“Piedras de Compostela” (O Pedrouzo-Santiago. 28 de julio).

El viejo roble en Pedrouzo

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     La tarde en O Pedrouzo es de una soledad meditada y buscada. La villa se conoce rápido porque apenas hay construcciones civiles o religiosas. Por eso, aún las condiciones son más propicias para conversar con la sombra que me sigue a donde voy.

      -¿Qué pensaría el viejo peregrino medieval, a la altura de este lugar, vísperas de la llegada a la ciudad del Apóstol, ya agotado, descalabrado, los ojos hundidos en las cuencas, los pies lacerados, las manos encalladas de tanto apretarlas contra el nudo del bastón? ¿Coincidimos en algo? Me imagino a ese peregrino padecer un estado notable de ansiedad,  como el amador que sale al encuentro de la amada y que justo, antes de franquear la última esquina, se pone nervioso y fuera de sí. ¿Yo? Pues, me parece que no. Hay diferencias. Aquel ha caminado muchas leguas y millas; yo no. Aquel ha pasado penurias y tribulaciones de toda clase; yo pocas. Aquel era seguramente un hombre con fe arraigada en Dios y en la Iglesia y en Santiago; y yo, solo un sencillo caminante sin arraigo, sin más convicción que la de ser un hombre bueno, que además no lo es. Digo que estaría nervioso por llegar y besar al santo porque, ¡caray! ha debido de recorrer por lo menos ochocientos o mil  km. y otros que le quedan de vuelta, afrontando innumerables y graves peligros. No me cabe la menor duda de que este momento sería el más importante en la vida de ese peregrino y no habrá otro hito que lo iguale. Lo mío, lo nuestro, lo de casi todos los viajeros hodiernos, del siglo XXI, es distinto. Muchos viajamos por tramos, comemos y dormimos bien, si enfermamos nos llevan a los mejores hospitales, si se destrozan las sofisticadas botas las sustituimos al rato, si desfallecemos nos llevan en auto. El peregrino de antaño viviría un paroxismo inefable; el de hogaño está tranquilo y sereno.

       Paseo por los alrededores del pueblo porque es una vieja costumbre y observo que la salida del camino es una boca negra de verdura impenetrable, que pondrá una nota tenebrosa cuando emprenda la marcha en la madrugada. Ceno y duermo y sueño con la ventana abierta, por donde se cuelan suaves ráfagas de aire, que mañana llegaré a Compostela como estaba previsto

     En efecto, los primeros pasos del nuevo día suceden en el soto sombrío de ayer, que a estas horas resulta aún mucho más oscuro y cerrado, hasta el punto de que es imprescindible mantener la linterna encendida para saber dónde se pisa. Se sortean varias aldeas, la de San Antón y Cimadevilla, y, entretanto, la luz va empujando a las sombras sorprendiendo a la naturaleza aún desnuda que se despereza con los primeros cantos de las aves. Poco a poco van sumándose hileras de peregrinos al camino, como un arroyo al que afluyen otra corrientes, hasta ensancharse y hacerse caudaloso. Al margen del camino hago un breve descanso ante la iglesia de San Paio, que es una pequeña fábrica dotada de espadaña con campanario, y ubicada en una aldeíta homónima. Muy cerca, cuando tomo el desayuno, se escucha una bella melodía de aires gallego-portugueses, que rápidamente una muchacha identifica y tararea:

     -¿Es Dulce Pontes, verdad?

     – Sí es Dulce, dice el propietario.

Y ciertamente era muy dulce, como la miel, también triste, como las ausencias.

                     Río Lavacolla

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       Pregunto dónde está el río Lavacolla y una mujer atenta me informa que más abajo, al lado del camino. Los mapas identifican el río como Sionlla, pero los lugareños hacen más común el nombre de río Lavacolla. Tampoco es un río propiamente dicho, a juzgar por el cauce angosto y el caudal de sus aguas, por lo que los peregrinos que tomaban baño en este lecho no pasarían de dos o tres por turnos. Este es el mítico pago en que, según Aymeric Picaud, los peregrinos franceses medievales se detenían para bañarse y seguir inmaculados hasta Santiago, tradición que continúa hasta el siglo XVII. Aquí el franco entregaba sus harapos al diablo, limpiaba la piel y el alma, y quedaba en paz para presentarse postrado a los pies del apóstol. Como es obvio, no solo los galos, también otras nacionalidades realizaban las abluciones en este río, mal que le pese al obsesivo Picaud. Viajo solo a estas horas y decido como ritual simbólico refrescarme la cara y sumergir mis pies en el lecho. No me atrevo a desnudarme, sobre todo, por la frescura de la mañana.

