Un acto de conciencia.

 

 

Esta mañana, la Agencia Europea del Medicamento ha aprobado  la bonhomía de la vacuna Pfizer contra el coronavirus, convirtiéndose en la vacuna más rápidamente gestada en la historia de la ciencia. No por eso, ha sido peor el resultado, pues las voces científicas acreditadas afirman que se trata de una vacuna segura y ampliamente eficaz.

Las noticias anuncian que el día veintiséis las vacunas se repartirán a la Comunidad Europea y que el veintisiete ya se podrán suministrar a los grupos más necesitadas en principio (sanitarios, residentes geriátricos, discapacitados, enfermos severos…), y a los demás, posteriormente. Se calcula que para el próximo verano podríamos estar inoculados un porcentaje mayoritario de la población europea.

Me ha sorprendido gratamente el hecho de que, según se va acercando la data de la vacunación, aumenta la población que desea acogerse a su beneficio. La explicación no es solo que no haya ningún otro paliativo para doblegar el virus, sino que cada vez más se propaga la idea de que las vacunas sirven, y en consecuencia, curan la enfermedad.

Pero, siempre hay quienes al filo de lo marginal consideran que todo es una burda mentira: “no existe el coronavirus”, manifiestan algunos; “las vacunas son cantos de sirena, baladíes e incluso, letales”, dicen otros. Nada se puede argumentar a quienes se creen en la posesión del dogma y de la verdad, ni mucho menos convencer de otras razones ajenas a las suyas. Por eso, habrá que considerar un triunfo social y sanitario que la mayoría tome la senda de la aceptación de la vacuna como solución de esta acre pandemia.

Se echa de menos, sin embargo, que las vacunas no sean universales y lleguen a todos por igual, a las tribus angoleñas, a los ancianos de Burundi, a los niños etíopes, o a los enfermos de cualquier otra etnia desarrapada y pobre. Para esto no hay disculpas, de manera que las instituciones europeas, si se desea hacer justicia de verdad, deben promover la vacunación gratuita y universal más allá de sus caprichosas fronteras.

Por eso, se me hace aún más incomprensible el desprecio por las vacunas que muestran determinados grupos de nuestro entorno, mientras que la inmensa mayoría de seres humanos de otros continentes ni siquiera puede ejercer el derecho a recibirlas. Es como arrojar los alimentos a un vertedero, mientras que los pobres se mueren de hambre. Así de crudo.

 

 

 

 

 

 

Más Estado.

 

 

Ha vuelto a arreciar la tempestad con fuerza sobre toda Europa y se teme que podamos estar en el umbral de la tercera ola de la pandemia. Francia e Italia han doblado en veinticuatro horas el número de contagiados; en Alemania sigue subiendo la incidencia de enfermos. Y España, después del puente festivo, toma otra vez la senda del repunte, pues han fallecido casi cuatrocientas personas en las últimas veinticuatro horas.

Paralelamente, los hospitales están registrando mayor ocupación de camas y las UCIS poco a poco se van llenando sin remedio.

Como remate, la larga sombra de la Navidad –de por sí bienhechora- amenaza con un panorama más sombrío todavía.

En este desolado y patético contexto, los gobiernos de los principales países europeos intentan, por un lado, que la sociedad se conciencie de la necesidad de protegerse y guardarse del coronavirus, desplegando toda la pedagogía al uso, y por otro, acometen medidas disciplinarias y coercitivas que obligan al cumplimiento de las normas sanitarias.

Pero, a la vista de que en los últimos días no todo el mundo responde con la misma responsabilidad, y dada la gravedad en alza de la situación, las autoridades políticas han elegido legítima y legalmente el camino de la imposición y la vía de la fuerza restrictiva (confinamientos obligatorios, cierre de restaurantes y centros de ocio, toques de queda, estados se alarma, etc. etc.).

Hay quienes ven en estas decisiones ataques directos a las libertades y derechos fundamentales de las personas, pero se trata de medidas concordantes con las Constituciones Democráticas de cada país, de carácter temporal, previstas para situaciones excepcionales, como la presente crisis sanitaria. Toda vez que las circunstancias cambien para bien, las restricciones también desaparecerán.

Las democracias verdaderas se distinguen por un racional y difícil equilibrio entre el intervencionismo y liberalismo de los poderes públicos. Es en esta ocasión cuando el Estado debe arbitrar una batería de medidas conducentes a la protección de la salud pública, la de todos, y darles carta de naturaleza real mediante su exigencia.

