El vestido.

     imagesQY1TFR3Z     No es objeto del presente relato establecer una relación del fondo de armario que hoy en día utiliza el peregrino en su marcha pues hay otros medios de información más precisos que lo pueden hacer con mayor eficiencia. Pero sí explicar siquiera básicamente el atuendo que adornaba al peregrino medieval cuando transitaba a lo largo y ancho del camino. Es probable que en sus orígenes no hubiera una uniformidad en el vestuario y cada uno usase las prendas más cómodas según el período estacional en que iniciase el periplo. Pero a lo que parece el paso del tiempo creó una moda en el vestir del peregrino que se afianzó y acabó imponiéndose. Se diría que hubo, residualmente ha quedado solo como recuerdo, un traje de gala que el caminante exhibía en su viaje, aunque este hecho tiene el inconveniente de que fuese copiado por los conocidos como “falsos peregrinos” con fines arteros y pícaros, hasta el punto de que se hubieron de dictar normas jurídicas para prohibir vestirse como peregrino sin serlo y castigar este hecho si se hacía con engaño y en provecho propio.

          El vestuario era un sombrero de ala ancha y redondo, aplanado en su parte delantera, para protegerse, a modo de paraguas, de las inclemencias del tiempo; un abrigo o más bien sayal de estameña pardo, abierto por delante para facilitar el movimiento de las piernas, que se ceñía por la misma razón a la cintura por medio de un cíngulo o fibra de esparto; por encima y a lo largo de la espalda el peregrino se hacía cubrir por la esclavina de piel que servía como refuerzo del sayal cuando el viento o la lluvia arreciaba con más fuerza; y se completaba con el calzado a modo de sandalias de dos tiras en la parte anterior y una solo en su parte posterior, que llevaba una suela de cuero o madera. Además, acompañaban al peregrino un sartal de atributos que lo identificaban inconfundiblemente. Consistían estos en un bordón o bastón algo más alto que su estatura, rematado por una contera metálica, de uso polivalente pues ya servía para defenderse de los ataques de perros o lobos o bandidos, ya para apoyarse en la marcha, o ya con el fin de vadear arroyos y ríos; del bordón colgaba atada la calabaza o cantimplora que guardaba el agua necesario para aliviar las necesidades hídricas del caminante; los víveres iban en el morral colgado oblicuamente del cuello; así como el dinero iba custodiado en la escarcela de cuero o bolsa que se escondía a veces en las partes y extremidades más íntimas. El Códice Calixtino, habitualmente grandilocuente en el fondo, busca un simbolismo para algunas de estas piezas, de manera que la escarcela connota, por ejemplo, la caridad cristiana y el bordón indica la fe en el misterio de la santísima trinidad. Por último, es parte indisoluble del peregrino la concha, también llamada venera, que, colgada del abrigo o pegada al sombrero, resulta el icono principal del Camino de Santiago. La interpretación semántica de este signo es muy variable, pero se acepta en general la idea de que su uso supone que el caminante acepta a Cristo como hijo de Dios y desea seguir el camino según los preceptos del cristianismo. Se dice que las estrías de la concha son los dedos de Jesús que rozan e inflan levemente el espíritu del peregrino.

       Nadie, en efecto, debe peregrinar sin la vieira.

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La despedida y el regreso (y II).

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        Después de haber recorrido muchas leguas y dejar atrás andanzas, riesgos y toda suerte de experiencias, el peregrino de ayer y hoy llega por fin a la ciudad de Santiago de Compostela para encontrase con la Idea que le llevó hasta allí y que lo mantuvo en pie en sus peores momentos. Contra viento y marea, el peregrino abraza al fin la ansiada meta por la que porfió sin tregua. No puede, sin embargo, excluirse el caso de que algún peregrino pueda sentirse decepcionado porque sus objetivos no se hayan cumplido o porque simplemente el Camino no le haya servido para nada.Toda situación, la satisfactoria o la frustrante, es posible por la singular condición del hombre.

        Esencialmente siempre se han dado los mismos pasos: antiguamente el caminante compraba la concha o vieira que acreditaba su peregrinaje pues era el signo visible de que el Camino había sido recorrido en su integridad. Probablemente este atributo fuese desconocido por los primeros peregrinos, pero en el siglo XI está ya documentada su venta. Con el paso del tiempo la concha ha perdido el significado confirmatorio del camino y viene a resultar un símbolo de significado plural que identifica al caminante tanto en la ida como en la vuelta. Si además el peregrino estaba obligado al cumplimiento de una pena eclesial o civil, debía recoger del arzobispo de Compostela una carta probatoria para la exculpación definitiva de sus culpas. Hoy, el peregrino visita la Oficina homónima y, presentada la credencial debidamente sellada en las iglesias, albergues o centros autorizados, gana la Compostela o certificado eclesial del peregrinaje plenamente consumado. Procede, en adelante, la vuelta al hogar, tras haber visitado y saboreado cada uno de los vetustos rincones de la ciudad y sus lugares de culto. La lluvia es la última imagen que el caminante debe cargar en su imaginario antes de emprender el retorno y de esta manera poder contar a todos que la lluvia es el signo de identidad más genuino de Santiago, no solo.

