“Astorga es un oloroso obrador” (Hospital de Órbigo-Astorga. 2 de agosto de 2014)

    Camino hacia Villares de Órbigo

        P1100380 Tras la jornada abrumadora de ayer es preciso aminorar el paso para hacer un recorrido más corto, así que convinimos llegar hasta la capital de la maragatería, Astorga, y dedicar a esta ciudad el tiempo que su patrimonio cultural merece. Se sale de Hospital de Órbigo para tomar el camino a Villares, una senda de tierra y piedra, que deja a ambos lados plantaciones ingentes de maíz, surcadas de numerosas acequias que riegan estas hazas fecundísimas. Las nubes grises y platas, apelmazadas, predicen lluvia. Por si acaso enfundamos los chubasqueros. Una simétrica alameda está por delante de Villares, pero antes un mastín de color azafrán, que deambula de madrugada por los alrededores, ya anuncia la proximidad del humilde caserío.

         – Qué aire tan puro, y estos cristales de agua…

         – Qué bien estaría en la cama, responde mi compañera. ¡Con lo que me gusta dormir!

       Poco a poco, entre encinas y quejigos, dejamos otra senda más estrecha y avistamos la población de Santibañez de Valdeiglesias. A la salida unas vacas pintas pastan en las cuadras el heno seco que les dispensa el vaquero.

            – Que te juegas a que esas vacas dan al día más de treinta litros de leche.

            – No es posible. Esas ubres no pueden tener más de diez, dice mi camarada.

         – Esas ubres en Asturias se llaman “copás” y guardan tanta leche como tanques enteros de treinta litros. Verás.

            – ¡Buenos días, señor! ¿Qué leche produce esa vaca al día?

           – Treinta y dos, treinta y tres. Depende. Aquella de allí produce algo más.

           – Gracias. Lo que te dije, colega.

       No quería desvelar la identidad de la acompañante hasta mediados o final de este relato viajero, pero no me resisto ya a pronunciar su nombre. Ella no es ni alta ni baja, excesivamente delgada en mi opinión, lo que me obliga a recordarle continuamente la necesidad de alimentarse bien, de pelo cortísimo a la manera de un rapaz, ojos grandes y negros a la manera de dos antracitas, y unas manos de dedos largos y sutiles, hábiles artesanos que lo mismo diseñan un vestido o recomponen el enchufe trastocado, voz de timbre claro, y a toda la compostura la acompaña un andar cadencioso que la distingue entre la multitud. Yo la hice con su madre y lucha por buscar su sitio en el mundo entre dudas, perplejidades y temores. Yo la acompaño y la deseo libre, independiente, sensible, comprometida, trabajadora, sencilla, honrada y apasionada por las cosas y quehaceres que la rodean, yo la quiero ver volar como esa tortolica humilde que no hace daño a nadie y lleva en sus patas mensajes de paz y amor. Yo la quiero…Paloma.

       Ahora el terreno es pedregoso, cantos sueltos de todos los tamaños, alternándose bajadas y subidas sin solución de continuidad. Vistos por detrás, a media distancia, un grupo de peregrinos llama la atención por su caminar irregular, lento, basculante, como si se tratara de un navío abandonado a merced de las olas y el céfiro. Cuando llegamos a su altura comprobamos que se trataba de un colectivo de jóvenes y adultos, discapacitados psíquicos, que habían partido de León e iban a Astorga. ¡Qué grandeza! Solo los grandes hechos de la historia se escriben en estos desvencijados y tortuosos andurriales.

       – ¡Animo, leones, que no os queda nada!, acoté.

       – No me gustan los leones, que muerden. Me gustan los pájaros, añadió un muchacho.

       – Entonces, ¡ánimo pajarillos, que Astorga ya está ahí!

        Rieron y nos saludaron. Por fin cae una lluvia mansa y muelle sobre todas las cabezas, especialmente sobre esa bandada de inocentes personas que surcan estos campos para reir y divertirse, jugar o buscar la mano de un dios que se resiste. El camino se torna plano para llegar al crucero de Sto. Toribio, extraordinario balcón desde donde se divisa la villa de S. Justo de la Vega en primer término y la ciudad de Astorga en segundo. Más al fondo, es el monte Teleno el que cierra la excelente panorámica.

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                                                        Crucero de Santo Toribio

    Astorga se levanta sobre un cerro, de forma que la llegada se empina en un recuesto que supone el último esfuerzo del peregrino. A pocos metros, dejando a un lado las ruinas de una villa romana, está el Ayuntamiento, lugar de encuentro de vecinos y foráneos. Es una plaza porticada rectangular que se prolonga en otra de menor importancia, pero de obligado paso para acceder al espacio por antonomasia de la ciudad, donde conviven admirablemente las Murallas romanas, la Catedral, síntesis de estilos distintos, y el Palacio Arzobispal de Gaudí, una de las obras señeras del Modernismo.

    Y es que en Astorga se aspiran además efluvios de mantecados, hojaldres y chocolate en cualquier rincón o calle. Es un oloroso obrador.

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                             Palacio de A. Gaudí (en primer plano) y Catedral (al fondo)

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