Muchos, aún, no se han enterado, ni siquiera lo intentan.

 

 

 

 

 

 

 

 

Margaret Keenan.

 

 

Era hasta hoy una ciudadana anónima, pero de repente, en un abrir y cerrar de ojos, se ha convertido en una mujer célebre. Sucedía en el Hospital inglés de Coventry que Margaret Keenan, de noventa años, una mujer de aspecto tierno, arrezagada en un sillón azul, era la primera persona en el Reino Unido y en Europa que recibía la vacuna anticovid-19.

Las sensaciones que se fundieron en ese momento, ella misma las reconoce: incredulidad (“¿por qué yo y no otra?”), seguridad (“a mí no me va a pasar nada, confío en la ciencia”) y felicidad (“podré estar las navidades con mi familia, después de varios meses de soledad”).

Abandonaba el recinto hospitalario en medio de la ovación de los sanitarios, arropada como una heroína involuntaria, a la que el azar puso allí.

Su despedida no tenía desperdicio. Comentaba que todos debemos emularla, e invitaba a  seguir sus pasos, porque la enfermedad solo puede dominarse mediante el extraordinario remedio de la vacuna. No decía nada de otro mundo, aunque a algunos les rechine en el oído, pues las vacunas han sido la terapia más eficaz contra enfermedades que asolaron al mundo y solo derrotadas por su acción benéfica (la poliomielitis, la difteria, la viruela, el tétanos, el sarampión, la varicela…). Pero Margaret tuvo la sabiduría de decirlo a sus noventa años, frontera en la que se empieza a ser verdaderamente sabio.

Debo anotar también la rapidez con que el Reino Unido actúa en la aplicación del remedio, mientras que el resto de Europa aguarda las publicaciones y aprobaciones de los organismos competentes. No ha sido, sin embargo, un paso en el vacío, pues las vacunas han sido positivamente valoradas por la Agencias de Alimentos y Medicamentos de EEUU y por la correspondiente inglesa Regulatoria de Medicamentos. A mí, que tengo a Inglaterra por un Estado peculiar, ornado de sus luces y sombras, como cualquier otro, me parece que ha acertado en esta ocasión y que el adelanto sopesado de la vacunación a sus compatriotas evitará daños mayores, sobretodo, ante las fiestas navideñas.

Por lo pronto, me quedo con la figura entrañable de una mujer nonagenaria que, vestida con una camiseta azul de niña, saludaba a todos con un canto a la vida.

Y en tanto llega la ocasión de vacunarnos, seamos cuidadosos porque la salud común y personal, que es lo principal, aún puede empeorar más.

 

¡A las trincheras!

 

 

Llevamos ya unos meses, que parecen años, a vueltas con este mal vírico que tanto ha afectado a nuestras vidas. Todo nos erosiona y nos cambia, especialmente este duro episodio, como pequeñas piedras que las olas baten y golpean hasta convertirlas en finísima arena dorada. Desde que empezó esta epidemia, hemos pasado por altibajos anímicos de toda clase, pero estamos, los que estamos aquí, dispuestos a seguir hasta que recobremos lo más parecido a la vieja y añeja normalidad. Parece que está cerca, o al menos, eso se dice en los ámbitos científicos y políticos. De los primeros me fío, de los segundos…me decepcionan día a día por su escasa capacidad para comprender las necesidades verdaderas de quienes los votamos. Claro, que no son todos iguales.

Y para esa conquista de lo normal aún queda un trecho importante. No estamos en el final, sino en el camino hacia el deseado día en que sea debelado el  invisible enemigo común. Entre el hoy siniestro y el mañana esperanzador, existe un angosto pasaje (angostillo) por el que debemos conducirnos con tiento y precaución.

Si hasta ahora, muchos (algunos se han quedado fuera de motu proprio) hemos sido capaces de asumir las obligaciones propias de esta terrible crisis, confinamiento doméstico, salubridad personal, restricciones sociales etc, en el presente e inmediato futuro debemos seguir empecinados con las mismas reglas hasta la solución final, ni un paso atrás. De un modo concreto, hay dos escollos importantes, el vigente puente de diciembre y las fiestas navideñas, que son necesarios salvar por el bien de todos. Por eso, hay que apurar en estos momentos las medidas  preventivas ya archiconocidas.

