“Con la niebla en las botas” (O Cebreiro-Samos. 7 de agosto de 2014)

 Alto de San Roque.Estatua del peregrino.

P1100856      Hay un bullicio sordo y un chasquido agudo de tazas en uno de los bares de O Cebreiro donde los peregrinos guardan fila para tomar un café, antes de emprender el camino hacia el próximo destino. Poco a poco, cada cual sale al exterior cuando empieza a bostezar la noche. Se avanza por la orilla de la carretera blandiendo una lucecilla blanca en la mano para señalizar la posición de los caminantes. Aunque las tempranas horas impiden ver el entorno con claridad, ya se esbozan las montañas más cercanas, los macizos negruzcos de los árboles y entre la espesura opaca titilan las lámparas de algún pueblo asentado en las ondulaciones de la sierra. A medida la luz vence a las sombras, casi se puede tocar con la punta de los dedos el sedal de plata que nos envuelve como suave papel de celofán. La niebla decide acompañarnos durante buena parte de esta jornada, lo que no solo pone una nota estètica, sino que acaricia el pensamiento con particulares devaneos, además de teñir el ánimo del peregrino con pinceladas de melancolía. Se llega enseguida a Liñares donde se toma una senda que, tras una breve pero exigente subida, conduce al Alto de San Roque, lugar en el que desafía al mal tiempo la escultura de un peregrino, apoyado en el bordón, que lucha bizarro contra el viento.

    – Es una acertada parábola de la vida, pienso.

    Por fin el paisaje queda plenamente iluminado, prados lánguidos donde pacen las vacas, rodeados de tiras de hayas y acebos que llenan el camino con sus hojas brillantes como recién pulidas, y desde el fondo sube, baja, se detiene, como olas del mar, la densa niebla que nos sobrecoge.

   – La niebla esconde un misterio. Otra parábola de la vida. Porque la vida es otro misterio como la muerte. No sé si vengo de algo y si voy hacia algún sitio. La nada no me satisface como respuesta porque es muy simple. Pero tampoco tengo más respuestas. Solo me encojo de hombros ante este hecho: Lo más importante de la vida es un misterio, como esta niebla, que no sé qué esconde.

   Tras atravesar la aldehuela de Padornelo se sube una empinada cuesta hasta llegar al Alto do Poio, y desde aquí ya el camino es una prolongada bajada a través de pequeñas y encantadoras aldeas vaqueras, Fonfría, O Biduedo, Filloval… Un alargado pueblecito, Pasantes, en el que se venden fresas, me trae recuerdos de la vida de aldea, allá en los lejanos tiempos de mi niñez y primera juventud. Al paso del camino, junto a una revuelta, se ha colocado una niña con una mesilla que vende pulseras.

    – Las he hecho yo, dice con vocecita trémula.

   Los últimos kilómetros se suceden deprisa con ánimo de llegar lo antes posible, pero todavía se tropieza en la aldea de Ramil con un milenario castaño, viejo panzudo desvencijado, que no deja indiferente a nadie. Bajo una bóveda vegetal de ramaje y hojas de castaño, sobre una senda ancha de arcillosa tierra, se sale, como saeta lanzada de una ballesta, al pueblo peregrino de Triacastela, rondando las 12,00 horas del mediodía. Y aún puede verse la niebla  entre los resquicios escarpados del monte Oribio.

                                                       Parroquia de PadorneloP1100892

      Aunque este es el final de la jornada, he decidido seguir camino a Samos porque me hallo bien y aún son horas tempraneras en Galicia. Se recorre la calle central jalonada de bares y un letrero señala la iglesia románica de Santiago, antes dedicada a los apóstoles S. Pedro y  S. Pablo. Es una torre de tres cuerpos de piedra sillar, rematada por una cúpula que aguanta una cruz, la hornacina del centro abriga la estatua del Apóstol. Un cementerio ocupa el mismo solar que la iglesia, pero lo curioso es que ambos espacios están contiguos sin que los separe ni vallas, ni bardas, ni nada. Así dispuestas las cosas, el que asiste a los cultos religiosos casi puede extender su mano al familiar o amigo yacente sin que ningún tropiezo arquitectónico lo impida. Es sin duda la más perfecta representación de la unidad del vivo y del muerto.  Las aldeas que se suceden, San Cristovo do Real, Lusío, Renche,  tienen todas el mismo rasgo: el primitivismo rural. Son aldeas pequeñuelas y alargadas, con caseríos de laja y pizarra, algunos abalconados, y cuadras deshilachadas. Todo se adereza en torno a la iglesia y el camposanto. Aledañas al pueblo rumian, silenciosas, las vacas  hasta la entrada de la noche.

      El bosque de hayas y robles está presente en esta ocasión como eje comunicante entre los pueblos. Una bóveda vegetal oculta la luz del sol, a los lados el hayedo crepita o los castañales lanzan gemidos casi imperceptibles que el viento produce, y por el centro se desliza la senda de apretada arcilla y piedras firmes. Se sale de un pueblo y hasta llegar al siguiente se pasa por estos bosques tan sugerentes. A estas horas del mediodía nadie va conmigo, y percibo un ligero estremecimiento por tal solemne soledad, soledad sonora. Una rama cae al suelo y la observo de inmediato, un animalillo troncha las hojas y súbitamente atrae mi atención, cualquier ruido o rumor enerva todos mis sentidos. Puede ser el preámbulo del miedo. Por si fuera poco recuerdo sin saber por qué la película protagonizada por el entrañable actor José Luis López Vázquez en que hace el papel de buhonero que aprovecha sus viajes entre las aldeas gallegas para asesinar a sus víctimas. Acelero el paso, ya cansado a estas alturas, y rápido me pongo en San Martiño do Real, no sin antes echar una última mirada al bosque que dejo atrás y a toda prisa. Poco después me veo en Samos, aún levemente tocado por aquella soledad, y quedo admirado ante la fortaleza y el bloque hermosamente equilibrado del Monasterio benedictino de San Julián, acariciado por las aguas limpias del Oribio. Debo descansar y a la tarde visitar este idílico lugar.Ya se me ha pasado el susto. 

                                               Monasterio de San Julián de Samos                         

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Apéndice: Deseo rendir asimismo mi  sencillo homenaje al Padre Feijoo, benedictino que toma los hábitos en este monasterio en 1688, aunque desde 1709 residió y murió en Oviedo. Su estatua pensativa me acompañó mientra fui estudiante de Filología en la Facultad de Letras de la misma capital de provincias, impertérrito en la Plaza de su mismo nombre. Es además un referente moral e intelectual en los postergados y devaluados tiempos que corren, que a lo mejor han sido los de siempre.

                                   Claustro de Feijoo en Samos. Tras la ventana

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