“Los descubrimientos” (Samos-Sarria. 8 de agosto de 2014)

        Paisaje con niebla en Aguiada 

        P1110002Esta es la etapa más corta del trayecto porque ayer recorrí la mitad, prolongando la marcha desde Triacastela hasta Samos, y he dejado la otra mitad para el día de hoy. La intención no es otra que adelantar la llegada a Sarria y tomar algún medio de locomoción, tren o autobús, que me desplace a Ponferrada donde me espera mi hija. Pero no por ello ha sido menos importante que las demás. Se sale muy temprano cuando aún la noche está cerrada, a la vez que otros peregrinos madrugadores, que miran, revisan y ponen a punto las botas o la mochila. También decido con el mismo propósito seguir la carretera porque me dijeron que la distancia se recorta respecto a los caminos terreros que serpentean entre los prados y cuetos del interior. Es verdad que se pierde el encanto de los lugares vetustos, la atracción que ejercen esos suelos transitados secularmente, pero hoy es prioritario llegar enseguida a Sarria.

    -¡Buenos días, hoy anuncian lluvias por aquí!

    – “Orbayu”, digo, que como no se pongan medios cala hasta los huesos.

   Y, en efecto, aparece el orbayu, esa sutil cortina de agua que va formando ya limpios charcos ya diminutos arroyuelos que se pierden en la orilla. Clarea la mañana y torna la naturaleza. Extensas praderías se prolongan a ambos lados de la carretera, tachonadas por pequeñas y desiguales pedazos de tierra labrantía de maíz, sobre todo, y rematadas por delicados lazos de niebla que dejan entrever al fondo las montañas que cierran el paisaje. Nuevamente las brumas, que surgen fantasmales entre peñascos y valles, vuelven a acompañarnos a lo largo del viaje.

    – Esto se acaba. Ya no dispongo de más tiempo. ¡Qué mal! Hubiera llegado a Santiago con cinco días más. Pero qué le vamos a hacer. Debo vivir ahora este momento, y oler este aire, y ver este paisaje, y escuchar este silencio, y tocar estos recuerdos…tocar estos recuerdos que me soplan, me enfadan, me hieren, me hacen de todo. ¿Por qué pasan cosas que no entendemos? Claro que los recuerdos van con los rostros que los producen y eso me lleva a otro sitio y me produce otros efectos más calmados, suaves, casi como caricias. ¿Y por qué recordar? ¿Por qué no olvidar? No, no puedo. ¡Me cago en la leche! Y, a pesar de todo, me envuelve como un hechizo el recuerdo… ¿Y por qué me duelen hoy tanto los dedos? Esta mañana vi que las uñas de los pies estaban negras como el carbón, están machacadas como si un mazo las majara. Y encima los recuerdos en este momento. ¡No fastidies! Solo falta que en ese recodo de la carretera me salga el hombre del saco, o ese asesino gallego que se echaba encima a sus víctimas entre bosque y bosque, o un perro rabioso. La vida es más sencilla, así que me siento en esa piedra plana y miro la niebla, el maíz, la sierra, los castaños, las nubes…

  De esta guisa obedezco a los mandados del amo y descubro con asombro, bajando y subiendo esta carretera como si fuese un tobogán, que los dedos me revientan porque las botas me vienen pequeñas después de haber caminado casi doscientos km. Es el colmo. Pero además, como no cesa la lluvia menuda, pongo y quito el enorme chubasquero azul que viaja alojado en el fondo del zurrón, y también descubro con perplejidad que no transpira adecuadamente y que provoca calenturas y sofocos incómodos. Sin embargo, la presencia de un asustado conejo, quedo, agazapado entre el ramaje de un seto, junto a una valla de madera, transforma ese mal instante en un momento más agradable.

   – ¡Pelillos a la mar!                                                                                 

       P1110007                                                                           Entre cuitas, devaneos y recuerdos se llega a la entrada de Sarria en buena hora. Entro en una cafetería aledaña a la carretera y vuelvo a descubrir otra vez con asombro la presencia de una muchacha cuyo retrato me era familiar. La vi en O Cebreiro comiendo con unos amigos en el restaurante; luego volví a verla pasear por los bellos prados de Samos; y en este momento está sentada justo al lado de la puerta de entrada de esta cafetería, que he elegido al azar. Recuerdo sus ojos claros y un pelo veteado rubio, recuerdo cómo miraba a la cara fijamente cuando hablaba con sus amigos. 

  – ¡Hola! ¡Cómo caminas! Me llamo Jose.

  – Yo, Simena.

  – ¡Qué bonito el nombre! Aquí me quedo. Vuelvo a casa porque se me acaba el tiempo.

   – Yo sigo hasta Santiago.

   – ¡Suerte y háblale al santo de mí, que no puedo llegar.

   – De acuerdo.

  Me emboco calle abajo buscando la estación del ferrocarril que me devuelva a Ponferrada. La gente, discreta y amable, se mueve despacio haciendo cada cual sus quehaceres como un día cualquiera. El cielo fosco es sin embargo generoso porque no permite que la lluvia moje las aceras en este instante. Camino, que es lo que he hecho durante siete días. Camino triste porque me voy y no sé qué me pasa. Camino y deseo volver. Ni siquiera la esfera blanca del reloj de la recoleta estación de Sarria me devuelve a la cotidianidad. Las agujas señalan las 11,15 horas. Solo sé caminar aunque, a veces, me pierdo. Por fin el tren se detiene, espera unos instantes y torna a marchar. Cansado, cierro los ojos e imagino que el año próximo llegaré a Santiago.

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