Postdata. Jóvenes.

                                 

Había puesto el final a este crudo relato de la pandemia, pero la aparición súbita de un imponderable –acaso no esperado- me obliga a completar estas notas.

Desde la parcial caída de la mascarilla en las vías públicas a finales de junio, la situación de esta crisis sanitaria parecía encauzarse adecuadamente, gracias sobre todo al vertiginoso proceso de vacunación de la población española. Sin embargo, el nivel elevadísimo de contagios (pasa la incidencia acumulada de 250 contagiados), que no deja de crecer, y el anegamiento consecuente de muchos centros de salud, que se ven desbordados por la asistencia a los enfermos, han dado un giro copernicano a la actual situación.

Los datos son en efecto preocupantes. Pero en esta ocasión, quienes sufren mayoritariamente los efectos de la enfermedad y la producen, son los jóvenes, que se suman a las celebraciones programadas irresponsablemente (botellones descarados, desafiantes fiestas fin de curso, celebraciones lúdicas a todo tren), sin tomar las medidas de restricción oportunas. Eso es lo grave, aglomeraciones humanas sin ninguna limitación sanitaria.

Explicar que la juventud es la causa principal del desbaratamiento actual de la pandemia no es estigmatizarla, como si se tratase de lo peor. No dudo de las cualidades de estas generaciones, que preceden a quienes vamos cumpliendo con suerte años y tiempo. Pero tampoco puede aceptarse que muchos jóvenes acuden a actos multitudinarios de toda clase, despreciando las cautelas que la pandemia exige (mascarillas, distancia…).

Sin embargo, en su descargo, no solo ellos catalizan el estado actual de la crisis. Súmese que los padres deben asumir la parte que les corresponde del actual desastre, como parte primordial de la coeducación de los hijos. E incluso, las instituciones públicas -educativas, sanitarias y políticas-  han cumplido a medias el rol informativo propio de este momento crítico, no resultando claros los mensajes y las medidas. En fin, nadie debe rehuir la proporción de responsabilidad personal o social del debacle sanitario presente.

El verano, encendido y más cálido que nunca, es una prueba importante para la superación de la Cóvid19. Si todos aportamos sensatez, sacrificio y buen hacer, incluido los jóvenes, sin duda pasaremos el Rubicón, y recuperaremos de una vez la normalidad vital, que tanto ansiamos hace tiempo. Por lo menos, podremos cantar victoria en nuestro país. Porque lo de afuera, es otra historia, que también nos incumbe moral y sanitariamente.

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Voy acabando.

                                                                   

Que el próximo 26 de junio se vaya a eliminar el uso de las mascarillas en exteriores, según ha anunciado esta mañana el presidente del gobierno Pedro Sánchez, es un buen augurio de cara al futuro mediato. La bajada de la incidencia de contagios a 97 casos por 100.000 habitantes y la cifra de19 fallecidos en las últimas veinticuatro horas, no solo aconsejan la medida, sino que aleja cada vez más la probabilidad de una quinta ola de la pandemia. Si temíamos trágicos aguaceros sobre nuestras vidas, el  temor va desapareciendo con la escampa del horizonte y estos días de sol que tanto iluminan. Además, a estas alturas, un 28,75 % de la población ya tiene la vacunación completa.

En suma, podemos empezar a creer que la solución de esta pandemia, que ha dejado orillados para siempre a más de 80.000 personas, y contristados a sus parientes y familiares, está más cerca.

Aún está vivo el recuerdo en que nos atrincheramos en casa, para protegernos de un virus, que se prometía, y así fue, despiadado y asesino. Que, por cierto, aún no se ha ido. A la sazón eran muchos los sentimientos y pesares que se fundían sobre nosotros, nos movíamos entre la inquietud por el desconocimiento ante lo que nos enfrentamos, la impotencia porque se morían impíamente personas por millares sin ni siquiera ser atendidas, el miedo a que fueran nuestros hijos los siguientes, y la incertidumbre de no saber cuándo podría acabar esta crisis. Al día de hoy, casi todo se ha superado por suerte. Y, aunque el coronavirus sigue activo e intentando metamorfosearse para causar más daño, los ciudadanos albergamos la certeza de que se está en el camino de la solución. Hoy, la esperanza es más firme que ayer.

Con todo, ha de estarse en vigilia, porque el fin aún no se ha producido. Responsabilidad y buena praxis son los principios que han de regir nuestro comportamiento social y personal diario, hasta que pueda anunciarse la derrota final del virus.

