Roncesvalles-Zubiri. Paisaje navarro (03 de julio de 2016)

 

 

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                                                                                                              Colegiata de Roncesvalles

         La tarde del 2 de julio está desapacible en Roncesvalles, un cielo encapotado de nubes grises amenaza lluvia inminente. La entrada es una lengua que se estira en las laderas de los Pirineos navarros, rodeada de extensas praderías que se descuelgan por los lados y en que pacen mansos los ganados. Al fondo, las sierras de los montes levantan airadas sus crestas, ocultas por dedales de niebla que incluso se extienden por las vertientes para quedarse quedas al pie de los prados. Roncesvalles no es núcleo urbano como pudiera pensarse, pero es un lugar muy importante en la historia española y europea. Apenas dos o tres restaurantes y hosterías, una colegiata, un enorme hospital de peregrinos, una ermita románica, la de Santiago, y un osario conocido como el Silo de Carlomagno, conforman el acervo patrimonial de este lugar, reducido, pero suficientemente rico como para convertir este sitio en uno de los lugares más reconocidos del mundo. Ahora por fin me encuentro en el principio del Camino de Santiago en España.

          Tercia una lluvia fina, el orbayu o calabobos, y corremos para llegar a la misa de seis en la Real Colegiata de Sta. María, en que se despide y bendice a los peregrinos que van a iniciar la aventura, rito algo parecido al de los primeros tiempos jacobeos. Se accede por la parte trasera del albergue, después de atravesar el paseo flanqueado de farolas y el pasadizo de entrada al antiguo Hospital. La iglesia está rebosante de turistas, peregrinos y curiosos que se acercan precisamente ese día para seguir la actuación del coro polifónico al final de la liturgia. Antes de escuchar el concierto, el prelado, que por casualidad es el Obispo de Valencia, llama a los peregrinos y nos desea toda clase de venturas para llegar al destino salvos. A su lado otro ayudante poliglota reparte la bendición en muchas lenguas, incluida el coreano. A la salida sigue el mal tiempo, más propio del otoño o del invierno que de esta época del año, si bien es de agradecer la frescura de este momento.

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                                                                                                                              Burguete

            Nos despedimos y nos alojamos en Burguete en un Hostal a 2 km. de Roncesvalles, al que solía acudir en sus correrías por estas tierras el escritor norteamericano Ernest Hemingway. Me gusta este viejo caserón navarro que sahuma olores de rancia antigüedad y  en cuyo comedor las paredes rebosan fotografías de personajes militares, paisajes terruños y en el centro, esa fotografía manida del escritor con jersey de doble cuello, justo encima de un piano caduco. Quienes atienden el negocio tienen también ese aire adusto y nostálgico de otros tiempos.

         – Gracias, por traerme, y por vuestra compañía.

         – Nos vemos enseguida, Charo, Manolo.

       La mañana se despierta despejada y el sol va poco a poco ganando el cielo  pues las últimas nubes van retirándose del horizonte. No obstante, quedan aún del día anterior cortados cendales de niebla que acarician las faldas de los montes más cercanos. Burguete, como otros muchos pueblos jacobeos, es una hilera de casas dispuestas alrededor de la calle principal, por donde deben trasegar todos los peregrinos que llegan de Roncesvalles. Las casas son cuadradas, amplias, generalmente de dos pisos, con ventanales cerrados por postigos y provistas de anchos zaguanes que ayudan a mantener una temperatura regular en el corazón de los hogares. Los tejados, bien inclinados para favorecer el deslizamiento de las nieves, lucen vigorosas chimeneas, y es llamativa la exposición de flores en los alfeizares o en los balcones, que ponen notas vegetales a la piedra de las fachadas.

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                                                                                                                   Valle de Burguete

         Las piernas echan a andar, primero despacio, posteriormente más deprisa, como aquellas ruedas de hierro de las viejas locomotoras que, perezosas, iban aumentando el ritmo entre silbidos y vapores. El camino resulta placentero y, sobre todo, bello. La mayoría del recorrido transcurre a la sombra de las plantas y árboles de esta zona, enebros, bojes, robles, arces y muchos hayedos, que forman una espesura abigarrada. Hay espacios casi ocultos por el ramaje, que alternan con otros más abiertos. En cualquier caso, el paisaje de las poblaciones de la alta Navarra es gratificante al peregrino.

          El alargado valle que se forma desde Burguete viene a cerrarse en el Espinal, caserío que se articula alrededor de una vía principal, como sucede con el resto de los núcleos navarros situados en el Camino de Santiago. Los lugareños llevan aquí una vida tranquila ligada a costumbres ancestrales y con una dedicación exclusiva a la actividad agropecuaria. Se abandona el pueblo y  a través de un camino empinado se sale a una llanura desde donde se otea un paisaje bucólico. A los lados quedan los prados por donde se esparce la  hierba recién segada, que debe secarse convenientemente antes de ser transportada a los heniles para su almacenamiento. Supone el forraje que los animales necesitan durante el invierno para su alimentación.

       En este paraje, el libro conocido como Pseudo-Turpín, uno de los que forma el famoso Códice Calixtino, compilación del clérigo francés Aymeric Picaud, ubica la batalla de Roncesvalles en la que la retaguardia del ejército de Carlomagno, comandada por el fiel Roldán, fue exterminada por el ejército sarraceno en el año 778.  Esta descripción tan inexacta como legendaria, es la versión exagerada de la Chanson de Roland, poema épico francés, que sitúa aquella batalla en el alto del Puerto de Ibañeta, antes del descenso a Roncesvalles. Se trata en ambos casos de dos libros en que lo fantástico y literario están muy por encima del rigor histórico, que tampoco se ha pretendido. Sea como fuere, este espacio de gran belleza inspiró a poetas y juglares para cantar las excelencias del emperador francés, que fue tomado como símbolo de la causa cristiana contra la religión musulmana.

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                                                                                                                              Espinal

          Siguiendo el sendero se desciende bruscamente para entrar en el caserío de Viscarret y más adelante en el de Linzoaín, donde dos construcciones muy diferentes concitan la atención: la iglesia románica del siglo XIII, con espadaña de doble campanario, rematada por un esbelto chapitel; y el frontón ubicado en la salida del pueblo. Escucho de un vecino decir que es “un orgullo jugar a la pelota en Navarra”, y resto del País Vasco, y que “el muchacho, desde la infancia, viene a practicar este deporte como algo nacido con él”. Señala que “los buenos jugadores son héroes para todos los vecinos”.

       Ya en el alto del puerto de Erro el peregrino vuelve a solazarse en medio de un paisaje arcádico. Allí se encuentran tres losas que la tradición denomina los Pasos de Roldán pues cada losa representa un paso gigantesco del héroe, aunque otra tradición más antigua asevera que el héroe es doméstico y el nombre es Errolán, no Roldán, un gigante lanzador de piedras muy pesadas. Con los ecos de ambos titanes, el camino desciende rápido por el valle de Estéribar y al instante se muestra dormido el puente medieval de la Rabia, en la localidad de Zubiri.

             Hemos llegado.

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                                                                                                                   Puerto de Erro