         Es en este punto en que las diferencias se agigantan. Antaño, el peregrino reiniciaba un viaje a pie similar al que acababa de hacer y se exponía nuevamente a los riesgos que con suerte pudo esquivar en la primera parte. Llegado al lugar de origen era recibido con el mismo alborozo ritual con el que se fue: la comunidad de vecinos salía a recibirlo y conducirlo en procesión hasta el pórtico de la iglesia o el zaguán de la plaza. Luego el sacerdote le daba su bendición y volvía a sus labores domésticas y laborales. Sin embargo, el hombre moderno regresa seguro mediante el uso de los modernos medios de transporte y atraviesa el umbral de su casa en el más absoluto y, probablemente, deseable silencio.

     Pero no siempre el rito se repite. A veces, también el Camino es la tumba del peregrino.

La despedida y el regreso (I).

peregrinos[1]

          Actualmente el peregrino deja su casa y se incorpora al camino sin ningún gesto ni rito especial, y retorna otra vez con el morral cargado de recuerdos y una hilera de imágenes en los ojos, como si nada. Pero en época medieval existió una inevitable liturgia de la partida y del regreso. Era un derecho y una obligación consuetudinarios.

          Las campanas tañían a rebato el día de la partida y los peregrinos asistían primero al oficio de la misa celebrada por el obispo, si podía asistir, y los sacerdotes de las parroquias vecinales. Era costumbre que los peregrinos saliesen agrupados para soportar mejor las dificultades y ayudarse en los momentos más penosos, pues eran muchos los peligros con que se iban a encontrar a lo largo del peregrinaje. Luego recibían las bendiciones y entonaban salmos penitenciales y cánticos que preparaban el ánimo para la empresa viajera. Otros documentos que les eran entregados son un salvoconducto para que pudiesen transitar con seguridad sin ser detenidos, un certificado de peregrinación en el que se hacía constar que el portador viajaba con un fin pío, e incluso, los más afortunados portaban cartas de recomendación de autoridades para que fuesen bien tratados y atendidos por donde pasasen. Ya en la plaza o en el compás de la iglesia recogían el talego o saco para guardar las provisiones y el bordón que habría de servir para apoyarse o defenderse de los indomeñables animales que salían al encuentro en cualquier lugar solitario del camino. Tales eran las prendas que la iglesia regalaba a sus peregrinos a cambio de la firme promesa de estos de permanecer fieles a los objetivos de visitar la tumba del Apóstol y volver, si las fuerzas respondían, al pueblo natal. Acabada la ceremonia, los villanos acompañaban en alegre procesión a los peregrinos, que cerraban la comitiva junto con las autoridades eclesiásticas y civiles, hasta los aledaños del pueblo salpicados por verdes huertas. Una vez allí, los caminantes se alejaban e iniciaban la ruta jacobea. Si venían de algún lugar de Hispania buscaban la salida hacia el Camino Francés y si procedían de cualquier pago europeo venían todos a congregarse en alguna de las cuatro cabeceras francesas (Vía Turonensis por Tours, Vía Lemovicensis por Limoges, la de Podiensis por Puy y la Vía Tolosana por Montpellier y Toulouse) para seguir juntos hasta Roncesvalles o el puerto de Somport en tierras de Aragón. Era habitual que, sobre todo en la parte inicial, se cantaran cancioncillas profano-religiosas, como la recogida en la vía turonense que reproducimos en su lengua vernácula:

                         Lorsque nous partîmes de France/ tristes et marris,

                        nous quittames péres et méres/ tous nos amis;

                       au coeur avions si grand desir/ de voir Saint-Jacques.

                       Avons laisse tous nos plaisirs/ pour faire ce voyage.

              Y así, poco a poco, piedra a piedra, el peregrino se iba acercando, durante cortas noches y largos días, al sepulcro de Santiago.

El Derecho del peregrino.

       las_partidas_alfonso_X_3[1] El peregrino fue no solo una persona andariega, persona física, que da sentido y veracidad al Camino de Santiago, sino también una verdadera institución o persona jurídica –que quiere decir que es una persona receptora de derechos y obligaciones jurídicas- en torno a la cual era necesario crear un cuerpo de normas que regularan diversas materias en su provecho. Y, en efecto, aparecen ya en la Alta Edad Media un rosario deshilvanado de leyes civiles y eclesiásticas que regulan la vida del andante en todos los tramos de su peregrinaje: antes de iniciarlo, en su desplazamiento de ida y vuelta –in itinere– y en su caso, cuando le sobrevenía la muerte mientras caminaba. Por esta razón, mi admirado D. Elias Valiña Sampedro, apostilla que existe desde sus inicios un verdadero Derecho del peregrino. En la actualidad, puede también afirmarse que ese derecho ha desaparecido, embebido sin duda en el derecho común actual aplicable a todos los ciudadanos sin distingos de ser peregrinos o no.

         Basten algunas pinceladas sobre este interesantísimo asunto.

