Ejemplaridad.

 

 

No es difícil imaginar las escenas de compromiso y entrega de nuestros sanitarios en lo que llevamos de lucha.

Por los pasillos de los hospitales, algunos enfermos permanecen postrados en la camilla, pero otros, ni siquiera. Los más privilegiados pasan a las camas. Pero llegan más y más, y no hay sitio para todos. Los enfermos y auxiliares acuden a donde más los necesitan. Los celadores suben y bajan entre la confusión y el aturdimiento. Los médicos no cesan de moverse, diagnosticando, auscultando, medicando. Falta tiempo para poder atender a todos como se quisiera y aconseja la buena praxis, pero es tal la avalancha de afectados que no se puede hacer más. Y por si fuera poco, asisten a riesgo de sus vidas a sus pacientes a casi pecho descubierto, porque faltan las batas necesarias, los broqueles que amparen los dardos mortales del virus. Luego, sí van llegando los trajes y mascarillas, y siguen en sus puestos atendiendo cada uno de los casos graves y menos graves que pasan por sus manos. Nadie tiene tiempo para pensar. Tampoco las limpiadoras llegan a todos los rincones, pues cuando alguien se va, otro ocupa su lugar. Solo, cuando el sanitario regresa a su casa o al hotel que lo acoge para no contagiar a sus familiares, cae en la cuenta de que está muy cansado y hasta se viene abajo. También aprovecha la noche de descanso para llorar las lágrimas que no pudo derramar en el tráfago del combate. Y se acuerda, incluso, de que tomó la mano de aquel anciano ausente, de la mujer que preguntaba por sus hijos, y que acarició las mejillas de un hombre que no quería morir. Ese sanitario representó magistralmente los papeles de cuidador profesional, padre, hermano y amigo, como los mejores cómicos de la dramaturgia. Pero, de verdad, pues su corazón estuvo a punto de romperse más de una vez.

Luego, las urgencias masivas de los primeros días pasaron, llegaron refuerzos, se ampliaron recintos hospitalarios y la lucha, cuerpo a cuerpo, entre los sanitarios y el mortal cíclope, se igualó.

Muchos resultaron tocados, algunos cayeron en la lid, defendiéndose hasta el final como héroes clásicos. Ellos se llevaron la peor parte, aunque debe quedar a sus seres queridos, sobre todo, el consuelo de que dieron sus vidas por otros seres humanos, que vivirán para contarlo.

A todos los sanitarios, sin jerarquías, mi agradecimiento y admiración.

 

 

 

Los niños de la guerra.

 

 

Hablan las estadísticas de que la mayoría de fallecidos por el coronavirus tiene más de setenta años.

Avanzada la década de los años veinte, treinta y cuarenta del siglo pasado, nació en nuestro país una generación de niños, que estarían llamados a vivir los períodos más penosos y duros de los últimos cien años.

Al filo de la inocencia, algunos se encontraron metidos hasta el cuello en una terrible guerra fratricida, que arrojó el balance más siniestro jamás antes vivido: Medio millón de hombres españoles partieron al exilio; y 500.000 personas hallaron la muerte en los campos de batalla. Puede uno imaginarse el horror sufrido por esos niños, el miedo vivido día tras día, y las largas noches insomnes, a la espera de que arrebatasen a sus padres por el postigo falso, o de que una bomba se deslizase por los pardos tejados de sus casas. Recuerdo que mi madre retuvo siempre en su memoria aquella mañana en que se fue a la estación de Carbayín con dos de sus hermanos, y en un recodo del camino,  junto a un soto arbolado y sombrío, en el fondo de la cuneta, halló los cuerpos sin vida de dos vecinos, sin zapatos y con las camisas hechas jirones. La guerra era igual para niños y mayores.

No tuvieron tiempo de asimilar tamaña barbaridad, y esa generación se vio abocada a años de miseria y hambre. En medio de un contexto moralmente infame, la comida escaseaba, mientras los estraperlistas hacían su agosto aprovechando las necesidades más elementales de una sociedad famélica. Decía mi madre que comían fabes pintes una vez al día, y mucha boroña, que dejaba una falsa sensación de hartura. Así se iba regateando el hambre, engañándola, aunque, a pesar de todo, la hambruna causó estragos irreparables en la población más vulnerable.

