“El progreso tiene un precio” (Sarria-Portomarín. 24 de julio de 2015)

                   Monasterio de la Magdalena (Sarria)

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   Situada entre los ríos Celeiro y Sarria, se asienta la localidad del mismo nombre, villa amable, suave, de aire encantadoramente provinciano, cuya historia ha corrido paralela a los aconteceres del Camino de Santiago. La Rúa Maior resulta un repecho alargado, flanqueada por tabernas, bares, albergues y hospederías, a la que afluyen travesías y callejas que se colman de peregrinos venidos de todas partes. Ellos charlan, parlotean, platican, miran y descansan, sobre todo, después de haber ollado ya muchas leguas de tierra, aunque para otros supone el comienzo del tramo que los debe llevar a Santiago. El mismo día de mi llegada a Sarria, víspera del comienzo de la andadura, paseo despacio por sus calles, preocupado por la incertidumbre que me produce no saber cómo responderán mis piernas ante el reto que se presenta. El mojón fijado junto al Monasterio renacentista de los Padres Mercedarios de la Magdalena, que regenta un albergue en una de sus fachadas laterales, anuncia que 111 km. separan al peregrino de Compostela, y eso es mucho para el estado mermado en que me encuentro. La noche es un duermevela.

      No ha amanecido y un recuesto prolongado pone a prueba mis condiciones físicas. Por detrás, hornadas de jóvenes dicharacheros van adelantándome, mientras soy consciente de que debo dosificar el esfuerzo para consumar los más de veintidós km. que me esperan. Poco a poco, silenciosamente, rayan las primeras luces sobre las crestas de los montes más próximos y las sombras van dejando paso a la claridad que descubre las formas de la naturaleza, el ramaje del arbolado, el suelo terrero, las pedrizas irregulares, los prados que se deslizan a los lados, algún riachuelo escaso…No se sabe de dónde sale, pero el canto del gallo es continuo a estas horas de la madrugada, que pone una nota musical en el aire agradable y fresco de la sierra. Sobre la retaguardia de oleadas de peregrinos voy ganando en soledad, que recibo con alegría.

      Al poco tiempo, o eso me parece, tropiezo con un cartel que me dirige a la Iglesia románica de Santiago, en el Concello de Barbadello. Este lugar es mencionado en el Libro de la Peregrinación del Códice Calixtino, donde además de recordar la humilde estampa de la Iglesia, detiénese en la mención de que hasta aquí venían los criados de posadas y tabernas de Santiago de Compostela para ganarse la clientela para sus amos. Se les imagina voceando:

¡Vengan, vengan y hospédense en el mejor palacio de la ciudad, buenos precios y excelente descanso. Nadie les dará más por tan pocos reales. Anímense, santos y biendichos peregrinos!

     El camposanto se extiende anejo a la iglesia sin muro ni piedra que los separa. Parece que aquí hubo un monasterio dúplice o doble (vivían, aunque separados en dos congregaciones, abades y monjas, hasta que el Concilio de Letrán decide la supresión de aquellos por las maledicencias, se suponen, del vulgo), por lo que a esta parroquia se la conoce como la del mosteiro. Es una iglesia sencilla del siglo XII de la que llama la atención la fachada oeste: la portada presenta tres arquivoltas que descansan en capiteles con figuras de animales. Miro con detalle y se observa que el tímpano representa una figura de un hombre con los brazos extendidos y debajo, la cara de un animal. Es la simbología de esta época románica.

     Camino arbolado en Mercado da Serra

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      El camino continúa por un deleitoso lecho. A la altura de los caseríos de Mercado de Serra y Leiman se discurre por largos senderos abrigados por las copas de castaños y robles, formando avenidas sombrías que refrescan aún más el ambiente. Al salir de estas magníficas calles rurales se dejan a los lados prados y más bosquejuelos de carbayos donde pastan ajenas al paso de los peregrinos las vacas que, en esta hora, no disfrutan del verde manjar a que los lluviosos veranos gallegos las tienen acostumbradas. Y es que la sequía es un suceso catastrófico en estas tierras.
No cae ni una gota, me confesaba esta mañana un amable hostelero de Sarria cuando tomaba el temprano desayuno.
Y el maíz no crece, el prado no se regenera, Galicia no es Galicia ¿O qué?
Algo pasa, respondo, porque este tiempo no es normal, amigo.

