Un suceso extraño.

 Camino003[1]

             (Este cuentecillo se lo dedicó a los soñadores que han perdido todas las batallas)

   – ¡Mario! Déjalo ya, que has hecho bastante por hoy. ¿A dónde has llegado, bendito mío? Que mira que trazas, que no sé que voy a hacer contigo… ¿Vienes de Roncesvalles?

   – De Nájera, y no pude llegar a Sto.Domingo, porque estos pies que el señor me dio están hechos un cristo.

Mario fue, mientras estuvo en activo, un brillantísimo funcionario de levita y manguitos. Nadie pulsaba la estilográfica como él, de letra bien vertical y hacedor de los mejores puntos sobre las ies, así como iniciaba las primeras letras como si se tratase de  las caligrafías góticas de los miniados medievales, y hasta hubiera llegado a jefe de intendencia si no fuese porque el camarada de al lado, Vicente, hacía tanto la pelota al señor director que pronto ocupó aquel prestigiado cargo. Amaba la naturaleza como el que más, e incluso, un día, yendo al despacho se detuvo a coger un grillo que frotaba las alas en mitad de la calle. Por supuesto, nadie escuchaba el canto del indefenso animalillo, excepto Mario, que tenía para estos casos oídos de tísico. Lo escondió en una cajita de zapatos y lo guardó en el fondo de la gaveta, pero con tan mala fortuna que comenzó a entonar el gri gri mientras desenvainaba la pluma y, el amable jefe, que controlaba  muy de cerca al impecable funcionario, lo arrojó por la ventana sin más zarandajas. Mario se puso colorado como siempre que le ocurría algo que no podía dominar por vergüenza y pidió permiso para ir al excusado.

Visitando un día uno de aquellos raros librejos heredados de su padre, contempló  un bellísimo cromo en que un peregrino estaba parado ante el pórtico de una desvencijada iglesia. Como tenía afán investigador pronto supo todo de aquella aventura de peregrinos y, entonces, solícito y con las justas palabras, pidió a su esposa que lo dejara marchar para hacer probaturas, que si luego no resultaba, pues volvería a casa y en paz.

          – Que no, que no, Mario, no seas majadero.

Así es que, no pudiendo irse a tierras de peregrinos, decidió zambullirse de lleno en la vastísima literatura que trataba del asunto. No quedó revista, ni libro, ni papel alguno por donde asomara la palabra peregrino, que no cayese bajo el monóculo devorador de Mario, porque como quería enterarse del más pequeño detalle acabó comprando una lente especial para leer las notas a pie de página, notablemente menudas. Llegó a apilar sobre su mesa rimeros de hojas tan verticales como la torre de la iglesia de su pueblo. Pero poco a poco empezó a desvariar de modo extraño. Y mientras dormía soñaba que sus pies vagaban libres de Sahagún a León y de León a Ponferrada, y hasta se levantaba cansado porque decía a su carísima esposa que no había parado de caminar. La locura llegó al colmo cuando una tarde, sentado apacible con el monóculo en la mano, dio un inusitado salto y solemne dijo:

          –Mujer, tráeme ese bordón y ayúdame con la esclavina que me voy al Camino a poner laureles y hojas de reyes a ese santo patrón de España, gloria nuestra y del mundo entero.

Y como lo dijo lo hizo. Daba vueltas alrededor de su casa, que ocupaba un solar amplio, y cada círculo completo equivalía a un tramo del camino. Así, si daba una vuelta a toda la manzana había partido de Roncesvalles y llegaba a Zubiri, si hacía dos el lugar de destino era Pamplona. Una vez dio diez vueltas y los ojos no le cabían en las cuencas del orgullo tan alto que sintió de sí mismo, porque había salido de Roncesvalles muy temprano y alcanzó Santiago al rayar el mediodía.

           –¡Qué venga Dios y lo vea! Mujer, agua, que este peregrino está sediento.

Aquella tarde la mujer no tuvo buenos presentimientos, notó algo más despistado de lo habitual a su marido, que recortaba en la mesa de camilla  la fotografía de un tal Prisciliano, y que no era del gusto de Mario. A pesar de todo, dio un brinco y con la ceremonia de siempre asió la curvatura del cayado y paso el abrigo por el hombro.

        –Hoy, mi amada, tengo el alto honor de irme a León para contemplar el cielo del románico más estrellado que jamás haya pintado querubín alguno. No me esperes despierta.

 No quiso darle más importancia pues todos los días volvía a la media hora de haberse ido. Poco a poco la noche venció al día y todo se tiñó de un tinte violeta que acabó por ocultar los árboles y las plantas y el viejo cenador del jardín. Un cendal de niebla acabó por poner una nota de misterio que provocó un ligero estremecimiento en el ánimo de la mujer.

      – ¡Mario, Mario!

  Afuera lo encontró mirando el cielo románico esculpido por un querubín y exhibiendo en la comisura de los labios la bondad que nunca perdió. Directamente ya residía en aquel cielo. La mujer lo tapó y le cogió la mano ya fría. Luego lo besó como nunca lo había hecho y esperó a que amaneciera sentada junto a él.