerreta

        Debe salirse nuevamente por el puente para que el camino se interne en las umbrías de los bosques de Aquerreta, antes de llegar a Zuriáin. Es un marco de densa vegetación, junto al río, que despierta la fantasía e imaginación del común de las gentes. No es difícil escuchar ruidos extraños en estos pagos bosquosos, ni creer ver entre las umbrías siluetas de viejas narigudas que susurran cosas indescifrables con una voz quebrada. A veces pueden oírse lamentos, ecos dolorosos, sonidos guturales, que saliendo de la profundidad de las nieblas que cubren el monte llegan diluidos a los caminantes cada vez más asustados. Lo cierto es que brujas y aquelarres, machos cabríos y nigromantes, los ha habido en Navarra desde el principio de los tiempos. Y si no, los procesos inquisitoriales de los siglos XVI y XVII desatados en este parte de la Península, y otras, se han encargado por sí mismos de crearlos. Visto con la perspectiva de los siglos, las brujas eran peculiares mujeres de aldea, que sanaban mediante ritos y usos medicinales naturales, las enfermedades que la medicina tradicional desconocía. La leyenda las eleva a figuras horripilantes de gorro cónico que surcan los cielos en escobas y secuestran a los niños malos.

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                                                                                                             Campana de bronce de S. Estebán

             Antes de llegar a Zuriáin una manada de ponis de raza autóctona pace en una pradería vallada con alambres. El pueblo queda a la derecha de la carretera general. Se sigue por la misma y se deja pronto para coger el margen izquierdo del Arga en dirección a Zabaldica. Una cuesta empinadísima nos saca a la iglesia románica del siglo XIII de S. Estebán. Sudorosos los peregrinos, nos sentimos aliviados con la sombra que proyecta la iglesia, donde espera sentada en una silla articulada de playa una de las monjas que habitan el monasterio contiguo.  Después de rendirle cuentas de dónde viene cada uno, nos invita a visitar el interior de la iglesia y el campanario, que se abre en lo alto de una torre rectangular que parte del coro. Se asciende por una estrecha escalera de caracol para salir a la planta en que cuelgan airosas dos enormes campanas de bronce. Una de ellas está fechada en 1377, y de ella se dice que es la más antigua de Navarra. Es una tradición hacerla sonar, y así repetimos la operación los cuatro caminantes que decidimos subir a lo alto. Nadie se arrepiente de estar allí porque además puede admirarse el paisaje que se prolonga más allá del pueblo, sierras y cuetos arbolados en suave contraste con una llanura de secano que anuncia el fin de la Navarra húmeda.

        Poco a poco, bajo un sol tórrido y un ambiente cada vez más sofocante, se pasa por Arleta, que es un pequeñísimo caserío, y se entra en el poblado de Villaba a través del puente medieval de la Trinidad de seis arcos, sobre el río Ulzama. La alargada calle mayor aboca a Burlada y se entra en Pamplona a través del Puente de la Magdalena del siglo XII, reformado en el siglo XIX. El cansancio a esta alturas empieza a hacerse notar, y el último tramo, que bordea las vetustas murallas de la ciudad sin ninguna protección del sol, se hace más penoso. Se empina la cuesta y, por fin, se pasa bajo el arco de la Puerta de Zumalacárregui, por la que él salía, en dirección opuesta a la mía, a combatir contra las tropas gubernamentales de Isabel II, hace siglo y medio.

           Me dejo llevar por las conchas ancladas al suelo hasta dar con el reposo del peregrino, molido como el grano por una etapa muy calurosa y larga.

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                                                                                                                      Murallas de Pamplona.