      En Mirallos se encuentra el peregrino de bruces con la Iglesia de Santa María. Es también una edificación del siglo XII, que consta de un cuerpo de portada románica y una espadaña con dos airosas campanas que se añadió en el siglo XVIII. Por más detalle, las arquivoltas están adornadas por unas tiras ajedrezadas, motivo que se repite a lo largo de las iglesias del Camino de Santiago y que por crearse este adorno en la Catedral de Jaca, recibe el nombre de “ajedrezado jaqués”. Fuera de la iglesia reposa, además de los muertos del cementerio aledaño, una pila bautismal que decora el prado bien cuidado del solar religioso.

                                                                                                                                                         Iglesia de Sta. María (Mirallos)

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   Las aldeas de Moimentos, Mercadoiro y Moutrás se suceden hermosas, y por último, Vilachá me lleva hasta las primeras vistas del río Miño. La aldea gallega es un núcleo de casas viejas, huertas y prados. Son casas de muros de lajas de pizarra en su mayoría, y de tejados del mismo material que se cierran en anchos aleros. Los ventanales dobles, franqueados por postigos que protegen los interiores de la humedad y las lluvias. Anejo a la vivienda, las vacas o cerdos, aunque menos, ocupan las cuadras, y se extienden feraces huertos que aportan el consumo doméstico lechugas, patatas y legumbres de alta calidad. No falta tampoco en esta estampa rural la silueta secular del hórreo rectangular, donde se depositan las cosechas y granos de maíz para conservarlos oreados por las brisas y a salvo de los roedores o culebras que buscan el codiciado alimento.

      El río Miño y Portomarín al fondo

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       Sorprende el río Miño que se detiene ancho e inmenso, como atrás los campos de mies en Tierra de Campos o las hiladas de cepas de La Rioja, en las estribaciones de Portomarín para formar el embalse de Belasar, el segundo más grande de Europa. Un larguísimo puente me sitúa sobre él y me deja al pie del puente románico que conduce al peregrino a la entrada de Portomarín. Observo a la izquierda el farallón de una torre o algo parecido que me recuerda que el antiguo y medieval pueblo de Portomarín yace sepultado bajo las aguas. La historia se remonta al año de 1963 cuando se inaugura este pantano para la producción de energía eléctrica, por mor del Generalísimo Francisco Franco. Por entonces ya se trabajaba en la ubicación de los lugareños en un nuevo Portomarín, situado en la margen derecha del río, sobre el Monte do Cristo e inaugurado por su promotor en el año 1966.
Nadie dijo nada. No se podía. Cualquiera se atrevía a rechistar, comenta un vecino ya retirado que encuentro sentado en un banco de la plaza central del pueblo.
Yo nací aquí e incluso trabajé en la construcción del embalse. Luego, fui un buen trabajador de la Central Hidroeléctrica. Y ya ve…lo que para unos fue bueno, para otros no, aunque es verdad que con este embalse se produce energía para toda Galicia.
Ingenuo, pregunto algo que probablemente muchos se hayan preguntado:
-Y ¿por qué no se desvió el trazado por otros puntos para evitar el desastre del enterramiento?
Porque se hacía lo que Franco quería, y a mandar, que para eso ganó una guerra.
¿Y la Cultura, el Patrimonio artístico, el sentimentalismo de cientos de generaciones que habitaron el pueblo hundido?
Oiga, eso ya nadie se lo plantea, ni siquiera nunca se planteó. Hay que comer y hay que trabajar.
Buenos días, amigo. Él se quedó con unas nietas, supongo, que se aproximaron cuando yo parecía que le molestaba por alguna razón.

      A pesar del gran desastre leo que el pueblo de Portomarín ha desplazado in extremis las piedras de la Iglesia-fortaleza de San Juan, que hoy ocupa el centro de la villa, y las ha colocado una sobre otra para reconstruirla de nuevo. Lo mismo ha hecho con la portada occidental de la Iglesia de San Pedro, situada en el extremo de una de sus calles, y con un arco del Puente Románico. Lo demás, duerme hundido bajo la gris superficie del Miño, como un Titánic soberbio, casas, piedras, sillares, emociones y sueños de generaciones de seres humanos, que a veces, durante los otoños sedientos, dejan asomar el esqueleto de las ruinas, voces de un pasado que no debe olvidarse.