Acabo como empecé. Vuelvo al campo, verdeante por las copiosas lluvias, de la mano de mi hijo. Él siempre inocente, sin quitarme la mirada por escuchar qué le cuento; yo, más calmado, creyendo que lo peor ha pasado y que hay que construir, desde la experiencia vivida, un mundo mejor para todos, sobre todo, para los que más lo necesitan. Siento y pienso que se ha escrito una página crucial de nuestra historia, que no puede pasar en balde, y cuyo buen aprovechamiento es una obligación para que, al menos, las muertes de los seres queridos tengan sentido.

Aquí me quedo, esperando todo lo mejor… y que la segunda dosis de la vacunación me llegue el 1 de julio del año en curso.

Vale.

Silencio.

No es mi relato. Desde abril de 2020 he querido retratar a mi manera la cadena de acontecimientos agrupados en torno a la pandemia, pero hoy me separo del guión para expresar una cosa:

CONDENO RABIOSAMENTE LA VIOLENCIA QUE ALGUNOS HOMBRES, ASESINOS Y DESALMADOS -SIN ALMA-, EJERCEN CONTRA LAS MUJERES Y SUS HIJOS. CONDENO SIN PALIATIVOS LA VIOLENCIA MACHISTA.

Solo silencio, por el duelo de tantas mujeres y niños asesinados.

La salud mejora, pero con cautela.

                                  

Los últimos datos que desgranan los medios de comunicación invitan a la esperanza; cada vez nos alejamos más de los días aciagos en que los contagios y las muertes hacían estragos ya no solo en nuestro solar patrio, sino allende de las fronteras; y en definitiva, vamos poco a poco saliendo de la crisis para emboscarnos en un lugar más seguro, sin que por ello deban echarse las campana al vuelo.

Las cifras del Ministerio de Sanidad indican que la incidencia acumulada a día de hoy es de 112 contagios, con tendencia a la baja; el número de fallecidos, siendo triste e irreparable, cae a 23 personas; las UVIS registran el menor número de enfermos Covid, lo que permite que los hospitales recobren la normalidad al atender otras patologías propias de cualquier mes del año. Y un dato halagüeño, que anima los espíritus más alicaídos, durante el último mes los contagios por coronavirus descienden un 60%, mientras que los fallecimientos bajan un 80%. Buenos datos, por lo tanto.

Tras la positividad de las cifras, hay varias causas, pero sobretodo, es la vacunación la principal artífice sobre la que descansa la salida incipiente de la crisis sanitaria. Acaso no se haya hablado demasiado de las vacunas en esta crónica que sigo, por ser cuestión de especialistas, y no de un simple observador, pero la realidad es que las variedades al uso de este importante dique de guarnición están realizando la labor imponderable de protección y, en consecuencia, de sanación del gravísimo mal de esta cruda, áspera y desoladora pandemia del siglo XXI. Las vacunas, sin temor al yerro, han mejorado desde su descubrimiento la salud universal, y siguen siendo un baluarte de la actual situación sanitaria. Es incuestionable que las vacunas están contribuyendo esencialmente a la solución de esta crisis.

La otra explicación es el comportamiento callado y sacrificado de la inmensa mayoría del pueblo español, que ha dado muestras de ejemplaridad a lo largo de la enfermedad. No queda este esfuerzo empañado, ni mucho menos, por las acciones irresponsables e interesadas políticamente, a veces, de las minorías. Al contrario, sobre este fondo desarracimado, aún sobresale más la actitud responsable de los españoles.

Vamos mejorando porque las estadísticas lo dicen; pero se huelen en el aire señales vitales, como flores de azahar, que nos abocan a una salida cada vez más próxima de la enfermedad.

Eso sí, el resto de los países subdesarrollados o en vías de desarrollo deben también recibir una acopio portentoso de vacunas, porque el problema es global, siendo políticos y empresas farmacéuticas los principales responsables de la solución. Si no lo entendemos así, no sirve de nada lo que he dicho.

Imponderable futbolístico.

            

En las últimas horas un destacado futbolista de la selección española, Sergio Busquets, único superviviente de la selección que ganó el mundial de fútbol, ha dado positivo en las pruebas contra la Covid19, lo que pone en riesgo su continuidad en la inminente copa de Europa. Esto ha provocado el debate acerca de si los deportistas deben o no ser vacunados con la debida anticipación para que no ocurran hechos como este.

La política es la técnica y el arte al mismo tiempo de la elección, saber qué decisiones deben tomarse en cada momento en cada uno de los ámbitos de la vida nacional, incluido el deportivo. Es por eso que desde que cualquier persona es elegida para representar a su país en un acontecimiento de esta clase, debe ser integralmente asistido y, en consecuencia, en el contexto de esta dura pandemia, ser vacunado prioritariamente para poder competir con todas las posibilidades de triunfo. Esto es, los fines de la representación y de la competición justifican el medio empleado. Así se ha obrado con los participantes españoles en la próxima olimpiada y paraolimpiada de Tokio y con los futbolistas de la selección, aunque pudiera objetarse que algo tarde.

