Vuelta a lo mismo.

 

La salida de vehículos de las grandes ciudades durante estos días en busca de las soñadas vacaciones ha sido frenética, incluso desesperada. Cuatro millones y medio de coches colapsaban una vez más las principales vías de salida en la ciudad de Madrid –y pensaba que “de Madrid al cielo”, no al pueblo o la playa-, en dirección a los lugares veraniegos de destino. Y lo mismo puede decirse de Barcelona, Valencia, Sevilla, eso que se ha venido a llamar las metrópolis españolas.

Pero, si por tierra se tomaban las carreteras, por el aire otro tanto ocurría con los aviones. Se han abierto los corredores europeos de turistas, y ya son muchos cientos de vuelos los que se registran cada día en nuestros aeropuertos.

Inopinadamente se ha pasado del encierro doméstico a la desbandada general por tierra, mar y aire. ¡Quién lo diría! Porque el problema de la infección del virus que nos atañe desde Marzo,  incluso antes, aún no se ha resuelto, y por lo tanto, debería esperarse mayor responsabilidad en la población. Los resultados empiezan tempranamente a manifestarse con los primeros rebrotes de contagio, que sin duda aumentarán a medida los ciudadanos incrementen su presencia en las calles, plazas, playas, bares y piscinas de nuestro país.

Pero, todavía no se ha cerrado la gravísima pandemia, y volvemos a repetir desgraciadamente los esquemas de siempre: Largas procesiones de coches a la entrada y salida de las urbes, accidentes mortales en las vías, innumerables aviones repletos surcando los cielos…No hemos salido de una crisis, y nos metemos en otra, aunque sea ya muy antigua. Me refiero al problema de la contaminación, que está generando penosas consecuencias, como es el cambio climático.

Me acuerdo de un terrible y descorazonador dato que encontré hace tiempo en el discurso de ingreso a la Academia de la Lengua del excelente narrador Miguel Delibes. Señalaba que un avión que hace el vuelo de París a New York en seis horas, consume una cantidad de oxígeno equivalente al que realizan 25.000 personas en ese mismo tiempo. Multiplicado ese consumo por los cientos de vuelos diarios, entiendo que el oxígeno sea cada vez más un bien escaso. Por no hablar del efecto invernadero, y en consecuencia, del cambio del clima a nivel mundial.

No me siento optimista ni pesimista. El crudo realismo constata que, a lo mejor, hemos aprendido muy poco durante el confinamiento obligado y necesario de estos tres meses pasados. En resumidas cuentas, que se hace cierto lo de los ejercicios espirituales de mi generación: salíamos con las mejores intenciones, pero al rato aquellos primores de filantropía se diluían, se iban por el desagüe del olvido. ¡Qué lástima!

 

Calles vacías, calles llenas.

 

 

Sin duda, el contraste es notable. Son dos escenarios opuestos, como lo son el cielo inacabable y la tierra finita, el día incólume y la noche oscura.

A la llegada a Alcalá de Henares, la vía Complutense era una larga avenida, solo ocupada por coches aparcados, en la que no había ninguna presencia humana. Allí hube de desplazarme por un deber inexcusable, a principios del mes de abril, cuando el confinamiento estaba en su momento más álgido y la pandemia registraba día tras día elevadisimas cifras de fallecimientos. Todos vivíamos a la sazón aquella situación con verdadera angustia. Quise salirme de la ruta y retrasar, aunque fuese solo por unos minutos, la llegada al punto de destino, por el prurito de ver una vez más el centro histórico de esta espléndida ciudad, Patrimonio de la Humanidad.

La calle Mayor porticada, de viejos y achacosos soportales, se prolongaba alargada en medio de un silencio estrepitoso, solo transida imaginariamente por los numerosos e ilustres personajes de ayer y de hoy (Lope, Quevedo, Nebrija, Cisneros). Rectangular, la plaza Mayor, antaño mercado central, tan solo estaba ocupada por la estatua de D. Miguel de Cervantes, erguido sobre un alto pedestal blanco, y vestido a la usanza de la época dorada de la literatura española. Enfrente, el corral de comedias esperaba mejores días. Tampoco había nadie ante la impresionante fachada de la universidad, que había echado los postigos y cerrado las aulas hasta mejor ver.

