“Una mano que apunta al cielo” (Villafranca del Bierzo-O Cebreiro. 6 de agosto de 2014)

 

         Llega la etapa más dura del Camino de Santiago, tal como he oído decir a muchos peregrinos. En su día, cuando subí el Teso de Mostelares, en Castrojeriz, un compañero comentó que el ascenso a O Cebreiro era largo y espinoso. Algunos opinan que es la “etapa reina” no solo por la dificultad, sino por la belleza que se desgrana, sobre todo en el último tercio.

    – La subida a O Cebreiro es penosa, hay que sufrirla. Desde que se toma hasta el pueblo, el peregrino es un puro resuello…

 La ribera del río Valcarce, al amanecer

    P1100731Salgo de Villafranca con estas precauciones, pero confiado porque me encuentro bien. La mañana se filtra entre castañedos y choperas que se hacinan y arremolinan a lo largo de la orilla del río Valcarce. Este pasa por Villafranca y nos acompaña durante un trecho largo hasta el caserío de Hospital, justo el lugar donde el recuesto se levanta hasta el final de etapa. Este tramo de veinte kilómetros transcurre tranquilo y sin sobresaltos. El canto sonoro del agua va marcando los ritmos pausados del caminante. Aquí chocan amarteladas las hojas cuando el viento sopla lánguido y desmotivado. Allá, pían en desordenado cantar las aves que saltan de rama en rama buscando mejor acomodo. Junto a un meandro del río un poderoso mastín blanco cuida un rebaño de ovejas, que se arriman a beber en las cristalinas aguas. Se pasan alargados poblados como Pereje y Trobadelo. Otra población lleva el nombre de Portela de Valcarce en alusión al portazgo que los peregrinos debían pagar a su paso por estos valles durante la alta Edad Media, hasta que Alfonso VI, valedor denodado del Camino, suprimió estos onerosos e injustos diezmos. A cierta altura un peregrino italiano, Dino, de franca sonrisa y un ritmo rapidísimo, intercambia algunas palabras en esa jerga miscelánea que inventamos…

      – ¿Cóme stai? ¿Bene?

      – Bene, bene. Yo a mi paso, despacio.

      – Ho visto que fas moltas fotos.

      – Si, per il mio blog del Camino.

   Una madre y su hija viajan juntas cerca de Ruitelán. Al ver que la madre anda con dificultad me intereso por su estado y me explican que ambas han venido a recorrer un pedazo del camino para que el Santo interceda por la salud del padre que se encuentra gravemente enfermo. La hija es hermosa y explica todo con delicadeza y una gran sonrisa. Yo no puedo más que admirar la fe de estas buenas personas y aprender a respetar profundamente las convicciones religiosas de quienes obran así. Pero me siento inútil porque no sé cómo ayudarlas.

    – Os recordaré cuando llegue a Santiago.

                                             Inicio de la subida tras dejar HospitalP1100774

      Se dejan los remansos del río, una fuente salpica agua a borbotones y, al girar la última curva del caserío de Hospital, la carretera se empina vertical como una mano que apuntara al cielo. Me separan de aquí al final ocho kilómetros de continuada pendiente. Se abandona el asfalto después de mil metros durísimos y se entra en una senda del mismo perfil. Ajusto cada paso, corto y lento. Respiro hondo y no miro por delante sino lo que me dejo detrás. El camino está duro y pedrizo, a veces una valla de piedras enmohecidas lo limita por un lado, mientras por el otro asiéntase el bosque insidioso que sale al camino tapándolo e impidiendo que los rayos del sol traspasen las hojas de los árboles. Subo solo e insuflo vaharadas de aire que vuelvo a expulsar. Una peregrina argentina está clavada a un lado de la senda. Un señor de edad adulta yace en un suelo plano, improvisado, junto a su mujer porque se siente mal. Al llegar a su altura dice que ya está mejor.

    –Comí un trozo de empanada caliente en el bar de abajo, y me ha sentado como una losa, replica.

  La Faba es la primera villoría de esta subida y algunos peregrinos, extenuados, deciden quedarse en el albergue. Se sale a cielo abierto y el sol nos castiga directamente aunque las rampas reducen la dureza. A medida se sube, empiezan a contemplarse a la izquierda las sierras reverdecidas y las gargantas profundas que se forman en la confluencia de los montes, donde suenan lejanos los tintineos de las esquilas de las vacas. Laguna de Castilla es el último pueblo de León, donde una amable pareja ofrece zumos naturales a cambio de la libre aportación del peregrino. Le pido un vaso de sandía con un cubito de hielo porque tienen los justos y no pueden repartir a espuertas los que quisieran. Todo es doméstico y familiar.

             Cerca de O Cebreiro

        P1100806Retornan los ásperos repechos en la última parte de la acometida. El paisaje se revela cada vez más grandioso y magnificente. Las cordilleras se superponen quedando las primeras más limpias y las lejanas más extinguidas entre suaves neblinas. Los prados cercanos, separados por empalizadas de alambres, descuélganse súbitamente hasta tropezar con los robledales y otros árboles portuarios. No dejan de tocar las yuntas los campanos entre las sombras. Y por encima de lo terreno se reafirma  la línea azulada de estos cielos de montaña, rasgados de nubes. Mi paso lento, vilordo, me conduce poco a poco hasta la cima, al pueblo lucense de O Cebreiro, sobre 1296 m. de altitud. Son las 15,00 horas y me encuentro exánime y feliz.

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Nota final: En O Cebreiro una cosa me interesa especialmente: la memoria de Elias Valiña Sampedro, principal responsable de las peregrinaciones actuales a Santiago de Compostela. Venía a encontrarme con su recuerdo y lo encontré. Descanse en paz. Como homenaje personal le dedico una imagen obtenida desde O Cebreiro, que él amó de forma especial.

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