Esa generación adquirió la edad de trabajar, y se reventó el pecho en las profundidades letales de las minas o en las nacientes, por entonces, empresas siderúrgicas, a cambio de bajos salarios. Por otro lado, quienes se quedaron apegados a la vida rural, trabajaban sin descanso día y noche en una economía de subsistencia. Hubo por entonces un inevitable éxodo del campo a la ciudad en busca de horizontes más halagüeños.

Y esa generación tuvo descendencia, y después de los hijos, a quienes dedicaron lo mejor de sus vidas, llegaron los nietos, a quienes no escatimaron esfuerzo y sacrificio, a pesar de la merma del vigor de la juventud y madurez.

Esa generación heroica, que no se doblegó nunca ni se arredró ante la adversidad, no pudo sin embargo aguantar los embates de la bestia negra del coronavirus, que se ha llevado por delante a los últimos supervivientes. Ni la guerra, ni el hambre, ni el trabajo, pudo con ella. Pero sí este mal viento, que se resiste a pasar.

Descansen todos en paz.

 

 

 

 

 

 

Contra la estupidez.

 

El 11 de marzo de este año la OMS declara que el coronavirus es una pandemia, es decir, la existencia de un virus mortal se propaga al mundo entero, pudiendo afectar a cualquier persona que habite este planeta. El mismo organismo propone que los países soberanos deben articular soluciones basadas en la coordinación de los poderes  y la sociedad, soluciones que pasan sobre todo por la reclusión o confinamiento de los ciudadanos en sus casas, y el control epidemiológico mediante pruebas o tests. Estas dos medidas ayudarían a controlar la propagación de la enfermedad.

Ante la gravedad del anuncio, el gobierno de España decide aplicar aquellas normas de la OMS, y especialmente decreta el estado de alarma como instrumento jurídico que mejor canaliza el confinamiento de sus ciudadanos. Simultáneamente, otras voces de la ciencia española e internacional avalan sin fisuras la necesidad de aplicar aquella figura como el método más eficaz contra la propagación del virus. Al cabo de una semanas, el confinamiento se ha mostrado la única manera, a falta de tratamientos virales y vacunas, de frenar el avance de las terribles hordas hostiles.

Hasta aquí, el relato abreviado de esta triste y trágica historia, que ha dejado muchas vidas en el camino.

Pese a todo lo dicho, hay quienes se han empeñado en negar en nuestro solar común la profilaxis del confinamiento, y se han opuesto desde el inicio a su aplicación. Incluso, aprovechando el desgaste psíquico de los ciudadanos con el paso de los días, proponen en caliente manifestaciones contra la señera y positivisima medida de “quedarnos en casa”. “A sensu contrario”, debe ser bueno, según ellos, salir a las calles con la misma asiduidad y costumbre como lo hacíamos antes de la epidemia. Y de paso, no dejemos de ir al fútbol, los toros, peleas de gallos, carreras de patos, conciertos, cines y teatros, para no dejar de ser también cultos en tiempos de pandemia.

Sencillamente, quienes niegan lo evidente, muestran un nivel próspero de ignorancia o estulticia, por ser más finos. Si además, y esto es más grave, se hace por algún interés oculto, entonces hablamos de maldad, a secas.

 

La prudencia.

 

Poco a poco, todos vamos ocupando las calles de nuestros pueblos y ciudades con el propósito de volver a realizar las tareas habituales, tales como comprar en las tiendas y mercados, acudir al trabajo, pasear sin prisas por las plazas, conversar con quienes se paran, etc. Sin darnos cuenta se va perdiendo el miedo al enemigo invisible, y se aprende casi inconscientemente a convivir con él. Pero, a sabiendas siempre, que él acecha con enorme sigilo en cualquier lugar, rincón o flanco, y actúa astutamente a la chita callando contra cualquier objetivo .

Y esta incorporación paulatina a la vida normal no va a dejar de producirse, hasta que dentro de unas semanas se declare el final del estado de alarma y, con ello, la recuperación de la plena normalidad.

Me preocupa, sin embargo, la posible relajación de las conocidas medidas preventivas de guardar distancias y procurar el enmascaramiento, porque, a pesar del innegable esfuerzo de la mayoría, hay quienes o no se han tomado en serio el problema o se aprovechan de la desgraciada situación para predicar sus proclamas partidistas.

Es por eso que ahora, más que nunca, cuando llega el momento del encuentro bis a bis con el fantasma letal del virus, la sociedad, todos juntos, debemos actuar con la necesaria y correcta prudencia del sabio. De nada sirve haber sacrificado tantas cosas, incluido personas fallecidas, si no se adoptan aquí y ahora toda la batería de remedios al uso.

