Federico García Lorca (II).

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Madrigal a la ciudad

         de Santiago                                                                                              

Llueve en Santiago
mi dulce amor.
Camelia blanca de aire
brilla temblorosa al sol.

Llueve en Santiago
en la noche oscura.
Hierbas de plata y de sueño
cubre la luna llena.

Mira la lluvia por la rúa,
lamento de piedra y cristal.
Mira el viento descolorido
sombra y ceniza de tu amor.

Sombra y ceniza de tu amor
Santiago, lejos del sol.
Agua de la mañana antigua
tiembla en mi corazón.

      Se trata de un breve poema de arte menor, distribuido en cuatro estrofas asonantadas parcialmente, que presenta como tema principal y único la fascinación que siente el poeta por Santiago. Porque Compostela es su amor, no amargo, dulce; y porque es tal el encanto que deja, que vibra en el corazón. Sin duda alguna, esta ciudad sorprende emocionalmente a Lorca, como pudiera hacerlo Granada o cualquier otro rincón del gusto del poeta, cuando ya la visita por primera vez en 1916. Y es que en realidad Santiago no ha dejado indiferente a nadie que se haya acercado con la ingenuidad del niño y la curiosidad del sabio.

    La ciudad se personifica, figura semántica de la prosopopeya, cuando se convierte en objeto de su amor, pero sobretodo, cuando es al mismo tiempo receptora de las confesiones del granadino como si se tratara de un amigo, mediante el uso doble de la forma imperativa mira, que recuerda a la famosa expresión machadiana mira el Moncayo azul y blanco, que dirige a su amada LeonorEs, por lo tanto, Santiago no solo el centro temático, eje significativo, sino el necesario interlocutor que escucha la pasión que siente por él el poeta. De esta manera la ciudad cobra una importancia aún mayor como protagonista con el que se conversa.

     Se atreve además Lorca, porque fue poeta de cuna, con el hallazgo de dos metáforas, al menos una, que describen poéticamente a la ciudad. Es por un lado camelia blanca que brilla bajo el sol, curiosa la identificación que realiza de la ciudad; y es además agua de mañana antigua, aún más espléndida que la anterior.

     Por último hay dos elementos consustanciales con la ciudad, la lluvia siempre y, esporádicamente, el viento, símbolo del gusto de Lorca, muy usado en el conjunto de su producción poética. Llueve y llueve, asi se inician la primera y la segunda estrofas- ¿cuartetas?-, lluvia, aparece en la tercera, para quien tiene también esperando en la recamara dos contundentes imágenes, hierbas de plata y de sueño y lamento de piedra y cristal. Y en cuanto al viento, el epíteto descolorido, lo hace especialmente ingrávido y puro, casi como la lluvia que no deja de caer sobre las piedras históricas de esta ciudad.

    Otras cualidades del poema son la repetición de versos, la unión de dos estrofas por la redundancia del mismo verso, la aparición de la luna sin el sentido simbólico de dolor y muerte a que Lorca nos tiene acostumbrados en el Romancero Gitano etc.

     Y es que Santiago, se dice, lo dice el poeta, enamora como una mujer o un hombre.