Seis poemas gallegos de Federico García Lorca (I).

                    seis poemas gallegos

           Ahora que se aproxima la partida hacia Santiago de Compostela, me llegan desde lejos sus rumores en caballos de plata y es por lo que recuerdo los seis poemas de Lorca escritos en gallego, o mejor dicho, los dos que recuerdan la levítica y melancólica ciudad, Madrigal â cibdá de Santiago y Danza da lúa en Santiago. Los seis poemas constituyeron un libro, editado por la editorial Nós en diciembre de 1935, de título homónimo, ante el asombro de curiosos y extraños que no entendían cómo un poeta de fino duende granadino podía escribir en gallego y, lo que es más maravilloso, sentir la tierra gallega como suya propia. El poemario, a pesar de no ser tan conocido como sus otros libros, gozó de nombradía, incluso musicalmente, pues cantautores e instrumentistas tan relevantes como Amancio Prada y Carlos Nuñez pusieron notas a los versos.

        Tres interrogantes pueden centrar el presente texto sobre esta faceta tan poco conocida de Lorca: ¿Por qué el escritor, de cuna andaluza, escribe de Galicia y en la lengua gallega? ¿Cómo lo hace? ¿Qué cuenta?

           Son algunos los hechos que explican la primera cuestión. En el año 1916 el poeta universal del Huerto de San Vicente viaja a Compostela y queda impregnado de las cualidades terruñas: la lluvia, testigo mudo del tiempo, la melancolía y la furtiva saudade, madre fecunda de la creación artística, sin la cual ni puede ni debe haber obra alguna. Tras la proclamación de la II República española y, en medio del alborozo general del pueblo, el poeta retorna en 1932 y aquellos primeros efluvios cristalizaron en huellas profundas en el sentir del hombre-poeta. Él mismo lo dice: “Me sentí poeta gallego y una imperiosa necesidad de hacer versos”. Pero además Lorca ya conocía y admiraba a Rosalía de Castro, mujer de acendrada melancolía, raro epígono de un Romanticismo tardío, a la que dedicó encendidos elogios entre sus más cercanos amigos. Junto a ella, otras dos figuras, Eduardo Pondal y Manuel Curros Enríquez, forman parte del archivo que el poeta tiene en su imaginario. Por si no fuese suficiente, Federico García Lorca presume en las conferencias del conocimiento de los Cancioneros gallegos y hasta parafrasea versos sueltos, admira los primitivos pero ya lenes poemas líricos del siglo XII al XIV, y lee en lengua vernácula las Cantigas del rey culto Alfonso X o los juegos amatorios de Martín Codax, trovador de Vigo. ¿Puede dudarse pues del galleguismo de Lorca que orientan sus pasos hacia lo esencial-gallego?

         Acerca del cómo, la crítica no está muy de acuerdo. Unos opinan que el vate granadino escribió en castellano que, luego, sus amigos tradujeron al gallego y, aunque se aportan datos, no parece que fuera realmente así. Otros piensan lo contrario, es decir, a Lorca le fluía la lengua gallega como la castellana, pero también es probable que esto no fuese cierto. Para explicar esta cuestión debe estarse a la amistad que Lorca tuvo con dos gallegos eminentes, que además, animaron al poeta a escribir y publicar el poemario, Eduardo Blanco Amor y Ernesto Pérez Guerra. El libro viene prorrogado por el primero, intimísimo de Lorca, y el segundo despierta una honda fascinación en el poeta. De sus palabras extraídas del epistolario que mantuvieron entre ellos, se deduce que el proceso de escritura era muy sencillo, el poeta escribía en gallego, aprendido de sus amigos y lecturas, y estos corregían las palabras incorrectas o los giros idiomáticos impropios. En una palabra, Seis Poemas Gallegos resulta el único libro escrito en gallego por Lorca, y puntualmente corregido por sus mejores amigos.

      Y en cuanto al qué, reproduzcamos las dos canciones y algunos rápidos comentarios.