Federico García Lorca (III).

luna llena 

Danza da lúa en Santiago

¡Fita aquel branco galán,
olla seu transido corpo!

É a lúa que baila
na Quintana dos mortos.

Fita seu corpo transido
negro de somas e lobos.

Nai: a lúa está bailando
na Quintana dos mortos.

¿Quén fire potro de pedra
na mesma porta do sono?

¡É a lúa! ¡É a lúa
na Quintana dos mortos!

¿Quen fita meus grises vidros
cheos de nubens seus ollos?

¡É a lúa! ¡É a lúa
na Quintana dos mortos!

Déixame morrer no leito
soñando con froles d’ouro.

Nai: a lúa está bailando
na Quintana dos mortos.

¡Ai filla, co ar do ceo
vólvome branca de pronto!

Non é o ar, é a triste lúa
na Quintana dos mortos.

¿Quén brúa co-este xemido
d’imenso boi melancónico?

¡Nai: É a lúa, a lúa
coronada de toxos,
que baila, e baila, e baila
na Quintana dos mortos!

 

Danza de la luna en Santiago

¡Observa a aquel blanco galán,/ mira su transido cuerpo! /Es la luna que baila en la Quintana de los muertos. /Observa su cuerpo transido/ negro de sombras y lobos./ Madre: la luna está bailando en la Quintana de los muertos./ ¿Quién hiere potro de piedra/ en la misma puerta del sueño?/ ¡Es la luna! ¡Es la luna en la Quintana de los muertos!/ ¿Quién observa mis grises vidrios/ llenos de nubes sus ojos?/ ¡Es la luna! ¡Es la luna en la Quintana de los muertos!/ Déjame morir en el lecho/ soñando con flores de oro./ Madre: la luna está bailando en la Quintana de los muertos/. ¡Ay hija, con el aire del cielo/ me vuelvo blanca de pronto!/ No es el aire, es la triste luna/ en la Quintana de los muertos./ ¿Quién brama con este gemido/ de inmenso buey melancólico?/ ¡Madre: Es la luna, la luna/ coronada de tojos,/ que baila, y baila, y baila/ en la Quintana de los muertos! firma de lora  

          Es este un poema inserto en la tradición más genuina de Lorca, que guarda extraordinarias concomitancias con el “Romance de la luna, luna”, del libro Romancero Gitano, e incluso con el “Romance sonámbulo” del mismo libro. Se trata de un diálogo dramático entre madre e hija acerca de la muerte próxima de aquella, que experimenta la angustia de los postrimeros momentos de la vida previos a la definitiva partida. Y para ello Lorca recurre a la imagen de la luna como símbolo del presagio de la muerte, que aparece dibujada con los rasgos tétricos propios, tales como cuerpo transido/ negro de sombras y lobos. En este caso la muerte-luna danza además en la Plaza de los Muertos, una de las cuatro que rodean la Catedral, donde antaño se enterraban los monjes benedictinos que custodiaban el sepulcro de Santiago hasta que en 1780 se trasladan al actual cementerio. Todo sucede como en el “Romance de la luna, luna”, donde el cuerpo celeste, personificado como una bailarina, presagia la muerte del gitanillo, al cual se lleva de la mano por el cielo.

        La hija realiza una acción pasiva pues solo responde angustiosamente a la madre para anunciarle su muerte mediante la repetición, recurso típico lorquiano, de los versos de entonación exclamativa y enunciativa ¡Es la luna, la luna!…la luna está bailando.Mientras que, por el contrario, la madre lleva significativamente el peso de la acción en el lecho de muerte, planteando interrogantes dramáticos como pudiera hacerlo cualquier llamado a la último viaje al infinito, al más allá o a la nada. La misma madre, que da vida a la luna, se pregunta por esa que la hiere, la observa y la brama como un buey melancólico.

        Pero, al contrario del Romace citado, la madre permanece yacente y viva, diríase agonizante y en situación de inquieta espera.

        Una vez más, el poeta adopta el metro octosilábico repartido en varios pareados y una copla final con que se cierra el poema y que viene a resumir el tema del texto. La asunción de formas populares, junto al empleo de inauditas y brillantes expresiones retóricas lorquianas,convierten este poema en un vivo ejemplo de neopopularismo, corriente en que destacó el ilustre poeta granadino.

Federico García Lorca (II).

federico

Madrigal a la ciudad

         de Santiago                                                                                              

Llueve en Santiago
mi dulce amor.
Camelia blanca de aire
brilla temblorosa al sol.

