“Visión del Camino Primitivo: De Oviedo a Santiago”.

 

 

 

 

 

 

Próximamente, segunda quincena de agosto, daré a luz un librito, fruto de mi estrecha y emotiva relación con Asturias y Galicia, que cuenta el recorrido por el Camino Primitivo. Fue el primero de todos los caminos a Santiago de Compostela, como explico en la introducción y muy brevemente en la contraportada, antes de que el Camino Francés fuera el itinerario general de todos los peregrinos europeos.

Lo pasé muy bien. Gran experiencia. El paisaje de esta zona de España, de belleza excepcional, las gentes y costumbres, y el patrimonio artístico –muy interesante-, constituyen atractivos únicos, que he intentado recoger y transmitir como peregrino y asturiano.

Hay algo que vale más que mis textos: las acuarelas de Manuel Marco, que también ha soñado los senderos, trochas y valles de estos lugares.

Presento la portada (acuarela de Manuel, que recoge la fachada exterior de la Cámara Santa de Oviedo) y la contraportada, que me ha enviado la editorial para la aprobación definitiva.

 

¿Qué está fallando?

 

 

Sin alarmismos ni paroxismos, pero con franqueza: ¿Qué estamos haciendo mal para que cada día superemos el número de contagios, y estemos al borde de la segunda oleada de la enfermedad? ¿Por qué este país parece que no ha aprendido casi nada del enclaustramiento a que nos ha llevado la pandemia?

Encuentro que la respuesta  no es ardua. Lo que sucede es que hay cierto prejuicio en utilizar la palabra pintiparada, que explica la razón fundamental de esta desescalada loca. Me refiero a la palabra “irresponsabilidad” de algunos ciudadanos –no sé si muchos o pocos-, a los que el bien común les importa un bledo.

En esta era de sobrecomunicación –a veces indigesta- se visualizan situaciones grotescas y estrambóticas: calles, plazas y bulevares, colmados de gentes sin ninguna protección; playas, ríos y piscinas, arquetipos de qué no debe hacerse en momentos de transmisión vírica; otra vez , por enésima vez, tumultos incontrolados de jóvenes en actitud de idolatría a la diosa botella –hay dioses más provechosos-; celebración de reuniones familiares y amistosas en la creencia de que el amor o la emotividad espantan al diablo matón; bares y tabernas descontroladas y carentes de una necesaria organización; discotecas y otros aditamentos de la vida nocturna, al margen de las medidas exigidas por las autoridades sanitarias. En suma, se vive como si no existiera el virus mortal, a sabiendas de que ya ha habido por lo menos 28.000 fallecidos en España, 600.000 en el mundo.

No es falta menor que la irresponsabilidad de algunos ciudadanos –no sé cuántos-, lleva parejo el desdén o desprecio por el bien común. Porque quien actúa irresponsablemente, tampoco piensa en la salud del prójimo.

Y mientras el nudo gordiano del problema es la negligencia de algunos, todavía otros siguen empecinados en culpar únicamente de la presente situación sanitaria a la falta de controles y medidas de los gobiernos autonómicos y central, a la administración en general. Sin quitar un ápice de responsabilidad a las instituciones, que también han de adoptar medidas más eficaces, nadie dude de que el problema hunde sus raíces en la actuación irresponsable de algunos ciudadanos –no sé si muchos o pocos-.

Toda una vida dedicada a la inculcación a nuestros jóvenes- que con el tiempo se han hecho mayores- de la asunción de la responsabilidad por lo común, para obtener tan baja puntuación en los momentos más difíciles. A lo mejor es que hemos insistido poco. O no lo hemos hecho bien.

 

 

Europa, más fuerte.

 

 

Por fin, se ha desvelado el 21 de este mes la solución económica que debía tomar la Comunidad Europea por la crisis de la pandemia (suelo rehuir el uso del término Covid-19) : Europa se reparte un buen puñado de euros para ayudar, sobre todo, a los países más necesitados del sur.

Desde que surgiera en 1957 la CEE (Comunidad Económica Europea) en virtud del Tratado de Roma, como una confederación de naciones, libres de aduanas y aranceles, y se decretase la libre circulación de bienes y personas en todo el ámbito, no sucedió ningún cataclismo ni crisis profunda, que pusiera a prueba la solidez de esta alianza. Es cierto que todos los países miembros han recibido en diferentes momentos ayudas económicas, susceptibles de entibar y fortalecer las economías nacionales. España, por ejemplo, debe sin duda la modernidad de sus infraestructuras a las generosas reservas, que recibió de Europa. Pero, no es menos cierto que hasta ahora no habíamos padecido una crisis como la actual.

