Cuento de Navidad.

                               carpinteria[1]

         Con la garlopa en la mano acababa de rematar el último listón de madera cuando el maestro carpintero arrancó un grito sordo:

        – ¡Varisto! preguntan por ti-.

     Todos le conocían por Varisto a pesar de que su mujer decía que lo llamasen Evaristo porque así fue bautizado y para algo debía servir el santo sacramento.

      Salió disparado al teléfono y a punto estuvo de tropezar con la gruesa pata de la mesa de madera:

        – Sí. Soy yo-.

        – En cualquier momento puede pasar, así que si quiere llegar a tiempo, venga cuanto antes-.

      De la cornucopia añosa cogió zozobrante la bufanda y el tabardo que por su aspecto gastado parecían muy viejos. Se enfundó uno y pasó por el cuello la otra. Varisto tenía no más de cuarenta años, no hizo en la vida otra cosa que aprender de su padre el oficio de carpintero y desempeñarlo con la diligencia de un buen aprendiz. Pero las cosas empezaron a irle mal y se vio obligado a vender la carpintería y luego la cómoda vivienda familiar. Va para dos años que no trabaja, pero el maestre-carpintero, Elías, lo contrató a tiempo parcial y así va sobreviviendo sin más lujos y con muchas estrecheces.

       Afuera, la calle era un hervidero de gente que iba y venía por todas partes. Corrió a tomar el autobús de la parada 52 y hubo de pegarse a la esquina de la calle Mayor porque los viandantes se apelotonaban ante los esplendentes escaparates que impedían el paso. Antes de llegar franqueó la esquina y pudo ver a dos ancianos que echaban mano a la basura del contenedor. El bus salía en ese momento y debía esperar veinte minutos para tomar el próximo. Así que decidió ir corriendo y de paso se ahorraba el precio del billete.

         – ¡Chaval!  A ver si miras por dónde vas. Cada vez hay menos respeto-, dijo alguien.

      En un momento se plantó ante el enorme edificio de color gris. Una gran visera servía de entrada y ya en el vestíbulo preguntó por la habitación. Allí estaba ella, asustada.

          – ¿Cómo está, doctor?, repetía sin dejar de mirarla-.

      El parto fue largo y doloroso. Varisto recuerda los fríos sudores que le arroyaban por la frente y las manos de su mujer que le agarraban con fuerza del cuello como si deseara que no se fuese nunca de su lado. Al fin la criatura rompió a llorar y él hizo lo mismo tras haber besado lene el rostro empapado de la madre.

         – Vaya a descansar a casa. Aquí no hace nada-.

      Eran las doce de la noche. Burgos, milenaria ciudad, lo recibía con un aire gélido y los primeros copos de nieve empezaban a caer suavemente. Ya en el guardillón de la lóbrega finca, se tumbó sobre la cama y sintió el frío de la estancia. Arropado por las mantas solo asomaban sus enternecidos ojos que miraban, a través de la lucerna, la vía láctea abrirse como pétalos de una flor en primavera, vía láctea que guía a los peregrinos a Santiago de Compostela, le solía decir su padre. Él, como ellos, transitaban esta tierra a golpe de lágrimas y sonrisas que el destino reparte al azar. Era Navidad.

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El poema “El peregrino” de Luis Cernuda.

           

            Sirva de preludio al relato del peregrino este bello y acabado poema de Luis  Cernuda (1902-1963), miembro de la generación del 27, que está dedicado a sí mismo pues se trata de un monólogo en el que el poeta se desdobla en un “tú”. Está ligado a su propia experiencia de “peregrino obligado” pues se exilió tras la guerra civil y murió en esta condición en México. Aunque no es su intención glosar las circunstancias de un peregrino corriente, sin embargo hallo en este poema un aspecto muy interesante que se refiere a la condición errante del caminante que debe despojarse de lo inútil- dinero, honores, soberbia- para ser más puro y más hombre. Concuerda mucho con la estrofa machadiana del “Retrato”:”Y cuando llegue el día del último viaje/….me encontraréis a bordo, ligero de equipaje/, que quiere decir sin cargas materiales o morales que impidan al hombre morir en paz. Estimo que la gran lección es la de vivir así, como el peregrino, libre de las terribles cadenas que nos aherrojan a las miserias y abiertos a los valores más nobles- el ser para el otro, la sencillez, la honradez, el trabajo, la amistad, el amor en fin-. Ser peregrino es intentar ser algo así, sombra de un ideal.