La visión del vacío y la soledad que pude percibir en Alcalá, parecería un sueño (onírica), propio de una película, si no fuera que una terrible pandemia había dejado desiertas las calles y las plazas de nuestros pueblos y ciudades.

Ahora, volvemos a salir, ocupar los espacios rurales y urbanos, escuchar el bullicio de los transeúntes, el ruido apacible y desapacible que todas las ciudades del mundo son capaces de producir, en fin. Me imagino que Alcalá ha vuelto a sentir el pulso de la vida, una vez más.

Pero no hay que engañarse: Solos o acompañados, la pandemia aún no ha sido doblegada, por desgracia. Por eso, todos, sin excepción, debemos extremar los cuidados para que esto pase lo antes posible. Los demás, la especie humana, merecen este sacrificio.

 

 

 

Vida insólita.

 

 

Acabamos de recuperar lo que teníamos antes del 14 de marzo, es decir, la vida normal de cada jornada. Se acabó el confinamiento -esperemos que no tenga que repetirse- y salimos a la luz del día con el ánimo de vivir a fondo cada minuto que se nos regala. Como gazapos que salen de la madriguera, husmeamos el viento, algo cálido por estas fechas, y damos titubeantes los primeros pasos fuera del abrigo del cubil.

Todo sigue igual, al menos lo aparente, lo sensual, es decir, lo que nos entra por los cinco sentidos (el kiosco sigue en la plaza, los aleros descalabrados del viejo palacete aún siguen amenazando al viandante…), pero han cambiado algunas cosas anímicamente. Por ejemplo, el duelo inevitable de los fallecidos por la pandemia, la percepción de la prevalencia de la investigación y el desarrollo científico-sanitario, la unción de la unidad de todos contra el enemigo común, la asunción positiva del carpe diem porque no sé qué puede suceder mañana, el aprecio de las buenas gentes solidarias, etc. etc. Esto es lo que le sucede a la mayoría, pienso, en estos momentos de vuelta a la normalidad.

Sin embargo, como recién salidos de los nidales, debemos permanecer atentos, vigilantes, porque el peligro que nos obligó a enclaustrarnos en las casas aún sigue vivo, incluso redivivo, dispuesto a seguir asesinando impunemente.

Y muchas son las formas o maneras como ataca. Por ser breve, las fiestas masivas, botellones y fiestas particulares, suponen un riesgo evidente para la propagación del taimado; las playas atiborradas de bañistas sin orden ni control aumentan las posibilidades de contagio; la utilización masiva del transporte público y privado, al margen de las medidas profilácticas, incrementan el peligro. Y una larga lista, que se obvia.

Tomar las calles, viajar a destinos deseados, encontrarnos con los seres queridos, no es en este delicado momento retomar la vida como hasta ahora lo habíamos hecho. Más bien, es tomar la vida como algo insólito, que obliga a adaptarnos al nuevo estado de cosas y modificar los hábitos pequeños o grandes.

La vida sigue estando en juego.

 

 

 

 

 

 

 

Heterodoxias.

 

Los períodos críticos, como el que estamos viviendo, parece que son propensos a los deliquios de algunos. Es verdad que la acumulación de acontecimientos adversos, las plagas, pandemias, guerras, asesinatos, han sido aprovechados por personas extremas para propalar al mundo extrañas y falaces opiniones, con la intención de crear aún más confusión, miedo, o macabra adicción al bulo. Pero no está justificado, al menos, moralmente.

Entre las últimas doxas, propagadas a propósito de la pandemia, figuran la de que las vacunas en vías de investigación son una carga del diablo porque utilizan células de fetos humanos preparados exprofeso para esto, o de que llevan incorporadas mecanismos secretos para controlar la acción de las personas y, por lo tanto, someter la libertad a las instrucciones de Bill Gates, por ejemplo, u otro plutócrata de turno.

No faltan tampoco quienes niegan la existencia misma de la pandemia, tratándola como una simple “gripecilla” de poca monta, o reduciendo el número de fallecidos a niveles muy por debajo de la realidad -¡ojalá fuese verdad!-.

Lo cierto es que hay un grupo de personas (¿locos, insensatos, dogmáticos, ignorantes, faranduleros, charlatanes, embusteros, radicales, protervos, bergantes, ingenuos…?), que aprovechan este duro período para extender el caldo de sus sutiles doctrinas.