      Resultaban muy frecuentes las celadas de bandidos que desvalijaban e incluso asesinaban al indefenso caminante, o los robos de pillos y maleantes disfrazados de buena gente, los que se conocen como “falsos peregrinos”. Pues bien, al objeto de proteger al senderista, Las Partidas del compilador Alfonso X de Castilla, El Sabio, y el canon IV del Concilio de León, establecen la pena de ahorcamiento para los que cometan estas acciones ilícitas. En este mismo sentido el Rey Alfonso IX de León, conocido como “el protector de los peregrinos”, fija duras sanciones contra quienes atenten contra la seguridad personal del peregrino. Otro suceso desgraciado era el pago injusto a que se veía obligado el peregrino cuando  atravesaba tierras que eran propiedades de nobles o reyes, y cuyo afán recaudatorio llegaba a empobrecerlo incluso. De esta manera el Fuero Real (conjunto de leyes forales  reunidas y glosadas por Alfonso X) permite el derecho de tránsito del peregrino por todos los lugares sin que tenga que pagar impuestos, portazgos, alcabalas u otras cargas, confirmándose así el libre derecho de circulación. Otras normas obligaban a los mercaderes y hospederos a tratar con respeto a sus clientes peregrinos, advirtiéndoles de las cuantiosas multas e incluso cárcel que podían padecer si les engañasen o mintiesen en beneficio propio. Había también una primitiva seguridad sanitaria pues la asistencia médica debía ser prestada gratuitamente por los Hospitales u Hospederías apostados en el camino. Por último, si el peregrino fallecía, cosa muy corriente en la Edad Media, debía recibir sepultura con la solemnidad que esa persona casi sagrada requería. Otras muchas cuestiones se regulan, pero se salen de este relato.

          Queda la milenaria costumbre de ofrecer diariamente a diez peregrinos una comida y una cena en el antiguo Hospital de Santiago, hoy Parador de los Reyes Católicos.

El peregrino voluntario y forzoso.

        Durante la Edad Media el peregrino es generalmente alguien que decide libre y voluntariamente hacer el Camino a Santiago bien para cumplir una promesa, llevar ofrendas al Apóstol, o ganar la indulgencia por sus pecados, tal como ocurre en la actualidad. Pero está documentado que también había un peregrinaje obligado como consecuencia de penas eclesiásticas o civiles que conminaban a los reos a dirigirse a Santiago para la redención de sus culpas. Concretamente, existía la denominada “peregrinación penitencial” y la “peregrinación civil”.

        La primera supone que un reo confeso, demostrada su culpabilidad por la comisión de un pecado grave, era castigado por los tribunales eclesiásticos a peregrinar a Santiago. Los Libros Penitenciales del Medioevo muestran que los pecados estaban graduados de mayor a menor gravedad, y según su naturaleza, correspondía la aplicación de sanciones, de entre las cuales figuraba la de peregrinar a la ciudad compostelana. El Códice Calixtino es el primer tratado que afirma que “el peregrino, alejándose de su domicilio, es enviado a la peregrinación por un sacerdote, en pena de sus pecados”. Tales libros incluso distinguían diferentes clases de penitencia. Especialmente la iglesia castigaba severamente el pecado de adulterio y así sucedía que el camino estaba plagado de culpables adúlteros que purgaban su delito públicamente. Incluso, a fin de que la vergüenza fuera más ostensible, los penitentes quedaban obligados a utilizar distintivos en su vestimenta o caminar con grilletes e incluso desnudos, ellos, y ensayadas de blanco, ellas, por no exagerar más su situación. Resulta curioso que, una vez estas pecaminosas criaturas llegaban a Santiago, eran recibidas por un comité de penas de adulterio en la Portada de Platerías para recordarles la infamia de sus acciones. El fin de aquel penoso peregrinaje suponía que, confesado y bien comulgado el reo, obtenía la emisión arzobispal de un certificado que acreditaba la redención de su pecado y la conversión en un hombre nuevo.

         Con el paso del tiempo, son los tribunales civiles los que sustituyen a los religiosos en la tarea de imponer el castigo de peregrinar. Comenzó a aplicarse en los Países Bajos en el siglo XIII y en Francia y Alemania posteriormente.  Esta costumbre decae y desaparece en el transcurso del siglo XVI por influencia de la Reforma Protestante. Los delitos que podían dar lugar a este singular periplo son, por ejemplo, los de agresión con resultado de mutilación de miembros, los de acusación falsa, maltratos de palabra u obra, homicidios, etc.

        Actualmente persiste la situación anterior en algunos casos en que muchachos delincuentes  peregrinan, como alternativa a la prisión y mediante un proceso de reflexión tutelada por sus cuidadores, para mejorar su conducta personal y social. Tal sucede con el conocido como Proyecto Oikoten que funciona positivamente desde 1982 puesto que muchos jóvenes consiguen la plena rehabilitación. Asimismo, desde hace veinte años, algunos presos de nuestras cárceles desarrollan la actividad de peregrinar a la ciudad como un instrumento más de aprendizaje y reinserción. Bien está en esta ocasión.

 

Las peregrinaciones actuales (y III).

imagesXKWDHFN2      Durante casi quinientos años el Camino de Santiago ha permanecido dormido, a la espera de tiempos mejores. Pero en el último cuarto del siglo XX se despereza poco a poco, recobrando el dinamismo y la vitalidad perdidos. Se asemeja a una calle que, bulliciosa y animada , deja un día de serlo para convertirse en un viejo boulevard silencioso en el que ya no pían ni los ruiseñores de antaño, pero al cabo retornan sus inquilinos y el destartalado boulevard recobra el limpio brillo que perdió. Para que este cambio se produjese fue, sin embargo, necesaria la cocatenación de diferentes sucesos de entre los que destacamos los siguientes.