Cerca ya de que las vacunas remedien el  mal y mejoren la vida de todos, de que la ciencia -no solo, pero sí de modo principal -nos devuelva la fe en la vida, hay que aguantar el tipo ante las balas del contrario.

Por eso… ¡a las trincheras! ,que podemos resistir y resistiremos hasta la victoria final.

Otras Navidades.

 

 

Ahora que los vientos fríos del norte llegan con su clamor intempestivo, ahora que la pandemia sigue azotando infame a todo lo que vive, se proyecta sobre este panorama sombrío la sombra de la próxima Navidad. Evidentemente, su celebración no puede ser igual que las anteriores, pues las circunstancias sanitarias son otras y, en consecuencia, deben cambiar los hábitos sociales de la comunidad mundial. La forma de vida ha variado desde que se alertó del peligro y las navidades no son una excepción. Por eso, deben extremarse sobremanera las medidas higiénicas y la conducta intachable en los lances interpersonales.

En definitiva, las fiestas por venir, en casa y con los de siempre, con los convivientes, porque más ya son multitud. Todo, en aras del bien común.

Pero nada es en vano. Quiero decir, la idiosincrasia de la cercana Navidad no me resulta ajena, pues la canción de esa extraña corriente la conozco.

Hace tiempo, quizás demasiado, los años pasan deprisa, las navidades de la infancia y primera juventud eran singulares. A la tarde de Nochebuena, desapacible y pertinazmente lluviosa en la mansa Asturias, tomábamos el tren de vía estrecha para llegar a la estación del Berrón. De allí, a pie, culebreábamos por los senderos y trochas de los prados hasta que, al franquear la última curva de la carretera, se mostraba bajo las frondas de la arboleda la casona de los tíos Ángeles y José Mª, junto al viejo y destartalado molino. Mi padre llevaba en una cesta apañada de mimbre el regalo de la Navidad para la familia de su hermana, una botella de anís, otra de coñac y algunos turrones, blandos y de almendra. Pasábamos un instante y retornábamos por el mismo sitio porque había que estar en casa para la cena de Navidad. Como agradecimiento, nos alargaban un pitu caleya , una gallina criada con maíz en la campiña, que comíamos al día siguiente en la sopa y en el guiso. La cena era frugal, sencilla y sin alharacas. A veces, somnoliento y con el frío en el cuerpo, bajábamos a misa de gallo.

La historia resulta, cuando menos, curiosa por las coincidencias involuntarias. Al cabo del tiempo, volveré a los comienzos: No habrá viajes a ningún sitio, ni intercambios de regalos entre familiares, ni misas adonde ir a dormitar un rato, pero sí habrá una Navidad humilde, austera y sin ningún ruido, a solapo del bullicio festivalero, como las de antaño. Estaremos solos, en casa, recogidos los cuatro que formamos la familia, a salvo de las acometidas de este virus, que se resiste cruelmente a dejarnos.

Pero, pronto será un recuerdo como todo. Eso sí, un nefando recuerdo.

 

 

 

 

 

 

Luces y sombras.

 

 

Las noticias que nos llegan en los últimos días sobre la eficacia de las primeras vacunas contra el coronavirus son, cuando menos, esperanzadoras. En un momento en que la situación sanitaria ha empeorado notablemente en el mundo, y particularmente en España, donde día a día crece el nivel de contagios y los hospitales están a punto de colapsarse, como en las peores semanas de la primera oleada de la pandemia, se alza a los cuatro vientos la primicia del hallazgo de la vacuna redentora. Es como estar contra las cuerdas, y tocar la campana, que nos lleva al rincón. Sin duda, es la luz al final del sombrío paseo, que se entrevera entre las ramas de la espesa arboleda.

Llama la atención curiosamente que las vacunas hasta ahora eran elaboradas paciente y metódicamente, como los mejores vinos, a lo largo de varios años de dura y laboriosa investigación. Pero, como si fuese por arte de magia, que no lo es obviamente, las que deben vencer al coronavirus, han sido fábrica de pocos meses. Nunca antes se había conseguido tamaño éxito científico en tan poco tiempo.