En este doloroso contexto, la respuesta de la CE o UE (Comunidad Europea o Unión Europea) ha sido la adecuada, la que esperaba como europeísta y español, convencido de que Europa se hace día a día con políticas culturales, sociales y económicas de primer nivel, de profundo calado.

Durante esta agonía (lucha o debate, en sentido etimológico), ha quedado probada la existencia de dos actitudes diferentes: la de los llamados “frugales” (por lo de contención del gasto) y la de los contrarios (¿los pródigos?), entre los que estaba España. Tras largos y agotadoras sesiones, las partes han encontrado el equilibrio en la solución que ya sabemos. A fin de cuentas, satisfactoria para ambas partes.

No es” España un problema- decía Ortega- y Europa la solución”. Tampoco es el “inventen ellos” de Unamuno. España es un país de laudatorias cualidades y enojosos vicios, que debe importar en estos momentos la política de equilibrio europea. Podemos enseñar muchas cosas a Europa, pero también debemos aprender con toda humildad la lección de armonía y término medio, el consenso en definitiva, que Europa ha dado a este país.

Tomen nota nuestros jóvenes y legos políticos, sobrados de soberbia adolescente, derechas e izquierdas; tomemos nota, todos.

 

 

 

 

 

 

El 16 de julio.

 

 

 

Ayer,16 de julio, tuvo lugar en el Palacio de Oriente el merecido y obligado homenaje a los fallecidos por la pandemia. Sin duda, había que hacerlo en algún momento pero, en mi opinión, este importante acontecimiento hay que dejarlo abierto simbólicamente, pues son muchas las personas que siguen y seguirán, por desgracia, siendo víctimas mortales de este enemigo invisible.

Al acto, en el que fueron protagonistas los sectores civiles sobre los que gravita el peso principal de esta crisis, asistieron instituciones y adalides europeos, además de nuestras instituciones nacionales y sus representantes, hecho por el que se ha querido reconocer el carácter universal del problema. Pues debe repetirse, aunque sea de Perogrullo, que la pandemia es un asunto global, que ya arroja las delirantes y sufridas cifras de trece millones de infectados y seiscientos mil muertos al día de hoy, en el mundo. ¿No es suficiente para que algunos mandatarios con nombre propio y otros ciudadanos anónimos, se lo tomen de una vez  en serio? ¿O es que no les importa nada la vida de los demás seres humanos e, incluso, la suya propia? Pudiera ser.

Con esta importante actuación se han pretendido varios objetivos: primero, recordar a las víctimas, muchas de las cuales han fallecido en dolorosisimas circunstancias, al faltarles la presencia de sus familiares y allegados en tan señalado tránsito. En su lugar, el personal sanitario ha ejercido una ímproba labor humana, sustituyendo en la medida de lo posible a los caros ausentes. Segundo, visibilizar la dignidad de estas personas, devolverles el honor y la estima de toda la sociedad, consternada por lo ocurrido. Tercero, solidarizarse con el duelo de los familiares de los fallecidos. Y por último, manifestar la unidad del pueblo y de sus instituciones en esta lid, silenciosa y cruenta. Que no se pierda.

Pero al homenaje a todos los caídos sin excepción, e incluso a los que pudieran no estar en las listas oficiales, faltaron las cabezas visibles de algunos partidos, que siempre encuentran una excusa para eludir las grandes responsabilidades de esta democracia. Es una pincelada más, que poco a poco va perfilando ese autorretrato esperpéntico, en que se mueven determinados partidos en España.

 

 

 

 

 

Responsabilidades.

 

 

 

Una de las voces que más se oye en los últimos días es la de Responsabilidad. Desde diferentes asociaciones, grupos de ciudadanos y algún partido político, se están promoviendo querellas y demandas judiciales contra el gobierno central y algún gobierno autonómico, con la finalidad de depurar responsabilidades, si las hubiere, por la gestión que se ha hecho hasta la fecha de la pandemia.

Los ciudadanos no solo tenemos ese derecho petitorio, sino que además nos asiste la obligación de exigir responsabilidades a las autoridades judiciales, si existe la sospecha de que algo no se ha hecho bien durante este difícil y penoso período. Pero, como todo derecho, hay que tener la suficiente cautela a la hora de ejercerlo, pues también está en juego la buena imagen y rectitud del demandado.