No hay otro camino ante esta cuestión que el seguimiento de la Ciencia y la aceptación de las razones de los científicos. Nada tiene que ver la Medicina ni la investigación del siglo XXI con la que se practicaba en época cervantina (aún se sacaban las muelas con tenazas), ni en tiempos del padre B. Feijoo (“el Arte médico todavía está muy imperfecto”). En la actualidad, la ciencia, entendida como suma de conocimientos empíricos, es decir, probados mediante la experiencia, y organizados en categorías universales, ha alcanzado un alto nivel, y por lo tanto, es el instrumento más idóneo para doblegar y vencer esta enfermedad mortal. Por si fuera poco, la OMS, institución de la ONU para el control y seguimiento de las enfermedades mundiales, avala y resume aquel desarrollo científico-sanitario

Hay que combatir desde la razón los falsos cantos de sirena. Las opiniones o creencias personales de los legos o advenedizos no interesan. Ahora, démosle la voz a la Ciencia, que a buen seguro nos sacará de esta, más pronto que tarde.

La unidad nos hace fuertes.

 

 

El próximo 21, a las 00,00 h.,  acaba el estado de alarma y, por lo tanto, algunas medidas restrictivas que se han aplicado durante este período. Especialmente notable será la libre circulación de todos los ciudadanos a través del territorio, lo que supone la devolución de este derecho básico, suspendido que no eliminado, por mor de la necesidad sanitaria.

Acaba una manera especial de aplicación de la Constitución, pero no una forma de vida, pues las normas preventivas de contagio deben seguir aplicándose porque la infección y enfermedad provocados por el funesto virus aún no se han eliminado desgraciadamente. Es más, a partir del 21, será urgente extremar la praxis sanitaria a que nos hemos acostumbrado, porque las actividades sociales, laborales y lúdicas aumentarán las probabilidades de contagio.

Puede afirmarse con toda rotundidad que el éxito de la reducción del contagio ha sido/sigue siendo la irreprochable unidad de todos los españoles en el seguimiento generalizado del confinamiento. Excepciones ha habido, pero, por fortuna, pocas. Las familias, agrupadas bajo el signo de la lucha contra el aislamiento del virus mortal, unidas en torno a esa bandera anti-muerte, asumimos las tareas caseras, siendo capaces de desplegar toda clase de acciones para atender las necesidades intramuros (educación de hijos, atención a sus necesidades, tareas laborales, compartimiento de vida…).

Sin embargo, hay que decir con dolor y tristeza que la unidad no ha estado presente en los políticos que nos representan. He podido y he querido seguir, mañana y tarde, cada uno de los debates parlamentarios planteados con ocasión de las peticiones del gobierno de prórroga del estado de alarma, y la conclusión siempre la misma: Me atribula la ausencia de unidad. Contraste estrepitoso y amargo entre la unidad del pueblo y la desunión de los políticos.

Recuerdo un suceso aparentemente banal, pero que, bien mirado, no lo es. Todos los días, muchos jóvenes de la cuenca de Langreo nos desplazábamos a Oviedo en autobús para asistir a las clases en la universidad. Una de aquellas mañanas, invernales, noté un soplo de aire gélido por una de las ventanas. Alcé la mano y quise cerrarla, pero el cristal de la ventanilla no se movía. Por detrás, la mano de otro muchacho se sumó a la mía, éramos dos tirando fuerte en la misma dirección, y la ventana por fin se selló. Él comentó: “La unión hace la fuerza”. A pesar del tiempo y del espacio, seguimos siendo buenos amigos.

Llega el momento de la reconstrucción de este país. Llega el momento en que nuestros políticos deben vencer sus debilidades y formar un solo bloque, rocoso como el pedernal, para ir dando soluciones conjuntas al grave problema social y económico de España. Porque la unión nos hace más fuertes y nos impulsa más deprisa hacia la verdadera normalidad. “La unión, -decía mi amigo-, hace la fuerza”.

 

 

 

 

Las colas de la necesidad.