Pero, me rondan algunos reconcomios. Por ejemplo, decía en un medio de comunicación un importante virólogo, profesor en la Universidad de Valladolid, que a propósito de estas vacunas aún no se había realizado ninguna publicación científica que explicase y comentase a toda la comunidad científica la bondad de las mismas. Parece que es un requisito necesario en que los descubrimientos de la ciencia deben desenvolverse. También es un hecho cierto que las industrias farmacéuticas han volcado millonarias inversiones en la investigación, y que hay mucha prisa en recoger los beneficios, más millonarios todavía. En consecuencia, comentaba el profesor, el anuncio del importante hallazgo parece algo prematuro, habiendo sido deseable retrasar unas semanas más el anuncio del “milagro” de la vacuna.

Hay otra cuestión muy importante. Mientras llega el momento en que todos o la mayoría seamos vacunados, el virus aún permanece a día de hoy entre nosotros, sigue mortalmente vivo, transmitiéndose cada vez con mayor facilidad y malas artes, y dejando tras de sí tierra quemada y mucha pena.

Es por lo que aún no debemos proclamar la victoria; y, por el contrario, hemos de estar vigilantes y atentos, observando, si cabe con mayor rigor, las conductas sanitarias ya conocidas, y que, probablemente, nos acompañen durante mucho más tiempo.

Lo malo es que hay algunos que no han comprendido, ni quieren entender, que vivimos una de las peores calamidades de los últimos ciento veinte años, negando lo evidente o dejándose llevar por la comodidad o el interés.

La sociedad saldrá adelante, incluso, a pesar de ellos.

 

Vivir en la costana.

 

 

Llevamos un tiempo-que parece eterno- enharinados hasta los tuétanos con esta crisis epidemiológica, que no deja de acecharnos como cruel enemigo. El verano parecía que nos había dado una tregua, la calma que precede a la tempestad,  y que por arte de magia el mal se había ido a otra parte, para nuestra bonanza y paz. Pero con el paisaje ambarino del otoño y los inoportunos aguaceros, la calamidad ha mostrado una vez más su peor rostro airado para sumirnos otra vez en el caos y el dolor. Nuevamente, a cuestas, con las cifras diarias de contagios, personas fallecidas, hospitales al límite de su aforo, sanitarios enfadados y cansados…No, no pienso en esta ocasión por qué esto es así, sino simplemente en que esto es como es y no tiene más vueltas ni recorrido. Aquí y ahora estamos todos, y todos debemos de salir de esta sin hacer distingos ni establecer diferencias por razón de nada, recolectando incluso a quienes siguen haciendo facecias con la grave situación sanitaria del país o del mundo.

Yo vivía de niño en una casita en las afueras del reducto urbano, justo en una de las laderas que tiraban a  los montes, de jugosas fuentes y prados, cuyo único mundo eran tres calles, donde pasábamos los días jugando, la de abajo, la de en medio y la de arriba. Una costanilla separaba unas de otras. A veces, sentía el deseo de emular las hazañas de los héroes de las películas o de los cómics, y, empuñando en una mano una espada de plástico de “romanos” y en la otra un escudo imaginario, subía zigzagueando la cuesta dando palos al aire como si luchara contra cien bárbaros y a todos matando. Al llegar a la plana, entonces gritaba con timbre agudo: “¡He vencido! ¡He vencido! ¡Yujuuu!.

Esto lo recordé hace dos años subiendo una penosa rampa, la del Sapo, entre las aldeas de O Lastra y A Degolada, en la provincia de Lugo, con motivo del viaje a pie que hice entre Oviedo y Santiago. Ni siquiera, lo intuía. Pero en esa ocasión, como un fanal que iluminara un rincón  perdido en el tiempo, emergió ese recuerdo. Porque caminar es, sobre todo, recordar.

Ahora, vivimos en una costana de dura escalada, que parece no tiene fin, pues no se ve aún el llano. No se trata de luchar contra nadie, sino es contra el virus, ni desplegar ninguna acción bélica, pero sí hemos de subir poco a poco la cuesta, evitando los descalabros, asumiendo los deberes personales y sociales, para que todos salgamos airosos y podamos elevar al cielo el grito jubiloso: ¡“Hemos vencido! “. El bien común nos lo exige.

Sin duda, así habrá de suceder, más pronto que tarde, aunque alguna persona más se regazará, y quedará desgraciadamente en la subida de la costana, sin fuerzas y ya sin aliento.

 

 

 

Segunda oleada.