                   Dice:                                      

                                 ¿Volver? Vuelva el que tenga

                                  tras largos años, tras un largo viaje,

                                  cansancio del camino y la codicia

                                  de su tierra, su casa, sus amigos,

                                  del amor que al regreso fiel le espere.

                                  Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas,

                                  sino seguir libre adelante

                                  disponible por siempre, mozo o viejo,

                                  sin hijo que te busque, como a Ulises,

                                  sin Itaca que aguarde y sin Penélope.

                                  Sigue, sigue adelante y no regreses,

                                  fiel hasta el fin del camino y tu vida,

                                  no eches de menos un destino más fácil,

                                  tus pies sobre la tierra antes no hollada,

                                  tus ojos frente a lo antes nunca visto.  

                                  Poema escrito en los últimos años de su vida.

El violinista de Tierra de Campos.

imagesCAYZX9MB      Es probable que nadie se crea esta historia pero los más viejos la recuerdan como si hubiera sucedido hoy mismo. Ellos me la contaron con todo lujo de detalles y así yo te la transmito sin quitarle ni una migaja de verdad.

     Hace ya muchos años, e incluso siglos, que a la entrada de un vetusto pueblo, sentado en un poyo de piedra, pasaba muchas horas un añoso violinista. No se movía del sitio ya lloviera, nevara o calentara el sol. Ni comía ni bebía. Allí venía con los primeros rayos y de allí se iba con las últimas luces. Arrebujado como una tórtola, bajo el sayón rematado por unas roídas chancletas, barba blanca y ojos zarcos, el viejo venerable no paraba de templar las cuerdas del violín para extraer las melodías más bellas. Todo el desaliño de aquella figura contrastaba con el impoluto instrumento que relucía como una patena. Y al irse a su casa repetía siempre el mismo ritual: lo arrollaba celosamente en un pergamino e introducía el instrumento en una caja anacarada que le regaló un rico caminante. Los peregrinos nunca pasaban de largo y se quedaban un buen rato para escuchar los finos acordes del instrumentista. A veces, hasta se formaban remansos que impedían avanzar a los que iban llegando.

       – ¡Rediez, sancristo , que no está el horno pa estos bollos!-

       Pero al pronto sus caras se transfiguraban y, asombrados, detenían con gusto el paso. El ilustre virtuoso solo les pedía a cambio unas monedas para su sustento y lo cierto es que, aunque el peregrino viajaba con pocos medios, echaba los restos en este noble envite. Y esto sucedía un día tras otro, hasta que una tarde invernal, gélida, fresquísimo el aire por el que empezaban a deslizarse los primeros copos de nieve, el violinista quedó aprisionado en un sueño eterno. Los escasos peregrinos que pasaban no le daban importancia pues estaban acostumbrados a ver siempre al anciano en el mismo lugar y creyeron que estaba dormido.

        La noche se hizo más profunda y negra, como boca de lobo, nada se movía en el crudo frío del campo castellano y, en un momento inesperado, acompañando al viento, comenzaron a sonar las notas del violín que muy lentas, lentísimas, subieron al cielo para hacerse estrellas. Y así se formó la Vía Láctea que guía por las noches a todos los peregrinos que viajan a Santiago.

                                                                     Buen camino.

El cuento de nunca acabar.

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          No entraba en el guión el relato que sigue, pero las penas deben salir pronto de la garganta.