 

 

No hay duda de que el confinamiento que hemos pasado, a punto de acabar, es desde el punto de vista de la epidemiología el medio más eficaz en la lucha contra el mortífero virus. Es una tradición que viene de lejos. En el año de 1348, diez jóvenes de estirpe nobiliaria se encierran intramuros de una suntuosa villa, a las afueras de Florencia, para protegerse de la peste negra, la que entonces provocaron las ratas en toda Europa. Tal es la técnica narrativa que Bocaccio utilizó para escribir uno de los relatos más universales de la literatura, el Decamerón. Lo relevante en este contexto –al margen del valor indubitable del libro- es que el confinamiento ha sido desde siempre el medio profiláctico por excelencia para cortar o reducir la transmisión de los agentes infecciosos.

Pero el grave problema que encierra este acto claustral y necesario es el drama económico y social a que conduce, pues la ausencia temporal del “no ocio” o negocio, fuente de la producción, el trabajo, el empleo, y el bienestar económico, precariza la situación de las personas. Nunca mejor dicho que en el remedio va también el problema.

Al español derecho, quiero decir al hombre de bien, le duele en este momento las colas, a veces muy largas, de personas depauperadas, que solicitan bolsas de alimentos para subsistir. La acción solidaria de parroquias, vecinos espontáneos, diversas organizaciones laicas o religiosas, mitigan en lo posible las necesidades más básicas de tantos damnificados.

Pese a todo, y a los esfuerzos solidarios de muchos españoles, la eficacia de esas acciones no es total sin la intervención de las instituciones públicas. No depende el bienestar social solo de la caridad de personas u organismos comprometidos, sino sobre todo de la actuación de un Estado Social y de Derecho, fuerte y vigoroso.

Hoy es un día para sentirse satisfecho por el desarrollo de la Constitución de 1978, pues se ha aprobado por primera vez en la historia de España una ley de ingreso mínimo vital. Ella servirá para ayudar a los sin nada, a los infortunados que, mire por donde, podemos llegar a serlo todos o casi todos, si un día inesperado las circunstancias se volvieran aciagas.

Una lectura de fondo: Para la aprobación de la ley ha existido casi un consenso de los partidos políticos. Si esto se repitiera mañana y pasado, se habría conquistado la unidad política necesaria para encarar con más posibilidades de éxito la reconstrucción del Estado. Entonces, sí, habría otra razón para sentirnos, por dos veces, satisfechos.

 

 

Cuando se es joven.

 

Vienen a la memoria los versos autobiográficos de Jaime Gil de Biedma, que dicen:

“Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante”.

No es el momento de lamentar el paso del tiempo, pero yo también fui joven. Tenía todas las bondades y defectos de los jóvenes de mi generación, pero era común a todos la convicción de que la muerte no iba con nosotros. Como si fuese un fantasma, ni siquiera nos planteabamos su existencia. En todo caso, eso habría de suceder cuando el invierno cubriera de nieve nuestras vidas, ya muy tarde.

La primera vez que me di cuenta de que la vida no hay que tomarla a broma fue el fallecimiento de un amigo. Luego se encadenaron otras dolorosas ausencias, como la de mi padre y, poco a poco, tomé conciencia de que la muerte es la otra cara real de la vida. La experiencia nos va colocando en nuestro sitio.

No queda mucho para que los ciudadanos salgamos del actual estado de alarma. Volveremos entonces a tener  una vida “normal”, aunque esa normalidad no coincida con la que teníamos antes de la pandemia. Quiero decir, la libertad plena que se va a recobrar -y no es que se haya perdido, sino que se ha matizado en algunos puntos- deberá ir acompañada de restricciones personales y colectivas. En una palabra, ahora más que nunca es y será necesario el esfuerzo escrupuloso de toda la población para evitar el contagio del virus, y, por lo tanto, la evitación de sus funestas consecuencias. Al menos, mientras la vacuna redentora no se haya descubierto.

Todos y los jóvenes, especialmente, dotados de muchas buenas cualidades, pero faltos la mayoría de experiencias vitales, debemos estar atentos en los próximos días, meses, para no caer en la apatía, la indolencia o la irresponsabilidad. No más botellones, ni tumultos, ni algarabías, pues la vida va en serio, como escribía el poeta.

 

 

 

 

Ejemplaridad.

 

 

No es difícil imaginar las escenas de compromiso y entrega de nuestros sanitarios en lo que llevamos de lucha.