No dudo de que la responsabilidad política de los gobernantes habrá de ser examinada con lupa cuando llegue el momento de las elecciones, pues los ciudadanos validarán o no con sus votos las actuaciones de los partidos, y sobre todo, las del gobierno actual. Tampoco pongo en cuarentena las responsabilidades civiles, pues han podido existir actos u omisiones desacertadas, e incluso negligentes, susceptibles de esta clase de responsabilidades. Pero me cuesta mucho -y es naturalmente mi opinión- aceptar la existencia de responsabilidades penales, bien por omisión del deber de socorro, prevaricación, homicidio por imprudencia grave, o cualquier otro tipo penal. No obstante, es indubitable por constitucional que el Tribunal Supremo tendrá la última palabra al respecto.

Pero la responsabilidad por los propios actos no solo debe solicitarse de la clase política, sino que estimo debe también extenderse a la clase popular –permítaseme este maniqueismo-, a los ciudadanos, que somos todos.

Porque se han visto, y se repiten cada día, numerosos ejemplos de grupos que no respetan las normas de profilaxis preceptivas: reuniones de familiares sin ninguna cautela, celebraciones de fiestas a todo trapo, botellones sin distanciamiento ni mascarillas, ocupación masiva de las playas, asalto a los cafés y bares en tropel. La última imagen descabellada ha sido la de un grupo de aficionados, que celebraban desaforadamente el retorno de su equipo de fútbol a primera división.

También, en estos casos, alguien debería ejercer acciones de responsabilidad contra actos de aquella naturaleza, por lo menos, de responsabilidad moral.

Es importante que exijamos responsabilidades, cuando las circunstancias así lo aconsejen. Pero, todos, políticos y ciudadanos debemos aprender de los errores cometidos en el pasado inmediato, para solventar con acierto el problema de la pandemia y salir airosos cuanto antes de esta crisis, que nos sigue asolando.

Eso espero.

 

 

Vuelta a lo mismo.

 

La salida de vehículos de las grandes ciudades durante estos días en busca de las soñadas vacaciones ha sido frenética, incluso desesperada. Cuatro millones y medio de coches colapsaban una vez más las principales vías de salida en la ciudad de Madrid –y pensaba que “de Madrid al cielo”, no al pueblo o la playa-, en dirección a los lugares veraniegos de destino. Y lo mismo puede decirse de Barcelona, Valencia, Sevilla, eso que se ha venido a llamar las metrópolis españolas.

Pero, si por tierra se tomaban las carreteras, por el aire otro tanto ocurría con los aviones. Se han abierto los corredores europeos de turistas, y ya son muchos cientos de vuelos los que se registran cada día en nuestros aeropuertos.

Inopinadamente se ha pasado del encierro doméstico a la desbandada general por tierra, mar y aire. ¡Quién lo diría! Porque el problema de la infección del virus que nos atañe desde Marzo,  incluso antes, aún no se ha resuelto, y por lo tanto, debería esperarse mayor responsabilidad en la población. Los resultados empiezan tempranamente a manifestarse con los primeros rebrotes de contagio, que sin duda aumentarán a medida los ciudadanos incrementen su presencia en las calles, plazas, playas, bares y piscinas de nuestro país.

Pero, todavía no se ha cerrado la gravísima pandemia, y volvemos a repetir desgraciadamente los esquemas de siempre: Largas procesiones de coches a la entrada y salida de las urbes, accidentes mortales en las vías, innumerables aviones repletos surcando los cielos…No hemos salido de una crisis, y nos metemos en otra, aunque sea ya muy antigua. Me refiero al problema de la contaminación, que está generando penosas consecuencias, como es el cambio climático.

Me acuerdo de un terrible y descorazonador dato que encontré hace tiempo en el discurso de ingreso a la Academia de la Lengua del excelente narrador Miguel Delibes. Señalaba que un avión que hace el vuelo de París a New York en seis horas, consume una cantidad de oxígeno equivalente al que realizan 25.000 personas en ese mismo tiempo. Multiplicado ese consumo por los cientos de vuelos diarios, entiendo que el oxígeno sea cada vez más un bien escaso. Por no hablar del efecto invernadero, y en consecuencia, del cambio del clima a nivel mundial.