    Sigue a este tramo, una cuesta de cierta longitud, donde dos personas de edad desigual parecen estar enredados en una discusión animada. Un joven barbado defiende la vida ejemplar de Jesús, bueno, pobre, generoso, justo, solidario, tolerante, decente y amigo de todos. Mientras que otro adulto flaco, canoso, cuya cara me resulta familiar, comenta que eso está bien, pero que la filiación divina de Jesús y su posterior resurrección son fenómenos más trascendentes que las experiencias de Jesucristo relatadas en los evangelios. No llegan a un consenso, pero el más joven sintetiza que el Camino permite que dos personas cristianas puedan discutir amistosamente sobre estas y otras cuestiones. Ahora caigo que el adulto mayor y delgado, como una pluma de ave, es el increpante al cura párroco de Portomarín por retrasarse tres minutos en el comienzo de la misa. Saludo a ambos para sacarlos del embeleso, pero los dejo igual.

     Los peregrinos a estas alturas apuran el paso pues ya se presiente que la ciudad está muy cerca. Se dejan de lado las instalaciones de la televisión gallega y española y en una exhalación se está en el caserío secular de San Marcos que, moteada de urbanizaciones y edificaciones modernas, aún conserva algunas casas viejas y corrales rurales, llevándose la impresión el caminante de que aún existen espacios en que lo tradicional y moderno no casan equilibradamente.

    Mano que representa los Caminos a Santiago. Monte do Gozo

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       A nada se está en el Monte do Gozo. Se extiende a la izquierda del Camino y sostiene una mirada magnífica de la ciudad de Santiago, que se prolonga horizontalmente a sus pies como una ola gris de piedra, hendida por las altas torres de la Catedral. Los peregrinos llegan a esta abierta y ancha colina y contemplan alegres, por lo menos, el horizonte, habitualmente oculto por el celaje de esta tierra húmeda. Antiguamente el viajero, cuando veía las picas de la catedral, pletórico, lanzaba al aire el grito de “Ultreia y Suseia”, que quería decir que “más allá, más adelante, está Santiago”. Eran inyecciones de ánimo para salvar los últimos pasos antes de venerar al santo. No encuentro en este lugar testimonios del pasado medieval pues la iglesia de la Santa y Venerable Cruz, que mandó levantar el arzobispo Gelmírez a principios del XII, ya ha desparecido. En su lugar se levantan dos monumentos modernos, el uno recuerda la visita que el Papa Juan Pablo II realizó en 1989 con ocasión del Día Mundial de la Juventud, y el otro representa la figura de dos peregrinos en trance de caminar y deseosos de alcanzar el destino final.

    Desciendo deprisa y gano los aledaños de la ciudad por la Puerta Francesa o Francígena, que era antiguamente la entrada más importante de las siete que había. Ya en el casco viejo tomo las Rúas das Fontiñas y dos Concheiros; sigo por la Rúa do San Pedro, alargada travesía de aires gallegos, y entro en las Rúas das Casas Reais y das Ánimas para desembocar en la Praza do Cervantes, de resonancias castellanas. Ya no queda casi nada. Avanzo por la Rúa da Acibechería, corta y estrecha, y salgo a la Praza da Inmaculada. Por fin, estoy en la Praza do Obradoiro. He llegado; me adelanto, buscando el centro de una de las plazas más bellas del mundo; y una vez más registro en mi cuaderno la palabra “Admiración”, que produce la audición de este canto de piedra labrada por muchos obreros y otros menestrales canteros y arquitectos. No olvido que la admiración es el peldaño previo al amor. Por eso, Santiago de Compostela enamora a quien la visita y conoce.

                         Plaza do Obradoiro

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