Por los pasillos de los hospitales, algunos enfermos permanecen postrados en la camilla, pero otros, ni siquiera. Los más privilegiados pasan a las camas. Pero llegan más y más, y no hay sitio para todos. Los enfermos y auxiliares acuden a donde más los necesitan. Los celadores suben y bajan entre la confusión y el aturdimiento. Los médicos no cesan de moverse, diagnosticando, auscultando, medicando. Falta tiempo para poder atender a todos como se quisiera y aconseja la buena praxis, pero es tal la avalancha de afectados que no se puede hacer más. Y por si fuera poco, asisten a riesgo de sus vidas a sus pacientes a casi pecho descubierto, porque faltan las batas necesarias, los broqueles que amparen los dardos mortales del virus. Luego, sí van llegando los trajes y mascarillas, y siguen en sus puestos atendiendo cada uno de los casos graves y menos graves que pasan por sus manos. Nadie tiene tiempo para pensar. Tampoco las limpiadoras llegan a todos los rincones, pues cuando alguien se va, otro ocupa su lugar. Solo, cuando el sanitario regresa a su casa o al hotel que lo acoge para no contagiar a sus familiares, cae en la cuenta de que está muy cansado y hasta se viene abajo. También aprovecha la noche de descanso para llorar las lágrimas que no pudo derramar en el tráfago del combate. Y se acuerda, incluso, de que tomó la mano de aquel anciano ausente, de la mujer que preguntaba por sus hijos, y que acarició las mejillas de un hombre que no quería morir. Ese sanitario representó magistralmente los papeles de cuidador profesional, padre, hermano y amigo, como los mejores cómicos de la dramaturgia. Pero, de verdad, pues su corazón estuvo a punto de romperse más de una vez.

Luego, las urgencias masivas de los primeros días pasaron, llegaron refuerzos, se ampliaron recintos hospitalarios y la lucha, cuerpo a cuerpo, entre los sanitarios y el mortal cíclope, se igualó.

Muchos resultaron tocados, algunos cayeron en la lid, defendiéndose hasta el final como héroes clásicos. Ellos se llevaron la peor parte, aunque debe quedar a sus seres queridos, sobre todo, el consuelo de que dieron sus vidas por otros seres humanos, que vivirán para contarlo.

A todos los sanitarios, sin jerarquías, mi agradecimiento y admiración.

 

 

 

Los niños de la guerra.

 

 

Hablan las estadísticas de que la mayoría de fallecidos por el coronavirus tiene más de setenta años.

Avanzada la década de los años veinte, treinta y cuarenta del siglo pasado, nació en nuestro país una generación de niños, que estarían llamados a vivir los períodos más penosos y duros de los últimos cien años.

Al filo de la inocencia, algunos se encontraron metidos hasta el cuello en una terrible guerra fratricida, que arrojó el balance más siniestro jamás antes vivido: Medio millón de hombres españoles partieron al exilio; y 500.000 personas hallaron la muerte en los campos de batalla. Puede uno imaginarse el horror sufrido por esos niños, el miedo vivido día tras día, y las largas noches insomnes, a la espera de que arrebatasen a sus padres por el postigo falso, o de que una bomba se deslizase por los pardos tejados de sus casas. Recuerdo que mi madre retuvo siempre en su memoria aquella mañana en que se fue a la estación de Carbayín con dos de sus hermanos, y en un recodo del camino,  junto a un soto arbolado y sombrío, en el fondo de la cuneta, halló los cuerpos sin vida de dos vecinos, sin zapatos y con las camisas hechas jirones. La guerra era igual para niños y mayores.

No tuvieron tiempo de asimilar tamaña barbaridad, y esa generación se vio abocada a años de miseria y hambre. En medio de un contexto moralmente infame, la comida escaseaba, mientras los estraperlistas hacían su agosto aprovechando las necesidades más elementales de una sociedad famélica. Decía mi madre que comían fabes pintes una vez al día, y mucha boroña, que dejaba una falsa sensación de hartura. Así se iba regateando el hambre, engañándola, aunque, a pesar de todo, la hambruna causó estragos irreparables en la población más vulnerable.

