Suso de Toro y Xurxo Andrés Lobato. La Flecha amarilla. El Camino hacia Santiago.

la flecha amarilla

 

                Suso de Toro, hipocorístico de Xesus Miguel de Toro Santos, nace en Santiago de Compostela en el año 1956. Se licencia en Geografía e Historia, especialidad Arte Moderno y Contemporáneo, por la Universidad de Santiago, y trabaja como docente en Enseñanza Secundaria, además de colaborador en distintos medios de comunicación, tales como El País, La Vanguardia, La Voz de Galicia, entre otros. Ha escrito más de veinte libros de ensayo, teatro y narrativa, género en el que gana el Premio Nacional de Novela en 2003 por la obra Trece campanadas. Es también un importante activista del Bloque Galego al servicio de la defensa de los intereses culturales y sociales de esta importantísima Comunidad.

              Xurxo Andrés Lobato nace también el mismo año de 1956 en la ciudad de La Coruña, y obtiene la licenciatura de Geografía e Historia, en la rama de Historia Contemporánea. Pero a Xurso le atrae sobre todo la fotografía, actividad a la que se ha dedicado en cuerpo y alma y por la que ha sido galardonado con distintos e importantes premios. Singular  resulta el Premio Ortega y Gasset de Periodismo, en la versión de obra gráfica, año 2003, por una impresionante y magistral imagen del Prestige, que se hunde en picado en el mar, mostrando la popa antes de anegarse finalmente en el piélago. Es, según definición de sí mismo, un narrador visual que utiliza la luz.

       Fruto de la colaboración de los dos, escritor y fotógrafo, es el libro La flecha amarilla. El Camino hacia Santiago, editado por Aguilar en 1999.

     El libro es un bello ejemplo de equilibrio a que pueden llegar las letras y las artes, la literatura y la fotografía, firmado por la pluma socarrona y mordaz de un heterodoxo escritor y por la magia creativa de un fotógrafo excepcional. Ambos deciden echarse al Camino en el verano de 1998, como santiagueses que han contemplado desde la infancia la ida y venida de peregrinos de todo el mundo, y comprobar en las propias carnes los sinsabores, la largueza, la dureza o las bondades de la peregrinación jacobea, que hunde sus raíces en la Alta Edad Media. El camino lo realizan también de forma mixta pues ya usan el vehículo para desplazarse a trechos, cargados de los trebejos necesarios, cámaras y otras objetos ópticos, ya andan otros tramos junto a los peregrinos descubriendo los secretos que guardan.

     Es un libro tan heterodoxo como necesario, que enriquece el panorama interpretativo del fenómeno jacobista. No está dividido convencionalmente en capítulos, sino que, partiendo de los pasos pirenaicos de Somport y Roncesvalles, el escritor reparte la totalidad del texto en epígrafes, que encierran  las vivencias más importantes recogidas a lo largo de la extensa toponimia. La técnica empleada en la narración es la del distanciamiento, pues el escritor no desea asimilarse o confundirse con el peregrino, sino que es propósito suyo relatar lo que se vive desde la esfera más objetiva y a la vez crítica. De este modo, a modo de ejemplos, la música gregoriana reproducida en unos discos que suenan en la iglesia de Santa María de O Cebreiro es un artificio impropio de los monjes; censura el hundimiento del antiguo poblado medieval de Portomarín por mor del falso progreso; en el Monte del Gozo, con ocasión de la visita del Para Juan Pablo II en 1993, se levantó algún monumento, que es un verdadero adefesio; en un Hospital del siglo XII se venden baratijas como si nada, convirtiendo un espacio artístico en un mercado de mercachifles; repara en que nadie reza en las iglesias, solo hay bullicio y turismo que busca raciones de románico como quien consume pescado; también se encuentra con dos curas mayores que hablan de los efectos transformadores del Camino, pero que ellos mismos no lo han hecho nunca, platicar es fácil, etc. etc. Sin embargo, en esta lucha titánica del escritor contra “lo rancio o falso”, hay un hueco para la admiración y elogio de la figura central que da sentido total al Camino de Santiago: el peregrino. Probablemente, nadie como Suso, ha entendido la esencia del caminante. Es un ser inmerso en los senderos-a un lado ha dejado, su profesión u oficio, incluso su pasado domestico-que, motivado por alguna razón, busca algo más que no encuentra en la rutina de cada día. Y es por eso, un ser solo, solitario, embebido en la soledad, deseosa y apetecida, e imbuido de lo natural que le rodea, incluso de la idea de Dios. Dice el escritor que el peregrino, dentro de la placenta del Camino, no desea acabarlo ni llegar al fin del viaje porque debe volver a empezar de nuevo la rutina, a veces, el tedio.

      Suso es un narrador rápido, ágil, buen escritor, tan ocupado por dejar discurrir las ideas e impresiones, en una palabra, los contenidos, que a veces margina voluntariamente los alardes de un estilo pulido. Junto a él, las imágenes líricas del su amigo, Xurso, coadyuvan a la creación de un libro meritorio, que no tiene desperdicio. Si no existiera, habría que inventarlo.