Walter F. Starkie. El Camino de Santiago.

w. starkie

         Walter Fitzwilliam Starkie nació en Dublín en 1894 y murió en Madrid en 1976. Fue un consumado viajero. De niño acompañó a su padre, comisario de educación, por toda Irlanda; y más tarde se trasladó a Italia con las tropas británicas durante la I Guerra Mundial. Ejerció de profesor de español en el Trinity College de Dublín, pero pronto, a los treinta y siete años, coincidiendo con la proclamación de la II República española en 1931, Starkie se instaló en España de forma duradera. Viajó como pudo por la vieja y, por entonces, atrasada España, acompañado de un violín, no dejando pago ni rincón por conocer porque además el escritor lo hacía despacio y dejándose arrebatar por las circunstancias del paisaje y de las gentes. Tal asunción lo convierte en un importante hispanista. Así fue traductor al inglés de las obras cervantinas El Ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha y de Las Novelas ejemplares, cuando recorrió las tierras de Montiel, en la Mancha; y escribió D. Gitano como testimonio del aprecio y pasión que sintió por esta etnia, que ya conoció en sus viajes por Hungría, en su periplo por Andalucía. Desempeñó el cargo de director del Instituto Británico en Madrid desde 1940 a 1954 y volvió a desplazarse por EE.UU durante la década del sesenta y setenta. Volvió a Madrid a morirse, pero dejó además una prolija lista de libros de entre los que se subraya El Camino de Santiago, las peregrinaciones al sepulcro del apóstol, publicado por primera vez en España en 1958. La edición que aquí se maneja es de 2010.

        El libro lleva una introducción de Ian Ibson, irlandés e hispanista como él, en la que elogia sobre todo los libros de viajes de Starkie por su originalidad personal y el estilo elocuente del que hace gala. Tras un introito a modo de presentación, el texto se articula en dos bloques bien diferentes, aunque tienen en común el intenso grado subjetivo que el autor imprime a sus relatos. La primera parte es un repaso histórico-legendario (a la sazón pionero) de las andanzas del apóstol Santiago y los vaivenes de su figura después de atribuirse a él las reliquias halladas en Iria Flavia, combinado con la importancia capital que tuvieron el arzobispo Gelmírez, Alfonso VI o la orden de Cluny en el nacimiento y consolidación del Camino de Santiago. Toda esta información mezcla una abundante y ordenada información histórica con relatos fantásticos que Starkie maneja a la perfección a la manera de fábulas muy bien contadas. La segunda parte es la peregrinación estricta que el ingenioso Don Gualterio, hipocorísticamente llamado, inicia en Arlés, Francia, y sigue a lo largo de la vía tolosana hasta asomarse a las estribaciones pirenaicas. Cruza los Pirineos, penetrando en territorio español a través de Somport, Jaca y Pamplona. Lo demás es la ruta del camino francés hasta llegar a Compostela. Pero se acuerda, y así lo cuenta, de que en los años 1944 y 1951 realizó el Camino de Santiago tomando la desviación a Oviedo desde León. Y desde la capital asturiana se dirige por el Camino del Norte hasta Santiago.

     No es una crónica más. Cada paso que avanza aparecen documentos, hechos y personajes de la historia, entreverados con leyendas, cantos y consejas que viven en la boca del pueblo llano. Como etnólogo, cualidad muy acentuada en Starkie, tiene recuerdos para las brujas vascas a su paso por Navarra, recuerda el milagro del gallo y la gallina en Santo Domingo de la Calzada, tiene miradas solidarias con los segadores de la mies en Castrojeriz, retoma la antigua mitología asturiana evocando las xanas, que han llamado la atención de los folkloristas españoles, se acuerda del Paso Honroso en Hospital de Órbigo y de los Templarios en Ponferrada, comenta la importancia de la música gallega en el Camino de Santiago, y celebra la festividad del 25 de julio en Compostela en medio de una vasta multitud que recuerda, dice el escritor, a los mejores tiempos medievales de la peregrinación. Con el generalísimo Franco, incluido, que asiste a la celebración.

      Al estilo fluido, profuso de verbo, ingenioso y humorístico en ocasiones, hay que valorar positivamente el manejo diestro del autor de los diálogos que establece a lo largo de su peregrinar con personajes de toda clase, muchas veces arraigados a sus tierras, que representan la idiosincrasia de cada región española. Introduce, además, numerosos vocablos y voces dialectales que enriquecen notablemente el elenco cultural lingüístico.

         Su lectura no dejará indiferente a ningún lector que se acerque a Don Gualterio con intención de aprender lo que otros libros no dicen. Eso sí, hay una carga político-religiosa de fondo que el lector debe descubrir por si mismo y  de la que se ha evitado opinar en la presente ocasión.