Lo que falta son argumentos.

Hace unas semanas el protagonismo vino de la mano de Victoria Abril, que manifestaba su particular discrepancia respecto a la realidad del Covid19. Ahora, calientes, en una conocida cadena de televisión, salen a la luz pública las palabras de otro grande del mundo artístico, Miguel Bosé, que opina que esa enfermedad no existe y que todo lo que pasa en torno a ella es pura patraña.

Reconozco que el Bosé de mi juventud, cuando se dio a conocer como cantante a finales de la década de los setenta, no me interesó casi nada. Sonaban bien sus canciones, pero por entonces yo estaba en otras cosas. Hijo de siderúrgico de la Asturias minera, estudiante de a pie, que todos los días tomaba el autobús para desplazarme a Oviedo a estudiar para salir más barato a mis padres, joven con el pensamiento puesto en la justicia social y la mejora de las condiciones de los obreros, entre muchas cosas más afines, la verdad es que no me identificaba nada con la emergente estrella española, por otro lado, de familia enraizada en la cultura tradicional social y política, que yo rechazaba.

En cambio, el Miguel de ahora, al cual respeto profundamente, sí me interesa. Indudablemente hay en él un hombre que, teniéndolo todo, la vida le ha salido al encuentro sin demasiada ventura. Esa figura paradógica, combatiente entre el deseo y la realidad, la conciencia y el placer, ya ganador ya perdedor, es lo que en realidad me importa en la actualidad. Porque los personajes planos henchidos solo de aire, únicamente interesan a sus homólogos.

Cada cual es libre de pensar lo que quiera, no faltaría más, pero aunque respeto los decires del cantante, no los comparto de la misma manera. Por un lado, a Bosé, le han faltado argumentos sobre los que sostener la tesis negacionista, es más, ni siquiera ha podido constatar uno solo. La plática es simplemente plática, decir por decir, sin ninguna hondura argumentativa. Pero es que, además, el artista se niega a contrastar la fortaleza de su enunciado negativo con las opiniones de los científicos. Y eso es dar la espalda a la oportunidad de cambiar la opinión propia o de subrayarla, incluso.

Vienen a mi recuerdo las palabras filosóficas de Juan de Mairena, el alter ego de A. Machado, que decía que “la verdad del hombre empieza donde acaba su propia tontería. Pero la tontería del hombre es inagotable”.

Como ser contradictorio, que somos todos, hay en Bosé un tanto de tontería y otro mucho de sabiduría, sin duda. Solo espero que, más pronto que tarde, el sabio prevalezca sobre el necio, y que él reconduzca, si quiere, sus postulados actuales.

La larga sombra de la pandemia.

Encuentro que se dan una serie de hechos que pueden hacer creer que la pandemia está controlada e, incluso, acabada. Eso quisiéramos por el bien de todos, pero desgraciadamente no es así. En efecto, algunos creen que la vacunación hasta la fecha de hoy de una parte reducida de la población ya es una razón de peso para amortiguar el agresivo embate del coronavirus. Otros, añaden que esta cuarta ola es de tamaño menor que las anteriores porque se está ganando la batalla al enemigo. Incluso hay quienes asocian el fin del estado de alarma, anunciado erróneamente por el gobierno, al acabamiento de la pandemia. En fin, que todos estos factores sumados, puestos uno sobre otro, pueden parecer indiciarios del definitivo agotamiento de la Covid19.

Sin embargo, esta crisis está más viva que nunca, nada ha concluido, y cualquier parecido es un puro espejismo, fruto del deseo de vernos libres cuanto antes de esta horrible pesadilla.

La realidad es muy contumaz y fatalmente elocuente. Acerca de los datos de la vacunación, el ministerio de sanidad cifra que solo el 17% de la población ha recibido al menos una vacuna, cuestión que está muy lejos del porcentaje deseado para que empiece a notarse el apocamiento de la enfermedad.

Las secuelas de los contagios y fallecidos de las fiestas pretéritas suponen a día de hoy una incidencia media acumulada de algo más de 200 contagiados y de 126 muertes en las últimas veinticuatro horas, situación que se califica de alto riesgo. Y, aunque el nivel de esta cuarta ola es inferior al de las anteriores, no por ello deja de ser una furiosa embestida con las consecuencias consabidas.

Por último, el desafortunado anuncio del actual estado de alarma, garante de las restricciones sociales, no va asociado al fin de la enfermedad, sino a la desaparición de las necesarias medidas restrictivas de movilidad, que ponen en peligro la salud social. Debería meditarse con más serenidad la utilidad de este recurso constitucional por parte de las autoridades competentes.