Llueve en Santiago
en la noche oscura.
Hierbas de plata y de sueño
cubre la luna llena.

Mira la lluvia por la rúa,
lamento de piedra y cristal.
Mira el viento descolorido
sombra y ceniza de tu amor.

Sombra y ceniza de tu amor
Santiago, lejos del sol.
Agua de la mañana antigua
tiembla en mi corazón.

      Se trata de un breve poema de arte menor, distribuido en cuatro estrofas asonantadas parcialmente, que presenta como tema principal y único la fascinación que siente el poeta por Santiago. Porque Compostela es su amor, no amargo, dulce; y porque es tal el encanto que deja, que vibra en el corazón. Sin duda alguna, esta ciudad sorprende emocionalmente a Lorca, como pudiera hacerlo Granada o cualquier otro rincón del gusto del poeta, cuando ya la visita por primera vez en 1916. Y es que en realidad Santiago no ha dejado indiferente a nadie que se haya acercado con la ingenuidad del niño y la curiosidad del sabio.

    La ciudad se personifica, figura semántica de la prosopopeya, cuando se convierte en objeto de su amor, pero sobretodo, cuando es al mismo tiempo receptora de las confesiones del granadino como si se tratara de un amigo, mediante el uso doble de la forma imperativa mira, que recuerda a la famosa expresión machadiana mira el Moncayo azul y blanco, que dirige a su amada LeonorEs, por lo tanto, Santiago no solo el centro temático, eje significativo, sino el necesario interlocutor que escucha la pasión que siente por él el poeta. De esta manera la ciudad cobra una importancia aún mayor como protagonista con el que se conversa.

     Se atreve además Lorca, porque fue poeta de cuna, con el hallazgo de dos metáforas, al menos una, que describen poéticamente a la ciudad. Es por un lado camelia blanca que brilla bajo el sol, curiosa la identificación que realiza de la ciudad; y es además agua de mañana antigua, aún más espléndida que la anterior.

     Por último hay dos elementos consustanciales con la ciudad, la lluvia siempre y, esporádicamente, el viento, símbolo del gusto de Lorca, muy usado en el conjunto de su producción poética. Llueve y llueve, asi se inician la primera y la segunda estrofas- ¿cuartetas?-, lluvia, aparece en la tercera, para quien tiene también esperando en la recamara dos contundentes imágenes, hierbas de plata y de sueño y lamento de piedra y cristal. Y en cuanto al viento, el epíteto descolorido, lo hace especialmente ingrávido y puro, casi como la lluvia que no deja de caer sobre las piedras históricas de esta ciudad.

    Otras cualidades del poema son la repetición de versos, la unión de dos estrofas por la redundancia del mismo verso, la aparición de la luna sin el sentido simbólico de dolor y muerte a que Lorca nos tiene acostumbrados en el Romancero Gitano etc.

     Y es que Santiago, se dice, lo dice el poeta, enamora como una mujer o un hombre.

Seis poemas gallegos de Federico García Lorca (I).

                    seis poemas gallegos

           Ahora que se aproxima la partida hacia Santiago de Compostela, me llegan desde lejos sus rumores en caballos de plata y es por lo que recuerdo los seis poemas de Lorca escritos en gallego, o mejor dicho, los dos que recuerdan la levítica y melancólica ciudad, Madrigal â cibdá de Santiago y Danza da lúa en Santiago. Los seis poemas constituyeron un libro, editado por la editorial Nós en diciembre de 1935, de título homónimo, ante el asombro de curiosos y extraños que no entendían cómo un poeta de fino duende granadino podía escribir en gallego y, lo que es más maravilloso, sentir la tierra gallega como suya propia. El poemario, a pesar de no ser tan conocido como sus otros libros, gozó de nombradía, incluso musicalmente, pues cantautores e instrumentistas tan relevantes como Amancio Prada y Carlos Nuñez pusieron notas a los versos.

        Tres interrogantes pueden centrar el presente texto sobre esta faceta tan poco conocida de Lorca: ¿Por qué el escritor, de cuna andaluza, escribe de Galicia y en la lengua gallega? ¿Cómo lo hace? ¿Qué cuenta?