Oponen los contrarios que nadie debe tener el privilegio de recibir la vacuna antiCovid, todos somos iguales ante la ley y la práctica. Y nadie lo niega, pues este es el fundamento sobre el que se erige una poderosa y justa democracia. Pero también, es común aceptar que las reglas más justas han de tener las excepciones oportunas, apoyadas en la razón y la ética, si se desea que sigan siendo justas.

El abanico puede desplegarse a otros muchos supuestos, póngase como ejemplo personas que por ocupar cargos institucionales han de representar los intereses de todos, presidente, ministros del Gobierno de España u otros cargos. Siendo otro debate, el tema es el mismo. Dicho sea de paso, los injustos privilegios de la clase gobernante quedan probablemente comprendidos en otros supuestos, que nada tienen que ver con el hecho de una supuesta vacunación adelantada, si se hubiese producido, que tampoco es el caso.

Pero no se confunda esta necesidad de protección de nuestros olímpicos y futbolistas, con la vacunación arbitraria e infundada de pillos, falsarios y taimados, que se han colado y se cuelan por delante de todos, saltándose las normas básicas de convivencia. Ellos, no; los deportistas que nos representan, sí, por esta vez.

A todos ellos, salud y mucha suerte.

El origen del coronavirus.

Si la pandemia ha desencadenado la crisis sanitaria más grave del siglo presente y parte del pasado, si hasta la fecha el mundo arroja la escalofriante cifra de 170 millones de contagiados y 3,54 millones de fallecidos, al margen de lamentos ya estériles, resulta imprescindible indagar sobre el origen del virus que la desató. La finalidad, atisbar las causas que propagaron la enfermedad y proponer los remedios suficientes para evitar que una situación similar se produzca en el futuro.

Con esta finalidad la OMS y el Ministerio de Sanidad de China, después de realizar investigaciones in situ, dieron a la luz el 9 de febrero de 2021 el resultado de sus conclusiones: Por un lado, la enfermedad se originó en algún mercado de la población china de Wuhan, lo que provocó que el primer síntoma se produjera el 8 de diciembre de 2019; y, por otro, el virus tuvo un origen animal, probablemente un murciélago, que luego se traspasó directa o indirectamente al ser humano, provocando su contagio. En la misma declaración, se descartó categóricamente la hipótesis de que un laboratorio fuese el origen de la expansión del coronavirus. Esta manifestación fue ratificada el 31 de marzo por la misma comisión de la OMS, que participó en la investigación.

Pero el debate sigue abierto, sobretodo, desde que el 23 de mayo un artículo publicado en The Wall Street, recogiera que tres trabajadores de una sección del Instituto de Virología de Wuhan fuesen hospitalizados un mes antes que el caso de diciembre, manifestando en ambos casos unos síntomas semejantes.

A esta situación de por sí dudosa, contesta la literatura escrita y verbal europea y norteamericana que las autoridades asiáticas han ocultado datos relevantes que aclararían aspectos esenciales del virus. No obstante, el asunto de la información secuestrada por China no deja de ser una hipótesis sin pruebas, y en consecuencia, inútil de toda clase.

Habrán de pasar años para que al final el común de los mortales sepamos la verdad de todo e incluso, hasta es posible que no nos enteremos nunca. Sea como fuese, no cabe la menor duda de que es una gran oportunidad perdida, pues el conocimiento del origen animal o no de la enfermedad aportaría instrumentos y recursos científicos suficientes para encarar con mayor éxito otras supuestas pandemias, no descartables en un futuro.

Porque el Planeta es un juguete muy frágil, que hay que cuidar, y no menospreciar.

Camino de la normalidad.

Desde la derogación, en mi opinión precoz, del estado de alarma el pasado 9 de mayo, el gobierno de España ha apostado decididamente por la normalización de nuestras vidas, para devolvernos la edad de oro, que perdimos necesariamente un  infausto día de 14 marzo de 2020, en que se decretó el confinamiento intramuros de todos los españoles.