Hemos aprendido a combatir el miedo, no a eliminarlo, y llega el tiempo de practicar la prudencia pues, al decir de Gracián, es una virtud que evita dolorosas desgracias.

Sin duda, saldremos de esta gravosa situación apoyados en dos báculos: el sacrificio enorme, que la inmensa mayoría de españoles estamos haciendo, y la prudencia exquisita, en la que hemos de fajarnos durante los próximos días. Eso espero.

 

Sobre la unidad en la contienda.

 

 

España está viviendo el segundo acontecimiento más infausto desde hace cien años. El primero fue la fratricida e injustificable guerra civil de 1936. Es sabido por experiencia y sentido común que de las graves y profundas crisis solo se sale con la unidad de todos los afectos, que al unísono bregan en la misma dirección y adoptan posturas comunes, las que sean, pero a fin de cuentas posturas iguales.

Este domingo, he tomado el coche para alejarme un poco de la casa en que vivo, y ver cómo están las cosas en mi alrededor,  los campos reverdecidos por las generosas lluvias de esta primavera, los montes y sierras menos resecos que otros años, el trigo preparándose para la próxima recolección, las viñas aún inmaduras…También, quería notar el pulso de los pueblos cercanos. La naturaleza está ahí, igual, y aunque cambia, parece que siempre es la misma en el reducido tiempo que nos dejan vivir.

Pero no creería, si no lo viera, que, como si se tratara de una feria, había grupos de personas en comitiva sin medios de protección ni mantenimiento de distancias, capaces de evitar el contagio del malicioso virus.

Añádase que ahora se realizan manifestaciones, por supuesto legales, contra la gestión del gobierno español, sin las medidas profilácticas de turno.

Y súmese a todo lo dicho que casi la mitad del arco parlamentario tira de la sirga en sentido opuesto a la otra mitad, apocando no solo las fuerzas sino también las esperanzas de triunfo.

No sé qué pasa en España, que una vez más, ante los problemas verdaderos y profundos, se opta por la división, el segregacionismo, en vez de la irreductible, sólida y eficaz unidad de todos los españoles, sin distinción de credos, “logismos”, o partidismos. Alguien bautizó a este país como “cainista”, que aunque a mí no me gusta, la realidad se empecina en parecerlo.

Porque el diabólico virus es un asesino que mata sin distinción y en silencio. Eso sí, con mucho sufrimiento.

Salud, siempre.

 

 

La salud es algo que hemos valorado, sobretodo, cuando la hemos perdido por algún mal. Todos tenemos algún caso personal que contar. Pero conservo la imagen de mi tío Manolo, al que solía ver apostado en las barandas de una céntrica calle de mi pueblo natal. Al allegarme a él, la primera pregunta que salía de sus labios, ya amoratados por la larga enfermedad, era acerca de mi salud. Yo, joven, extrañado, le respondía que bien, pero me parecía poco o nada importante, una nonada. Deseaba que me inquiriera por los estudios o las compañías o la vida en pequeño. Su contestación era que eso era lo principal, la buena salud, y que lo demás no tenía mayor interés. El tío Manolo pasó su penosa vida en la mina. Primero en un monte de Oseja de Sajambre, donde los inviernos eran durísimos y los lobos aullaban por las noches, extrayendo mineral de unos pozos subterráneos. Luego paso a las minas de Carbayín, y las partículas de sílice del carbón fueron abriendo surcos mortales en los pulmones, como veneno en los cavones de la tierra recién labrada. Para el tío Manolo la salud era el principio y el fin de su vida, lo era todo, porque la perdió casi desde niño.

Ahora, centenares de miles de personas no tienen buena salud, contagiados por este letal y perverso virus; mientras que otras decenas de miles han muerto, solos, sin sus seres queridos, acaso asidos desesperadamente a las manos de un enfermero o médico, que les han dado las últimas palabras de amor. Porque la salud también la han perdido y la pandemia los ha vencido.

Sigo sin comprender la postura de quienes creen que esto es una broma, saltándose las normas y jugando con la muerte; pero sobretodo, no puedo entender ni aprobar la actitud de quienes anteponen la economía a la bendita salud, sobre la que mi tío Manolo redactó un ensayo ejemplar.

 

Cuando la lectura es una utopía.

 

A lo largo de la historia española, las fuentes documentales  aseguran que la lectura ha sido un ejercicio exclusivo de las élites, hasta que, avanzado el siglo XX, la clase media aparece en escena. Leer hoy,  por consiguiente, es un asunto de todos, o mejor dicho, de todos los que quieran.

