El cuento de nunca acabar.

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          No entraba en el guión el relato que sigue, pero las penas deben salir pronto de la garganta.

         Érase no hace mucho tiempo que seis hombres transitaban confiados por el Camino. Según fuese la anchura del espacio viajaban unas veces en hilera de dos, otras cogidos los seis pasándose las manos por el hombro y hasta incluso entrelazadas como hacían de novios con sus parejas. En fila, como hormigas, hablaban alto acaso para espantar los temores o guardaban un sospechoso silencio que escondía los recuerdos más entrañables y cálidos. Uno creía mecer en sus brazos la niña nacida hace unos días; otro saboreaba los minutos que le separaban del adiós definitivo al trabajo; alguno esbozaba una tímida sonrisa recordando los tempranos días junto a la madre, hoy marchita por el tiempo como esa flor del camino; alguien, en fin, imaginaba abrazarse a su mujer para llenarla de amor. Pero era hermoso verlos agavillados  como las doradas espigas del campo entonando esa canción minera que nació del fragor, de la solidaridad y la angustia: en el Pozo María Luisa, tralaralala, en el Pozo Mª Luisa, tralaralala, murieron cuatro mineros, mirar, mirar Maruxina, mirar como vengo yo. Y llegado ese yo se enardecían los ánimos como fuego que crece y quema.

          Viajaban con sus vestidos de gala, el mono azul desteñido, camisa con trazas negras imborrables, el casco colgado del cinturón y las gruesas botas impermeables. Eran hombres como topos que horadaban el suelo de la tierra y trabajaban con dureza para ganar el pan de cada día. No más. El resto de su entrega y esfuerzo se lo regalaban al acaudalado patrón .

          Venían por el Camino y no llegaron a León, se quedaron parados para siempre en la Pola de Gordón: un bufido de grisú los derribó al suelo y, como cadáveres esparcidos en el campo de batalla, allí exhalaron el postrero aliento. Llovía o, qué más da, lloverá en la boca del pozo, en el brocal de la mina. Cuentan quienes saben mucho que las gotas de lluvia son las últimas lágrimas del Apóstol abrumado por tanta pena.