La consecuencia, la desaparición de las principales trabas, entre las cuales figura la prohibición de circular por el territorio nacional. Esto ha permitido que muchos españoles nos hayamos desplazado para saldar viejas y sentimentales cuentas, como la visita a los seres más queridos, amigos o reencuentro con lugares especiales que siempre evocamos en nuestros sueños (ese paisaje primoroso de la primavera, la ribera cuajada de cañizos del río, los montes afilados contra el cielo, el rumor de la fuente solitaria, el brocal del pozo de la casa aldeana, las calles pinas a la salida del pueblo, el olor a prado seco de los heniles…). E inevitablemente, con este trasiego andariego, la economía del país también arranca en línea, como las perdices de Tierra de Campos, hacia un despegue cada vez más firme, que esperamos beneficie a todos.

A más a más, los turistas de diez países extracomunitarios pueden viajar a España desde el 24 de mayo, y el próximo 7 de junio ya podrán hacerlo el resto de ciudadanos del mundo, con el único requisito de estar vacunados. Y es que las vacunas desde su descubrimiento son el principio fundamental de la salud de la población, así como de la normalización individual y social. Sin lugar a dudas, puede afirmarse que la generalización de las vacunas es la clave del triunfo contra la pandemia, aunque algunos lo nieguen o les pese.

Dicho lo anterior, debe instarse a la ciudadanía a que sigamos obstinados en el respeto a las normas sanitarias preventivas, evitando situaciones irresponsables, que solo conducen a la ralentización del imparable proceso normalizador y, lo que es peor, a la enfermedad e incluso muerte de más contagiados. Déjense, pues, botellones y otros eventos públicos desordenados, porque, el coronavirus aún existe en todo el mundo, amenazante como un dragón que arroja fuego y fatalidad. A la maldad no hay que darle ninguna oportunidad.

Sin máscaras.

                                                        

No puede pasar desapercibido el doloroso drama que se está viviendo en las costas españolas, que solo en apariencia parece no guardar relación con la pandemia, al menos en apariencia, pues es más que probable que la pandemia de la Covid19 ha agudizado la crisis migratoria y el aumento de la pobreza en el mundo.

Durante estos dos últimos días, jóvenes marroquíes, senegaleses y subsaharianos, han llegado a las playas de Ceuta y Melilla en busca de mejores condiciones de vida. Han salido de sus tierras natalicias, empujados por el hambre y la necesidad, y el mar los ha echado como espuma a la orilla del mar. Se han visto grupos de adolescentes, sobretodo, hacinados sobre la arena a la espera de las instrucciones oportunas, e incluso había niños de ojos extraviados y rostros asustados que no sabían muy bien qué hacían allí. Algunos otros de más edad yacían agotados por el cansancio del largo viaje. Se trata en definitiva de jóvenes que, en vez de acudir a esas horas a la escuela como corresponde a sus edades, están condenados a la miseria, despreciados por los gobernantes de sus países.

Del sombrío panorama, se vieron  escenas entrañables, cómo un guardia civil rescataba del agua a un recién nacido o una voluntaria de Cruz Roja abrazaba a un espigado africano, que suplicaba ser acogido en España, o cómo un legionario portaba a horcajadas a una niña de cortísima edad. Frente al abandono y humillación de unos migrantes, crecía la solidaridad, más que encomiable de nuestros efectivos españoles.

La pandemia no conoce fronteras y se instala fatalmente allí donde le apetece sin que nada la detenga. Cruza  sin permiso mares, montañas, vallados y cerrales, sembrando los campos de tristeza. Pero los hombres, estos migrantes olvidados, pobres, no pueden burlar las fronteras territoriales, por mucho que el derecho a la vida digna sea un derecho universal  e irrenunciable. Al menos, antes de devolverlos por donde han venido, démosles nuestra comprensión y cariño, pero no los hagamos injustamente culpables de nada porque solo son niños. Es bien poco.

Pudo evitarse la pandemia.

“Pudo evitarse la pandemia”, es la conclusión a que ha llegado un grupo de expertos independientes, denominado Panel Independiente para Preparación y Respuesta ante la Pandemia, a quien la OMS encargó el estudio y valoración de la Covid19, y cuyo dictamen hemos conocido hace unas horas. El objeto del encargo no ha sido otro que tomar nota de los yerros cometidos para aprender las soluciones que deben tomarse en el futuro ante otras posibles pandemias.

A juicio del comité científico, los países más avanzados (EEUU, Europa) y la OMS (Organismo Internacional para la Salud) reaccionaron tarde ante la enfermedad, que rápidamente colonizó los rincones más remotos de la tierra sin ningún control. Desde que se conoció el brote infeccioso en Wuhan a finales de diciembre de 2019, transcurrieron dos meses antes de que la OMS, después de algunos titubeos, decidiera declarar a principios del mes de marzo el estado de pandemia internacional. España decidió confinar a sus ciudadanos, por ejemplo, el 14 del mismo mes, a instancias de aquella fatal declaración. Por lo tanto, apenas se quiso contrarrestar el empuje de la pandemia, ésta ya se había echado impíamente encima, provocando un daño imparable.