No me siento optimista ni pesimista. El crudo realismo constata que, a lo mejor, hemos aprendido muy poco durante el confinamiento obligado y necesario de estos tres meses pasados. En resumidas cuentas, que se hace cierto lo de los ejercicios espirituales de mi generación: salíamos con las mejores intenciones, pero al rato aquellos primores de filantropía se diluían, se iban por el desagüe del olvido. ¡Qué lástima!

 

Calles vacías, calles llenas.

 

 

Sin duda, el contraste es notable. Son dos escenarios opuestos, como lo son el cielo inacabable y la tierra finita, el día incólume y la noche oscura.

A la llegada a Alcalá de Henares, la vía Complutense era una larga avenida, solo ocupada por coches aparcados, en la que no había ninguna presencia humana. Allí hube de desplazarme por un deber inexcusable, a principios del mes de abril, cuando el confinamiento estaba en su momento más álgido y la pandemia registraba día tras día elevadisimas cifras de fallecimientos. Todos vivíamos a la sazón aquella situación con verdadera angustia. Quise salirme de la ruta y retrasar, aunque fuese solo por unos minutos, la llegada al punto de destino, por el prurito de ver una vez más el centro histórico de esta espléndida ciudad, Patrimonio de la Humanidad.

La calle Mayor porticada, de viejos y achacosos soportales, se prolongaba alargada en medio de un silencio estrepitoso, solo transida imaginariamente por los numerosos e ilustres personajes de ayer y de hoy (Lope, Quevedo, Nebrija, Cisneros). Rectangular, la plaza Mayor, antaño mercado central, tan solo estaba ocupada por la estatua de D. Miguel de Cervantes, erguido sobre un alto pedestal blanco, y vestido a la usanza de la época dorada de la literatura española. Enfrente, el corral de comedias esperaba mejores días. Tampoco había nadie ante la impresionante fachada de la universidad, que había echado los postigos y cerrado las aulas hasta mejor ver.

La visión del vacío y la soledad que pude percibir en Alcalá, parecería un sueño (onírica), propio de una película, si no fuera que una terrible pandemia había dejado desiertas las calles y las plazas de nuestros pueblos y ciudades.

Ahora, volvemos a salir, ocupar los espacios rurales y urbanos, escuchar el bullicio de los transeúntes, el ruido apacible y desapacible que todas las ciudades del mundo son capaces de producir, en fin. Me imagino que Alcalá ha vuelto a sentir el pulso de la vida, una vez más.

Pero no hay que engañarse: Solos o acompañados, la pandemia aún no ha sido doblegada, por desgracia. Por eso, todos, sin excepción, debemos extremar los cuidados para que esto pase lo antes posible. Los demás, la especie humana, merecen este sacrificio.

 

 

 

Vida insólita.

 

 

Acabamos de recuperar lo que teníamos antes del 14 de marzo, es decir, la vida normal de cada jornada. Se acabó el confinamiento -esperemos que no tenga que repetirse- y salimos a la luz del día con el ánimo de vivir a fondo cada minuto que se nos regala. Como gazapos que salen de la madriguera, husmeamos el viento, algo cálido por estas fechas, y damos titubeantes los primeros pasos fuera del abrigo del cubil.

Todo sigue igual, al menos lo aparente, lo sensual, es decir, lo que nos entra por los cinco sentidos (el kiosco sigue en la plaza, los aleros descalabrados del viejo palacete aún siguen amenazando al viandante…), pero han cambiado algunas cosas anímicamente. Por ejemplo, el duelo inevitable de los fallecidos por la pandemia, la percepción de la prevalencia de la investigación y el desarrollo científico-sanitario, la unción de la unidad de todos contra el enemigo común, la asunción positiva del carpe diem porque no sé qué puede suceder mañana, el aprecio de las buenas gentes solidarias, etc. etc. Esto es lo que le sucede a la mayoría, pienso, en estos momentos de vuelta a la normalidad.

Sin embargo, como recién salidos de los nidales, debemos permanecer atentos, vigilantes, porque el peligro que nos obligó a enclaustrarnos en las casas aún sigue vivo, incluso redivivo, dispuesto a seguir asesinando impunemente.

Y muchas son las formas o maneras como ataca. Por ser breve, las fiestas masivas, botellones y fiestas particulares, suponen un riesgo evidente para la propagación del taimado; las playas atiborradas de bañistas sin orden ni control aumentan las posibilidades de contagio; la utilización masiva del transporte público y privado, al margen de las medidas profilácticas, incrementan el peligro. Y una larga lista, que se obvia.