      El primero de ellos es la declaración en 1985 de Santiago de Compostela como ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad. Esto supone un refrendo muy importante para la ciudad sobre la que centran su atención millones de personas de todo el mundo, algunos futuros caminantes que empiezan a pensar en la suerte de visitarla. El siguiente hito, que ya abre el apetito senderista de muchos peregrinos, es el título que el Consejo de Europa otorga en 1987 al Camino de Santiago, en su vertiente del Camino Francés,  de Itinerario Cultural Europeo, galardón excepcional que este organismo concede a rutas de especial interés cultural de Europa. La visitas de Juan Pablo II a Santiago de Compostela en 1989 y de Benedicto XVI en 2010 ponen una nota más de favor para estas tierras. Con posterioridad el Camino Francés sigue la misma suerte que la ciudad compostelana y recibe en el año 1993 la declaración de Patrimonio Cultural de la Humanidad. Cinco años después las rutas francesas reciben el mismo premio internacional. Puede afirmarse que a partir de estas fechas el camino entra en sus años álgidos  sin ruptura de continuidad hasta la actualidad.

  Pero se deja deliberadamente para el final la labor extraordinaria que hizo el cura de O Cebreiro, D. Elias Valiña Sampedro, en favor del desarrollo y enaltecimiento del Camino Francés. Nacido en una aldea de Lugo en 1929, se licenció en Derecho Canónico y escribió una tésis doctoral, El Camino de Santiago. Estudio histórico-jurídico,que fue brillantemente defendida en la Universidad de Salamanca en 1965. A pesar de todo, lo insólito fue que el bravo D. Elias, brocha en mano, recorrió en un Citroen GS de la época el Camino Francés desde Roncesvalles a Santiago marcando cada jalón, cada cruce, con una señal amarilla para que el peregrino no errase sus pasos y no se perdiese en el dédalo de las sendas. Impulsó el asociacionismo para la defensa y conservación del Camino y ejerció su ministerio, dicen quienes lo acompañaron, con la dignidad de un buen sacerdote. Muere prematuramente en 1989 y vaya para él nuestro recuerdo y cariño sinceros. Sin duda, le gustaría saber a D. Elías que yo utilizo su librito El Camino de Santiago. Guía del peregrino cuando confecciono estas sencillas notas.

   Y por el fondo, en lontananza, aparece algo abatido, pie a tierra, el peregrino, que probablemente quiere contarnos alguna cosa.

Las antiguas peregrinaciones (II).

peregrinos[1]

    Si la Orden de Cluny alentó la construcción y el aderezamiento del Camino Francés, el arzobispo de Compostela, Don Diego Gelmírez (1069-1140), aportó del lado gallego un importante legado. La ciudad compostelana necesitaba una gran catedral que acogiera las reliquias del Apóstol y a su vez atrajera la atención de los peregrinos. Y era necesario edificar hospederías y monasterios que socorrieran sus necesidades básicas. En ambos casos fue Gelmírez el artífice principal que animó la construcción y finalización de la magna catedral  y la proliferación de las hospederías. Además, cuestión de honor, consigue que el Papado traslade la sede episcopal a Santiago de Compostela con la categoría de sede apostólica. De este modo, la ciudad queda preparada para recibir a peregrinos de todo el mundo cristiano.

      La tercera figura que cimenta el peregrinaje se refiere a los reyes de Castilla, Alfonso VI (1043-1109), y de Navarra, Sancho III El Mayor (985-1035). Aliados de la Orden de Cluny y de Diego Gelmírez, los dos monarcas apoyan el desarrollo del Camino Francés e incluso sufragan  algunos gastos que ocasionan el levantamiento de obras civiles. Bajo sus gobiernos aumenta la seguridad de los peregrinos, cuestión que anima a otros indecisos a emprender sin temor el largo viaje hacia Compostela.

   Y por último, si bien los reyes anteriores dictaron fueros para garantizar la integridad  de los peregrinos, quien de verdad acotó y resolvió parcialmente esta cuestión fue la Orden Militar de Santiago. Constituida en el siglo XII en el Reino de León, estuvo vinculada al ejercicio de la protección de los peregrinos que estaban amenazados en su trayecto por el pillaje de bandidos y malhechores. Resultó además una organización religiosa y civil  compleja que apoyó las luchas de los reinos cristianos contra el Islam. En la actualidad sigue siendo una asociación mixta aprobada legalmente.

Las antiguas peregrinaciones (I).

       images9FWD5VZ3   Las oleadas de peregrinos a Santiago fueron creciendo con el paso del tiempo. Nada más descubrirse la supuesta tumba del Apóstol el obispo Teodomiro  llama al rey asturiano Alfonso II el Casto para que acuda a validar con su presencia el extraordinario hallazgo. Puede considerarse uno de los peregrinos más tempraneros. Durante la  segunda mitad del siglo IX y principios del siglo X las comitivas estaban formadas por fieles de los Condados y Reinos cristianos refugiados en la cornisa peninsular, que estaban obligados a peregrinar por el Camino del Norte para esquivar los embates de las pujantes fuerzas sarracenas. Avanzado el siglo X  por primera vez se constata documentalmente la visita del obispo de Tuy, Gotescalco, a Santiago y con él se abren paso las primeras oleadas de francos. Ahora, sí, ya por el Camino denominado Francés, que se convierte en el principal eje de comunicación, toda vez que las tropas cristianas empujaban a sus enemigos hacia el sur peninsular. En los siglos siguientes las peregrinaciones se convierten en una fiebre convulsa que se propaga a toda Europa, de donde parten millones de peregrinos que buscan el deseado encuentro con el Apóstol. Incluso es tal la avalancha que los cabildos de Roma y Jerusalén temen que Santiago de Compostela se convierta en el primer centro de peregrinación del mundo, arrebatándoles la hegemonía mantenida hasta la fecha.