Como resultado de la rápida invasión del coronavirus, ningún país se pudo proveer adecuadamente de los recursos materiales y sanitarios para hacer frente al embate de la enfermedad. Es más, en el fragor de la enfermedad, se desató una lucha desigual e insolidaria por acaparar en el mercado los medios sanitarios necesarios. Otra de las conclusiones. España, por ejemplo, se vio desbordada por la falta de medios (respiradores, mascarillas, trajes…) y recursos humanos (aún era necesario más personal sanitario, particularmente en los centros de atención primaria).

A lo largo del desarrollo de la Covid, explica el informe, han faltado fundamentalmente el liderazgo de la OMS u otro organismo internacional para coordinar las acciones de todos los países en una misma dirección.

En consecuencia, sucedieron una concatenación de aciagas circunstancias que favorecieron el contagio, la desolación mundial y la muerte. Las cifras que arrojan las estadísticas al día de hoy son de 160 millones de contagiados y 3,33 millones de fallecidos, sin que aún esto se haya acabado.

Mirando al futuro inmediato, el panel de científicos insta a los estados ricos a que donen antes de septiembre 1000 millones de dosis de vacunas a los más pobres, así como que favorezcan el traspaso de patentes y recursos científicos. A medio plazo, urge a la OMS y a los estados acaudalados para que inviertan más dinero y medios con el fin de adelantarse a posibles pandemias, no improbables en un horizonte no lejano.

Pudo evitarse la pandemia, enfatiza un importante informe científico, si se hubiera actuado a tiempo, pero no es hora de lamentos inútiles, sino de levantar un conjunto de medidas que aborten ab initio cualquier futura calamidad mundial, susceptible de sembrar el mundo de dolor y horror. Nadie puede resucitar a los muertos, pero sí evitar que otros inocentes fallezcan por lo mismo.

Elogio de la libertad.

                                           

Lo que se ha visto en algunas ciudades españolas con ocasión del erróneo cierre del estado de alarma, según creo, no es un acto de libertad, sino de libertinaje. Multitud de jóvenes ocuparon el centro de las plazas y calles de bastantes ciudades al grito de ¡viva la libertad!, porque se suponía, según ellos, que la libertad había sido conculcada durante este tiempo de crisis sanitaria.

Quede claro que la libertad jamás estuvo amenazada en su conjunto porque la gran norma constitucional así lo garantiza. El tejido enhebrado de los derechos fundamentales ha sido y es escrupulosamente respetado. Solo se han tocado los derechos relativos a la movilidad (cierres perimetrales, toques de queda, limitación de espacios públicos y privados, etc. ) debido a las exigencias derivadas de la Covid19, entre cuyas principales medidas terapéuticas figura la limitación de los desplazamientos como modo de frenar la expansión de la enfermedad. Por lo tanto, abanderar la idea de que España ha dejado de ser libre es pura falacia, derivada ya de la estulticia, ya del interés político o de la perfidia.

Debo hacer algunas precisiones.

Que existe libertad en nuestro país es un hecho cierto, como que la noche es oscura y el día luminoso. Pero la libertad no es un don del cielo, como razona D. Quijote en su discurso ante los Duques, sino una conquista social dilatada en el tiempo, que se acrisola en la Constitución de 1978. Sepan, pues, esos jóvenes, que la libertad que claman para este país, ya antes la habían ganado muchos españoles con su esfuerzo y sacrificio, y a veces, hasta con su vida. No se frivolice, por lo tanto, un asunto tan serio, ni siquiera, aunque sea dicho de paso, se tome la libertad como falso eslogan de campaña de algunos políticos.

Libertad, palabra que como todas las grandes voces sufre la abrasión de esta época, no puede ser un concepto polisémico abierto a tantas interpretaciones como voces se escuchen, sino un concepto unívoco. Libertad es la oportunidad de elegir individual y socialmente lo que se debe  hacer en cada momento, de acuerdo a la conciencia personal, a la ética y a las normas sociales, que todos hemos acordado. Se es más  libre en la medida que se decide qué se quiere hacer, sin dejar de ser consecuente y responsable con todos nuestros actos. En consecuencia, incluso la suspensión de los actos aludidos por el pasado estado de alarma, es un hecho elegido legalmente por la mayoría de los representantes políticos con el fin de controlar la peor calamidad de este siglo y servir mejor a sus representados.