           Son algunos los hechos que explican la primera cuestión. En el año 1916 el poeta universal del Huerto de San Vicente viaja a Compostela y queda impregnado de las cualidades terruñas: la lluvia, testigo mudo del tiempo, la melancolía y la furtiva saudade, madre fecunda de la creación artística, sin la cual ni puede ni debe haber obra alguna. Tras la proclamación de la II República española y, en medio del alborozo general del pueblo, el poeta retorna en 1932 y aquellos primeros efluvios cristalizaron en huellas profundas en el sentir del hombre-poeta. Él mismo lo dice: “Me sentí poeta gallego y una imperiosa necesidad de hacer versos”. Pero además Lorca ya conocía y admiraba a Rosalía de Castro, mujer de acendrada melancolía, raro epígono de un Romanticismo tardío, a la que dedicó encendidos elogios entre sus más cercanos amigos. Junto a ella, otras dos figuras, Eduardo Pondal y Manuel Curros Enríquez, forman parte del archivo que el poeta tiene en su imaginario. Por si no fuese suficiente, Federico García Lorca presume en las conferencias del conocimiento de los Cancioneros gallegos y hasta parafrasea versos sueltos, admira los primitivos pero ya lenes poemas líricos del siglo XII al XIV, y lee en lengua vernácula las Cantigas del rey culto Alfonso X o los juegos amatorios de Martín Codax, trovador de Vigo. ¿Puede dudarse pues del galleguismo de Lorca que orientan sus pasos hacia lo esencial-gallego?

         Acerca del cómo, la crítica no está muy de acuerdo. Unos opinan que el vate granadino escribió en castellano que, luego, sus amigos tradujeron al gallego y, aunque se aportan datos, no parece que fuera realmente así. Otros piensan lo contrario, es decir, a Lorca le fluía la lengua gallega como la castellana, pero también es probable que esto no fuese cierto. Para explicar esta cuestión debe estarse a la amistad que Lorca tuvo con dos gallegos eminentes, que además, animaron al poeta a escribir y publicar el poemario, Eduardo Blanco Amor y Ernesto Pérez Guerra. El libro viene prorrogado por el primero, intimísimo de Lorca, y el segundo despierta una honda fascinación en el poeta. De sus palabras extraídas del epistolario que mantuvieron entre ellos, se deduce que el proceso de escritura era muy sencillo, el poeta escribía en gallego, aprendido de sus amigos y lecturas, y estos corregían las palabras incorrectas o los giros idiomáticos impropios. En una palabra, Seis Poemas Gallegos resulta el único libro escrito en gallego por Lorca, y puntualmente corregido por sus mejores amigos.

      Y en cuanto al qué, reproduzcamos las dos canciones y algunos rápidos comentarios.

La encrucijada.

       Llegaba de lejos siguiendo la dirección del sol que empezaba a calentar al mediodía. Los rayos caían a plomo sobre su cuerpo cansado y apenas dibujaban una escuálida sombra sobre la tierra del sendero. Ocupaba el centro en que convergían los caminos y, firme como una piedra, no sabía en qué dirección debía avanzar.

       Cosa extraña, pero el aire le trajo un olor a sal de donde brotó el recuerdo de la playa. Imaginó el suave batir de las olas. Casi se ahoga en el envite. Su padre se empecinó en que, a pesar del cielo encapotado que predecía lluvia, habían venido ese día para bañarse en el mar. El delgado cuerpo del niño corría alborotado entre risas y saltos, dejando sobre la fina arena húmeda las huellas de los pies menudos. Apenas dio unos pasos y se encontró envuelto en un tirabuzón de espuma que lo arrastraba hacia adentro como si las fauces de un corpulento animal tiraran de él. El padre apareció providencialmente para evitar lo que pudo ser un día trágico. Sus grandes y cuidadas manos atenazaron las carnes tiernas del muchacho y lo sacaron del agua a las bravas. Al principio, por hacerse fuerte, el niño dibujó una falsa sonrisa, pero cuando su padre lo estrechó entre sus brazos rompió a llorar atemorizado por el restregón de las olas. El blanco pecho, moviéndose convulsamente y los ojos asustados, como salidos de las órbitas, reflejaban el peligroso momento por el que acabada de pasar. Por eso no me apetece nunca bañarme en el mar, pensaba el indeciso peregrino, que todavía dudaba sobre cuál de los caminos debía tomar. Ya el sol había avanzado un poco consiguiendo así que la umbría de su cuerpo se estirase algo más. Y el sudor cubría de gotas espesas las grietas de la cara. Miró en lontananza los campos que se sucedían undosos y más al fondo las alcarrias que cerraban el horizonte formando unas líneas quebradas que se cortaban en el índigo del cielo. Entonces imaginó la correría que se dio aquella tarde de verano espantando a los pollos de codorniz entre los trigales. Resultaba curioso, necesitaba tomar una decisión de futuro y, sin embargo, aleteaban bajo el alero de sus pensamientos solo retazos del pasado. Que no, que no, se decía, que debo saber por dónde debo ir.