 

 

Los datos no ofrecen ninguna duda sobre la presencia indeseada de la segunda ola de la pandemia. Las fuentes informativas constatan al día de hoy la existencia de treinta y cinco millones de infectados y un millón de muertos en el mundo. En España son seiscientos mil contagiados desde junio y, solo en octubre, se han registrado cien mil casos. En consecuencia, las autoridades sanitarias constatan la llegada de la segunda ola de la enfermedad.

La primera nos cogió por sorpresa, fue un ataque felón por la retaguardia, que costó miles de muertos y otros muchos más damnificados o contagiados. Pero, a sabiendas de que el virus no se había ido de nuestro entorno y acechaba en los lugares más insólitos, muchos ciudadanos prefirieron ignorarlo, ya por comodidad o ausencia de voluntad, ya por una suerte de afectada e inútil rebeldía contra la norma general. El caso es que la irresponsabilidad individual y social ha sido la causa principal de este segundo ataque del enemigo invisible, no por eso menos agresivo y fiero.

Es, pues, el momento de tomar medidas firmes y eficaces para paliar los efectos, que solo las autoridades competentes en sanidad (epidemiólogos, virólogos, médicos, investigadores…) pueden plantear. Ellos, expertos en la materia, tienen el derecho y el deber de dictar las normas de orden sanitario y social que conviene en estos momentos, siendo los políticos quienes han de aplicar en todo el país las decisiones comunes adoptadas por ellos. De este modo, se garantiza el bienestar común de todos los españoles.

De no ser así, las consecuencias podrían ser graves. Por un lado, los servicios médicos de atención primaria y los hospitales pueden repetir el colapso anterior, además del agotamiento y fatiga hasta lo indecible del personal sanitario. Y por otro, podrían repetirse sin remedio los fallecimientos desproporcionados y dolorosos de muchos ciudadanos.

Las pandemias históricamente se han repetido en sucesivas oleadas, pero no tiene por qué inexorablemente producirse siempre el mismo hecho, si el conjunto social actúa unánimemente con responsabilidad y coherencia. Quiero decir que, si hoy los españoles nos tomamos en serio el problema del coronavirus y adoptamos las medidas consabidas hasta la saciedad, rebajaríamos sin duda de modo inminente el riesgo social y sanitario de la comunidad, taponando de paso la terrible posibilidad de una tercera y fatídica oleada. Porque, la segunda ya no podemos evitarla. Está aquí.

 

España, más golpeada.

 

 

He pasado el verano más anómalo de mi vida, pues sigo agazapado, junto a mi hijo, en el tollo del que nos hemos provisto desde el principio del confinamiento, allá por el 14 de marzo de este año.

Ahora, a día de hoy, en la ventosa madrugada del otoño, cuando los escolares comienzan a contar tristes tras los cristales, el virus sigue atacando con la misma virulencia con que lo hizo no ha mucho tiempo. Y eso, que algunos creían que todo había pasado y que la enfermedad ya estaba caduca. Tal vez ese es el error. Porque España es el país europeo con mayor número de infectados y de muertes provocados por el coronavirus.

España es un amable territorio del sur de Europa, cálido, abierto y hospitalario. Yo tenía a la España de la democracia, a las Españas, por un lugar o lugares especialmente sensibles al amor. Un país amador. Pero, me equivoqué. Como tantas veces a lo largo de mi vida.

He visto largarse de veraneo a multitud de gentes, nuestra clase media, que guardaban como siempre colas a las salidas y entradas de las ciudades, porque no podían privarse de las vacaciones. He visto playas tomadas por multitudes, como si nada estuviera pasando. He visto tumultos irresponsables durante las noches al raso o en ámbitos cerrados,  ajenos al grave problema de salud que nos afecta. He visto reuniones de seres, ¿queridos?, sin ninguna preocupación por el doloroso presente.

Y aún más. Mientras una parte de la sociedad da la espalda a la salud y al verdadero bienestar común, las instituciones abandonan su obligada responsabilidad con los ciudadanos. ¿ O es que los centros de atención primaria, carentes de personal, no cuentan como diques de contención de la terrible marea vírica? ¿O los rastreadores no cuentan para nada para los directores de esta película? ¿ Y por qué los hospitales no se han reforzado con el personal sanitario suficiente para atender las necesidades a futuro?

Porque, una sociedad que no se cuida así misma, es una sociedad que no se quiere ni quiere.

Hallo en todo esto una España de charanga y pandereta, zaragatera, que me decepciona, Pero espero, que sobre ella retome el vuelo la otra España de la rabia y de la idea, que me esperanza.

