“Mis primeras letras” (Ponferrada-Villafranca del Bierzo. 5 de agosto de 2014)

                Madrugada en Ponferrada

          P1100634Leves indicios del alba en Ponferrada, donde no canta el gallo. Las calles y travesías de tonos ambarinos están iluminadas por los faroles que penden de recios muros o de espigadas columnas de hierro. El silencio de la noche solo es interrumpido por las pisadas indecisas de algunos peregrinos que toman el camino somnolientos. Al paso aparece la gigantesca sombra del castillo templario que se engrandece más a estas horas nocturnas, recortándose las almenas bajo un cielo estrellado que predice una buena jornada de sol. Acojo por primera vez un sentimiento de soledad porque viajo sin mi entrañable compañera a la que ya estaba acostumbrado. Me dejo llevar por los pasos sin reparar en casi nada, a excepción de las notas sonoras del río Sil que atraen mi atención como sirenas ocultas y hermosas. Ahora sí, la mañana se abre como una flor.

         Los pueblecitos se suceden unos detrás de otros. Compostilla, Columbrianos, Fuentes Nuevas, constituyen caseríos modernos, entreverados de algunas casas viejas y antiguas, cuyos lugareños acuden a sus puestos de trabajo en el campo o en los polígonos fabriles de Ponferrada, aún cercana. Ya brotan hazas de vid en algunas zonas de la ruta, pero es a la salida de Camponaraya donde tropiezo con una cooperativa de vino que anuncia la llegada del buen caldo de Mencía, variedad de uva famosa en el Bierzo desde la época romana. A partir de este pago hasta Villafranca despliégase un vasto y fértil valle de añosas cepas de vid. A los lados, las sierras y montañas se alinean como interminables ejércitos mudos que vigilan desde hace milenios el dulce tesoro escondido entre las ramas del sarmiento. Los campos ocres, pardos o rojizos, según las zonas, se prolongan desde las vertientes de las sierras hasta el interior de los valles en undosos y delicados movimientos como el oleaje sereno de los mares. Y en trazas perfectamente alineadas crecen apiñados los racimos del fruto, aún inmaduros para adquirir el estado óptimo que permita su recolección en el mes de septiembre. A veces, larguiruchos chopos irrumpen en este singular paraje. Sigo dejándome llevar de mis pasos, arrastrado por la serenidad del paisaje en el que me hundo. ¿Es esto lo que puede llamarse misticismo del hombre con el medio? Puede ser. Lo que sea, me gusta.

                                        Cepas de vid entre Camponaraya y Cacabelos

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    Sin más se entra en Cacabelos, que es una villa nacida al albur del camino de Santiago, paralela al cauce del río Cúa, donde sorprenden gratamente el ábside románico de la Iglesia de Santa María, alguna tahona que apiña llamativos panes en el escaparate, e iconos atractivos que hacen referencia al vino como el Museo del vino y la ubicación del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Bierzo. La sombra apacible de un parque lindante con el puente invita al descanso antes de retomar la salida. Retorna el paisaje de los viñedos. Lentamente se recorren bajadas y subidas y una de ellas nos coloca delante del bellísimo ábside de la Iglesia de Santiago, que es la puerta de entrada a Villafranca, única iglesia que tiene la cualidad de otorgar a los peregrinos enfermos las indulgencias que solo puede conceder la Catedral de Santiago.

                                               Ábside de la iglesia de Santiago, en Villafranca

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      Dos apuntes finales. La plaza mayor de Villafranca del Bierzo es un recoleto patio de vecindad. A mi lado, un hombrecillo admirable habla despacio y con tino gramatical de los sucesos pasados y actuales de la comarca, introduciendo detalles curiosos y prolijos. Alguien comenta que lo sabe todo de la historia del Bierzo. Luego, descubro en el Museo de Ciencias Naturales del Seminario de Paúles, verdadera exposición de la flora y fauna bercianas, que la existencia del museo se debe al Padre Mariano Díez Tobar, un científico e inventor desconocido de finales del siglo XIX y principios del XX, que vivió casi toda su vida en Villafranca. Pudo haber inventado el cine antes que los hermanos Lumiere. ¿Será el Bierzo una fecunda plantación de sabios anónimos? Caigo en la cuenta de que allí nació, aunque se discute, otro sabio dieciochesco, el Padre Sarmiento.

      Pernocto en el Seminario, hoy ya no lo es, de Paúles. Una sencilla habitación dispone de una cama y un escritorio sobre el que se ha colocado un televisor. No es una escribanía cualquiera, es un pupitre antiguo que se ha rescatado de las viejas aulas para no tirarlo. Allí me asiento para tomar algunas notas del Camino. Un niño lleva la pluma de madera a una cuartilla de perfectas líneas horizontales, aprieta con ganas los dedos sobre el palo, los ojos fijos solo en el papel, y la lengua, que asoma entre los dientes, acompaña el primer trazo “m”, luego hace el segundo “i”, por fin se atreve y escribe “mamá”. ¿ Serán las dos primeras palabras escritas de ese niño? Por entonces iniciaba las primeras letras en el Colegio de Hermanos de la Salle de La Felguera, Asturias.

      La noche cae como un ángel, es decir, no se nota. Mañana toca otra lección.

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