“El Teso de Mostelares” ( Hontanas-Boadilla del Camino. 13 de agosto de 2011).

OLYMPUS DIGITAL CAMERA       Retomo el camino a las 5.15 horas de la madrugada. Viajo solo y en cuanto dejo el pueblo y tomo una senda angosta que serpentea blanca bajo la luna, siento un ligero temor porque el día anterior leí las memorias de un peregrino que contaba cómo los lobos -hace tiempo- merodeaban alrededor del pueblo y esperaban la oportunidad para devorar las ovejas. Era tal el peligro que los lugareños levantaban empalizadas para defenderse del ataque de aquellos animales hambrientos. Hoy ya no es así y, a pesar de que veo al lobo como un amigo, distingo a pocos metros la luz de linterna de un peregrino y decido pegarme a él.

        – ¡Hola!, me llamo Jose.

        -Yo, Vicente.

       Nos juntamos como amigos que nos conociéramos desde siempre. Pronto, distinguimos las ruinas del convento de San Antón, aún de noche, y sus perfiles desdentados, y los muros de sillares vencidos  me recuerdan las estampas grabadas en libros por ilustradores románticos. Lo flanquean además unos fresnos gigantescos. El convento servía como hospital en el que se cuidaba a campesinos engangrenados por un hongo hallado en el centeno.

     Cerca aparece Castrojeriz. Se divisa como un anillo que rodea el monte por su mitad y en cuya colina arraiga un antiguo castillo. Lo atravesamos de este a oeste. Iglesias, obras civiles, casas nobiliarias, son detalles del urbanismo de este enclave burgalés en el Camino de Santiago. Especialmente atractivo es el pasillo porticado de la plaza principal, que el peregrino aprovecha para descansar sentado sobre los poyos o permanecer arrimado junto a las columnas que, bajo recias zapatas de madera, aguantan el peso de las casas. ¡Preciosos y frescos foros son estos corredores tan castellanos!

     Enseguida llegamos a la subida  conocida como el “Teso de Mostelares”. Desde abajo se percibe la pendiente muy empinada y larga, y se ven los bultos de los peregrinos moverse lentamente como caracoles.

     – Está esta cuestecita para una prisa , digo.

      – Es la segunda vez que la subo y parece más dura que el año pasado o es que estoy en baja forma, responde Marcelo, otro caminante.

     Ahora somos tres. Por delante, una muchacha garbosa, Sonia, camina como si fuese por el pasillo de su casa. Ya somos cuatro. Sonia habla muchísimo; le gusta contar cosas y a nosotros nos encanta escucharla. Respondemos con monosílabos que a ella le sirven como excusas para seguir hablando. Lo cierto es que habla de todo y avanzamos entretenidos.

      El Puente Fitero sobre el Pisuerga nos introduce en suelo palentino. Antes, junto a la parroquia antigua de San Nicolás, un podólogo italiano que trabaja como voluntario a pie de camino, me comenta que tengo una tendinitis aguda en ambos pies y que debo andar lo justo. Bromeamos, pero el dolor me hiere como nunca. Disimulo. Los últimos km. que me separan de Boadilla del Camino se hacen inacabables. Cada paso son kilos de dolor lacerando los pies, arrancándome ayes que mastico como si fuese tabaco. Lo notan y deciden ralentizar el paso para que pueda seguir su estela. Llego, por fin, a la entrada del pequeño pueblo y, junto a la fuente que nos sacia, los compañeros se abren en corro para aplaudirme y darme ánimos. Ellos continúan hasta Frómista. Busco alojamiento en el albergue y descanso.

      Boadilla es un racimo circular de casas de piedra arrojado en mitad de la vasta mancha amarilla. El albergue, un oasis de frescura y bullicio de gente, una sorpresa agradable. Con los últimos rayos de luz salgo a pasear por el pueblo y especialmente por sus alrededores: un soto sosegado con algunos bancos de madera y de piedra, un riachuelo casi seco, y algunas construcciones de barro que hablan de uno de los más antiguos oficios en Castilla, el de criadores de palomas. Hoy ya es un recurso poco común, si no extinto, y las palomas, aunque se ven, quedan pocas.

     El comedor del albergue está abarrotado, pero en uno de sus extremos hay una silla vacía, justo debajo de un cuadro que reproduce una bandada de pollos de codorniz. Doy las buenas noches y una mujer muy discreta me habla con voz afable pero firme. El hospitalero nos trae una jarra de barro con vino y sirvo a mis acompañantes, que han hecho un silencio cuando me siento entre ellos. La mujer, de mediana edad, el pelo negro plegado en la cabeza, esconde tras unas gafas oscuras un ojo amusgado, pero son tan vivas sus palabras que incluso ese detalle pasa desapercibido. Habla de la pobreza y la riqueza en el mundo, de cómo los países ricos se aprovechan de los pobres, para hundirlos más y más con unas deudas que no podrán pagar jamás; comenta que los niños en su país juegan en los charcos contaminados  y que no van a  la escuela porque no  hay; dice que muchas niñas son vendidas por sus padres y que las mujeres trabajan todo el día y que cuando cae la noche deben calentar el camastro a sus amos; y subraya cómo la esperanza de un mundo más justo es cada vez más pequeña. Dice que la esperanza es como un relámpago que ilumina un segundo para dejar paso a la oscuridad. Pero  tiene fe y piensa que Dios o alguien pondrá remedio a tanta infamia. Dice:

     – Los que sufren, los vencidos, los sin voz, los perdedores, son el estímulo para luchar por un mundo mejor.

     Nuria es profesora de Cristología en una universidad hispanoamericana. Se queda en Boadilla varios días. Y percibo que estoy ante un ser humano que se juega la vida cada vez que dice estas cosas en países dominados por oligarquías. No se me ocurre añadir nada más.

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