No me imagino a un campesino medieval seguir emocionado la lectura de los versos de Manrique, ni a un jornalero del siglo XVI o XVII hinchar su corazón con los amores de Salicio y Galatea, o nutrir su seso con los conceptismos de Gracián. Porque la lectura fue un privilegio de algunos clérigos, nobles y burgueses, que accedieron tardíamente a la mal repartida riqueza social.

Lo mismo puede decirse de los últimos siglos, a pesar de los amagos ilustrados de la Institución Libre de Enseñanza (1876), de carácter privado, y de las Misiones Pedagógicas, que captaron a eméritas figuras, como María Moliner, para promover las primeras bibliotecas en los pueblos y villorías españolas. Ni Clarín ni Zorrilla ni Baroja, resultaron a la sazón de uso común para la inmensa mayoría.

En las postrimerías del franquismo y albores de la democracia, la lectura se populariza en el mejor sentido de la palabra. Mi primera obra de lectura seria sobrevino en COU, “La desheredada”, año de 1977, fecha en la que la enseñanza  reivindicó la figura de Benito P. Galdós y su narrativa, tan abundosa y precisa. Por entonces, el pueblo llano, las clases medias, con muchas limitaciones, accedían gradualmente a las bondades que suministra la lectura.

Cuando durante este necesario confinamiento, muchos españoles han encontrado una vía de escape en el hecho lector, cada vez estoy más convencido de que las élites (políticas y económicas), han dejado de leer, por hacer mudanza en la costumbre. Obviamente, hay excepciones honrosas, que confirman la regla.

 

 

 

Vuelta a la escuela.

 

La primera vez que fui a la escuela tenía más o menos seis años, algunos años más que en la actualidad, en la que se entra al ágora desde que se nace. Recuerdo el aulario tosco y enorme, entrevisto desde la perspectiva de un niño pequeño y tímido. Dña. Raquel y D. Luis eran los severos profesores encargados de mostrar a sus alumnos el camino iniciático de las primeras letras. Y ya ese camino, se estiró hasta los veinticuatro años sin solución de continuidad.

La segunda vez que volví a la escuela-instituto lo hice como profesor y, aunque pensaba que era una persona talluda, me di cuenta de que seguía siendo el niño pequeño y tímido de los primeros tiempos. El camino siguió alargándose hasta que, entre titubeos, aciertos y errores, llegó hace seis meses el momento de la jubilación, que quiere decir “regocijo o felicidad”. Aprender de ellos, los alumnos, y aprehenderme ellos a mí, han sido los dos principios que han guiado mis pasos por esta profesión, que debe ser además vocación.

Y retorné a la escuela-social por tercera vez con motivo del confinamiento obligatorio, al que nos ha llevado el problema mortal del coronavirus. Por un lado, he vuelto con los horarios (salida de 6 a 10 horas, unos; después, de 10 a 12 horas, otros, etc. etc.). Además debo repetir las asignaturas que creía aprobadas (en Oratoria ha de estarse a la norma del laconismo de Tácito; la Gramática recomienda el uso correcto de la oración simple en detrimento de la subordinación; las Matemáticas  previenen que la multiplicación por metro cuadrado es una operación de alto riesgo; el Urbanismo y la Higiene son ahora materias troncales). En fin, a estas alturas, y con todo lo que me ha llovido, reconozco que aún no he podido liberarme de la escuela, como me hubiera gustado.

Sin embargo, la Escuela siempre nos ha hecho mejores y más capaces para ser personas de bien. Por eso, no me canso de repetir que “a mandar, señores profesores”, pues además nos jugamos la vida.

 

 

Ni apocalipsis ni banalización.

 

El problema de la actual pandemia es un suceso insólito en los últimos cien años que traerá graves e importantes consecuencias, sin duda.

Encuentro que hay voces pesimistas, a veces acerbas, (“lo que viene no tiene parangón”, “estamos abocados a una tragedia sin solución,” “nada será igual”, “incapacidad para frenar las muertes”); y que hay quienes no toman en serio la gravedad de la situación, realizando actos que incumplen el confinamiento que la mayoría nos hemos dado y asumido (fiestas a escondidas, ceremonias religiosas en las calles o en el monte, carreras de coches, e incluso asistencia a las pedagógicas peleas de gallos). Todo esto está sucediendo durante estos días.