     Salió en bicicleta para pasar un rato y, de paso, observar a los pequeños inquilinos del páramo que tanto le gustaban. La tarde declinaba y la noche cubrió de suave satén estival los campos amarillos. Por fin tropezó con una bandada de polluelos de codorniz y echó a correr detrás por ver si podía atrapar alguno. Cuando quiso volver estaba perdido. Soplaba un viento recio que además le impedía pedalear en la bicicleta cuando acabó por encontrarla en la orilla de la carretera. La esperanza se abrió al iluminar la calzada el automóvil que conducían los guardias que habían recibido la orden de encontrar al adolescente extraviado en la llanura del páramo fosco. Y por segunda vez, aguardando a la entrada del pueblo, aparecía la figura del padre que, aunque nervioso en el fondo, fingía estar sereno. Se le escapó una frase, tu madre está desquiciada, que hizo que el joven sintiera vergüenza cuando ya todo había pasado.

    ¿Qué hago? ¿Hacia dónde camino?, se preguntaba el peregrino. Y mirando el azul radiante del cielo pensó en el azul del mar. La pesca de los cangrejos removió una vez más los recuerdos. Ella vestía un atractivo traje de baño de rayas azules y blancas y llevaba colgada de los hombros una toalla que casi tocaba el suelo. Vámonos a coger lapas, repetía. Sí, eso, vámonos. La marea había bajado ostensiblemente y dejó desnudos los roquedales que formaban un laberinto de improvisadas calles por las que era fácil extraviarse. En una de aquellas sendas los dedos entrelazaron los suyos y los dos cuerpos, entretejiéndose, se buscaron ansiosamente sin miedo. Discurrieron luego sobre los muslos de la muchacha, blanquecinos pero tersos como el cristal, y quiso la suerte que los pechos se ofrecieran a sus manos como pétalos de la más bella flor en primavera. El muchacho hundió sus labios en el cuello y percibió un olor a sal y piel que ahora volvía a aspirar en la encrucijada del camino. La tarde, que expiraba vertical, hizo lo demás. Los espejos de agua marina que la bajamar dejó entre las rocas registraron uno de los más bellos episodios de amor adolescente. ¡Quién sabe si aún ese espejo permanece allí, inquebrantable!

     ¡Va, bobadas ¡ pensó el viajero. Colocó su mano sobre la frente y comprendió mirando al cielo refulgente que debía caminar siguiendo la estela que el sol diseñaba hacia Poniente porque ese era el futuro que comenzaba en este momento. Y caminó hacia donde el sol se pone decidido a empezar de nuevo.

                                                                           cruce caminos[1]

Paulo.

gota-de-lluvia[1]

         El sendero se empinaba. Sobre el suelo había enormes piedras irregulares con las que tropezaban las botas del peregrino, otras más pequeñas saltaban cada vez que se pisaban y en las orillas, a modo de hileras inacabables, se asentaban millares de guijarros que las escorrentías habían depositado con las primeras lluvias de primavera. Poco a poco la maleza crecía densa hasta cerrar casi el paso y, más allá, el follaje intensamente verde de los castaños dejaba en suave penumbra el camino. Por fin, alcanzó la cresta de la cuesta y buscó una barda bien lisa para descansar un rato.

       –No puedo dejar de pensar en su cara, se me aparece muchas veces, sobre todo por las noches antes de irme a dormir. ¡Qué bonita! ¡Cuánta ternura! La primera vez que pasé por delante de su casa la carilla estaba clavada contra el cristal de la ventana a la par que las manos apretadas adquirían un color blanco por la presión ejercida sobre la cristalina superficie. El flequillo le caía a jirones sobre una frente pequeña, nariz respingona aunque algo roma y sus ojos melosos y rasgados se movían como chiribitas. Pero, no lo puedo olvidar, cómo olvidarlo, esa sonrisa en la comisura de sus labios. Me miraba con sorpresa, y aquella mirada despertaba un chorro de entrañables sensaciones como sucede con las cosas más puras e inocentes. Es la cuarta vez que recorro este camino de Santiago y ahora voy a conocerlo-.