         Pero para que se produzca este acontecimiento insólito es condición necesaria la preparación y desarrollo de unas tareas de infraestructura en la que van a desempeñar un papel decisivo diferentes figuras.

        En el año 910 Guillermo I de Aquitania dona a doce monjes la propiedad de unas tierras en la Borgoña, naciendo así la Orden de Cluny, cuya influencia y poder sociales serán comparables a la de los reyes y nobles feudales de la época. Seguidores de las enseñanzas de San Benito de Nursia (“ora et labora”), adoptan del santo italiano las reglas de vida por las que han de regirse (“Regulae Sancti Benedicti”) y emprenden el levantamiento del monasterio de Cluny para vivir el cristianismo alejados del mundo. A partir de entonces fundan abadías en toda Europa, siendo el Camino de Santiago un ámbito idóneo para la construcción de monasterios benedictinos, como es el caso de San Zoilo en Carrión de los Condes y el de Sahagún de Campos, denominado «la Cluny española». Es, por otro lado, el nacimiento de la cultura del Románico, que se glosará en capítulos posteriores. En consecuencia, esta idea expansionista de la Orden conlleva el proyecto de mejorar el Camino mediante la construcción de puentes, hospitales, iglesias, trazados viarios, fuentes, e incluso a través de la elaboración de un código deontológico que obliga y cuida al peregrino en su deambular. Puede afirmarse que desde el siglo XII el Camino Francés está definitivamente concluso merced a la labor constructora patrocinada por los cluniacenses, que se convirtieron en una verdadera escuela de ingenieros de caminos en la Alta Edad Media. Cuestión aparte es la acumulación de riquezas y poder temporal de la Orden que abocó a la reforma emprendida por la también benedictina Orden Cisterciense de San Bernardo de Claraval, y que supuso el ocaso de los Cluniacenses. No obstante, esa es una parte de la Historia occidental tan interesante como ajena a nuestro relato.

Nueva carta para ti.

    Llevo hasta este momento escritos algunos renglones que pretenden descubrir diferentes aspectos de este importante Camino de Santiago , a sabiendas que se trata de apuntes improvisados e informales, que no agotan el tema de ninguna manera, pero que responden a preguntas que yo mismo me planteo y respondo sin falseamientos ni mistificaciones de ninguna clase. Tampoco pretendo hacer ciencia porque ni este es el lugar ni poseo el numen que solo los dioses conceden a sus mejores acólitos o bardos. Solo creo pequeños cuadros pintorescos que pergeñan la variada policromía del Camino. Y esos cuadros nos ayudan a descubrirlo mejor.

        Cierro un capítulo, el tratamiento del Camino desde una perspectiva genérica, y abro uno nuevo que presenta al Peregrino como centro y protagonista principal porque, sin Él, no lo olvidemos, no hay nada. Recordemos los versos del poeta que subrayan que sin caminante desaparece el camino. Por eso, las hojillas siguientes filtradas en este cuaderno versarán sobre este agonista, que además lo es de verdad porque pugna contra el tiempo y las adversidades. Así pues, los párrafos venideros darán rienda suelta a este singular, curioso e inimitable personaje.

        Solo necesito tiempo, otra vez.

El Camino Francés actual. Una insignificante reflexión.

WisconsinScenery[1]          Sobre el Camino Francés, en mi opinión, ya se dicho lo más elemental para quien busque información básica sobre este aspecto. No obstante, debe añadirse que el camino actual es una réplica del antiguo tal como se nos describe en los capítulos anteriores pues el trazado se realiza en el siglo IX y posteriores y así se ha mantenido hasta el presente con las lógicas variaciones y mejoras que ha traído la modernidad. Recorre 750 Km. desde Roncesvalles y 822 Km. si se toma la salida a partir de Somport para seguir la vía aragonesa, y se aconseja dividir la ruta en treinta etapas. Los servicios de albergues y avituallamientos son buenos, si bien el coste de las comidas está por encima de las disponibilidades medias del peregrino. El acervo cultural del Camino es uno de los más importantes del mundo, lo que es razón suficiente para que le dediquemos una sección de varios capítulos. Durante los últimos veinticinco años el número de peregrinos ha ido en aumento, llegándose a contar un total de 272. 135 en  el Año Santo de 2012.         .

Pero, surge una reflexión que como el tintineo argentino de una campana me ha perseguido durante el tiempo de peregrinación.