Pero las manifestaciones caóticas de algunos jóvenes, que tomaron al asalto las calles, como queriendo celebrar no sé qué, no son libres, sino libertinas. ¡Ojalá no se repitan más en nombre del bien común! De Verdad.

Estado de alarma: ¿Sí o no?

El próximo 9 de mayo, el gobierno español va a decidir levantar o dejar sin efecto el actual Estado de Alarma, que se ha mostrado durante estos meses como el instrumento legal más eficiente en la lucha contra la Covid19. No es una herramienta creada discrecionalmente por los poderes públicos, ni un arbitrio gubernamental, como se sabe, sino una figura acogida a la Constitución española de 1978 en el artículo 116.2 y desarrollada mediante Ley Orgánica de 1 de junio. Valga esta anotación contra quienes han dudado neciamente de la legalidad de su aplicación.

La principal consecuencia que todos hemos arrostrado durante este tiempo ha sido la de permitir la adopción de actos restrictivos de libertades y derechos fundamentales, tales como el cierre perimetral de las diferentes comunidades o regiones, el toque de queda, el cierre de espacios ligados a la hostelería en general, y la prohibición o limitación de reuniones y manifestaciones sean públicas o privadas. El objetivo no es otro que limitar la movilidad de todos los ciudadanos con el fin impedir el libre esparcimiento del coronavirus y poner cerrojos a su expansión, en definitiva, salvar vidas humanas.

El estado de alarma, que ha funcionado positivamente durante los meses de mayor nivel de contagios, digo, toca a su fin, según las previsiones anunciadas por el presidente de España, Pedro Sánchez. Y la razón principal que avala esta transcendental decisión, según el Gobierno, es la de ir “normalizando” poco a poco el modus vitae que teníamos antes de la pandemia, sin olvidar las cautelas sanitarias ya acostumbradas.

La respuesta divide a la opinión pública, partidos políticos y asociaciones plurales.

Los hechos son de por sí elocuentes. A día de hoy la incidencia acumulada es de 213 contagios por 100.000 habitantes, la trágica mortandad suma en las últimas 24 horas la cifra de 106 fallecidos, y la tasa de ocupación de las UCIS por enfermos de la Covid es del casi 23%. El panorama aún puede ensombrecerse más si la variante india del coronavirus avanza posiciones en nuestro país, como es lógico. A estos datos estadísticos, súmese el cansancio de los españoles por el esfuerzo realizado, que puede derivar fácilmente en un relajo de las buenas prácticas sanitarias, y el gamberrismo de bastantes ciudadanos incívicos.

A nadie se le escapa que la eliminación del estado de alarma puede tumbar de un plumazo las decisiones restrictivas de los gobiernos autonómicos mediante la vía judicial, a pesar del Real Decreto-Ley que hoy mismo ha sancionado el Consejo de Ministros, que permite intervenir al Tribunal Supremo cuando los Tribunales Superiores de Justicia pongan veto a la normativa de los gobiernos. Por otro lado, la judicialización de este asunto no es el camino más acertado.

Pero no hay vuelta atrás, la principal herramienta jurídica en la lucha contra la Covid está a punto de expirar, como muchos ciudadanos y partidos que los representan así lo demandan (alguno incluso jamás apoyó ningún estado de alarma por lo de restricción de libertades, ¡qué paradoja e hipocresía!). Desaparece, por lo tanto, un dique formidable contra la pandemia.

Espero equivocarme en los augurios, y que las vacunas, que se inoculan a trote de veloz caballo, obren, como el brote reverdecido del olmo seco y hendido en su mitad por el rayo, el maravilloso milagro de la primavera, que diría Machado.

Levantando la mirada.

España, como el resto de Europa, parece que poco a poco va saliendo de la precaria situación sanitaria en que se hallaba hace solo unas semanas. Mientras que aquí la cuarta ola ha sido más moderada que las anteriores, a pesar de la alta ocupación de las UCIS en algunas regiones; mientras nuestros vecinos comienzan tímidamente a suavizar los severos confinamientos a que se han visto sometidos; y mientras el horizonte sanitario de Europa escampa gracias sobremanera a las campañas masivas de vacunación, casi el resto del mundo no sigue la misma suerte, desgraciadamente.

Los países pobres, las regiones subdesarrolladas, viven momentos de verdadera penuria. A nuestros hogares llegan las imágenes, en esta ocasión, de la India, sumida en la desesperación y abandono más totales. Los hospitales ya no pueden atender a más enfermos ni disponen de los medios para socorrer incluso a los hospitalizados. Son tantos los millares de seres humanos contagiados que se van muriendo donde pueden, en las calles sórdidas, y los más privilegiados en sus humildes casas, sin recibir ningún auxilio médico. Entre las estampas actuales del país indio y las de la peste bubónica de la baja Edad Media, que asoló a Europa, parece no haber ninguna diferencia. Hasta las piras de leña para la incineración de los cadáveres, que se improvisan en cualquier espacio abierto e infecto, recuerdan a las que ardían en los pueblos y ciudades medievales.