   Desde lo alto del cueto las suaves ondulaciones de los prados, salpicados por macizos arbolados, destacaban sobre los serrijones morados. Pastaban unas vacas en las laderas de las colinas; otras permanecían tranquilas al abrigo de un improvisado corral de tapiales de madera. A lo lejos, los caminos blancos se perdían junto a la aldea poblada de caseríos. El peregrino tomó la bajada del sendero, giró a su diestra y pudo ver el vetusto caserón de piedra al fondo del valle. Apuró el paso y se plantó ante el ventanuco que lucía unas margaritas resecas apoyadas en el centro del alfeizar, pero no había rastro de la mirada ni de la sonrisa del niño. A la voz -¡quién vive!-, un anciano barbado salió al vestíbulo y contestó –un servidor-. El diálogo fluía natural mientras el viejo, a cada rato, volvía su mirada unas veces a la lejanía de los montes, y otras, al agostado racimo de margaritas.

   -Sabía que debía de pasar. Así que una mañana llegó su padre en un coche de muchas perras, como el del señorito, y se lo llevó. No me dio muchas explicaciones, no, pero algo dijo sobre que un niño retrasado está mejor cuidado en esas residencias de lujo que en ningún otro sitio. Ese cabrón nunca quiso saber nada del chiquillo y ahora…Mi hija, que en gloria esté, ya me decía que por nada del mundo se lo llevara, pero el muy sinvergüenza…Hasta el perro se ha muerto del disgusto. Los tres salíamos a la campera. Agus, quiero decir, el animal, siempre se pegaba al niño por aquello de protegerlo, yo le cantaba esas canciones que mi madre me enseñó. Oiga, con qué atención escuchaba el niño. Y el río… ¿ve ese puente al final de ese corro? Allí me tenía mirando el agua horas y horas. Una vez quiso coger el sol que brillaba en la panza del río y menos mal que Agus mordió el pantalón del chaval y no dejo que se fuese. Cuando oscurecía cenábamos en la vieja alacena y luego…por el invierno ¡pronto a la cama! eso sí, con el beso en la oreja que a él le gustaba porque le hacía cosquillas; por la primavera olíamos esos manzanos del patio o los olores de las flores de la llosa; por el verano no parábamos de dar brincos encima de la hierba de la tinada y por el otoño, oiga, que salíamos a destripar castañas y hasta que no llenábamos la saca el crío no quería volver a casa. Él era todo para este pobre viejo. Me siento a esperarlo en esa piedra plana que está ahí y ahí me moriré esperándolo, si Dios lo quiere.

     – ¿Cuál es el nombre del chico? Abuelo.

Vaciló unos segundos, sus ojos se humedecieron y con voz quebrada susurró

     – Paulo, que el cura me dijo que quiere decir “poquita cosa”.

Tres poemas del ciprés de Silos de Gerardo Diego.

      El Ciprés de Silos

 ciprés+de+silos[1]

         Contaba diecisiete años cuando vi por primera vez este hermoso ciprés del claustro de Sto. Domingo. Lo recuerdo cargado de miles de pájaros que piaban como mil flautas poniendo una nota de contraste con el silencio de Silos, fervor dice el poema. Creo que se llamaba Gabino el benedictino que se ofreció amable a enseñarnos los rincones de la abadía que más le gustaban. Y fue ante este ciprés donde él nos susurró, como si estuviera cantando una canción de cuna, que Gerardo Diego nos regaló un soneto que habla de él. Lo primero que hice cuando llegué a Oviedo fue buscar en la biblioteca un libro del poeta y ávidamente pasar las hojas hasta hallar El ciprés de Silos. Lo aprendí de memoria y aún hoy lo recito para mí cuando las noches me recuerdan que puedo ser mejor, y qué pocas veces ocurre, con quienes comparto caminar en esta vida. Porque de eso va el bellísimo soneto del poeta del 27. Es un poema con herrajes en el suelo al que está férreamente atado, que además anhela desanclarse para ascender suave hacia las alturas, es el hombre que a través de la imagen del árbol ansía superar las calamidades que le retienen para volar libre hacia la perfección. Es en definitiva el sueño de perfección del asceta que nunca se hace realidad. Tal idea queda perfectamente plasmada en la línea temporal que vigoriza y vertebra el texto: –Hoy-, es el momento en que el poeta se acerca al árbol, y es en ese momento –cuando te vi- que recibe las ansias de ascender vertical hacia los cielos. Son muchos los aciertos de este acabado poema: las imágenes del ciprés –surtidor y chorro, mástil y flecha, torre y delirios-, la conversión del ciprés en interlocutor, o la cerrada personificación del mismo al que el poeta asimila con un hombre sin habla –mudo ciprés en el fervor de Silos-.