Una vez echado pie a tierra observaba con atención los paisajes siempre diferentes de tierras adentro, hollaba los senderos pardos, bebía de las fuentes claras y me cobijaba un cielo rasgado de nubajes. En ese contexto percibía que el paisaje plano, de suaves ondulaciones, fue durante siglos entrevisto por un tropel de peregrinos antes que yo, que las lajas o piedrecillas del sendero antes que a mi golpearon otros pies milenarios, que los chorros manantes de agua fresca y cristalina regaron antes que a mi otras bocas sedientas y que la luz repartida a raudales por un límpido cielo iluminó a millones de caminantes que nunca conoceré. Y así sentía con deleite que formaba parte de un Pueblo y de una Historia y que arraigaba muy adentro la idea de ser Pueblo y de estar en la Historia. Pueblo es lo que queda después de haber podado lo inútil, nocivo y dañino, es el Valor más elevado que se sedimenta en la base social pero nunca fuera de ella, Pueblo es, en definitiva, la hilera de hombres abocados al trabajo silencioso y al cumplimiento callado de los valores más sublimes; y la verdadera Historia es la que se hace cada instante por ese Pueblo, el relato de las pequeñas cosas que le suceden y que nadie ha de escribir porque es una tarea imposible. En el Camino se siente, en definitiva, la mística o unión humana con quienes nos precedieron secularmente por el hecho mismo de hacer las mismas cosas y se siente ser además un eslabón vigoroso pero frágil en la longeva e interminable cadena de la Historia, y por lo tanto, formar parte de ella. Así soy Pueblo y estoy en la Historia.

Y nada más. Vuelve el silencio tan añorado del Camino. Retornan otra vez  los paisajes policromados de las tierras y campiñas como la paleta del pintor arquea matices de colores que se pierden en la mirada.

La idiosincrasia de algunos pueblos según el C. Calixtino ( y IV).

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        El capítulo VII del Libro V del Códice es probablemente el mejor ejemplo textual de adjetivación gentilicia. Son tantos y seguidos estos adjetivos que llegan a formar verdaderas letanías descriptivas. Si bien, en su descargo, el autor no solo regala estas flores a los de acá, sino también mete en el mismo cajón a los de allá, a los galos del Sur de Francia.

          En efecto, a modo de preámbulo dice de los gascones que “son ligeros de palabra, parlanchines, burlones, libidinosos, borrachines, comilones, desastrados en su indumentaria, faltos de joyas”, aunque les compensa el que “se han significado por su hospitalidad con los necesitados”. Y descubre en estas gentes un vicio que le trae muy preocupado:”Se acuestan vergonzosamente todos juntos, los sirvientes con el amo y el ama, sobre un poco de paja entre la suciedad”. Con los vascos franceses de Bayona y lindes vecinas también se despacha a gusto: ”Es una región de lengua bárbara”, y critica especialmente el cobro de impuestos a que someten injustamente a los peregrinos. Ya del otro lado de los Pirineos tampoco se queda corto en su afán lisonjero y dice que “navarros y vascos tenían por costumbre, a los peregrinos que se dirigían a Santiago, no solo asaltarlos, sino montarlos como asnos y matarlos”. Y afila sus cuchillos dialécticos:”Son un pueblo bárbaro colmado de maldades, de aspecto innoble, malvados, perversos, pérfidos, desleales, lujuriosos, borrachos, agresivos, feroces y salvajes, desalmados y réprobos, impíos y rudos, crueles y pendencieros, desprovistos de cualquier virtud y enseñados a todos los vicios e iniquidades, parejos en maldad a los Getas ( tribu que habitaba junto al Danubio que se caracterizaron por su rebeldía) y a los Sarracenos y enemigo frontales de nuestra nación gala”. De sus hábitos en la mesa escribe:»Comen y beben  muy mal pues en la casa de un navarro se tiene la costumbre de comer toda la familia, lo mismo el criado que el amo, mezclando todos los platos en una sola cazuela, y nada de cucharas, sino con las mismas manos«. Y acaba por aludir otra vez al enconado  asunto sexual, dejando incluso pequeños a nuestro Francisco Delicado, autor de La Lozana Andaluza o al mismo Bocaccio en su Decamerón: “Los navarros, mientras se calientan, se enseñan sus partes, el hombre a la mujer y la mujer al hombre. Además los navarros fornican incestuosamente al ganado. Y da lujuriosos besos a la vulva de su mujer y de su mula”, sin distingos. Concluye:”Por ello, las personas con formación no pueden por menos de reprobar a los navarros”.

          Sobre los castellanos alaba el célebre escritor la riqueza y fecundidad de los campos: “Es una tierra llena de tesoros, de plata, oro, rica en paños y vigorosos caballos, abundante en pan, vino, carne, pescado, leche y miel”. No obstante, no puede evitar su innata naturaleza moral:” Esta tierra carece de arbolado y está llena de hombres malos y viciosos”, desconociendo si por»viciosos» quiso decir «lujuriosos».

         Por último, encuentra que Galicia es lo más parecido al solar galo en sus bosques y frondas, y ríos limpios, opima en ganado y pescado, frutos y fuentes: «Los gallegos son el pueblo que, entre los demás pueblos incultos de España, más se asemejan a nuestra nación gala, si no fuera porque son muy iracundos y litigiosos”. Parece que no son lujuriosos.

        Así Aymeric Picaud, sensible obervador, llega a Santiago con el Códice Calixtino bajo el brazo y lo entrega para su custodia a la curia catedralicia, formada entonces por setenta y dos canónigos. Corría el año 1140.

Otros apuntes del Camino Francés (III).

        Es contumaz el autor del Códice Calixtino en proveer abundante información sobre las condiciones materiales del Camino.

