“En el Camino nos encontramos”. (Portomarín-Palas de Rei. 25 de julio)

                                                                                                       Amanecer en San Mamede y Velade

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              La tarde del veinticuatro resulta un tranquilo paseo por Portomarín. Tengo curiosidad por conocer las iglesias salvadas de las aguas, como Moisés rescatado del Nilo, así que centro mi visita principalmente en la contemplación de la Iglesia de San Nicolás, fábrica del siglo XII. No se nota, parece sacada y colocada de una vez, sin tramos ni partes, en esta plaza colmada de peregrinos, que se sientan en las escaleras de la fachada principal o conversan ruidosamente en las mesas de los bares lindantes. Y como fue una iglesia patrocinada por la Orden de San Juan de Jerusalén, una de las que combatió contra el sarraceno en las Cruzadas medievales, bien está asistir a la misa de ocho. Dentro, un inquieto peregrino, contrariado, que mantiene la cabeza sostenida entre las manos y en posición reclinada, recuerda al celebrante, un sacerdote de Alcalá de Henares, postrado en oración ante una imagen de la Virgen exenta bajo el baldaquino derecho, que la misa comenzaría con tres minutos de retraso, según su reloj. El increpado no sale del asombro y se pone manos a la obra tan pronto como el peregrino vuelve a la bancada con los demás. Admiro la nave única y la bóveda de crucería que se reparte en cinco tramos de gran altura. Los rosetones encajados en los dos hastiales dan paso a las últimas luces del día.

         La tarde languidece despacio y aún puedo asomarme a uno de los parques que mira devotamente la superficie queda, gris, silente, de las aguas del Miño. Luego duermo confiado en la mejora de mis posibilidades y con la sensación de que yazgo acostado en una nube que se ha llevado por delante la reciedumbre de un viejo pueblo medieval.

         Muchos peregrinos toman la salida empinada de Portomarín a horas primeras, cuando aún el sol apura el último sueño. Y como estamos en la Galicia rural, el gallo nos increpa con un ronco kikiriquí porque turbamos el descanso del harén, que aún duerme patas arriba. Después de las sombras llegan las luces y, pasado el cruce de San Mamede, algo atrae la atención de los caminantes. Por el este, el sol naciente se envuelve en un arrebol que pinta el cielo de pinceladas granas, dejando el horizonte bañado en retazos cromáticos de gran belleza. Más adelante, en Toxibo, se deja ver con los rayos madrugadores la estampa de un magnífico hórreo, muy cerca de la carretera general. No le falta nada, dividido en cuatro tramos, erguido sobre una pilastra y apoyado sobre resistentes piedras que se cortan en unas muelas planas y lisas, presenta una cara con rosetón rematada por un pináculo y, en la parte opuesta, otra cara con cruz. Ambas están unidas por un tejado a dos aguas, cuyas tejas están oscurecidas por la humedad.

                                                                                                                                Hórreo en Toxibo

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        La mañana va cuajando con el paso de las horas hasta llegar a un letrero que señala la ubicación de un castro a la salida de Castromaior. La desviación señala tres km. y medio, por lo que decido continuar por el camino principal. Los castros son poblados celtas que habitaron el noroeste peninsular antes de la romanización, que resultó menos intensa en esta parte peninsular. Por eso, es posible hallar diseminadas, encaramadas estratégicamente, estas aldeas o campamentos, que fueron habitáculos de las tribus norteñas. Mantienen una disposición circular y las casas son cierres redondos cubiertos por gavillas de brezo u otros arbustos, que los lugareños llaman teito. Sin ir más lejos, las casas antiguas de Piedrafita de O Cebreiro, convertidas en la actualidad en museo etnográfico, y habitadas aún en los sesenta, son construcciones legadas por los Celtas desde antaño.
¿Qué tal?
– Bien, ayer tenía dudas de mi forma física. Hoy me siento mejor. Soy Jose.
– Yo, Francisco.
Francisco responde con una franca sonrisa y decide ralentizar el paso para colocarse a mi altura. Percibo una brisa suave que sopla en la Sierra de Ligonde, desde donde puede contemplarse una panorámica hermosa.
-Es ya mi tropecientos etapa, he perdido la cuenta. Salí de Roncesvalles y estoy quemando las últimas etapas.
-¡Qué bárbaro! ¡Cuánto daría por poder hacer el Camino como tú, todo derecho hasta Santiago! La verdad es que no dispongo de tiempo porque la familia hace ya bastante con dejarme una semanita.
– Hombre, yo tengo el tiempo que quiero porque no tengo responsabilidades como las tuyas.
– ¿Y ese acento?
-Soy de México, pero vivo en Los Ángeles, donde trabajo como profesor.
– Yo también, pero en España.
– ¿Vamos juntos?
– Sí, pero no pierdas el buen paso por mi culpa. Así que cuando quieras, arranca a tu ritmo.

                                                                                                                                   Sierra de Ligonde

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         Casi inmediatamente después, me parece que a la altura de Arexe, intercambiamos un saludo con Paco, otro Francisco, y su hijo de catorce años que lo acompaña ejemplarmente. Este es un día de agradables encuentros. Y así, sin darnos cuenta, entrelazadas las tres partes en un diálogo inacabado y variado, como es natural cuando varias personas acaban de conocerse, llegamos a la villa de Palas de Rei, yo en mejores maneras y condiciones que el día anterior.

           –¡Ostras, qué rápido ha pasado el tiempo! Ya aquí.

          Ahora sí tenía la sensación de que llegaría indemne a Santiago. Quedamos para cenar juntos al atardecer, aunque Francisco no sabía si seguir camino hasta la siguiente parada. El día olía a fragancias frescas, mientras que la suave temperatura hacía el camino más fácil. Desde la ventana de la habitación unas hortensias lilas, que ponían una nota de color en el aire, aguantaban la dura sequía de este verano. Anoté en un papel de mi cartera, que acostumbro a llevar por un “si acaso”, la palabra “contento”. Es suficiente.

                                                                                                                          Hortensias en Palas de Rey

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