La situación no solo es dramática, es sobretodo injusta. A la escasez de medios para afrontar la enfermedad de la Covid-19, se suma la carencia absoluta de vacunas. La industria farmacéutica anunció en marzo de 2021 que prevé producir entre 10.000 y 14.000 millones de vacunas este año, de las cuales más de dos tercios han sido reclamadas por los países ricos. Además la OMS creó el conocido como C-TAP, una especie de banco en el que las farmacéuticas pueden aportar las patentes y datos para que los países pobres puedan desarrollar sus propias vacunas. Hasta el momento ninguna empresa ha hecho aportación alguna. Y sobre la liberalización de las patentes, ni siquiera hablar de ello. En consecuencia, asistimos estupefactos, acongojados, a este dantesco panorama que nos ofrece la India, aunque mañana puede ocurrirle a cualquier otro Estado pobre.

La enfermedad no es solo de carácter local, sino universal. Por eso, las medidas de curación han de ser globales y las vacunas deben repartirse proporcionalmente a todos los países, sin discriminación de ninguna clase. Es cuestión no solo de supervivencia, sino también de solidaridad y humanismo con los más necesitados. Pero me me temo que las industrias y los países desarrollados no están a la altura.

Lo que falta son argumentos.

Hace unas semanas el protagonismo vino de la mano de Victoria Abril, que manifestaba su particular discrepancia respecto a la realidad del Covid19. Ahora, calientes, en una conocida cadena de televisión, salen a la luz pública las palabras de otro grande del mundo artístico, Miguel Bosé, que opina que esa enfermedad no existe y que todo lo que pasa en torno a ella es pura patraña.

Reconozco que el Bosé de mi juventud, cuando se dio a conocer como cantante a finales de la década de los setenta, no me interesó casi nada. Sonaban bien sus canciones, pero por entonces yo estaba en otras cosas. Hijo de siderúrgico de la Asturias minera, estudiante de a pie, que todos los días tomaba el autobús para desplazarme a Oviedo a estudiar para salir más barato a mis padres, joven con el pensamiento puesto en la justicia social y la mejora de las condiciones de los obreros, entre muchas cosas más afines, la verdad es que no me identificaba nada con la emergente estrella española, por otro lado, de familia enraizada en la cultura tradicional social y política, que yo rechazaba.

En cambio, el Miguel de ahora, al cual respeto profundamente, sí me interesa. Indudablemente hay en él un hombre que, teniéndolo todo, la vida le ha salido al encuentro sin demasiada ventura. Esa figura paradógica, combatiente entre el deseo y la realidad, la conciencia y el placer, ya ganador ya perdedor, es lo que en realidad me importa en la actualidad. Porque los personajes planos henchidos solo de aire, únicamente interesan a sus homólogos.

Cada cual es libre de pensar lo que quiera, no faltaría más, pero aunque respeto los decires del cantante, no los comparto de la misma manera. Por un lado, a Bosé, le han faltado argumentos sobre los que sostener la tesis negacionista, es más, ni siquiera ha podido constatar uno solo. La plática es simplemente plática, decir por decir, sin ninguna hondura argumentativa. Pero es que, además, el artista se niega a contrastar la fortaleza de su enunciado negativo con las opiniones de los científicos. Y eso es dar la espalda a la oportunidad de cambiar la opinión propia o de subrayarla, incluso.

Vienen a mi recuerdo las palabras filosóficas de Juan de Mairena, el alter ego de A. Machado, que decía que “la verdad del hombre empieza donde acaba su propia tontería. Pero la tontería del hombre es inagotable”.

Como ser contradictorio, que somos todos, hay en Bosé un tanto de tontería y otro mucho de sabiduría, sin duda. Solo espero que, más pronto que tarde, el sabio prevalezca sobre el necio, y que él reconduzca, si quiere, sus postulados actuales.

La larga sombra de la pandemia.

Encuentro que se dan una serie de hechos que pueden hacer creer que la pandemia está controlada e, incluso, acabada. Eso quisiéramos por el bien de todos, pero desgraciadamente no es así. En efecto, algunos creen que la vacunación hasta la fecha de hoy de una parte reducida de la población ya es una razón de peso para amortiguar el agresivo embate del coronavirus. Otros, añaden que esta cuarta ola es de tamaño menor que las anteriores porque se está ganando la batalla al enemigo. Incluso hay quienes asocian el fin del estado de alarma, anunciado erróneamente por el gobierno, al acabamiento de la pandemia. En fin, que todos estos factores sumados, puestos uno sobre otro, pueden parecer indiciarios del definitivo agotamiento de la Covid19.