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        En tal sentido escribe una relación de ríos de aguas aptas para el consumo humano y de otros que provocan la muerte de las cabalgaduras y de sus amos, si se arriesgan a beberlas. Son ríos letales, dice, los situados entre Estella y Logroño, mientras que los castellanos de Tierra de Campos(el Pisuerga, el Carrión, el Cea, el Esla etc.) y los gallegos (el Miño) tienen agua dulce y sana. Su relato, vivo y animoso, está incluso salpicado de cierta truculencia como en el fragmento siguiente:”Por el lugar llamado Lorca (Navarra), por la zona oriental, discurre el río llamado Salado: ¡cuidado con beber en él ni tú ni tu caballo pues es un río mortífero. Camino de Santiago, sentados a su orilla, encontramos a dos navarros afilando los cuchillos con los que solían desollar a las caballerías de los peregrinos que habían bebido de aquel agua y morían”. Otras veces la delicadeza de los detalles dan un tono gracioso al relato: “En un río llamado Labacoya, a dos millas de Santiago, los peregrinos de nacionalidad francesa se quitan la ropa y, por amor al Apóstol, solían lavarse no solo sus partes sino la suciedad de todo el cuerpo”.

       Acerca de la variada gastronomía de Hispania el autor es precavido: “Si en España y en Galicia alguna vez comes un pescado llamado vulgarmente barbo, ten por seguro que muy pronto o te mueres o te pones malo”. Y concluye: “Tanto el pescado como la carne de vaca y de cerdo en España y Galicia producen enfermedades a los extranjeros”.

     Dedica varias páginas a las visitas de santos que el peregrino debe realizar a lo largo del trayecto y cierra el libro o guía del Camino con una descripción rigurosa de la ciudad de Santiago y de la catedral, así como un recuerdo para el Apóstol “pues en esta venerable basílica es tradición que descansa con todos los honores el cuerpo venerado de Santiago”. Nos recuerda, por fin, que “todo el mundo debe recibir con caridad y respeto a los peregrinos, ricos o pobres, pues el que los reciba tendrá como huésped no solo a Santiago, sino también al mismo Señor”.

    Pero dejemos que borbotee libremente el sentir de Aymeric Picaud sobre los pobladores de algunas regiones del norte del siglo XII. No tiene desperdicio.

El Camino Francés según el C. Calixtino (II).

Camino-de-Santiago[1]        El Camino Francés es el más importante no solo por el elevado número de peregrinos que desde el siglo IX hasta hoy ha transitado por sus calzadas, sino también por la impronta cultural que ha ido dejando como fértil semilla. Y es ya el Códice Calixtino, Libro V, el que relata con toda clase de pormenores las contingencias naturales del Camino.

        De Francia partía la ruta, de ahí su denominación, desde cuatro puntos: el primero desde Saint Guilles a Montpellier y Tolosa  (conocida como Vía Tolosana, de especial interés); el segundo desde Santa Mª del Puy a Santa Fe de Conques y San Pedro de Moissac (la Vía Podiensis); un tercero que partía de Sta. Mª Magdalena de Vezelay a Limoges y Perogueux (la Vía Lemovicensis); y un cuarto que arrancaba de San Martín de Tours a Poitiers y Burdeos (la Vía Turonensis). La primera entra en España por el Puerto de Somport, provincia de Huesca, y las tres restantes se aventuran en solar hispano por el paso navarro de Roncesvalles, de resonancias épicas para la historia francesa. Todas las vías confluyen en territorio español en Puente la Reina, Navarra, y a partir de este espacio el Camino es el mismo para todos los peregrinos hasta Santiago, con la salvedad de que existe la posibilidad de dejar el Camino Francés en León para incorporarse al del Norte en Oviedo.

        Sobre los pueblos y burgos dispersos por toda la longitud de la ruta sólo mencionamos los que despiertan algún comentario logístico en el autor  o los florecientes en esa época: Estella – “ fértil en buen pan y excelente vino, así como en carne y pescado”-, Logroño, Nájera, Santo Domingo, Burgos,  Castrojeriz, Frómista, Carrión –“ villa próspera y excelente, abundante en pan, vino, carne y todo tipo de productos, Sahagún – “pródigo en todo tipo de bienes, donde se encuentra el prado donde, se dice, que antaño reverdecieron las astas fulgurantes que los guerreros victoriosos habían hincado en tierra”-. El apunte hace referencia a la leyenda según la cual la chopera existente a la salida de Sahagún en dirección León fue el resultado de la transformación de las lanzas en árboles como signo de la protección que dio San Facundo, patrono de la villa, a los cristianos que aguardaban la señal para combatir contra los árabes. Se recuerda luego Mansilla, León- “ciudad sede de la Corte Real, llena de todo tipo de bienes”-, Astorga, Triacastela y Compostela- “excelsa ciudad del Apóstol, repleta de todo tipo de encantos, la ciudad que custodia los restos mortales de Santiago”.  

     Dice Aymeric Picaud que el Camino Francés debía recorrerse en trece días, eso sí a lomos de un caballo duro como el pedernal.

El Códice Calixtino (I). Generalidades.