         Érase no hace mucho tiempo que seis hombres transitaban confiados por el Camino. Según fuese la anchura del espacio viajaban unas veces en hilera de dos, otras cogidos los seis pasándose las manos por el hombro y hasta incluso entrelazadas como hacían de novios con sus parejas. En fila, como hormigas, hablaban alto acaso para espantar los temores o guardaban un sospechoso silencio que escondía los recuerdos más entrañables y cálidos. Uno creía mecer en sus brazos la niña nacida hace unos días; otro saboreaba los minutos que le separaban del adiós definitivo al trabajo; alguno esbozaba una tímida sonrisa recordando los tempranos días junto a la madre, hoy marchita por el tiempo como esa flor del camino; alguien, en fin, imaginaba abrazarse a su mujer para llenarla de amor. Pero era hermoso verlos agavillados  como las doradas espigas del campo entonando esa canción minera que nació del fragor, de la solidaridad y la angustia: en el Pozo María Luisa, tralaralala, en el Pozo Mª Luisa, tralaralala, murieron cuatro mineros, mirar, mirar Maruxina, mirar como vengo yo. Y llegado ese yo se enardecían los ánimos como fuego que crece y quema.

          Viajaban con sus vestidos de gala, el mono azul desteñido, camisa con trazas negras imborrables, el casco colgado del cinturón y las gruesas botas impermeables. Eran hombres como topos que horadaban el suelo de la tierra y trabajaban con dureza para ganar el pan de cada día. No más. El resto de su entrega y esfuerzo se lo regalaban al acaudalado patrón .

          Venían por el Camino y no llegaron a León, se quedaron parados para siempre en la Pola de Gordón: un bufido de grisú los derribó al suelo y, como cadáveres esparcidos en el campo de batalla, allí exhalaron el postrero aliento. Llovía o, qué más da, lloverá en la boca del pozo, en el brocal de la mina. Cuentan quienes saben mucho que las gotas de lluvia son las últimas lágrimas del Apóstol abrumado por tanta pena.

Un cuento que escuché a un gañán.

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     Yendo de camino, junto a una pradería bañada por las aguas cristalinas del río, escuché de un mozo un relato sobre una pastora que decía …

     Cuidaba yo mi rebaño no como una pastora diligente, sino como una celosa madre que ama a sus ovejas. Por las noches las recogía en el aprisco a salvo de las fieras y al amanecer, con las primeras gotas del rocío, liberaba el cerrojo de la talanquera. ¡Daba gusto verlas pacer en el prado! Mi pensamiento no era otro que estuviesen bien, tal como mis padres deseaban pues iba en el empeño el cuidado de las rentas familiares.

    Un día inesperado, tormentoso y fosco, acaeció un suceso que cambiaría la vida del valle. De las altas y escarpadas montañas bajaron a beber una manada de lobos. Llevaban en sus acerados hocicos el olor de las ovejas y el ansia de la muerte en los afilados colmillos. Bebieron hasta saciarse y, escondidos entre las zarzas y las cañas de la orilla, aguardaron la umbría de las horas postreras para devorarlas.

    -¡Qué viene el lobo!- grité, -¡Qué viene!-

    Súbitamente, erguida sobre sus poderosas patas, apareció una loba blanca como nieve recién caída del cielo. Solo el líder de la manada se enfrentó a la recién llegada, pero un tajo certero en el cuello acabó con la vida del feral enemigo. Los demás, prisioneros del miedo, emprendieron la huida hacia lo más profundo del bosque y nunca más se volvió a saber de ellos.

   Agradecí que la loba salvara la vida de las ovejas y la mía propia. Le curé las heridas que aún sangraban, comió y bebió de mi mesa y la acogí como una hermana.

   Quien esto contaba añadía que algunos peregrinos, aún hoy, ven brillar en el cielo crepuscular la figura resplandeciente de una loba blanca que desde algún sitio misterioso cuida y protege a los caminantes en su marcha a Compostela.