Tomar las calles, viajar a destinos deseados, encontrarnos con los seres queridos, no es en este delicado momento retomar la vida como hasta ahora lo habíamos hecho. Más bien, es tomar la vida como algo insólito, que obliga a adaptarnos al nuevo estado de cosas y modificar los hábitos pequeños o grandes.

La vida sigue estando en juego.

 

 

 

 

 

 

 

Heterodoxias.

 

Los períodos críticos, como el que estamos viviendo, parece que son propensos a los deliquios de algunos. Es verdad que la acumulación de acontecimientos adversos, las plagas, pandemias, guerras, asesinatos, han sido aprovechados por personas extremas para propalar al mundo extrañas y falaces opiniones, con la intención de crear aún más confusión, miedo, o macabra adicción al bulo. Pero no está justificado, al menos, moralmente.

Entre las últimas doxas, propagadas a propósito de la pandemia, figuran la de que las vacunas en vías de investigación son una carga del diablo porque utilizan células de fetos humanos preparados exprofeso para esto, o de que llevan incorporadas mecanismos secretos para controlar la acción de las personas y, por lo tanto, someter la libertad a las instrucciones de Bill Gates, por ejemplo, u otro plutócrata de turno.

No faltan tampoco quienes niegan la existencia misma de la pandemia, tratándola como una simple “gripecilla” de poca monta, o reduciendo el número de fallecidos a niveles muy por debajo de la realidad -¡ojalá fuese verdad!-.

Lo cierto es que hay un grupo de personas (¿locos, insensatos, dogmáticos, ignorantes, faranduleros, charlatanes, embusteros, radicales, protervos, bergantes, ingenuos…?), que aprovechan este duro período para extender el caldo de sus sutiles doctrinas.

No hay otro camino ante esta cuestión que el seguimiento de la Ciencia y la aceptación de las razones de los científicos. Nada tiene que ver la Medicina ni la investigación del siglo XXI con la que se practicaba en época cervantina (aún se sacaban las muelas con tenazas), ni en tiempos del padre B. Feijoo (“el Arte médico todavía está muy imperfecto”). En la actualidad, la ciencia, entendida como suma de conocimientos empíricos, es decir, probados mediante la experiencia, y organizados en categorías universales, ha alcanzado un alto nivel, y por lo tanto, es el instrumento más idóneo para doblegar y vencer esta enfermedad mortal. Por si fuera poco, la OMS, institución de la ONU para el control y seguimiento de las enfermedades mundiales, avala y resume aquel desarrollo científico-sanitario

Hay que combatir desde la razón los falsos cantos de sirena. Las opiniones o creencias personales de los legos o advenedizos no interesan. Ahora, démosle la voz a la Ciencia, que a buen seguro nos sacará de esta, más pronto que tarde.

La unidad nos hace fuertes.

 

 

El próximo 21, a las 00,00 h.,  acaba el estado de alarma y, por lo tanto, algunas medidas restrictivas que se han aplicado durante este período. Especialmente notable será la libre circulación de todos los ciudadanos a través del territorio, lo que supone la devolución de este derecho básico, suspendido que no eliminado, por mor de la necesidad sanitaria.

Acaba una manera especial de aplicación de la Constitución, pero no una forma de vida, pues las normas preventivas de contagio deben seguir aplicándose porque la infección y enfermedad provocados por el funesto virus aún no se han eliminado desgraciadamente. Es más, a partir del 21, será urgente extremar la praxis sanitaria a que nos hemos acostumbrado, porque las actividades sociales, laborales y lúdicas aumentarán las probabilidades de contagio.

Puede afirmarse con toda rotundidad que el éxito de la reducción del contagio ha sido/sigue siendo la irreprochable unidad de todos los españoles en el seguimiento generalizado del confinamiento. Excepciones ha habido, pero, por fortuna, pocas. Las familias, agrupadas bajo el signo de la lucha contra el aislamiento del virus mortal, unidas en torno a esa bandera anti-muerte, asumimos las tareas caseras, siendo capaces de desplegar toda clase de acciones para atender las necesidades intramuros (educación de hijos, atención a sus necesidades, tareas laborales, compartimiento de vida…).