Sobre el pesimismo, recuerdo que, siendo un adolescente, a propósito del asesinato del almirante y presidente de gobierno Carrero Blanco en 1973, una parte del entorno mediático de la época comentaba que España estaba a las puertas de una nueva guerra civil, como la del 36. De la banalización de los problemas, viene a mi memoria el comentario de un taxista que, a propósito de una galerna en las costas de Alicante, consideraba que el mar era una poderosa arma destructora de toda la contaminación, incluso los plásticos, como un ogro que se traga los vertidos tóxicos y los hace desaparecer. Eso de la contaminación era por aquella época un puro cuento.

Quiero decir que la experiencia propia nos ha colocado unas veces ante gentes sombrías y negacionistas, y otras ante quienes nada les importa, salvo su bienestar.

Sin duda alguna, se saldrá de esta situación en un futuro no lejano, ojalá renovados de verdad, cuando se descubra la vacuna protectora, y la economía retorne a su cauce, ¡ojalá más justa con todos! Lo que no recuperaremos nunca son los fallecidos por esta dolorosa pandemia, que ha truncado sus esperanzas de un modo estúpido.

Mi pésame a sus familiares.

“Ejercicios espirituales”.

 

El encierro necesario a que estamos obligados estos días, me recuerda a los antiguos “ejercicios espirituales”, que compartimos quienes fuimos educados en centros religiosos durante la década de los setenta.

Aislados por unos días de todo lo habitual y de nuestras familias, un director “espiritual”, dinámico, con cualidades de buen comunicador, explicaba algunas cuestiones doctrinales con el fin de provocar un cambio vital en sus resignados y pacientes interlocutores. Se trataba de un lavado de cara y de alma para ser mejores personas, en el mejor sentido de la expresión.  Entre sesión y sesión, aquellos adolescentes salíamos a recreo, y descansábamos de los sesudos soliloquios del conferenciante. Mantengo vivos, como si fuese ayer, los paseos por la explanada de la Basílica de Covadonga y sus alrededores, y el silencio de este hermoso lugar, solo roto por el chasquido del agua de la gruta y el sonido de nuestras risas y conversaciones. Era un momento en que los jóvenes cultivábamos la amistad.

Al final, todos asumíamos un sinfín de principios que, a los pocos días se iban paulatinamente diluyendo como azucarillos. Quedaba, sin embargo, el poso de los buenos ratos y alguna que otra cosa buena como estudiar más, obedecer ciegamente a los padres, no mentir…  Y por un tiempo, lo cumplíamos.

Ahora, retomo aquellos ejercicios por ser fiel al pasado. No puedo evitar remover en la saca de mi vida tantas cosas que me han pasado, orearlas y juzgarlas, buenas o malas. En el debe, me equivoqué muchas veces, ya sin remedio, y en el haber, algunos aciertos, sobretodo he deseado ser una buena persona, sin que lo haya conseguido del todo.

De este confinamiento saldremos más fortalecidos, sin duda, más unidos, mejor intencionados, con las ideas más claras, discerniendo el trigo de la paja, lo esencial y no, pero esperemos que no se aviente el haz de buenas razones en el aire del olvido.

 

Miradas adentro

 

 

Nuestra casa es un mapa bien memorizado. No hay resquicio, ni travesía, ni escarpe, que no tengamos reconocido, pues afortunadamente transitamos mecánicamente por ella cientos de veces al día.

Y en esa ida y vuelta, en ese peregrinaje resignado por las estancias, todo el contenido que está allí hace años, olvidado de puro verlo, empieza a cobrar una identidad inédita.

Observo la aquietada mesa de nogal de los abuelos ¡Qué obra tan sencilla y a la par tan bien acabada! Por su mitad le han salido unas arrugas, que son como las heridas de los héroes de guerra. El noble peso de la fornida madera se sostiene en recias patas con molduras, creándose la sensación de estar ante una fábrica de noble abolengo. La rodean cuatro sillas y dos butacas, perfectamente tapizadas en tela rojiza, a juego con su tonalidad bermeja. Al lado, una alacena guarda los vasares, platos y cubiertos de uso especial, esos que solo se estrenan cuando pinta la venturosa ocasión.

Así, podríamos pasar revista a todos los inquilinos que nos acompañan a diario en nuestras casas, leal y eficazmente.