Mientras tanto, sigo apegado a este rincón con mi hijo, en el tollo, al que no quiero que le pase nada.

 

 

 

La negación del negacionismo.

 

 

No se puede negar lo evidente, es decir, los principios, axiomas y conceptos obtenidos como resultado de la experimentación metódica y rigurosa, no pueden negarse frívolamente por nadie, sino es por un interés oculto o torticero.

Algunas minorías extendidas por Europa y EEUU principalmente, ponen en duda la existencia del coronavirus, que ha dado lugar a la pandemia más letal del siglo XXI, y que debe retraerse un siglo para encontrar otra de similares efectos en 1918. Las razones que se aducen para esta negación no existen, sencillamente se niega porque sí, o a lo sumo, se exhiben contenidos propagandísticos del tipo “nos desean manipular , “ se destruyen las libertades fundamentales” o “los políticos nos mienten”, es decir, se recurre a falsos argumentos o falacias para sostener la negación de la pandemia.

Pero es que la realidad es tozuda. El virus productor de la enfermedad mortal ha sido aislado, secuenciado y catalogado en los laboratorios más exigentes del mundo. Cada día se conocen mejor los rasgos que lo caracterizan, y en virtud de ello, los laboratorios trabajan febrilmente en la producción de una vacuna, que ha de llevar a su eliminación.

Por primera vez en mucho tiempo, la comunidad científica ha creado más de doscientos grupos de trabajo, coordinados por una plataforma internacional, que actúa como garante de la seriedad y rigor de los hallazgos científicos, así como la orientación de los mismos hacia la destrucción del mortal. ¿Habría de pulsarse este despliegue de recursos y medios, si no existiera el virus?

Pero la realidad supera a la ficción. A la fecha de hoy los datos son tan categóricos como desoladores. Casi 900.000 fallecidos, 25 millones de infectados en el mundo. España ya vive la segunda oleada o está frisándola, antes de la temerosa llegada del otoño, que además de vientos y lluvias, todo indicaba que volvería a arreciar virulentamente las huestes enemigas. Y en esta caída o retroceso nacional, el resto de Europa parece seguir idénticos derroteros. ¿Es que este descalabro sucede porque nos hemos vacunado de la gripe el año pasado?

Podemos discutirlo casi todo en esta vida. Pero la verdad científica, la que está cimentada en la experimentación y el análisis, en las fuentes documentadas, tienen poco o ningún margen de error. El padre B. Feijoo advertía en el período de la ilustración que el resultado de la investigación contrastada es una verdad incuestionable. Porque negar el virus tiene el mismo origen que negar la redondez de la tierra o el holocausto judío, es decir, o es puro cretinismo o es perfidia.

Por eso, hay que negar el negacionismo.

 

 

 

 

Lección de humildad.

 

 

No hay peor error que la autosuficiencia, creerse excepcional en algo, como por ejemplo que nuestro país tiene la mejor sanidad del mundo o que nuestra red industrial está firme y sólidamente anclada, hasta el punto de que en ningún caso podrían peligrar ni la salud ni la economía de los españoles, en definitiva, el bienestar común de la inmensa mayoría.

Y sin embargo no es así. La pandemia ha puesto de manifiesto la debilidad o flaquezas del sistema de salud públicos –el privado no es un sistema, ni tiene la vocación de servicio general-, y ha objetivado la fragilidad del conjunto industrial, que sigue considerando el turismo como el motor principal de la economía global.

Vivimos años de locura en que se repetía- y a base de repetirlo muchas veces, nos lo creímos- que la Sanidad española era una de las mejores del mundo. Bastó el despertar de un aire repentino, que heló las espigas del campo y las arruinó, un virus letal, para que cayéramos en la cuenta de que hay algo que no va bien, y que la Sanidad falló en estos momentos críticos. Seguimos siendo al día de hoy el país occidental con más infectados y fallecimientos, y no parece que el futuro inmediato vaya a mejorar. Por otro lado, las estadísticas no dejaban de proclamar la velocidad de crucero de las industrias españolas, especialmente de la turística, hasta que el fuego devorador del virus, destruyó todo, dejando un paisaje quemado y desolado. Eso ha traído que España sea el país con mayor recesión de Europa.

En mi opinión, ha habido una sobredimensión de lo español desde adentro, y una banalización de las estrategias que este país debía haber tomado hace tiempo, al menos, desde el final de la dictadura. Estrategias educativas, científicas, empresariales y morales.