         He vuelto a verlo, el árbol, este fin de semana: se han ido aquellos pájaros que cantaban como flautas, no sé de Gabino, y se ha ido para siempre aquel joven de diecisiete años que algunas noches, a solas, sin testigos, sigue recitando de memoria aquel poema.

          Dice así:

         EL CIPRÉS DE  SILOS

Enhiesto surtidor de sombra y sueño

que acongojas el cielo con tu lanza.

Chorro que a las estrellas casi alcanza

devanado a sí mismo en loco empeño.

 

Mástil de soledad, prodigio isleño,

flecha de fe, saeta de esperanza.

Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,

peregrina al azar, mi alma sin dueño.

 

Cuando te vi señero, dulce, firme,

qué ansiedades sentí de diluirme

y ascender como tú, vuelto en cristales,

 

como tú, negra torre de arduos filos,

ejemplo de delirios verticales,

mudo ciprés en el fervor de Silos.

 

          Introduzco a continuación el soneto autógrafo, firmado por el poeta. A lo que parece G. Diego llegó allí la tarde del 4 de julio de 1924 con tres amigos. Paseó por el claustro y fijó su atención en el ciprés que figuraba en uno de los lados del monasterio, con el que al instante entró en contacto hasta el punto de componer uno de los sonetos más famosos de la literatura castellana y , sin duda, el mejor de los que compuso el poeta.

        Pernoctó la veraniega noche en Silos y, a la mañana siguiente, dejó escrito en el Libro de Firmas del monasterio, como quien deja generoso un tesoro abandonado, este espléndido poema estrófico. Durante un año el poema manuscrito solo era conocido por los monjes benedictinos, que lo guardaban con celo intramuros del cenobio, hasta que su amigo generacional Pedro Salinas vino a conocerlo e impulso su publicación en el año de 1925 , en el libro Versos humanos.

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          Desconocía estos otros dos poemas del poeta cántabro. Casualmente, andando entre libros, adormecidos, casi abandonados en los anaqueles, tropiezo con sorpresa, no exenta de alegría, con unos sonetos que Gerardo Diego dedicó una vez más al espiritual ciprés de la abadía de Santo Domingo de Silos. Sin lugar a dudas, este simbólico prodigio vertical, como él lo conoce, tuvo que producir honda influencia en el ánimo del poeta porque el recuerdo de su presencia lo lleva consigo a dondequiera que va o, al menos, eso parece.

        El primer soneto lo empieza el 2 de mayo de 1933, en plena República Española, cuando escribe una estrofa embrionaria, que luego completará en 1946 con las tres restantes. ¿Por qué así, esa fragmentación? Son respuestas que solo conocen sus hacedores. Pero no importa demasiado. Hoy el soneto es una perfecta unidad sintáctica y semántica, por fuera y por dentro, que provoca una vez más la emoción interior que recorre la médula de cada uno de los endecasílabos que lo forman. Lo titula “Primavera en Silos”. Y se trata de la expresión de un deseo que ya no puede cumplirse, cuando así lo manifiesta, porque la vida es una sucesión de caminos que, o se toman en su momento, o se pierden para siempre. El poeta manifiesta la querencia de haber sido monje porque así estaría más preparado ante Dios para recibir la muerte. Sin embargo, ello es una excusa, en mi opinión, para retornar a su ciprés. Probablemente, Gerardo Diego hubiera deseado ser monje en Silos para dejarse arrastrar todos los días del embeleso de su amigo arbóreo y conversar a solas con él y gozar de su compañía balbuciente. El árbol es el mismo, lanza frágil, que acoge en las ramas la presencia de un “jilguero novillero” y que, como nadie, comprende la alegre primavera. Es, en definitiva, la expresión poética de un deseo imposible y, por lo tanto, de una frustración de “haber sido” y no “ser”, o tal vez, simplemente el anhelo de contemplar cada mañana la sencilllez esbelta del ciprés.

      Por lo demás el estilo es impecable. Nótense el acierto de los encabalgamientos del primer cuarteto; la enumeración gradual de los “perales”, “tilos” y, por fín, haciéndose esperar como protagonista principal, “el ciprés”; la perfección del salto temporal del presente- pura contemplación del ciprés- al pasado, y de ambos tiempos al intemporal deseo, mediante el empleo de los modos verbales de indicativo y subjuntivo; la sencillez de las metáforas-“hilos delicados”, “hermano jardinero”-; o el gusto por el vocablo antiguo de sabor arcaizante-“calonge”-. Es, en una palabra, Gerardo Diego en toda su pureza.