Pero, por resumir, me fijo especialmente en dos. En el dormitorio hay una cómoda perfecta y un gran espejo. Los cajones entran y salen en sus comisuras en un vaivén sin errores. Cumplen el  importantísimo papel de guardar los pijamas. ¿Dónde sino los pondríamos? Lo más destacado es que la madera está finamente labrada a mano por un artesano granadino, y no hay ninguna muesca igual a otra.  Y de las paredes, cuelgan cuadros, que, aunque mudos, resultan tan locuaces como los mercaderes de las ferias. Hay uno, de tonalidades azuladas, comprado hace más de veinte años, ocasionalmente, a un pintor manchego, Gerardo Córcoles, que testimonia las olas de la playa de San Sebastián rompiendo en la orilla. Me transporta a esa bella ciudad del cantábrico.

Al final, quedarse en la casa propia es, como la vida, valorar los pequeños detalles que nos rodean. ¡No hay grandes cosas, solo la grandeza de lo pequeño!

Todo quedaría bien por una vez, el discurso sería bueno, el final feliz, si se diese la circunstancia de que todos tuviésemos un hogar. Pero es que hay personas de carne y hueso que por tener no tienen nada, ni siquiera esa casa tan memorizada, que hoy aborrecemos un poco. ¡Mal hacemos!

 

Voz para una batalla

 

¡Amigo mío! Tengo miedo, lo digo sin ningún rubor. Ha vuelto el miedo a mi ventana, como supongo que ha pasado a otros muchos, acaso a ti, y ahora, que ha muerto mi madre a los noventa y seis años, desgastada por el paso del tiempo, no por este cabrón del coronavirus, reconozco que ese tenebroso sentimiento me envuelve.

Esta tarde he paseado con él, mi hijo, que es síndrome de Dwon, tan ajeno y feliz en su mundo inocente e iluminado de chiribitas, y pude ver la primavera dibujada en las tímidas flores, que abrían generosamente sus pétalos, y me deje llevar del vuelo de las aves, que triscaban de rama en rama en alegre jugueteo. Ese pequeño, minúsculo mundo, al que tan poco tiempo dedicamos, era un clamor de esperanza y de vida.

A mi memoria, también tornaron recuerdos de la infancia y juventud, ya perdidos, pero casi todos felices, y venturosos. Como los recuerdos de todos, y seguramente los tuyos. ¡Aquellos días de merienda, las tardes de verano en el río, los primeros y titubeantes flirteos…! Esa saca de experiencias era un fragor de esperanza y de vida.

Pero, lo confieso, ahora tengo miedo, porque lo que nos está ocurriendo es un drama siniestro que no sabe ni conoce de fronteras, ¡tan absurdas!  No me acostumbraré a las cifras de muertos cada día, ni a los entierros ayunos de calor, ni a los damnificados que no han podido despedirse de sus seres queridos. Eso sí, no renunciaré a porfiar a brazo partido contra él, unido a todos vosotros, y a ti, también.

 

 

Recensión ¿Me equivoqué de Camino?…

 

Fanjul Díaz J. Manuel, ¿Me equivoqué de camino? Un peregrino en el camino francés. Ed. Círculo rojo, 2018.  288 pp. 21×15 cm.

 

     En Punto al Camino de Santiago, el /A ya nos deparó hace unos años una obra que yo califiqué de “un libro sobre libros del Camino”. Y es que se había tomado el penitente y admirable trabajo de descubrir y observar la experiencia de esos autores Algunos de fama. Todos afanados en la empresa. No eran libros de guías, sino de autoguías. Unos (incluido el propio Fanjul) habían machacado el Camino a pie y mochila. Otros, a medias, pero todos deslumbrados, y no sólo por el Pórtico de la Gloria. Ahora, este libro se convierte en persona. Un libro en pie, como son las personas caminantes.

     El autor es el libro mismo y se dialoga a ojos vista. De dos maneras se habla uno consigo mismo. En el habla vulgar se dice que cuando uno habla consigo es que está loco. Le dicen que está zumbao. Pero no existe un antitético que diga: fíjate si es listo ese tío que hasta habla consigo mismo. Hablamos cada vez peor en letras afuera y en letras adentro orantes. Y yo creo que es porque no hacemos el Camino de Santiago como Dios manda.