Esa generación adquirió la edad de trabajar, y se reventó el pecho en las profundidades letales de las minas o en las nacientes, por entonces, empresas siderúrgicas, a cambio de bajos salarios. Por otro lado, quienes se quedaron apegados a la vida rural, trabajaban sin descanso día y noche en una economía de subsistencia. Hubo por entonces un inevitable éxodo del campo a la ciudad en busca de horizontes más halagüeños.

Y esa generación tuvo descendencia, y después de los hijos, a quienes dedicaron lo mejor de sus vidas, llegaron los nietos, a quienes no escatimaron esfuerzo y sacrificio, a pesar de la merma del vigor de la juventud y madurez.

Esa generación heroica, que no se doblegó nunca ni se arredró ante la adversidad, no pudo sin embargo aguantar los embates de la bestia negra del coronavirus, que se ha llevado por delante a los últimos supervivientes. Ni la guerra, ni el hambre, ni el trabajo, pudo con ella. Pero sí este mal viento, que se resiste a pasar.

Descansen todos en paz.

 

 

 

 

 

 

Contra la estupidez.

 

El 11 de marzo de este año la OMS declara que el coronavirus es una pandemia, es decir, la existencia de un virus mortal se propaga al mundo entero, pudiendo afectar a cualquier persona que habite este planeta. El mismo organismo propone que los países soberanos deben articular soluciones basadas en la coordinación de los poderes  y la sociedad, soluciones que pasan sobre todo por la reclusión o confinamiento de los ciudadanos en sus casas, y el control epidemiológico mediante pruebas o tests. Estas dos medidas ayudarían a controlar la propagación de la enfermedad.

Ante la gravedad del anuncio, el gobierno de España decide aplicar aquellas normas de la OMS, y especialmente decreta el estado de alarma como instrumento jurídico que mejor canaliza el confinamiento de sus ciudadanos. Simultáneamente, otras voces de la ciencia española e internacional avalan sin fisuras la necesidad de aplicar aquella figura como el método más eficaz contra la propagación del virus. Al cabo de una semanas, el confinamiento se ha mostrado la única manera, a falta de tratamientos virales y vacunas, de frenar el avance de las terribles hordas hostiles.

Hasta aquí, el relato abreviado de esta triste y trágica historia, que ha dejado muchas vidas en el camino.

Pese a todo lo dicho, hay quienes se han empeñado en negar en nuestro solar común la profilaxis del confinamiento, y se han opuesto desde el inicio a su aplicación. Incluso, aprovechando el desgaste psíquico de los ciudadanos con el paso de los días, proponen en caliente manifestaciones contra la señera y positivisima medida de “quedarnos en casa”. “A sensu contrario”, debe ser bueno, según ellos, salir a las calles con la misma asiduidad y costumbre como lo hacíamos antes de la epidemia. Y de paso, no dejemos de ir al fútbol, los toros, peleas de gallos, carreras de patos, conciertos, cines y teatros, para no dejar de ser también cultos en tiempos de pandemia.

Sencillamente, quienes niegan lo evidente, muestran un nivel próspero de ignorancia o estulticia, por ser más finos. Si además, y esto es más grave, se hace por algún interés oculto, entonces hablamos de maldad, a secas.

 

La prudencia.

 

Poco a poco, todos vamos ocupando las calles de nuestros pueblos y ciudades con el propósito de volver a realizar las tareas habituales, tales como comprar en las tiendas y mercados, acudir al trabajo, pasear sin prisas por las plazas, conversar con quienes se paran, etc. Sin darnos cuenta se va perdiendo el miedo al enemigo invisible, y se aprende casi inconscientemente a convivir con él. Pero, a sabiendas siempre, que él acecha con enorme sigilo en cualquier lugar, rincón o flanco, y actúa astutamente a la chita callando contra cualquier objetivo .

Y esta incorporación paulatina a la vida normal no va a dejar de producirse, hasta que dentro de unas semanas se declare el final del estado de alarma y, con ello, la recuperación de la plena normalidad.

Me preocupa, sin embargo, la posible relajación de las conocidas medidas preventivas de guardar distancias y procurar el enmascaramiento, porque, a pesar del innegable esfuerzo de la mayoría, hay quienes o no se han tomado en serio el problema o se aprovechan de la desgraciada situación para predicar sus proclamas partidistas.