Puede ocurrirnos como al errante en el desierto, que ve en el horizonte iluminarias y espejismos por el deseo de salvarse, siendo que no hay otra cosa que dunas interminables y un sol castigador que todo lo abrasa. Seamos sensatos con la realidad de la pandemia y, sobre todo, sigamos siendo cautelosos y empecinados en seguir con las prácticas acostumbradas. Porque el coronavirus aún vive entre nosotros, proyectando su larga y fatídica sombra.

En este contexto.

Hoy, día 8 de abril, jueves, la pandemia sigue veloz su galope en todo el mundo. España registra en las últimas 24 horas 168 contagios de incidencia media y la dolorosa cifra de 126 fallecidos. En consonancia, las UCIS de nuestro país sufren una presión notable. Y no se ha llegado aún al peor momento, pues debe esperarse el embate de la pasada Semana Santa que, a pesar de las restricciones de movilidad entre las CCAA, se ha visto tocada por la irresponsabilidad de algunos grupos licenciosos y caraduras.

También se ha agitado en las últimas horas la idoneidad de la vacuna AstraZéneca, que por cierto es la mía. Al final solo será administrada a los comprendidos entre los 60 y 65 años.

La situación mundial deja secuelas dramáticas. El número de contagios suma ya 133.000.000 millones de personas, y la cifra de decesos apunta casi a los 2.900.000 de seres humanos. La tragedia sobrepasa las peores expectativas y, sin duda, no es erróneo pensar que la humanidad está arrostrando la peor crisis del siglo XXI.

Al día de hoy, 8 de abril, la deseada unidad de la clase política sigue siendo una quimera, cuestión que pone en peligro o retrasa la salida de la crisis económica y social. Como muestra, las anacrónicas e indeseadas popularmente elecciones de la Comunidad de Madrid abren cada vez más una contaminante e irreductible brecha entre las fuerzas de izquierdas y derechas, que amenazan con la cohesión social, y el entendimiento y el progreso ya no solo de las personas de esta región, sino de los españoles.

Hoy, 8 de abril, el cambio climático es la larga sombra que se cierne sobre la frágil piel de este país, de espaldas a la crudísima realidad del aumento de las temperaturas, porque de momento no pasa nada grave. Se advierte que la suerte del futuro inmediato de la tierra está marcada por este inexorable problema, que empezó a  forjarse en los albores de la Revolución Industrial, y que sigue un camino nefasto imparable (sequía, hambruna, migración masiva, deficiencia de recursos naturales, desigualdad, más pobreza…).

Ayer, me llegaba al alma el rostro de un niño mexicano, de ojos redondos como el pan, que gimoteando por el miedo imploraba ayuda a un policía de frontera para salir del desierto del Río Bravo y encontrar un abrigo en otro lugar más seguro.

En este contexto nada pulcro, hoy, 8 de abril, espero tranquilamente a que den las 15,00 horas de esta casi tarde para recibir con esperanza la primera dosis de la vacuna Covid-19. A ver si ella es capaz de cambiarnos a todos, aunque sea un poco.   

Me toca.

 

 

La noticia de que la vacuna AstraZeneca se ha probado eficaz y segura para las personas de edad comprendida entre los 55 y 65 años, me ha cogido desprevenido, y producido alguna inquietud, pues sin duda está más próximo el día de mi vacunación.

Como la inmensa mayoría de españoles, salvo unos pocos, que se han saltado el turno por arte de birlibirloque (prelados eclesiásticos, jefes militares, funcionarios, políticos, ciudadanos de a pie, todos en común, gente follona y malandrina, como diría Cervantes) guardaba cola a la espera de la oportunidad de este momento. Y, llegado, lo confieso, no puedo desprenderme de alguna preocupación. Lo de hacer cola, por otro lado, me trae agridulces recuerdos (la cola que de niños formábamos antes de entrar al colegio bajo la inquisidora mirada del fraile de turno o del profesor adusto; la cola junto a nuestros padres para sacar el billete del tren, que luego el revisor agujereaba apretando los dientes; la cola para recibir el diploma que nos acreditaba para este u otro menester; las colas para todo lo que implica un orden necesario y pautado…). Pero, memorial aparte, la inoculación de la vacuna me crea dos reflexiones.

De elegir, hubiera elegido las otras dos vacunas de la competencia, que se han mostrado seguras sin arrostrar secuelas graves de ninguna clase. Pero, ésta tampoco es peor ni mejor.

Por un lado, la comunidad científica predica las bondades de la vacuna AstraZeneca y subraya la inmunidad que acarrea no solo ante la cepa madre del virus, sino ante las variantes que se han producido a partir de aquella. Acerca de las supuestas secuelas graves y mortales, la Agencia Europea del Medicamento y la Española han determinado que no hay una relación causa-efecto entre la vacuna y las graves reacciones que se han producido, sino una coincidencia en el tiempo de ambos hechos. Además el fallecimiento de una mujer española, joven (mi pésame a sus familiares), ha sido ajeno a la calidad de la vacuna.

