“Me gustan mucho” ( Mansilla de las Mulas-León.1 de agosto de 2013)

OLYMPUS DIGITAL CAMERA       Decidimos seguir juntos hasta León. Lo cierto es que no contaba con esta sorpresa, pero me alegra compartir con otro peregrino este viaje. Se sale de Mansilla dejando a la derecha la antigua muralla y una densa alameda en el otro extremo. Siguiendo el camino paralelo a la carretera nacional se llega rápido a Villamoros de Mansilla y, tras cruzar el puente medieval sobre el río Porma, copioso en este tramo, se entra en Puente Villarente. Es esta parte del trayecto algo anodina e incluso arriesgada por el intenso tráfico de vehículos que pasa a nuestro lado. El paisaje, aunque menos plano y más verde por la presencia de plantaciones de maíz y algunas parcelas de alcacer, no transmite emociones especiales. Por eso recibo con doble gratitud la compañía de Emilio. Me cuenta las estrategias comerciales de su próspero negocio. Está entusiasmado con lo que hace y le comento que es muy importante elegir con acierto el oficio.

       –¿Y tú, José, estás satisfecho?

      Realmente le contesto que no estoy seguro de haber elegido una profesión a mi medida.

     – Me desasosiega saber que siempre hay alguna cosa que no se hace bien, sobre todo, cuando el fallo repercute en las personas. Por eso, pienso muchas veces que me hubiera gustado trabajar donde el error no lo padezca otro hombre.

     – ¿Por ejemplo?

     -Me entusiasmaría ser agricultor o ganadero porque la tierra, la naturaleza, me atraen desde niño. Siempre me ha gustado atrapar un pedazo de tierra seca o mojada y sentirla y olerla y ensuciarme con ella. Y sospecho que me gustaría luego saborear cómo las estaciones transforman la semilla y esta se hace poco a poco fruto, y, por fin, recogerlo con mis manos …

      – El agricultor lo pasa muy mal, —apostilla con cierta ironía.

      Aparece la pequeña población de Arcahueja, que atravesamos por su parte más alta, observando con curiosidad la proliferación de construcciones de adobe que resisten pasmosamente el paso del tiempo. Desde aquí, después de varias subidas y bajadas, se llega al Alto del Portillo, que nos sitúa a tan solo cinco kilómetros de la capital. La verdad es que no podemos disimular el deseo de llegar ya a León en medio de un territorio desnaturalizado en que coches, estaciones de gasolina y modernidad se contradicen con el aire quedo y silencioso del peregrino. Ya en Puente Castro iniciamos el suave descenso hacia el corazón de la bella ciudad de León y desde este momento me acecha un cosquilleo.

       – Te presentaré a mi mujer e hijos y a mis padres, que también me esperan.

       – Como quieras, yo encantado.

       Ya nos plantamos en los jardines del Paseo de Papalaguinda, que se prolongan siguiendo las aguas del Bernesga hasta el antiguo Hospital de San Marcos, hoy Parador de Turismo. Es un armonioso y frondoso paseo en que se mezclan amplios parterres de flores amarillas, rojas, violetas y añejos árboles que crean amplias zonas de sombra.

        – ¡Allí están!

      Corren a abrazarse todos como si no se hubiesen visto en años y yo los imagino unidos por mucho tiempo. Pero, en realidad, no sé qué decisión ha tomado mi compañero respecto a su problema. Me presento, saludo a todos y doy mi mano apretada a Emilio en señal de agradecimiento.

    –Visítame, ahora que sabes dónde vivo cuando pases por mi pueblo —repite.

     La desazón no me abandona, así que me dirijo rápido hacia donde puedo encontrar la cura de mi zozobra. Debería guiar mis pasos por las calles principales en busca de esos edificios y lugares nobles por donde debe pasar el peregrino: el Parador de San Marcos, la casa de los Botines de Gaudí, San Isidoro y, por supuesto, la impresionante Catedral que exhibe altiva y poderosa su elegante silueta. Pero no, ni siquiera logro recrearme como otras veces con la ida y venida de ciudadanos que invaden por doquier las calles. Por fin, estoy allí, frente al gran escaparate protegido en su mitad por un toldo o voladizo que impide ver con claridad los encantos que ofrece. Y en ese momento hay un niño que estampa su carita risueña contra el cristal del establecimiento y la estruja hasta desfigurarla como una careta de carnaval. Dice nervioso:

     –Padre, ¡cómpramelos, esos que están ahí!

     Y el padre sale con seis o siete caramelos de azúcar quemado con trazas de almendra que el muchacho cuidadosamente lleva al bolsillo de su pantalón corto, donde no pueden perderse. Son los ronchitos de León, el lujo más humilde que hace feliz a aquel niño. Yo también decido entrar con la misma excitación:

     – Déme seis o siete caramelos ronchitos, por favor.

     – Perdone, se venden por cuartos o mitad o kilo, pero así no.

     – Seis o siete, solo, como ese padre que acaba de salir.

     – Como usted quiera, pero no ha salido nadie.

      Los llevo apretados en la palma de mi mano sintiendo la crepitación del papel negro que los envuelve. Casi no me doy cuenta de nada. Decido meterlos uno a uno en el bolsillo y solo espero que no se me caigan al suelo o los pierda.

      Avanza la tarde seca y calurosa, aguardo en la estación la salida del tren que me ha de llevar de vuelta a casa, busco y rasgo un ronchito. Recuerdo haber hallado en un recodo del río una concha de peregrino que probablemente alguna  xana de ojos claros como la aurora dejo olvidada. Me acompañará en adelante.

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