     Por otro lado, la literatura de viaje siempre tuvo un angosto de intimismo (hasta en la poética), y eso a pesar de creerla externa por todas partes. Por todas partes menos por una, la del escritor cuyos ojos levantan las piedras del alma. Con razón decía Amiel que todo paisaje era un estado del alma. Como en Itaca, para el que viaja, tanto es ir como volver. Por eso hay que hacer los dos viajes interiores. Hasta cierto punto el de escribirlo al volver es un estado del alma. En un momento dado, este peregrino (pág. 216) se pregunta por su camino interior más explícito que nunca. Con lo cual responde a la interrogación del título del libro. En un día de niebla escribe que ésta esconde un misterio. “Otra parábola de la vida. Porque la vida es otro misterio como la muerte. No sé si vengo de algo y si voy hacia algún sitio. La nada no me satisface como respuesta, porque es muy simple. Pero tampoco tengo más respuestas. Sólo me encojo de hombros ante este hecho: lo más importante de la vida es un misterio, como esta niebla, que no sé qué esconde”. Hondas dudas. Todos los peregrinos del Camino (más o menos) se enfrentan a las dudas. Además de hablar con otros y reencontrarse de nuevo con otros. Niebla y soledad se ayuntan con frecuencia. Nuestro peregrino se acuerda de la soledad sonora de Juan de Yepes. Pero días después, sus pasos llegan al monasterio de Samos, y Fanjul rememora a al padre Feijóo y cuánto hizo desde aquí y Oviedo, desmochando supersticiones que agriaban la vida. Samos, el imponente, te abre el camino. Se inmiscuye aquí el A/, se ve entre los libros de literatura y de juventud universitaria de Asturias. El joven se pierde en lontananza y ahora un flashabasck (como en el cine) cruza por sus pasos. Para eso se necesita un escritor, y aquí lo hay en el peregrino. Avanzar adelante es quizás una suerte de volverte atrás. Aquí hay un escritor muy cumplido, en efecto. Hay que alabar la elección de pueblos y aldeas por donde va pasando. Los pueblos y su ruina, vida de piedras, es una de las desdichas en la España contemporánea y actual. En tal sentido, el peregrino es un testigo de valía a cada paso. Terruño que fueron en pie y hoy están por los suelos, ermitas, iglesias, paredes gruesas, hoy flacas. Con letras y fotos andan recogidas en este libro. Aquí el escritor sabe nombrar vocablos que tenían vida, pero parecen ya muertos. Nuestras aulas se pasman del olvido (de ver que no saben tal los alumnos). No así Fanjul. Ahí va una gavilla de ellos: esparcir, heniles, estibo, adarve, tajamar, pandas, postigos, alféizar, sahumar, recuesto, abacería, etc. Un buen engarce será siempre (como en Azorín) este: a caminos de antaño, voces de antaño. La escritura se parece a la comida. Necesita condimentación.

     Dice el A/ que este libro “no es un libro de viajes”, porque el libro es él mismo. Eso no es una ocurrencia, sino una querencia. Si pareciera un libro personalista sólo, entenderíamos mezquinamente el recorrido. En el año 2017 –según fuentes oficiales- más de trescientos mil peregrinos han seguido el Camino. Y seguir no es pasar de lado. En la portada del libro, quedó una interrogación de peso: “¿Me equivoqué de camino?” ¡Tranquilo, anda quedo, peregrino! Un buscador del Camino no se equivoca jamás.

                                                           Francisco Henares Díaz, catedrático y doctor en Filología.

¿Me equivoqué de Camino? Un peregrino en el Camino Francés

Ya publicado, mi nuevo libro, cuyo título figura en el encabezamiento. Es el relato personal del Camino Francés, una visión particular, a veces íntima, de la historia pasada y presente, de las leyendas que poblaron sus rincones, del paisaje variado de las regiones por donde pasa y sus gentes. En fin, una perspectiva subjetiva del actual Camino, eso sí, siempre emocionada y sentida, pues no hay relato sin pasión.

 

PUBLICIDAD DEL LIBRO:

-Añado el contenido de una entrevista hecha para una emisora de La Coruña a propósito del libro. Como se reproduce el programa entero, la entrevista comienza en el minuto 100.

www.ivoox.com/26849417

-Puede encontrarse asimismo publicidad del libro en Facebook Editorial Círculo Rojo.

-Acaba de publicarse en You Tube  una reseña del libro. Buscar por el título, seguido del primer apellido del autor.

-Existe otro video en You Tube, que hace nueva reseña del libro. La autora de la reseña es Isa Ramírez. Buscar de la misma manera que la anterior.

-La Sociedad Geográfica Española se ha hecho eco de la publicación en su página de Facebook. Asimismo, el libro ha pasado a formar de parte de su Biblioteca.

-El Centro de Documentación Jacobea de Carrión de los Condes ha acogido el libro  en los fondos de la Biblioteca.

.- Catalogado en la Biblioteca del monasterio de Sto. Domingo de Silos.