Por otro, la solución final al gravísimo problema sanitario que estamos viviendo depende fundamentalmente de la vacunación masiva de todos los ciudadanos del mundo, no solo del entorno europeo, sino de todos los continentes. En tanto en cuanto la vacunación sea una práctica universal, el terrible problema pandémico entrará en el camino de su arreglo. Esto es, la vacunación de cada persona contribuye a la solución final de la pandemia.

Es seguro que la ciencia no se equivoca en estos momentos tan delicados y que todas las vacunas aprobadas merecen el mismo respeto.

Por eso, espero algún día de estos descolgar la tapadera de mi viejo móvil digital, bermejo como el vino, y escuchar la voz que me cite para guardar, una vez más, la cola. En esta ocasión, es la cola de la Vida.

Quedo a la espera.

 

 

 

 

 

La Voluntad.

 

 

No solo no hemos podido descender más peldaños en eso que se ha venido a conocer comúnmente como incidencia acumulada, sino que estamos muy lejos del nivel deseable, situado por debajo de 50 contagiados por cada 100.000 personas. Ahora mismo el índice ya supera los 128 de los últimos días y repunta ligeramente con perspectivas de seguir al alza. Deseo que no demasiado.

La realidad no ofrece razones para la mejoría de la enfermedad, más bien lo contrario. Eso hacen pensar, por un lado, las fiestas insensatas –no por ser fiestas, sino por ser extemporáneas- que se producen a diario y, sobre todo, los fines de semana, en las ciudades más masificadas de este país. Por otro, el aminoramiento  de las restricciones de movilidad dentro de los espacios urbanos (toques de queda más menguados, aforos ampliados en restaurantes y bares, apertura de centros de toda clase…) tampoco parece generar condiciones idóneas para la detención de la propagación del coronavirus. Pero, si algo me preocupa, por encima incluso de las ilegalidades o de la vaguedad de las restricciones, es una clase de cansancio o fatiga, no sé si abulia, que empieza a adueñarse de la calle por la situación que vivimos ya hace más de un año.

Sin darme cuenta, vengo a recordar a D. Antonio Azorín, el personaje principal de la novela -singular novela – La Voluntad, que cansado o hastiado de la inutilidad de las acciones humanas en la ciudad, viene a refugiarse en un pueblo castellano para olvidarse de las frustraciones urbanas. Se va diluyendo su espíritu poco a poco, desparece de sus ojos el brillo de la ilusión, y acaba convirtiéndose, cuando por él preguntan, en Antoñico, el marido de Iluminada, no porque sea malo ser el marido de nadie, sino porque en la novela Antonio ha perdido la voluntad de ser un proyecto de vida en permanente transformación, en su caso, la querencia de ser un escritor comprometido y un hombre útil.

Como el personaje azoriniano, corremos el riesgo de disiparnos en esta última etapa de la Covid19, desbrazarnos –quiero decir bajar los brazos- ante todo lo que pasa, sin que reaccionemos con una actitud crítica y constructiva. La mayoría de este pueblo ha cumplido con sus obligaciones ejemplarmente desde el principio de la enfermedad. Ni podemos creer que todo vale, ni renunciar a la exigencia de la praxis socio-sanitaria, que nos ha salvado. Porque, además, las vacunas ya están aquí para devolvernos la esperanza, que nunca debimos ni debemos perder.

 

 

Hace un año.

 

 

Hace un año, los españoles echábamos el pestillo a los postigos de nuestras casas para iniciar intra muros el confinamiento más largo que jamás hemos vivido. La causa, la presencia inusitada y sorprendente de un virus letal, el “coronavirus”, que ponía en jaque a todos los países del mundo y, patas arriba, las costumbres, hábitos sociales, normas consuetudinarias, etc. El anuncio lo hizo el presidente de Gobierno, Pedro Sánchez, que conminaba serenamente a los españoles a un encierro necesario.

Estaba a punto, entonces, de romper la primavera con su paleta fresca de colores y aromas.

Desde hace un año hasta hoy, han pasado muchas cosas, que sin duda no solo han dejado una huella indeleble, sino que para bien o para mal han marcado para siempre las vidas de cada uno. Miedo, incertidumbre, hostigamiento, solidaridad, trabajo, cansancio, sacrificio, impotencia, soledad… y muerte, son palabras que dibujan la estampa multicolor, con predominio de colores oscuros, de estos trescientos sesenta y cincos días vividos.

Si debo apostar por una cualidad de este extraño lienzo, debería destacar el sacrificio de la inmensa mayoría de los hombres y mujeres que formamos este país, que ha determinado que la enfermedad empiece a ser controlada, pero no vencida. Y si debo registrar un vicio o defecto, apuntaría la insolidaridad o el desafecto de algunas minorías que, ya por razones políticas, ideológicas o sin ninguna razón, han contravenido los usos comunes para la solución de la enfermedad.

