El violinista de Tierra de Campos.

imagesCAYZX9MB      Es probable que nadie se crea esta historia pero los más viejos la recuerdan como si hubiera sucedido hoy mismo. Ellos me la contaron con todo lujo de detalles y así yo te la transmito sin quitarle ni una migaja de verdad.

     Hace ya muchos años, e incluso siglos, que a la entrada de un vetusto pueblo, sentado en un poyo de piedra, pasaba muchas horas un añoso violinista. No se movía del sitio ya lloviera, nevara o calentara el sol. Ni comía ni bebía. Allí venía con los primeros rayos y de allí se iba con las últimas luces. Arrebujado como una tórtola, bajo el sayón rematado por unas roídas chancletas, barba blanca y ojos zarcos, el viejo venerable no paraba de templar las cuerdas del violín para extraer las melodías más bellas. Todo el desaliño de aquella figura contrastaba con el impoluto instrumento que relucía como una patena. Y al irse a su casa repetía siempre el mismo ritual: lo arrollaba celosamente en un pergamino e introducía el instrumento en una caja anacarada que le regaló un rico caminante. Los peregrinos nunca pasaban de largo y se quedaban un buen rato para escuchar los finos acordes del instrumentista. A veces, hasta se formaban remansos que impedían avanzar a los que iban llegando.

       – ¡Rediez, sancristo , que no está el horno pa estos bollos!-

       Pero al pronto sus caras se transfiguraban y, asombrados, detenían con gusto el paso. El ilustre virtuoso solo les pedía a cambio unas monedas para su sustento y lo cierto es que, aunque el peregrino viajaba con pocos medios, echaba los restos en este noble envite. Y esto sucedía un día tras otro, hasta que una tarde invernal, gélida, fresquísimo el aire por el que empezaban a deslizarse los primeros copos de nieve, el violinista quedó aprisionado en un sueño eterno. Los escasos peregrinos que pasaban no le daban importancia pues estaban acostumbrados a ver siempre al anciano en el mismo lugar y creyeron que estaba dormido.

        La noche se hizo más profunda y negra, como boca de lobo, nada se movía en el crudo frío del campo castellano y, en un momento inesperado, acompañando al viento, comenzaron a sonar las notas del violín que muy lentas, lentísimas, subieron al cielo para hacerse estrellas. Y así se formó la Vía Láctea que guía por las noches a todos los peregrinos que viajan a Santiago.

                                                                     Buen camino.

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