       El primer relato del Camino Francés está recogido en este famosísimo libro del Codex Calixtinus. Pero previo a este relato debe hacerse una breve glosa del libro.imagesCAIZT5AD

    El Códice es una miscelánea de libros del género hagiográfico  que tiene como finalidad propagar la virtudes del apóstol Santiago a todo el orbe cristiano. Era necesario en la Alta Edad Media propalar la nombradía del santo y a tal fin el arzobispo de Galicia, Diego Gelmírez, propone reunir en una magna obra diversos temas y contenidos relacionados con el apóstol . No es pues un corpus de leyes, como puede inducir su nombre, sino una compilación de libros alusivos al santo. Parece que el responsable de esta compilación fue Aymeric Picaud, clérigo de Poitou, vinculado a la Orden de Cluny, y a la vez el autor del Libro V, considerado la primera guía de peregrinos a Santiago. Aymeric realizó dos peregrinajes y es en el segundo viaje cuando  lleva personalmente el Códice a la Catedral de Santiago en el año 1140. El apellido Calixtino  proviene de que la Orden de Cluny atribuye al Papa Calixto II la autoría de los dos folios primeros del Códice, aunque es común la afirmación de que así lo hizo el escribidor consciente de que el libro ganaría en fama. Fue tal la reputación que alcanzó a la sazón que pronto hubo varios manuscritos y con el surgimiento de la imprenta aún aumentó más su lectura en ámbitos eclesiales y civiles. Su interés decae en el siglo XVII y posteriores. En el siglo XIX el filólogo francés, Joseph Bédier, bautizó el Códice como Liber Sancti Iacobi, utilizándose indistintamente ambos títulos.

     El  Códice tiene 225 folios de pergamino escritos por las dos caras. La división nos habla de la importancia que ha tenido. Consta de un prólogo de dos folios, de cinco libros y dos apéndices. El prólogo, como se ha dicho, es falsamente atribuido al Papa Calixto II. El Libro Primero de las Liturgias ocupa la mitad del Códice e incluye sermones, relatos del martirio y algunas anotaciones musicales de extraordinario valor. El Libro Segundo de los Milagros está formado por veintidós relatos milagrosos que realiza el santo, iniciando así una larga tradición que recuerda los milagros contados por Gonzalo de Berceo un siglo después. El Libro Tercero de la Traslación del Cuerpo a Santiago constituye el relato tantas veces repetido del traslado el sepulcro. El Libro Cuarto de las Conquistas de Carlomagno reproduce legendariamente la batalla de Roncesvalles tal como un siglo antes lo hiciera la Chanson de Roland. Y el Libro Quinto es el Iter pro peregrinis ad Compostellam, considerado la guía europea de peregrinos más temprana. Los dos Apéndices los forman veintidós obras polifónicas de gran importancia en la música medieval.

     Dos hitos, pues, fija el Códice Calixtino: la recopilación musical más importante del Medievo y la elaboración de la primera guía de peregrinos, que ya repunta.

    En la actualidad el Códice se conserva en el Archivo catedralicio de Santiago.

Los caminos a Compostela.

maparecortado2[1]       A partir del descubrimiento de la tumba se abre una tupida red de caminos dentro y fuera de España que conducen a millones de andariegos hasta Santiago. Constituyen verdaderas arterias transmisoras de cultura y tradición que se asemejan a ríos y arroyuelos que dejan a su paso un mundo natural variado y extraordinariamente rico. Una de las consecuencias más importantes será el asentamiento de nuevas poblaciones y, por lo tanto, un mayor crecimiento demográfico que abocará al desarrollo de importantes ciudades como Burgos, León, Zamora o villas como Castrojeriz, Sahagún, obviando la irradiación cultural de los caminos a la que se dedicará espacio en otros capítulos.

       Dentro de España la eclosión de los itinerarios se produce en todos las latitudes geográficas: del Sur al Norte se expanden el Camino Portugués (Lisboa a Santiago), el Mozárabe ( de Granada a Mérida que se une a la Vía de la Plata ), la Vía de la Plata ( de Sevilla a Astorga donde se junta con el Camino Francés), el Camino de Levante ( desde Valencia hasta Zamora para fundirse en la Vía de la Plata), la Ruta de la Lana ( de Cuenca a Burgos) y el Camino de Madrid ( de la capital española a Sahagún de Campos en pleno Camino Francés), por citar los más importantes.

       Con todo, las dos vías más importantes a lo largo del tiempo son el Camino del Norte y el  Camino Francés. El primero arranca desde Irún y recorre el perfil de la costa cantábrica hasta la ciudad santiaguina, constituyendo la unidad mar y tierra un marco de equilibrio estético y hermosura sin par. Es casi seguro que el Camino del Norte fue durante los siglos IX y X el más frecuentado pues los territorios adyacentes estaban ocupados por los musulmanes, pero desde el siglo XII el Francés se convierte en el eje de comunicación principal por el empuje de la conquista hacia el Sur. Como un afluente o ramal del Camino del Norte debe mencionarse el Camino Primitivo, que es el seguido por Alfonso II el Casto y sus mesnadas para dirigirse a confirmar la veracidad de la tumba del Apostol y ordenar el levantamiento de una pequeña iglesia prerrománica de estilo asturiano . Se trata del Camino más antiguo y recorre el paisaje más agreste y desconocido de la bella y bizarra Asturias que partiendo de Oviedo se pierde por las selvas de Tineo y Pola de Allande para decantarse en Lugo y definitivamente en Santiago.

       Pero el Camino por antonomasia es el Francés por donde primerizo asoma el Códice Calixtino.