                       Lo reproduzco a continuación.

                                       PRIMAVERA EN SILOS

                            Ahuyenta el sol los delicados hilos

                                  de una lluvia viajera. Y, pregonero

                                  del hondo y fresco azul, un novillero

                                   ruiseñor luce su primor de estilos.

                                   

                                   Los perales en flor, nuevos los tilos;

                                   el ciprés paraíso del jilguero.

                                   Qué bien supiste, hermano jardinero,

                                    interpretar la primavera en Silos. 

                               

                                 Ay, santa envidia de haber sido un monje,

                                 un botánico, un mínimo calonge

                                 -frescor de azada y luz de palimsesto-,

                                 

                                  y un anónimo y verde día, cuando

                                  Dios me llamase, hallarme de su bando

                                  y decirle: “Bien sabes que estoy presto”.

                                       ___________________________________

        Claustro del monasterio

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         El otro poema lo escribe en la primavera del fatídico año del 36, pocos días antes de la fratricida Guerra Civil Española, desde su tierra natal, Santander. Los dos anteriores son producto de la contemplación directa del árbol, envuelto en la calidez del claustro del cenobio. Pero este es un ejercicio imaginario en que el poeta piensa la figura de su ciprés, por otro lado muy arraigada, tal como si lo tuviera delante de su presencia. Por eso, lo titula “El ciprés de Silos (Ausente)”.

         Supone el cierre de un círculo que traza el escritor cántabro consciente de ello. No es un rupturista con los precedentes. Al contrario, vuelve a la constante idea del ciprés considerado como una lanza vertical que se arroja hacia el cielo buscando la comunión con Dios. Es una vez más el símbolo del asceta o místico que vuela hacia arriba para entrelazarse con Él. Si antes el poeta usaba las metáforas “mástil”, “surtidor” o “flecha” como referentes segundos del ciprés, ahora evoca instrumentos textiles con el mismo sentido, “aguja”, “huso” y, por fín, “eje” de su vida a la que confiere la bondad de la paz que corretea por las crujías del monasterio. Tiene, pues, la consciencia el poeta de que el ciprés ha sido y será la imagen de la aspiración hacia Dios, siendo un hombre de profundas convicciones religiosas.

        Pero el cierre se produce con el sorprendente último terceto, en el que el poeta acude al ciprés en los postreros momentos cuando la muerte venga queda a su presencia. Es entonces que aquella vida de búsqueda de perfección que representa el ciprés sea ahora el agente o garantía suficiente de su salvación. En una palabra, ser bueno para ganarse el cielo. Concluye con un piadoso ruego “Sálvame tú, ciprés, cuando me aleje”, porque ninguna otra cosa puede hacerlo.

       Y ¿qué decir de las bondades formales del poema? Que Gerardo Diego es un poeta clásico lo testimonia este espléndido soneto que nos recoge en el silencio sonoro de Silos.

                          EL CIPRÉS DE SILOS (AUSENTE)

                             Cielo interior. Tu aguja se perfila

                             -oh, Silos del silencio-en mi memoria.

                              Y crece más su llama, ya ilusoria,

                              y más y más se pule y esmerila.

                             

                              Huso, ya sombra, que mis sueños hila,

                              al sueño de la rueca, claustro o noria

                              rueda el corro de estrellas por la historia

                              y aquí en mi pozo tiembla y escintila. 

            

                         Ciprés, clausura y vuelo, norma, eje

                               de mi espiral espíritu rondando

                                la paz que en tus moradas se entreteje.

                               

                               Quiero vivir, morir, siempre cantando,

                                y no quiero saber por qué ni cuándo.

                                Sálvame tú, ciprés, cuando me aleje.

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      Vista general del cenobio

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Un suceso extraño.

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             (Este cuentecillo se lo dedicó a los soñadores que han perdido todas las batallas)

   – ¡Mario! Déjalo ya, que has hecho bastante por hoy. ¿A dónde has llegado, bendito mío? Que mira que trazas, que no sé que voy a hacer contigo… ¿Vienes de Roncesvalles?

   – De Nájera, y no pude llegar a Sto.Domingo, porque estos pies que el señor me dio están hechos un cristo.