La situación actual ha cambiado afortunadamente y ya nada tiene que ver con sus albores. Por un lado, la sociedad ha adoptado sin darse cuenta, casi sibilinamente, toda una serie de costumbres higiénicas, que son en parte el sostén del éxito contra la plaga; y por otro, la aparición de las vacunas, como fruto extraordinario de una denodada labor científica, está permitiendo la contención del virus.

Todo en su conjunto, permite atisbar el horizonte inmediato con mayor fe, no solo en la normalización de la vida sanitaria, sino también en el rescate y proyección de la red económica. Eso sí, sin nunca bajar la guardia.

La tarde anterior paseábamos una vez más a través de un camino esmaltado de flores blancas y rosas. A lo lejos, los serrijones calvos lucían bajo un sol radiante, y más cerca, de la vereda del río nos llegaba un fragor suave. Él me miraba sonriente. Ahora, yo también sonrío porque hay luz en esta nueva primavera.

 

 

 

 

 

La oveja negra.

 

 

El Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, que reúne a todas las Autonomías, ha anunciado este miércoles, 10 de marzo, el cierre perimetral de las regiones y otras medidas preventivas, durante el puente de San José y las fiestas de la Semana Santa.

Aconsejan estas soluciones de restricción los datos que arrojan a diario el número de infectados y fallecidos por la COvid19, 139 casos de enfermedad de incidencia media, un nivel levemente inferior de ocupación en las UVIS de nuestros hospitales y 234 finados, solamente en las últimas veinticuatro horas. Es evidente que las cifras -detrás de las cuales hay personas dolientes- han mejorado respecto a semanas anteriores, pero el riesgo de contagio y muerte siguen marcando la acre realidad en la que nos hemos instalado desde hace un año.

Este panorama es de por sí suficientemente elocuente como para que todos los presidentes de las Comunidades Autónomas hayan decidido de consuno adoptar las medidas suscritas, todos, a excepción de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Sra. Ayuso, cuya figura será reconocida en el futuro por su pertinaz oposición a lo que es común, al sensus comunis, a lo que el otro día dijo una joven gallega sobre el principal consejo que su madre le daba cuando salía por la puerta de la casa: “Hija, actúa con sentidiño”. Sentidiño, a veces perdido para algunos en las tupidas frondas de los hermosos bosques galaicos.

No es un capricho, al contrario, es ciencia que la movilidad personal y social aumentan el riesgo de contagio de la enfermedad; no es arbitrio, sino es certeza que las acometidas de transmisión del coronavirus han sido especialmente agresivas y virulentas tras las vacaciones de verano y Navidad por el agolpamiento de las masas; no es subjetivo, sino verdad que las muertes se siguen produciendo cada día por el ataque impío de esta bestia –también hay otras -contra el indefenso paciente.

Solamente hay que hacer otra objeción. Existe un orden ético de valores: La Muerte y la Vida están por encima de la Economía . De la muerte, nadie vuelve; de la penuria económica, se sale. Y los políticos deben someterse al inaplazable deber de velar en estos momentos, sobre todo y ante todo, por la vida de sus ciudadanos. Enterémonos de una vez, ¡carajo!

 

 

 

 

El 8 de marzo y la Covid19.

 

 

 

El próximo 8 de marzo se va a celebrar un año más el Día de la  Mujer, para que todos nos acordemos de que es preciso asumir la plena igualdad de ambos sexos y del papel protagonista que la mujer debe tener en todos los ámbitos de la vida. Es cierto que ya la Constitución de 1978 se presenta como garante de la igualdad y reconocimiento de los derechos femeninos, pero de facto siguen existiendo prácticas sociales, laborales y económicas que perjudican ostensiblemente a las mujeres.

Vaya, por lo tanto, mi apoyo sin vacilación ni fisuras a tan noble vindicación, que además extiendo en mi fuero interno a todos los días del año y a todas las horas del día. Pues si no fuese así, de nada servirían los visajes ni los gestos de ese señalado momento.

Es una realidad que la fiesta se viene propagando durante los últimos años a todos los rincones de España, cuyas principales expresiones son las masivas manifestaciones que se producen, a la vez que acompañadas de cánticos y mensajes positivos. Pero, desgraciadamente, este 8 de marzo de 2021 vive la peor pandemia de los últimos cien años y registra el acontecimiento más trágico, después de la guerra civil del 36. Es decir, la situación actual no tiene parangón y debe llamarse a la cautela y precaución a la hora de celebrar tan fausto día.

