La encrucijada.

       Llegaba de lejos siguiendo la dirección del sol que empezaba a calentar al mediodía. Los rayos caían a plomo sobre su cuerpo cansado y apenas dibujaban una escuálida sombra sobre la tierra del sendero. Ocupaba el centro en que convergían los caminos y, firme como una piedra, no sabía en qué dirección debía avanzar.

       Cosa extraña, pero el aire le trajo un olor a sal de donde brotó el recuerdo de la playa. Imaginó el suave batir de las olas. Casi se ahoga en el envite. Su padre se empecinó en que, a pesar del cielo encapotado que predecía lluvia, habían venido ese día para bañarse en el mar. El delgado cuerpo del niño corría alborotado entre risas y saltos, dejando sobre la fina arena húmeda las huellas de los pies menudos. Apenas dio unos pasos y se encontró envuelto en un tirabuzón de espuma que lo arrastraba hacia adentro como si las fauces de un corpulento animal tiraran de él. El padre apareció providencialmente para evitar lo que pudo ser un día trágico. Sus grandes y cuidadas manos atenazaron las carnes tiernas del muchacho y lo sacaron del agua a las bravas. Al principio, por hacerse fuerte, el niño dibujó una falsa sonrisa, pero cuando su padre lo estrechó entre sus brazos rompió a llorar atemorizado por el restregón de las olas. El blanco pecho, moviéndose convulsamente y los ojos asustados, como salidos de las órbitas, reflejaban el peligroso momento por el que acabada de pasar. Por eso no me apetece nunca bañarme en el mar, pensaba el indeciso peregrino, que todavía dudaba sobre cuál de los caminos debía tomar. Ya el sol había avanzado un poco consiguiendo así que la umbría de su cuerpo se estirase algo más. Y el sudor cubría de gotas espesas las grietas de la cara. Miró en lontananza los campos que se sucedían undosos y más al fondo las alcarrias que cerraban el horizonte formando unas líneas quebradas que se cortaban en el índigo del cielo. Entonces imaginó la correría que se dio aquella tarde de verano espantando a los pollos de codorniz entre los trigales. Resultaba curioso, necesitaba tomar una decisión de futuro y, sin embargo, aleteaban bajo el alero de sus pensamientos solo retazos del pasado. Que no, que no, se decía, que debo saber por dónde debo ir.

     Salió en bicicleta para pasar un rato y, de paso, observar a los pequeños inquilinos del páramo que tanto le gustaban. La tarde declinaba y la noche cubrió de suave satén estival los campos amarillos. Por fin tropezó con una bandada de polluelos de codorniz y echó a correr detrás por ver si podía atrapar alguno. Cuando quiso volver estaba perdido. Soplaba un viento recio que además le impedía pedalear en la bicicleta cuando acabó por encontrarla en la orilla de la carretera. La esperanza se abrió al iluminar la calzada el automóvil que conducían los guardias que habían recibido la orden de encontrar al adolescente extraviado en la llanura del páramo fosco. Y por segunda vez, aguardando a la entrada del pueblo, aparecía la figura del padre que, aunque nervioso en el fondo, fingía estar sereno. Se le escapó una frase, tu madre está desquiciada, que hizo que el joven sintiera vergüenza cuando ya todo había pasado.

    ¿Qué hago? ¿Hacia dónde camino?, se preguntaba el peregrino. Y mirando el azul radiante del cielo pensó en el azul del mar. La pesca de los cangrejos removió una vez más los recuerdos. Ella vestía un atractivo traje de baño de rayas azules y blancas y llevaba colgada de los hombros una toalla que casi tocaba el suelo. Vámonos a coger lapas, repetía. Sí, eso, vámonos. La marea había bajado ostensiblemente y dejó desnudos los roquedales que formaban un laberinto de improvisadas calles por las que era fácil extraviarse. En una de aquellas sendas los dedos entrelazaron los suyos y los dos cuerpos, entretejiéndose, se buscaron ansiosamente sin miedo. Discurrieron luego sobre los muslos de la muchacha, blanquecinos pero tersos como el cristal, y quiso la suerte que los pechos se ofrecieran a sus manos como pétalos de la más bella flor en primavera. El muchacho hundió sus labios en el cuello y percibió un olor a sal y piel que ahora volvía a aspirar en la encrucijada del camino. La tarde, que expiraba vertical, hizo lo demás. Los espejos de agua marina que la bajamar dejó entre las rocas registraron uno de los más bellos episodios de amor adolescente. ¡Quién sabe si aún ese espejo permanece allí, inquebrantable!

     ¡Va, bobadas ¡ pensó el viajero. Colocó su mano sobre la frente y comprendió mirando al cielo refulgente que debía caminar siguiendo la estela que el sol diseñaba hacia Poniente porque ese era el futuro que comenzaba en este momento. Y caminó hacia donde el sol se pone decidido a empezar de nuevo.

                                                                           cruce caminos[1]

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