Xabin Egaña. Diario de un peregrino.

egaña

            No es exacto afirmar que los diarios son siempre relatos verbalizados, pues puede suceder que el relato sea también dibujado, representado con líneas y colores. Tal es el caso  del pintor Xabin Egaña, que publica su propio diario gráfico. Nace en Oñati, bella localidad  guipuzcoana, en el año 1958, y decide estudiar Bellas Artes en la Facultad de la Universidad del Páis Vasco, donde se licencia en 1986. Antes se formó en la Escuela Massana de Barcelona. Aprovecha la frescura de los conocimientos aprendidos para impartir clases de dibujo a alumnos de BUP y COU en un Instituto de Enseñanza vasco durante cuatro años. No obstante, la voluntad de seguir una carrera artística es la causa del abandono de este inicio pedagógico. Aprende las técnicas de aguafuerte, litografía, grabado y acuarela, que utiliza a lo largo de su vida con evidente maestría y desparpajo. Expone en las galerías más prestigiosas de Nueva York, Hamburgo, Barcelona y Madrid a la vez que participa en numerosas exposiciones individuales y colectivas de ámbito nacional y extranjero. Los premios y reconocimientos no dejan de agasajarle. Muere en la primavera de 2006. El fondo de su obra está repartido en Museos y Fundaciones. En el año 1998 el pintor recorre las tierras situadas entre Bértiz y los Alpes suizos, y lo celebra mediante la publicación de un libro pionero de pinturas que titula OinezA pie-. Esta obra motiva la inspiración de un segundo libro de acuarelas, publicado en 2002 y vuelto a editar en 2006, Diario de un peregrino, que presenta como marco geográfico el Camino de Santiago desde el alto del Puerto de Somport, donde unas piedras dispersas evocan la grandeza del antiguo Hospital de Santa Cristina, hasta Compostela y Finisterre.

           Se trata de cincuenta y cinco acuarelas que retratan escenarios diferentes del Camino de Santiago, sin duda elegidos esmeradamente.

            Es un detalle significativo la apuesta del pintor por el ambiente rural y campestre, fascinado por los detalles de la naturaleza. Forman parte de ella los cordales y montañas, a veces agrestes y escarpados, oteros, cerros, hiladas de arbolado, ríos delgados, aguas embalsadas, cielos grises o lilas-Puerto de Somport, o vista desde O Cebreiro-. A veces, un pueblecillo o aldea dibuja el contorno de sus casas apretadas en torno a la torre de la iglesia y en medio de la campiña verde o amarilla- Belorado en mitad del yermo, Torres del Río asentado en el cueto o Castrojeriz visto desde el Teso de Mostelares-. Son asimismo protagonistas señeros del libro algunos árboles-el Castaño de Molinaseca o el Carvallo de Barbadelo-, los caminos terreros o carretiles- la Corredeira a Triacastela-, las vías romanas-la Calzada que se dirige a Calzadilla de la Cueza- y los puentes- el Puente de Ribadixo da Abaixo y el Puente medieval de Hospital de Órbigo -.

          El Camino de Santiago está jalonado de extraordinarias obras religiosas y civiles que constituyen uno de los patrimonios más ricos del mundo. Esta circunstancia no pasa desapercibida para el pintor que secuestra  piezas singulares como la iglesia de Nuestra Señora de Eunate, la iglesia de San Pedro de la Rúa en Estella, la ermita de San Miguel en tierras de Campos, la portada del Monasterio de Xan Xulian de Moraime y el santuario de Nuestra Señora de la Barca. Especialmente dedica a la ciudad de León tres acuarelas espléndidas, dos rescatan la Catedral en su exterior e interior y la tercera recupera las pinturas románicas de la Colegiata de San Isidoro. Y por último, elige entre sus acuarelas la Plaza de la Quintana, situada en la fachada sur de la catedral de Santiago, como objetivo singular. Coincide con Federico García Lorca que décadas antes dedicó un poema a la misma plaza.

           La variedad y calidad cromática de la obra es riquísima. De los verdes tenues de los Pirineos, avanza hacia los ocres y pardos de Castilla, recala en el perfil dorado de Campos y  muere otra vez en los verdes refulgentes de Galicia. El cielo transcurre entre azules opacos, grises blanquecinos y, a veces, cárdenos colores de puestas de sol.

           Debe añadirse, por último, que las acuarelas van acompañadas de algunas glosas originales, unas, y transcripciones literales de autores, otras, que contextualizan e ilustran en cualquier caso las imágenes de manera muy adecuada. Son textos de autores tan dispares cronológica y cualitativamente como San Isidoro, Lucrecio, Kierkegaard, San Agustín, J. Berger, Heidegger… Las explicaciones propias adquieren, a veces, caracteres de genuina y profunda poesía, como la que dice a su llegada a Finis Terrae:

          Se aventura la primera luz y la mariposa blanca descansa como ceniza; sumérjase su resplandor hacia la luna, en el continuo movimiento.

             Obra entrañable y admirable de un pintor al que la muerte le sorprendió tempranamente.