Me ha parecido valiente el comentario de la actual ministra de Sanidad, la Sra. Darias, que, acaso en la más absoluta soledad, ha dejado claro que sobran las manifestaciones del Día de la Mujer por su evidente peligro de contagio. Todos y cada uno de los científicos manifiestan el acuerdo de que hay que evitar los espacios de circulación porque aumentan hasta el extremo los riesgos de contaminación vírica y de ahí, el confinamiento, que es la principal medida contra la actual enfermedad. Cualquier acto contrario al aislamiento es una oportunidad a la instalación y propagación del virus mortal. Ni quinientos, ni mitad. Donde hay varias personas en compañía, existe el riesgo de contaminarse dañinamente.

Encuentro que la celebración del Día de la Mujer debe hacerse este año de otro modo. Pueden ser comunicaciones televisadas, mensajes en redes sociales (eso que ahora tanto ocupa), interpelaciones a través de las ondas, etc. etc. silencios, también el silencio es elocuencia.

Lo que deseamos muchas personas es que se desborde la imaginación para hallar alternativas, que las hay, a las maneras tradicionales de celebrar esta fiesta; y que de este modo se salven graves situaciones personales, familiares y sociales. Las mujeres se lo merecen y, por supuesto, también los hombres. Porque los dos géneros estamos condenados a entendernos y respetarnos, por los siglos de los siglos, amén.

 

 

 

No morir.

 

 

Después de alcanzar durante las dos últimas semanas altos niveles de contagio y muerte, y en consecuencia, de registrar una elevada saturación de enfermos en las plantas y UVIS de los hospitales, nos volvemos a encontrar con un cuadro de la enfermedad a la baja.

Sin embargo, la situación a día de hoy sigue siendo grave porque los datos así lo señalan. Puede parecer frívolamente que lo peor ha pasado, pero no es verdad. En las últimas veinticuatro horas, la incidencia acumulada ronda los 250 enfermos y la mortandad del último fin de semana ascendió a 535 fallecidos, siendo que la ciencia ha determinado que la situación es benigna a partir de menos de 50 enfermos y casi ningún fallecido. Por lo tanto, el salto que se ha producido numérica y cualitativamente no es tan grande.

Me preocupa lo que vaya a suceder, el inmediato devenir de este ya largo proceso, que a todos nos empieza a explotar en las manos como si de una bomba se tratase. Otra vez, la clase científica, la que sabe y a la que se desoye, quienes deben marcar el paso en este macabro baile de contagios y muertes, repite hasta la saciedad que las medidas restrictivas de confinamiento no deben decaer, pues es un requisito inconcuso para el control del Covid19. La causa del contagio, dicen los científicos, es la circulación libérrima de los ciudadanos, amén de la ausencia de otras medidas de protección ya archiconocidas, de forma que hay que mantener las restricciones.

Pero parece que no va a ser así. A la actitud política de eliminar medidas de contención, viene a sumarse la judicatura, o mejor dicho, el desacierto de algún juez intruso y ajeno a los arcanos de la epidemiología, que ha decidido ampliar el espacio de convivencia de los ciudadanos en bares, terrazas y restaurantes por considerar que no está probado que haya más contagios por la apertura de estos establecimientos (por cierto, las ayudas directas serían la solución al cierre necesario de este gremio tan importante).

La situación se complica de cara a la Semana Santa. Si ya hay turbas irresponsables que les da todo igual, y las medidas dejan de funcionar, pudiera ser que este país esté al borde de una cuarta ola, aún más fatídica, truculenta y penosa que las anteriores. No se trata de un conflicto entre salud y economía. Se trata de no morir, pues de lo económico se sale, pero no conozco a nadie que se haya recuperado de la muerte.

¡Hay que aguantar!

 

 

Ciencia y Política.

 

 

La situación de la Covid19 en nuestro país es verdaderamente preocupante al día de hoy, pues los datos suministrados por el Ministerio de Sanidad no ofrecen la menor duda. Las últimas veinticuatro horas arrojan el balance de 750 casos de contagios por 100.000 habitantes, cifra que nos sitúa en el nivel de riesgo extremo, según Sanidad. La semana se cierra con el mayor número de fallecimientos desde el inicio de la enfermedad,1951, que no es cuestión baladí, sino principal porque no hay en esta vida acaecimiento peor que la muerte. Estos datos repercuten a su vez sobre los hospitales y nuestros sanitarios, que registran ya el 50 % de pacientes Covid en las Unidades de Cuidados Intensivos. Algunos centros hospitalarios han tenido que desplazar a los enfermos a otros de Comunidades vecinas por agotar el aforo. En fin, si se mira al pasado, España frisa 3.000.0000 de contagios y anota 61.386 fallecidos, desde que se inició esta macabra danza de dolor y muerte.

Y ante este penoso panorama, en este difícil contexto que vivimos, se escuchan dos voces diferentes, acaso antagónicas, provenientes de la ciencia médica y del arte político (por decirlo de algún modo, pues lo político si se hace mal, se aleja del arte para derivar en una vulgar chapuza).