Santiago de España. Américo Castro

 

      Nacido en 1885 en Cantagalo, Brasil, y fallecido en 1972 en Lloret de Mar, representa una vida dedicada al estudio e investigación de la historia de España y su literatura. En este sentido la figura del eminente filólogo, Marcelino Menéndez Pidal, desempeña un papel influyente en la formación investigadora del escritor. Desempeña la cátedra de Historia de la Lengua Castellana en la universidad de Madrid desde el año 1915. Y desde esta privilegiada posición mantiene relaciones intensas con personalidades tan importantes como Ortega y Gasset y Giner de los Ríos. Durante la guerra civil española se marcha a Argentina y Estados Unidos, donde enseña literatura española en diversas universidades. Tras una vida de venturas y tribulaciones, pues mantuvo severas polémicas con otras colegas, como el historiador Claudio Sánchez Albornoz, viene a morir en solar hispano, dejando un rico y copioso heraldo cultural.

    En 1948 publica La realidad histórica de España, en la que plantea la teoría de que las raíces de lo español se fraguan en la Edad Media como resultado de la convivencia no siempre pacífica entre cristianos, árabes y judíos, cuestión que da paso a una de las controversias  más apasionadas del siglo XX acerca del ser de España. Pero en lo referente al asunto jacobeo, Castro dedica algunas páginas a  la figura del apóstol Santiago. Mantiene dos tesis importantes: la importancia del discípulo de Jesús en el devenir de la historia de España y la influencia o trasposición de los dioscuros a la imagen de Santiago, considerado como eficaz ángel exterminador de las huestes musulmanas en el proceso de expulsión del Islam de la Península Ibérica durante el medievo.

    Contestado por Claudio Sánchez Albornoz y, sorprendido por la virulencia de los ataques del historiador y otros afines, publica en 1957 unas cuartillas, Santiago y los Dioscuros, complementadas al año siguiente con el libro, Santiago de España, en los que explica con mayor profundización los asertos planteados de inicio.

     Según Américo Castro, la perspectiva ecuestre de Santiago que, con la espada en la mano, siembra la muerte y el desconcierto en el bando árabe, es la cristianización del mito griego de los gemelos Castor y Polux, llamados Dioscuros. La semejanza entre ellos es más que notable pues los hermanos intervienen, primero, en múltiples batallas de griegos y romanos en defensa de su bando, y segundo, lo hacen a lomos de un hermoso corcel blanco que se desliza de los cielos, sembrando mayor confusión en el lado hostil. Polux es además hijo de Zeus o Jupiter, Castor lo es de otro padre, del que Homero dijo que era el Tonante o el que gobernaba el trueno, de la misma manera que a Santiago se le reconoce para diferenciarlo de su hermano menor, el hijo del trueno. En resumen, la invención de Santiago como “matamoros” no es más que la traslación del mito pagano al cristianismo.

    La consecuencia, sigue sosteniendo Castro, es que Santiago Matamoros es un activo fundamental en la lucha contra el Islam, y un importantísimo apoyo anímico de las tropas cristianas para vencer y exterminar a su enemigo. Desde la aparición fabulosa del apóstol en la dudosa batalla de Clavijo, año 822, y de la presencia legendaria de Santiago y San Millán, esta vez dos santos, como Castor y Polux, en la contienda de Simancas en el año 939, el apóstol se convierte en un héroe cristiano y luego nacional, hacedor de la unidad de España en torno al credo cristiano. Con palabras del ilustre filólogo, Santiago es “una institución en el colectivo hispano”. Tan importante papel asignado a este santo determinó que fuese nombrado Patrón de España.

   Esta visión casi mesiánica de Santiago decidió, por ejemplo, que cuando se quiso hacer a Santa Teresa de Jesús copatrona de España, la reacción de los poderes tradicionales fue inmediata, resolviendo el patronato en favor de Santiago, cuestión defendida entre otros muchos por Quevedo, que fue un decidido santiaguista.

     La obra, en la actualidad poco leída, de Américo Castro resulta una pieza fundamental para conocer el origen y desarrollo de nuestra historia, incluso siendo un escritor de formación literaria y lingüística que, adoptando fuentes literarias, llega a conclusiones  muy interesantes y clarividentes del modo de ser del español. Sin duda, la formación filológica del sabio determina el carácter austero, templado y maravillosamente transparente del estilo literario del que hace gala en toda su obra, lejos del circunloquio y la retórica tan propios de otros.