Sin embargo, esta crisis está más viva que nunca, nada ha concluido, y cualquier parecido es un puro espejismo, fruto del deseo de vernos libres cuanto antes de esta horrible pesadilla.

La realidad es muy contumaz y fatalmente elocuente. Acerca de los datos de la vacunación, el ministerio de sanidad cifra que solo el 17% de la población ha recibido al menos una vacuna, cuestión que está muy lejos del porcentaje deseado para que empiece a notarse el apocamiento de la enfermedad.

Las secuelas de los contagios y fallecidos de las fiestas pretéritas suponen a día de hoy una incidencia media acumulada de algo más de 200 contagiados y de 126 muertes en las últimas veinticuatro horas, situación que se califica de alto riesgo. Y, aunque el nivel de esta cuarta ola es inferior al de las anteriores, no por ello deja de ser una furiosa embestida con las consecuencias consabidas.

Por último, el desafortunado anuncio del actual estado de alarma, garante de las restricciones sociales, no va asociado al fin de la enfermedad, sino a la desaparición de las necesarias medidas restrictivas de movilidad, que ponen en peligro la salud social. Debería meditarse con más serenidad la utilidad de este recurso constitucional por parte de las autoridades competentes.

Puede ocurrirnos como al errante en el desierto, que ve en el horizonte iluminarias y espejismos por el deseo de salvarse, siendo que no hay otra cosa que dunas interminables y un sol castigador que todo lo abrasa. Seamos sensatos con la realidad de la pandemia y, sobre todo, sigamos siendo cautelosos y empecinados en seguir con las prácticas acostumbradas. Porque el coronavirus aún vive entre nosotros, proyectando su larga y fatídica sombra.

En este contexto.

Hoy, día 8 de abril, jueves, la pandemia sigue veloz su galope en todo el mundo. España registra en las últimas 24 horas 168 contagios de incidencia media y la dolorosa cifra de 126 fallecidos. En consonancia, las UCIS de nuestro país sufren una presión notable. Y no se ha llegado aún al peor momento, pues debe esperarse el embate de la pasada Semana Santa que, a pesar de las restricciones de movilidad entre las CCAA, se ha visto tocada por la irresponsabilidad de algunos grupos licenciosos y caraduras.

También se ha agitado en las últimas horas la idoneidad de la vacuna AstraZéneca, que por cierto es la mía. Al final solo será administrada a los comprendidos entre los 60 y 65 años.

La situación mundial deja secuelas dramáticas. El número de contagios suma ya 133.000.000 millones de personas, y la cifra de decesos apunta casi a los 2.900.000 de seres humanos. La tragedia sobrepasa las peores expectativas y, sin duda, no es erróneo pensar que la humanidad está arrostrando la peor crisis del siglo XXI.

Al día de hoy, 8 de abril, la deseada unidad de la clase política sigue siendo una quimera, cuestión que pone en peligro o retrasa la salida de la crisis económica y social. Como muestra, las anacrónicas e indeseadas popularmente elecciones de la Comunidad de Madrid abren cada vez más una contaminante e irreductible brecha entre las fuerzas de izquierdas y derechas, que amenazan con la cohesión social, y el entendimiento y el progreso ya no solo de las personas de esta región, sino de los españoles.

Hoy, 8 de abril, el cambio climático es la larga sombra que se cierne sobre la frágil piel de este país, de espaldas a la crudísima realidad del aumento de las temperaturas, porque de momento no pasa nada grave. Se advierte que la suerte del futuro inmediato de la tierra está marcada por este inexorable problema, que empezó a  forjarse en los albores de la Revolución Industrial, y que sigue un camino nefasto imparable (sequía, hambruna, migración masiva, deficiencia de recursos naturales, desigualdad, más pobreza…).

Ayer, me llegaba al alma el rostro de un niño mexicano, de ojos redondos como el pan, que gimoteando por el miedo imploraba ayuda a un policía de frontera para salir del desierto del Río Bravo y encontrar un abrigo en otro lugar más seguro.

En este contexto nada pulcro, hoy, 8 de abril, espero tranquilamente a que den las 15,00 horas de esta casi tarde para recibir con esperanza la primera dosis de la vacuna Covid-19. A ver si ella es capaz de cambiarnos a todos, aunque sea un poco.