Sin embargo, hay que decir con dolor y tristeza que la unidad no ha estado presente en los políticos que nos representan. He podido y he querido seguir, mañana y tarde, cada uno de los debates parlamentarios planteados con ocasión de las peticiones del gobierno de prórroga del estado de alarma, y la conclusión siempre la misma: Me atribula la ausencia de unidad. Contraste estrepitoso y amargo entre la unidad del pueblo y la desunión de los políticos.

Recuerdo un suceso aparentemente banal, pero que, bien mirado, no lo es. Todos los días, muchos jóvenes de la cuenca de Langreo nos desplazábamos a Oviedo en autobús para asistir a las clases en la universidad. Una de aquellas mañanas, invernales, noté un soplo de aire gélido por una de las ventanas. Alcé la mano y quise cerrarla, pero el cristal de la ventanilla no se movía. Por detrás, la mano de otro muchacho se sumó a la mía, éramos dos tirando fuerte en la misma dirección, y la ventana por fin se selló. Él comentó: “La unión hace la fuerza”. A pesar del tiempo y del espacio, seguimos siendo buenos amigos.

Llega el momento de la reconstrucción de este país. Llega el momento en que nuestros políticos deben vencer sus debilidades y formar un solo bloque, rocoso como el pedernal, para ir dando soluciones conjuntas al grave problema social y económico de España. Porque la unión nos hace más fuertes y nos impulsa más deprisa hacia la verdadera normalidad. “La unión, -decía mi amigo-, hace la fuerza”.

 

 

 

 

Las colas de la necesidad.

 

 

No hay duda de que el confinamiento que hemos pasado, a punto de acabar, es desde el punto de vista de la epidemiología el medio más eficaz en la lucha contra el mortífero virus. Es una tradición que viene de lejos. En el año de 1348, diez jóvenes de estirpe nobiliaria se encierran intramuros de una suntuosa villa, a las afueras de Florencia, para protegerse de la peste negra, la que entonces provocaron las ratas en toda Europa. Tal es la técnica narrativa que Bocaccio utilizó para escribir uno de los relatos más universales de la literatura, el Decamerón. Lo relevante en este contexto –al margen del valor indubitable del libro- es que el confinamiento ha sido desde siempre el medio profiláctico por excelencia para cortar o reducir la transmisión de los agentes infecciosos.

Pero el grave problema que encierra este acto claustral y necesario es el drama económico y social a que conduce, pues la ausencia temporal del “no ocio” o negocio, fuente de la producción, el trabajo, el empleo, y el bienestar económico, precariza la situación de las personas. Nunca mejor dicho que en el remedio va también el problema.

Al español derecho, quiero decir al hombre de bien, le duele en este momento las colas, a veces muy largas, de personas depauperadas, que solicitan bolsas de alimentos para subsistir. La acción solidaria de parroquias, vecinos espontáneos, diversas organizaciones laicas o religiosas, mitigan en lo posible las necesidades más básicas de tantos damnificados.

Pese a todo, y a los esfuerzos solidarios de muchos españoles, la eficacia de esas acciones no es total sin la intervención de las instituciones públicas. No depende el bienestar social solo de la caridad de personas u organismos comprometidos, sino sobre todo de la actuación de un Estado Social y de Derecho, fuerte y vigoroso.

Hoy es un día para sentirse satisfecho por el desarrollo de la Constitución de 1978, pues se ha aprobado por primera vez en la historia de España una ley de ingreso mínimo vital. Ella servirá para ayudar a los sin nada, a los infortunados que, mire por donde, podemos llegar a serlo todos o casi todos, si un día inesperado las circunstancias se volvieran aciagas.

Una lectura de fondo: Para la aprobación de la ley ha existido casi un consenso de los partidos políticos. Si esto se repitiera mañana y pasado, se habría conquistado la unidad política necesaria para encarar con más posibilidades de éxito la reconstrucción del Estado. Entonces, sí, habría otra razón para sentirnos, por dos veces, satisfechos.

 

 

Cuando se es joven.

 

Vienen a la memoria los versos autobiográficos de Jaime Gil de Biedma, que dicen:

“Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante”.

No es el momento de lamentar el paso del tiempo, pero yo también fui joven. Tenía todas las bondades y defectos de los jóvenes de mi generación, pero era común a todos la convicción de que la muerte no iba con nosotros. Como si fuese un fantasma, ni siquiera nos planteabamos su existencia. En todo caso, eso habría de suceder cuando el invierno cubriera de nieve nuestras vidas, ya muy tarde.