La ciencia postula unánimemente dos ideas: Que la sociedad debe confinarse, sin excluir la posibilidad del confinamiento domiciliario, y que la observación de las medidas profilácticas debe extremarse en todos los casos. La política, menos independiente que la ciencia en general, condicionada por un sinnúmero de factores económicos y sociales, en demasía pendiente de los votos de los pupilos, reacciona lenta y dispar, es decir, actúa por detrás de los acontecimientos y toma medidas distintas según el territorio en que aquella se aplique. Quiero decir que la ciencia muestra el camino y la política elige los que mejor le parecen. Sin ir más lejos, se advirtió desde la óptica científica que las Navidades podrían dejar un rastro funesto si no se tomaban estrictas medidas, y así ha sucedido desgraciadamente por no seguir nuestros políticos los consejos de la sabia minerva.

No es imposible que los científicos marquen las pautas de los políticos, no es difícil cohonestar la Ciencia y la Política, pues solo bastaría con que ésta asumiera fielmente los principios de quien es su maestra en la actual crisis sanitaria. Porque solo la Ciencia nos puede sacar de la negrura de este profundo y letal pozo.

Tomemos buena nota cuando por el horizonte ya asoma la Semana Santa. Por el bien de todos, no cometamos los mismos errores.

 

 

 

La morgue.

 

 

El relato de la celadora me ha conmovido hasta el tuétano. Mientras circulaba con el coche, una de las emisoras de radio recogía el testimonio de una celadora de hospital, la cual hubo de trasladar a un recién fallecido de Covid, desde la planta en que se encontraba hasta el depósito de cadáveres.

Llevo varios días con esa narración a cuestas, dándole vueltas, como un saco muy pesado, del que aún no he podido desprenderme.

Sola-dice- penetró en el ascensor arrastrando de la camilla, donde yacía imperturbable el cadáver amortajado por una sábana. Las puertas se abrieron y cerraron con ese chirrido monótono de los ascensores muy usados y tuvo la impresión de que la luz del fluorescente alumbraba sobre todo el cuerpo oculto del finado. El tiempo que transcurrió en descender tres plantas le pareció una eternidad. No escuchaba nada y, de repente, se dio cuenta de que su corazón latía muy deprisa. Deseaba que el corazón del muerto también comenzara a funcionar y que, ambos al unísono, como dos campanas, entonaran una dulce salmodia. Pero, solo sentía el latido de su corazón. Pudo darse cuenta de que los pies del muerto perdieron la simetría, pues uno estaba más escorado que otro. Pero no hizo nada porque se sentía incapaz. Por fin, tocó suelo y las puertas volvieron abrirse, pero esta vez con más estrépito todavía que antes.

Un largo y sombrío pasillo-sigue diciendo-, apenas iluminado por bombillas blanquecinas, tuvo que recorrer en solitario, hasta que penetró en la morgue, donde aguardaba un compañero a cuyo cargo estaba la organización y custodia de ese lugar tan especial. Sintió alivio ante la presencia de otro, como ella, y pensó que, era bueno estar acompañada en este lugar. Le sobrecogió el silencio del sótano.

De vuelta,-confiesa-, experimentó, por un lado, la sensación de que una línea muy delgada separa la vida de la muerte y, por otro, de que cualquier muerte es injusta, pero esta lo es más porque no estaba prevista. Al paciente, que ella desplazó, el contagio del virus le sobrevino por casualidad y falleció rápidamente.

Acababa manifestando: “Nunca olvidaré este momento”.

La información que nos suministran los medios de comunicación es que han muerto 513 personas en las últimas veinticuatro horas. Son 513 celadores, que sentirán la pena en el alma, 513 familias que llorarán en silencio las ausencias de sus seres queridos. Pues no se olvide que detrás de las cifras hay personas y dramas.

Y mientras esto pasa, otros al margen., en las playas, en las fiestas, en las calles, ni se enteran. Como si la muerte fuese una broma.

 

 

Ser o no ser.

 

 

La situación actual de la pandemia, por decirlo de alguna manera que evite el alarmismo, empeora por días, si bien no se debe tampoco ocultar la difícil realidad por la que estamos pasando. Los datos resultan incontestables: durante la última semana se produjeron 40.777 nuevos contagios y más de dos mil finados, que han dejado dos mil dramas en las familias y allegados. La incidencia acumulada de enfermos ha seguido una desgarradora trayectoria ascendente hasta alcanzar al día de hoy más de ochocientos casos de media. El efecto generado sobre la asistencia hospitalaria es también proporcional. Las UCIS están por encima del 50 % de enfermos Covid19 y retorna, por ende, el desaliento, la fatiga y la impotencia de todos los profesionales sanitarios, garantes de nuestra supervivencia siempre y, especialmente, ahora. Y por si quedara alguna duda, los expertos vaticinan que aún no se ha tocado techo y que aguardan semanas muy duras.