Es algo muy nuestro: creernos excelentes y dejarnos llevar por la corriente o la inacción. Hubo un tiempo en que España tenía a gala ser “la reserva espiritual de Europa” –así  lo decían incluso adalides de la filosofía-, no siendo otra cosa que una reserva de gazmoñería y falsa beatitud. Hoy tocaba afirmar que España es una reserva de progreso y desarrollo, resultando que tampoco es así.

Hay que empezar de nuevo para hacer de este país un lugar moderno, sostenible, solidario, igual, culto, donde todos podamos vivir dignamente sin que a nadie le falte lo esencial.

Sin ir más lejos, debería aprobarse por las instituciones la petición de un grupo de científicos independientes para examinar la crisis sanitaria y tomar medidas que mejoren la sanidad española. No estaría de más que otro grupo de expertos solicitasen un estudio del panorama económico para sanar esta cuestión de una vez, y dotar a España de un verdadero entramado empresarial.

Sin duda, los primeros pasos.

 

 

Lo importante, primero.

 

 

Hoy, 4 de agosto, ha sido primera noticia en todos los medios de comunicación la salida de España del rey emérito Juan Carlos I, según él, para no perjudicar la institución de la Monarquía representada por su hijo Felipe VI. Al hecho, sucedieron múltiples reacciones a favor y en contra, que pone de manifiesto la existencia de quienes defienden la Monarquía, y de quienes se abrazan a otras formas de gobierno, como la República. Todo es legítimo.

Para el espectador ha resultado una de Tirios y Troyanos, a la gresca, siendo sin embargo el asunto tan palmario, como que el propio rey –el antiguo- decide dejar su país porque considera que los hechos que lo acusan pueden ser de tal gravedad que pone en peligro la continuidad de la institución. Y punto.

Lo que suceda en el futuro queda en manos de la judicatura, que a buen seguro, pues confío en la división de poderes, dará cumplida cuenta del caso. Y si no, al tiempo.

Pero mientras esta batahola se desataba, la difícil y cruda realidad económica y social de España marcaba desgraciadamente el protagonismo del día. Nos enteramos de que en Galicia ya hay más de 45.000 personas menesterosas, en una palabra, que no comen; en Cataluña, 150.000 ciudadanos son amparados por Cruz Roja y Asociaciones de Vecinos; en Madrid ha crecido la hambruna en más de 100.000 almas; y, por decir algo, en Andalucía dependen 380.000 andaluces de la Federación de Bancos de Alimentos de Andalucía, Ceuta y Melilla. Nadie pone en duda la labor de contención del gobierno ante este problema, mediante la adopción de medidas sociales como el ingreso mínimo vital, los ERTE, las delegaciones de Servicios Sociales, el SMI etc. etc. Tampoco hay que olvidarse de los discretos, pero eficaces gestos de ayuda humanitaria de agrupaciones de ciudadanos, asociaciones de vecinos, que hacen todo lo que pueden.

Pero, ¡es tan grande el problema, derivado del feroz ataque del coronavirus, y tan cortos los medios, según se dice!

Por eso, me duele, y me enoja, que los gobernantes de nuestro país se vean envueltos en turbios asuntos, pues anhelo una patria honrada, libre y trabajadora; pero me duele más que las gentes y ciudadanos de este país –y de todos- deban hacer fila, a veces vergonzosamente, para poder comer.

Pongamos las cosas en su sitio.

 

 

 

 

“Visión del Camino Primitivo: De Oviedo a Santiago”.

Publicado el libro “Visión del Camino Primitivo. De Oviedo a Santiago”, 2ª edición, fruto de mi estrecha y emotiva relación con Asturias y Galicia.

Fue el primero de todos los caminos a Santiago de Compostela, como explico en la introducción y muy brevemente en la contraportada, antes de que el Camino Francés fuera el itinerario general de todos los peregrinos europeos.

Lo pasé muy bien. Gran experiencia. El paisaje de esta zona de España, de belleza excepcional, las gentes y costumbres, y el patrimonio artístico –muy interesante-, constituyen atractivos únicos, que he intentado recoger y transmitir como peregrino y asturiano.