Es por eso que ahora, más que nunca, cuando llega el momento del encuentro bis a bis con el fantasma letal del virus, la sociedad, todos juntos, debemos actuar con la necesaria y correcta prudencia del sabio. De nada sirve haber sacrificado tantas cosas, incluido personas fallecidas, si no se adoptan aquí y ahora toda la batería de remedios al uso.

Hemos aprendido a combatir el miedo, no a eliminarlo, y llega el tiempo de practicar la prudencia pues, al decir de Gracián, es una virtud que evita dolorosas desgracias.

Sin duda, saldremos de esta gravosa situación apoyados en dos báculos: el sacrificio enorme, que la inmensa mayoría de españoles estamos haciendo, y la prudencia exquisita, en la que hemos de fajarnos durante los próximos días. Eso espero.

 

Sobre la unidad en la contienda.

 

 

España está viviendo el segundo acontecimiento más infausto desde hace cien años. El primero fue la fratricida e injustificable guerra civil de 1936. Es sabido por experiencia y sentido común que de las graves y profundas crisis solo se sale con la unidad de todos los afectos, que al unísono bregan en la misma dirección y adoptan posturas comunes, las que sean, pero a fin de cuentas posturas iguales.

Este domingo, he tomado el coche para alejarme un poco de la casa en que vivo, y ver cómo están las cosas en mi alrededor,  los campos reverdecidos por las generosas lluvias de esta primavera, los montes y sierras menos resecos que otros años, el trigo preparándose para la próxima recolección, las viñas aún inmaduras…También, quería notar el pulso de los pueblos cercanos. La naturaleza está ahí, igual, y aunque cambia, parece que siempre es la misma en el reducido tiempo que nos dejan vivir.

Pero no creería, si no lo viera, que, como si se tratara de una feria, había grupos de personas en comitiva sin medios de protección ni mantenimiento de distancias, capaces de evitar el contagio del malicioso virus.

Añádase que ahora se realizan manifestaciones, por supuesto legales, contra la gestión del gobierno español, sin las medidas profilácticas de turno.

Y súmese a todo lo dicho que casi la mitad del arco parlamentario tira de la sirga en sentido opuesto a la otra mitad, apocando no solo las fuerzas sino también las esperanzas de triunfo.

No sé qué pasa en España, que una vez más, ante los problemas verdaderos y profundos, se opta por la división, el segregacionismo, en vez de la irreductible, sólida y eficaz unidad de todos los españoles, sin distinción de credos, “logismos”, o partidismos. Alguien bautizó a este país como “cainista”, que aunque a mí no me gusta, la realidad se empecina en parecerlo.

Porque el diabólico virus es un asesino que mata sin distinción y en silencio. Eso sí, con mucho sufrimiento.

Salud, siempre.

 

 

La salud es algo que hemos valorado, sobretodo, cuando la hemos perdido por algún mal. Todos tenemos algún caso personal que contar. Pero conservo la imagen de mi tío Manolo, al que solía ver apostado en las barandas de una céntrica calle de mi pueblo natal. Al allegarme a él, la primera pregunta que salía de sus labios, ya amoratados por la larga enfermedad, era acerca de mi salud. Yo, joven, extrañado, le respondía que bien, pero me parecía poco o nada importante, una nonada. Deseaba que me inquiriera por los estudios o las compañías o la vida en pequeño. Su contestación era que eso era lo principal, la buena salud, y que lo demás no tenía mayor interés. El tío Manolo pasó su penosa vida en la mina. Primero en un monte de Oseja de Sajambre, donde los inviernos eran durísimos y los lobos aullaban por las noches, extrayendo mineral de unos pozos subterráneos. Luego paso a las minas de Carbayín, y las partículas de sílice del carbón fueron abriendo surcos mortales en los pulmones, como veneno en los cavones de la tierra recién labrada. Para el tío Manolo la salud era el principio y el fin de su vida, lo era todo, porque la perdió casi desde niño.

Ahora, centenares de miles de personas no tienen buena salud, contagiados por este letal y perverso virus; mientras que otras decenas de miles han muerto, solos, sin sus seres queridos, acaso asidos desesperadamente a las manos de un enfermero o médico, que les han dado las últimas palabras de amor. Porque la salud también la han perdido y la pandemia los ha vencido.