Se vive, como consecuencia, el  período más crítico de la pandemia desde el inicio del verano.

Ante las calamidades de cualquier clase, las buenas prácticas aconsejan prudencia, sensatez  y, sobretodo, que sean los expertos quienes señalen las soluciones para la reorientación de la crisis. Llevo escuchando con mucha atención a la ciencia médico-sanitaria acerca de las soluciones que deberían arbitrarse desde la política para el control y amejoramiento de la enfermedad, que se resumen en dos ideas fundamentales: Confinamiento domiciliario y aceleramiento de las vacunas.

Es cierto que los políticos rehúyen esta clase de encierro claustral por el temor del derrumbe económico. Pero, la oportunidad de un confinamiento más corto demuestra, como ha sucedido en países de nuestro entorno, que el soporte económico no se resentiría tanto como en la era del marzo pasado. Por otro lado, no se olvide que sin salud no hay esperanza económica.

Las vacunas deben suministrarse a los ciudadanos con mayor rapidez, para lo cual hay que poner en marcha los recursos oportunos al alcance, a saber, movilización de mayor personal sanitario y uso de otras instalaciones públicas y privadas donde aquellas se apliquen (polideportivos, salas de auditorio, bibliotecas etc.).

Si, por causas diversas que no vienen al caso mentar, hemos llegado a una situación endemoniada de trágicas consecuencias, es preciso que el Gobierno de España tome la iniciativa y adopte sin dilación las medidas mejores y más eficaces.

Porque está en juego el ser o no ser, la esperanza o la enfermedad, la vida o la muerte de sus gobernados. Casi nada.

 

 

 

 

 

 

 

Héroes y villanos.

 

Varios representantes políticos y militares al uso, han sido destituidos de sus cargos y, algunos, separados del partido, por inyectarse indebidamente la vacuna anticovid-19, al usurpar el lugar que solo correspondía a sanitarios de primera línea, residentes de geriátricos y personas discapacitadas. Llegan noticias de que varios obispos y sacerdotes, funcionarios y otros ciudadanos, también han delinquido, burlando el orden protocolario establecido.

La historia de la vida real y de ficción está repleta de personas, que se han alineado de motu proprio  en el grupo de los héroes o en el de los villanos. También está el paradigma de los antihéroes, pero esa es otra cuestión.

Nombres como Louis Pasteur, Santiago Ramón y Cajal o Margarita Salas, entre muchísimos más, forman parte de los científicos-héroes, que han dedicado su vida a la investigación para mejorar las condiciones de salud de las personas. Ghandi, Luther King o Ahiy Ahmed Ali, contribuyeron por medio de su metodología  e interpretación del mundo a enriquecer las relaciones humanas, promoviendo la paz y la igualdad entre todos. El rosario de héroes es muy largo, pues la mayoría son personas anónimas, que escapan al relumbrón de las noticias o anuncios.

En el otro lado de la cara hay también ejemplos, mejor dicho malos ejemplos, con los que se podrían empapelar con sus nombres el globo terráqueo.

Héroes son quienes promueven con sus actos la felicidad de los demás; villanos, los que la desprecian, o les importa poco o nada. En todo caso, solo sienten aprecio por su propio bienestar, desafectándose del bien común.

Vivimos desde hace algunos meses una crisis social, económica y sanitaria sin parangón, que ha obligado a todos, instituciones y ciudadanos, a adoptar medidas rigurosas para paliar o aliviar sus severos efectos, incluso mortales. Y es en este escenario en que nos movemos, este tempestuoso proscenio, donde se muestran a las claras, sin disfraces ni máscaras, las dos caras de los protagonistas: los héroes y los villanos.

Cada cual conoce a los profesionales de todas las ramas y gremios, mujeres y hombres, que en el contexto actual desarrollan una labor provechosa y beneficiosa en pro del bienestar general, dando lo mejor de sí mismos (sanitarios, policías, panaderos, transportistas, profesores, hosteleros, barrenderos, científicos…).

Pero, quienes no respetan el turno para vacunarse, y deciden con falacias y engaños colarse delante de otros, obteniendo prebendas en virtud de su cargo o rango militar o eclesiástico, bien merecen la nominación de villanos. Siempre entendí que el valiente capitán era el último en abandonar el navío encallado, después de poner a salvo a sus tripulantes. No parece que en esta ocasión, algunos políticos de turno, militares y clerecía incluidos, hayan estado a la altura de las circunstancias, pues han buscado, como villanos, su propio bien.

 

 

 

15 de Enero.