La primera vez que me di cuenta de que la vida no hay que tomarla a broma fue el fallecimiento de un amigo. Luego se encadenaron otras dolorosas ausencias, como la de mi padre y, poco a poco, tomé conciencia de que la muerte es la otra cara real de la vida. La experiencia nos va colocando en nuestro sitio.

No queda mucho para que los ciudadanos salgamos del actual estado de alarma. Volveremos entonces a tener  una vida “normal”, aunque esa normalidad no coincida con la que teníamos antes de la pandemia. Quiero decir, la libertad plena que se va a recobrar -y no es que se haya perdido, sino que se ha matizado en algunos puntos- deberá ir acompañada de restricciones personales y colectivas. En una palabra, ahora más que nunca es y será necesario el esfuerzo escrupuloso de toda la población para evitar el contagio del virus, y, por lo tanto, la evitación de sus funestas consecuencias. Al menos, mientras la vacuna redentora no se haya descubierto.

Todos y los jóvenes, especialmente, dotados de muchas buenas cualidades, pero faltos la mayoría de experiencias vitales, debemos estar atentos en los próximos días, meses, para no caer en la apatía, la indolencia o la irresponsabilidad. No más botellones, ni tumultos, ni algarabías, pues la vida va en serio, como escribía el poeta.

 

 

 

 

Ejemplaridad.

 

 

No es difícil imaginar las escenas de compromiso y entrega de nuestros sanitarios en lo que llevamos de lucha.

Por los pasillos de los hospitales, algunos enfermos permanecen postrados en la camilla, pero otros, ni siquiera. Los más privilegiados pasan a las camas. Pero llegan más y más, y no hay sitio para todos. Los enfermos y auxiliares acuden a donde más los necesitan. Los celadores suben y bajan entre la confusión y el aturdimiento. Los médicos no cesan de moverse, diagnosticando, auscultando, medicando. Falta tiempo para poder atender a todos como se quisiera y aconseja la buena praxis, pero es tal la avalancha de afectados que no se puede hacer más. Y por si fuera poco, asisten a riesgo de sus vidas a sus pacientes a casi pecho descubierto, porque faltan las batas necesarias, los broqueles que amparen los dardos mortales del virus. Luego, sí van llegando los trajes y mascarillas, y siguen en sus puestos atendiendo cada uno de los casos graves y menos graves que pasan por sus manos. Nadie tiene tiempo para pensar. Tampoco las limpiadoras llegan a todos los rincones, pues cuando alguien se va, otro ocupa su lugar. Solo, cuando el sanitario regresa a su casa o al hotel que lo acoge para no contagiar a sus familiares, cae en la cuenta de que está muy cansado y hasta se viene abajo. También aprovecha la noche de descanso para llorar las lágrimas que no pudo derramar en el tráfago del combate. Y se acuerda, incluso, de que tomó la mano de aquel anciano ausente, de la mujer que preguntaba por sus hijos, y que acarició las mejillas de un hombre que no quería morir. Ese sanitario representó magistralmente los papeles de cuidador profesional, padre, hermano y amigo, como los mejores cómicos de la dramaturgia. Pero, de verdad, pues su corazón estuvo a punto de romperse más de una vez.

Luego, las urgencias masivas de los primeros días pasaron, llegaron refuerzos, se ampliaron recintos hospitalarios y la lucha, cuerpo a cuerpo, entre los sanitarios y el mortal cíclope, se igualó.

Muchos resultaron tocados, algunos cayeron en la lid, defendiéndose hasta el final como héroes clásicos. Ellos se llevaron la peor parte, aunque debe quedar a sus seres queridos, sobre todo, el consuelo de que dieron sus vidas por otros seres humanos, que vivirán para contarlo.

A todos los sanitarios, sin jerarquías, mi agradecimiento y admiración.

 

 

 

Los niños de la guerra.

 

 

Hablan las estadísticas de que la mayoría de fallecidos por el coronavirus tiene más de setenta años.

Avanzada la década de los años veinte, treinta y cuarenta del siglo pasado, nació en nuestro país una generación de niños, que estarían llamados a vivir los períodos más penosos y duros de los últimos cien años.