Estoy contento, después de un año de documentación y redacción. por el parto de este mi tercer libro. Para mí, el mejor, por dos o tres razones: Por primera vez, escribo y siento, siento y escribo acerca de mi tierra, Asturias. Estaba en deuda con ella, pues ha sido el escenario de mis primeros veinticinco años, probablemente los que más me han marcado. Por otro lado, me he esmerado como nunca en alcanzar un estilo propio, caracterizado por la búsqueda de la claridad y la precisión del léxico. Queda por mejorar aún el ritmo del período sintáctico, que es algo así como la música que acompaña al relato cinematográfico, en el que todo creador pone mucho empeño. Y por último, si la singladura me hizo feliz, de algún modo esto se trasluce en el conjunto del libro.

Hay además otro atractivo, en el que no tengo ninguna responsabilidad, y son las acuarelas magníficas de mi amigo Manuel Marco, que ha sabido recoger con maestría y pericia la identidad de un Camino.

Y con esto, ya voy cerrando el tema jacobeo, pues uno debe seguir su Camino y estar a otras cosas.

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Introduzco la entrevista realizada por Onda Cero Galicia, Gente Viajera, a propósito de la publicación. Debe buscarse en la siguiente dirección de Internet:

La Brújula de Galicia. Gente Viajera 04/09/2020. Onda cero. Programa de Luis LLera. Minuto aproximado 38.

Referencia publicada en el Facebook de la Sociedad Geográfica Española, con fecha 1 de septiembre.

Nota de prensa del Correo Gallego, de fecha 28 de agosto.

Facebook de la Federación de Amigos del Camino de Santiago, de 31 de agosto.

-Reseña de Círculo Rojo.

Entrevista realizada por Radio Autonómica de Asturias, el 17-09-2020 Programa “Noche tras noche”. 21.horas Minuto 10′ en adelante.

-Reseña de prensa en Mundiario, con fecha 29-09-2020.

Facebook. Editorial Círculo Rojo.

-Reseña en la Revista Peregrino del mes de octubre.

¿Qué está fallando?

 

 

Sin alarmismos ni paroxismos, pero con franqueza: ¿Qué estamos haciendo mal para que cada día superemos el número de contagios, y estemos al borde de la segunda oleada de la enfermedad? ¿Por qué este país parece que no ha aprendido casi nada del enclaustramiento a que nos ha llevado la pandemia?

Encuentro que la respuesta  no es ardua. Lo que sucede es que hay cierto prejuicio en utilizar la palabra pintiparada, que explica la razón fundamental de esta desescalada loca. Me refiero a la palabra “irresponsabilidad” de algunos ciudadanos –no sé si muchos o pocos-, a los que el bien común les importa un bledo.

En esta era de sobrecomunicación –a veces indigesta- se visualizan situaciones grotescas y estrambóticas: calles, plazas y bulevares, colmados de gentes sin ninguna protección; playas, ríos y piscinas, arquetipos de qué no debe hacerse en momentos de transmisión vírica; otra vez , por enésima vez, tumultos incontrolados de jóvenes en actitud de idolatría a la diosa botella –hay dioses más provechosos-; celebración de reuniones familiares y amistosas en la creencia de que el amor o la emotividad espantan al diablo matón; bares y tabernas descontroladas y carentes de una necesaria organización; discotecas y otros aditamentos de la vida nocturna, al margen de las medidas exigidas por las autoridades sanitarias. En suma, se vive como si no existiera el virus mortal, a sabiendas de que ya ha habido por lo menos 28.000 fallecidos en España, 600.000 en el mundo.

No es falta menor que la irresponsabilidad de algunos ciudadanos –no sé cuántos-, lleva parejo el desdén o desprecio por el bien común. Porque quien actúa irresponsablemente, tampoco piensa en la salud del prójimo.

Y mientras el nudo gordiano del problema es la negligencia de algunos, todavía otros siguen empecinados en culpar únicamente de la presente situación sanitaria a la falta de controles y medidas de los gobiernos autonómicos y central, a la administración en general. Sin quitar un ápice de responsabilidad a las instituciones, que también han de adoptar medidas más eficaces, nadie dude de que el problema hunde sus raíces en la actuación irresponsable de algunos ciudadanos –no sé si muchos o pocos-.

Toda una vida dedicada a la inculcación a nuestros jóvenes- que con el tiempo se han hecho mayores- de la asunción de la responsabilidad por lo común, para obtener tan baja puntuación en los momentos más difíciles. A lo mejor es que hemos insistido poco. O no lo hemos hecho bien.