 

 

Por entonces, quedaba poco tiempo para que se produjese el feliz e irreversible acontecimiento, es ya un lugar común decir lo de feliz. Lo cierto es que ¿quién podía imaginar que en un día como aquel, al cabo del tiempo, íbamos a estar en plena guerra, luchando a brazo partido contra la pandemia más terrible de los últimos cien años, acaso librando la peor de las batallas?

La magnitud que está alcanzando la crisis del coronavirus nos sitúan ya en una tercera y fatídica ola, con la que se está batiendo la sociedad entera. Las cifras no engañan: 39.000 nuevos contagios, un índice acumulado de 500 personas por 100.000 habitantes, más de 18.000 personas hospìtalizadas, 200 fallecidos en las últimas veinticuatro horas. La estadística es elocuente al respecto.

Si se abre una mirada al mundo, el panorama sanitario es desmoralizador: EEUU alcanza 23 millones de contagios, la India 11 millones, Brasil 8,2, Rusia y Reino Unido pasan juntos de los 3 millones, etc. Globalmente, este planeta presenta los escalofriantes números de 93 millones de casos contagiados y 2 millones de muertos, siendo datos oficiales, pues la realidad siempre es más dura.

Poniendo el acento en nuestro país, se observa un axioma inquebrantable: las dos últimas olas, por seguir la metáfora marina, se han producido después de las vacaciones veraniegas y las fiestas navideñas, es decir, la enfermedad se hace más fuerte, consistente y letal cuando una parte de la sociedad se relaja y evita las reglas de comportamiento sanitario. En consecuencia, la pandemia se propaga por la acción irresponsable de algunos ciudadanos y, colateralmente, por el “buenismo” de los poderes públicos, que deben adoptar medidas más restrictivas, siguiendo las prescripciones de la comunidad científica en su mayoría.

Alguien puede opinar, y en su derecho está, que las vacunas pondrán punto y final al problema en un plazo razonable, pero lo cierto es que mientras llega ese día, muchos otros padecerán las secuelas y los embates de la enfermedad, incluso con su propia muerte.

O se es más responsable individual y socialmente, o aún pasaremos momentos muy dolorosos. Debemos elegir.

En la fría medianoche del 15 de enero de un año ya olvidado, llegué a este mundo para alojarme en él, pero nunca imaginé que esta pandemia causara tanto daño.

 

La nevada del siglo.

 

 

La tengo presente como si fuese ayer, y eso que han pasado cincuenta años más o menos. Desde el otero, donde la iglesia asentaba sus reales, podía verse solo un paisaje blanco, apenas descolorido por las trazas arrugadas de las ramas negras de los árboles. Hasta allí me llevó Esteban, el Pintu, como lo llamaban, para presentarme orgulloso la magnífica estampa del pueblo en el que nació y vivió parte de su vida.

No se apreciaban los contornos ni los relieves de la aldea, todo estaba envuelto en el tupido manto de la nieve. Tan solo el humo gris de las chimeneas, que ascendía en volutas desiguales, delataba la presencia de alguien que allí vivía. Por la derecha, en una extensa campera, la fuente había dejado de manar agua pues, más arriba, el manantial estaba congelado. Lo mismo le ocurrió al río que se despeñaba desde la cima de monte y que, a la entrada del pueblo, formaba un tablado helado.

Ni siquiera, rompía la quietud de la escena el sonido de ningún animal. A lo sumo, salía de las cuadras el mugido lánguido y monótono de las vacas, que echaban de menos la verdura de los pastos. O el piar intermitente de algún pajarillo que buscaba la parada del nido en los setos, al abrigaño del frío. Eso sí, sobre las bardas de los tapìales, que rodeaban las huertas, se posaban las chovas con sus luctuosas figuras, a la espera de algún grano con el que saciar el hambre.

El pueblo, que se apretaba vertical sobre la vertiente del monte, mitad leonés, mitad asturiano, resplandecía brillante como las impolutas coladas, que las mujeres extendían in illo tempore al lado del lavadero.

Con la llegada de la profunda e intensa borrasca de estos días, llegan una vez más los recuerdos, probablemente idealizados por el paso del tiempo.

Hoy, sin duda, la actualidad es más hiriente. La nieve, la gran nevada de este siglo, ha añadido a lo que ya tenemos un sinfín de problemas e inconvenientes, que causan graves daños a los ciudadanos (fallecidos, aislamientos de hospitales y centros educativos, desorientación de transportistas, gentes sin electricidad, carestía y desabastecimiento de alimentos, atropellamiento en las redes hospitalarias de nuevos enfermos…).

Y aún más, el palio blanco ha sepultado a nuestros pueblos, aldeas y ciudades, pero no ha podido soterrar, mal que nos pese, la dolorosa pandemia, con la que llevamos peleando desde hace algunos meses.

Desde luego, esta nieve dista de ser aquella de antaño, a la que algunos nos aferramos para seguir imaginando que somos niños.