Al filo de la inocencia, algunos se encontraron metidos hasta el cuello en una terrible guerra fratricida, que arrojó el balance más siniestro jamás antes vivido: Medio millón de hombres españoles partieron al exilio; y 500.000 personas hallaron la muerte en los campos de batalla. Puede uno imaginarse el horror sufrido por esos niños, el miedo vivido día tras día, y las largas noches insomnes, a la espera de que arrebatasen a sus padres por el postigo falso, o de que una bomba se deslizase por los pardos tejados de sus casas. Recuerdo que mi madre retuvo siempre en su memoria aquella mañana en que se fue a la estación de Carbayín con dos de sus hermanos, y en un recodo del camino,  junto a un soto arbolado y sombrío, en el fondo de la cuneta, halló los cuerpos sin vida de dos vecinos, sin zapatos y con las camisas hechas jirones. La guerra era igual para niños y mayores.

No tuvieron tiempo de asimilar tamaña barbaridad, y esa generación se vio abocada a años de miseria y hambre. En medio de un contexto moralmente infame, la comida escaseaba, mientras los estraperlistas hacían su agosto aprovechando las necesidades más elementales de una sociedad famélica. Decía mi madre que comían fabes pintes una vez al día, y mucha boroña, que dejaba una falsa sensación de hartura. Así se iba regateando el hambre, engañándola, aunque, a pesar de todo, la hambruna causó estragos irreparables en la población más vulnerable.

Esa generación adquirió la edad de trabajar, y se reventó el pecho en las profundidades letales de las minas o en las nacientes, por entonces, empresas siderúrgicas, a cambio de bajos salarios. Por otro lado, quienes se quedaron apegados a la vida rural, trabajaban sin descanso día y noche en una economía de subsistencia. Hubo por entonces un inevitable éxodo del campo a la ciudad en busca de horizontes más halagüeños.

Y esa generación tuvo descendencia, y después de los hijos, a quienes dedicaron lo mejor de sus vidas, llegaron los nietos, a quienes no escatimaron esfuerzo y sacrificio, a pesar de la merma del vigor de la juventud y madurez.

Esa generación heroica, que no se doblegó nunca ni se arredró ante la adversidad, no pudo sin embargo aguantar los embates de la bestia negra del coronavirus, que se ha llevado por delante a los últimos supervivientes. Ni la guerra, ni el hambre, ni el trabajo, pudo con ella. Pero sí este mal viento, que se resiste a pasar.

Descansen todos en paz.

 

 

 

 

 

 

Contra la estupidez.

 

El 11 de marzo de este año la OMS declara que el coronavirus es una pandemia, es decir, la existencia de un virus mortal se propaga al mundo entero, pudiendo afectar a cualquier persona que habite este planeta. El mismo organismo propone que los países soberanos deben articular soluciones basadas en la coordinación de los poderes  y la sociedad, soluciones que pasan sobre todo por la reclusión o confinamiento de los ciudadanos en sus casas, y el control epidemiológico mediante pruebas o tests. Estas dos medidas ayudarían a controlar la propagación de la enfermedad.

Ante la gravedad del anuncio, el gobierno de España decide aplicar aquellas normas de la OMS, y especialmente decreta el estado de alarma como instrumento jurídico que mejor canaliza el confinamiento de sus ciudadanos. Simultáneamente, otras voces de la ciencia española e internacional avalan sin fisuras la necesidad de aplicar aquella figura como el método más eficaz contra la propagación del virus. Al cabo de una semanas, el confinamiento se ha mostrado la única manera, a falta de tratamientos virales y vacunas, de frenar el avance de las terribles hordas hostiles.

Hasta aquí, el relato abreviado de esta triste y trágica historia, que ha dejado muchas vidas en el camino.

Pese a todo lo dicho, hay quienes se han empeñado en negar en nuestro solar común la profilaxis del confinamiento, y se han opuesto desde el inicio a su aplicación. Incluso, aprovechando el desgaste psíquico de los ciudadanos con el paso de los días, proponen en caliente manifestaciones contra la señera y positivisima medida de “quedarnos en casa”. “A sensu contrario”, debe ser bueno, según ellos, salir a las calles con la misma asiduidad y costumbre como lo hacíamos antes de la epidemia. Y de paso, no dejemos de ir al fútbol, los toros, peleas de gallos, carreras de patos, conciertos, cines y teatros, para no dejar de ser también cultos en tiempos de pandemia.

Sencillamente, quienes niegan lo evidente, muestran un nivel próspero de ignorancia o estulticia, por ser más finos. Si además, y esto es más grave, se hace por algún interés oculto, entonces hablamos de maldad, a secas.