Vicente Martínez. El Camino de Santiago.

vicente martinez

         Los escasísimos datos biográficos de VICENTE MARTÍNEZ los aporta él mismo. Estudió Filosofía y letras en la Universidad Complutense, posteriormente se licenció en Psicología en la Autónoma de la misma ciudad y, por último, estudió Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca. Trabajó como profesor y entre sus aficiones están la astronomía y la música clásica. Es laico y padre de tres hijos. Un libro importante en la bibliografía jacobea es El camino de Santiago, publicado en el año de 1965.

       Esta obra adopta una inusual y curiosa voz narrativa, la primera persona de plural, a pesar de haber recorrido el autor más de setecientos km. sin niguna compañía. Sin embargo, rompe esa norma en una ocasión, al utilizar el “yo” narrador, cuando explica las razones religiosas y de fe que le arrastran a la andadura del Camino, como antes hicieran otros nombres ilustres y piadosos, a los que él admira (San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán, San Vicente Ferrer…). Lo cierto es que el empleo del “plural de modestia” acerca más al escritor al ingente haz de peregrinos que le precedieron y con quienes se funde, sintiéndose uno más entre muchos, que aspiran a llegar a las puertas de la ciudad de Santiago para recibir la bendición y el perdón del Apóstol.

       El libro consta de veintiocho jornadas, un prólogo y un epílogo. A través del introito se entera el lector de la anécdota que empuja al escritor, ya adulto, a realizar el camino jacobeo, y fue la visita que de niño hace a Santiago en compañía de sus padres para visitar al médico. Allí, en la Rúa del Villar, observa atónito el deambular de una oscura silueta, extrañamente vestido, y sabe por los labios de su madre que es un peregrino. Más adelante, él imitará a aquel siniestro y fantasmal personaje errabundo. El epílogo es la descripción rigurosísima de la ciudad levítica, una vez que sus huesos han venido a descansar después de veintiocho duros y largos días de caminar por las variadas regiones españolas. Entre el pórtico y el hastial de salida, se enmarca el viaje propiamente del escritor.

      Hay tres notas originales: la profusa historicidad, el extraordinario despliegue toponímico y las pequeñas y sabrosas observaciones o curiosidades que atraen la mirada del escritor. Pues, en efecto, el escritor aprovecha el paso por pueblos y ciudades- Roncesvalles, Pamplona, Estella, Viana, Logroño, Nájera, Sto. Domingo de la Calzada, Burgos, Castrojeriz, Carrión, Sahagún, León…- para glosar la historia de cada uno de ellos con toda clase de anécdotas y detalles. De entre tantas referencias, pueden señalarse destacables, a medio camino entre la leyenda y la realidad, las expediciones de Carlomagno a España, o el desarrollo de las Guerras Carlistas en territorio navarro. Este rasgo hace que el libro constituya una rica y rara mixtura de relato de viajes e historia, que marcan su identidad. Otra de las notas es la perfecta y exhaustiva mención y situación de los lugares, montes, sierras, ríos, vías, aldeas, pueblos etc. que jalonan el camino, cooperando de este modo a una mejor señalización del mismo y aun mayor conocimiento de la ruta que ayude a los peregrinos a seguir el curso tradicional del Camino. De esta manera, el libro es también una guía útil para seguir los pasos de los peregrinos medievales o, al menos, para no perderse pues debe recordarse una vez más que durante la década del sesenta el Camino de Santiago está aún por explorar tras largos siglos de inacción peregrina. Y, respecto a los comentarios etnológicos o de otra clase, el texto es una atractiva caja de sorpresas que esconde esos inapreciables detalles que pasan inadvertidos y que, rescatados por el escritor, los devuelven al lector con toda su gracia y riqueza antropológica o social. Regístranse, por ejemplo, el encuentro en Rabal del Camino con la ventera generosa que le ofrece las viandas más ricas, el hallazgo en Foncebadón de las últimas familias que le invitan al hogar, donde cuentan fábulas maravillosas para hacer más llevaderas las frías noches de invierno, la abundancia de productos agrícolas y ganado en Camponaraya, el descubrimiento de las pallozas circulares a modo de castros celtas de O Cebreiro, aún habitadas por los últimos sobrevivientes, la emoción al escuchar en Triacastela la entonación de la lengua gallega nada más adentrarse en territorio galaico que aproxima al escritor a su infancia, el conocimiento del escritor de las razas de vacas, y un cuadro vastísimo de sensibles y agudas observaciones más.

     Es un libro bien contado, sencillo, directo, práctico, también a veces de períodos narrativos más largos y emotivos, que revelan el amor profundo de Vicente Martínez por el Camino de Santiago. No solo, también la fe de un hombre religioso inserto en un período especialmente difícil de la Historia de España.