Mario fue, mientras estuvo en activo, un brillantísimo funcionario de levita y manguitos. Nadie pulsaba la estilográfica como él, de letra bien vertical y hacedor de los mejores puntos sobre las ies, así como iniciaba las primeras letras como si se tratase de  las caligrafías góticas de los miniados medievales, y hasta hubiera llegado a jefe de intendencia si no fuese porque el camarada de al lado, Vicente, hacía tanto la pelota al señor director que pronto ocupó aquel prestigiado cargo. Amaba la naturaleza como el que más, e incluso, un día, yendo al despacho se detuvo a coger un grillo que frotaba las alas en mitad de la calle. Por supuesto, nadie escuchaba el canto del indefenso animalillo, excepto Mario, que tenía para estos casos oídos de tísico. Lo escondió en una cajita de zapatos y lo guardó en el fondo de la gaveta, pero con tan mala fortuna que comenzó a entonar el gri gri mientras desenvainaba la pluma y, el amable jefe, que controlaba  muy de cerca al impecable funcionario, lo arrojó por la ventana sin más zarandajas. Mario se puso colorado como siempre que le ocurría algo que no podía dominar por vergüenza y pidió permiso para ir al excusado.

Visitando un día uno de aquellos raros librejos heredados de su padre, contempló  un bellísimo cromo en que un peregrino estaba parado ante el pórtico de una desvencijada iglesia. Como tenía afán investigador pronto supo todo de aquella aventura de peregrinos y, entonces, solícito y con las justas palabras, pidió a su esposa que lo dejara marchar para hacer probaturas, que si luego no resultaba, pues volvería a casa y en paz.

          – Que no, que no, Mario, no seas majadero.

Así es que, no pudiendo irse a tierras de peregrinos, decidió zambullirse de lleno en la vastísima literatura que trataba del asunto. No quedó revista, ni libro, ni papel alguno por donde asomara la palabra peregrino, que no cayese bajo el monóculo devorador de Mario, porque como quería enterarse del más pequeño detalle acabó comprando una lente especial para leer las notas a pie de página, notablemente menudas. Llegó a apilar sobre su mesa rimeros de hojas tan verticales como la torre de la iglesia de su pueblo. Pero poco a poco empezó a desvariar de modo extraño. Y mientras dormía soñaba que sus pies vagaban libres de Sahagún a León y de León a Ponferrada, y hasta se levantaba cansado porque decía a su carísima esposa que no había parado de caminar. La locura llegó al colmo cuando una tarde, sentado apacible con el monóculo en la mano, dio un inusitado salto y solemne dijo:

          –Mujer, tráeme ese bordón y ayúdame con la esclavina que me voy al Camino a poner laureles y hojas de reyes a ese santo patrón de España, gloria nuestra y del mundo entero.

Y como lo dijo lo hizo. Daba vueltas alrededor de su casa, que ocupaba un solar amplio, y cada círculo completo equivalía a un tramo del camino. Así, si daba una vuelta a toda la manzana había partido de Roncesvalles y llegaba a Zubiri, si hacía dos el lugar de destino era Pamplona. Una vez dio diez vueltas y los ojos no le cabían en las cuencas del orgullo tan alto que sintió de sí mismo, porque había salido de Roncesvalles muy temprano y alcanzó Santiago al rayar el mediodía.

           –¡Qué venga Dios y lo vea! Mujer, agua, que este peregrino está sediento.

Aquella tarde la mujer no tuvo buenos presentimientos, notó algo más despistado de lo habitual a su marido, que recortaba en la mesa de camilla  la fotografía de un tal Prisciliano, y que no era del gusto de Mario. A pesar de todo, dio un brinco y con la ceremonia de siempre asió la curvatura del cayado y paso el abrigo por el hombro.

        –Hoy, mi amada, tengo el alto honor de irme a León para contemplar el cielo del románico más estrellado que jamás haya pintado querubín alguno. No me esperes despierta.

 No quiso darle más importancia pues todos los días volvía a la media hora de haberse ido. Poco a poco la noche venció al día y todo se tiñó de un tinte violeta que acabó por ocultar los árboles y las plantas y el viejo cenador del jardín. Un cendal de niebla acabó por poner una nota de misterio que provocó un ligero estremecimiento en el ánimo de la mujer.

      – ¡Mario, Mario!

  Afuera lo encontró mirando el cielo románico esculpido por un querubín y exhibiendo en la comisura de los labios la bondad que nunca perdió. Directamente ya residía en aquel cielo. La mujer lo tapó y le cogió la mano ya fría. Luego lo besó como nunca lo había hecho y esperó a que amaneciera sentada junto a él.