Sigo sin comprender la postura de quienes creen que esto es una broma, saltándose las normas y jugando con la muerte; pero sobretodo, no puedo entender ni aprobar la actitud de quienes anteponen la economía a la bendita salud, sobre la que mi tío Manolo redactó un ensayo ejemplar.

 

Cuando la lectura es una utopía.

 

A lo largo de la historia española, las fuentes documentales  aseguran que la lectura ha sido un ejercicio exclusivo de las élites, hasta que, avanzado el siglo XX, la clase media aparece en escena. Leer hoy,  por consiguiente, es un asunto de todos, o mejor dicho, de todos los que quieran.

No me imagino a un campesino medieval seguir emocionado la lectura de los versos de Manrique, ni a un jornalero del siglo XVI o XVII hinchar su corazón con los amores de Salicio y Galatea, o nutrir su seso con los conceptismos de Gracián. Porque la lectura fue un privilegio de algunos clérigos, nobles y burgueses, que accedieron tardíamente a la mal repartida riqueza social.

Lo mismo puede decirse de los últimos siglos, a pesar de los amagos ilustrados de la Institución Libre de Enseñanza (1876), de carácter privado, y de las Misiones Pedagógicas, que captaron a eméritas figuras, como María Moliner, para promover las primeras bibliotecas en los pueblos y villorías españolas. Ni Clarín ni Zorrilla ni Baroja, resultaron a la sazón de uso común para la inmensa mayoría.

En las postrimerías del franquismo y albores de la democracia, la lectura se populariza en el mejor sentido de la palabra. Mi primera obra de lectura seria sobrevino en COU, “La desheredada”, año de 1977, fecha en la que la enseñanza  reivindicó la figura de Benito P. Galdós y su narrativa, tan abundosa y precisa. Por entonces, el pueblo llano, las clases medias, con muchas limitaciones, accedían gradualmente a las bondades que suministra la lectura.

Cuando durante este necesario confinamiento, muchos españoles han encontrado una vía de escape en el hecho lector, cada vez estoy más convencido de que las élites (políticas y económicas), han dejado de leer, por hacer mudanza en la costumbre. Obviamente, hay excepciones honrosas, que confirman la regla.

 

 

 

Vuelta a la escuela.

 

La primera vez que fui a la escuela tenía más o menos seis años, algunos años más que en la actualidad, en la que se entra al ágora desde que se nace. Recuerdo el aulario tosco y enorme, entrevisto desde la perspectiva de un niño pequeño y tímido. Dña. Raquel y D. Luis eran los severos profesores encargados de mostrar a sus alumnos el camino iniciático de las primeras letras. Y ya ese camino, se estiró hasta los veinticuatro años sin solución de continuidad.

La segunda vez que volví a la escuela-instituto lo hice como profesor y, aunque pensaba que era una persona talluda, me di cuenta de que seguía siendo el niño pequeño y tímido de los primeros tiempos. El camino siguió alargándose hasta que, entre titubeos, aciertos y errores, llegó hace seis meses el momento de la jubilación, que quiere decir “regocijo o felicidad”. Aprender de ellos, los alumnos, y aprehenderme ellos a mí, han sido los dos principios que han guiado mis pasos por esta profesión, que debe ser además vocación.

Y retorné a la escuela-social por tercera vez con motivo del confinamiento obligatorio, al que nos ha llevado el problema mortal del coronavirus. Por un lado, he vuelto con los horarios (salida de 6 a 10 horas, unos; después, de 10 a 12 horas, otros, etc. etc.). Además debo repetir las asignaturas que creía aprobadas (en Oratoria ha de estarse a la norma del laconismo de Tácito; la Gramática recomienda el uso correcto de la oración simple en detrimento de la subordinación; las Matemáticas  previenen que la multiplicación por metro cuadrado es una operación de alto riesgo; el Urbanismo y la Higiene son ahora materias troncales). En fin, a estas alturas, y con todo lo que me ha llovido, reconozco que aún no he podido liberarme de la escuela, como me hubiera gustado.

Sin embargo, la Escuela siempre nos ha hecho mejores y más capaces para ser personas de bien. Por eso, no me canso de repetir que “a mandar, señores profesores”, pues además nos jugamos la vida.