Los peligros (y III).

       SARAVAIANSA[1]       Los días que habría de durar el recorrido completo del Camino había que minuciosamente calcularlos antes de la partida, pues un mal cómputo podía suponer la rápida transición entre las estaciones y el cambio de tiempo sorprender negativamente al peregrino. A veces, el caminante debía descansar más de lo esperado o curarse de las enfermedades sobrevenidas en los hospitales, obligándole durante días o semanas a permanecer estacionado sin poder proseguir su camino. Por estas u otras razones, la repentina e inesperada alteración de las condiciones climatológicas suponía un grave peligro.

        Hay registrados casos en que la nieve y el frío dejaban primero ateridos pies y manos y, poco a poco, el cuerpo iniciaba una lenta congelación que acababa en la muerte. Otras veces, el peregrino se hallaba rodeado de una niebla persistente y densa que provocaba su desorientación y pérdida en un entorno desconocido. Mientras que unos volvían a encontrar la senda, otros desaparecían envueltos en el cendal de las nubes y perdían la vida entre las hostiles tinieblas. Pero los rigores del estío también se conjuraban contra el peregrino como se documenta en las listas hospitalarias, parcas por otro lado en la explicación de los males, en que, enfermos por un sofoco de calor o por la falta de hidratación necesaria, morían de forma rápida. En la actualidad estos sucesos difícilmente se repiten, aunque todavía puede escucharse que un peregrino se ha perdido en las bifurcaciones de los caminos, o ha sufrido una deshidratación por no tener acopio de agua o un golpe de calor le ha producido leves desmayos sin consecuencias mayores.

        A los riesgos anteriores se sumaban la picadura de reptiles, víboras por ejemplo, las mordeduras de perros asilvestrados, e incluso, el ataque feroz de los lobos. No se trata de fábulas que se cuentan a los niños, sino de historias verdaderas el que estos mamíferos acechaban en  manada al peregrino que caminaba solitario en los parajes yermos o cerca de los bosques insidiosos, produciéndole heridas gravísimas que a veces provocaban su muerte. Relata Domenico Laffi, sacerdote y peregrino de finales del siglo XVII, que los pastores de Hontanas tenían que cercar con piedras los rediles para proteger sus rebaños del ataque de los lobos y que hasta temían por sus propias vidas cuando el invierno dejaba sin alimento al selvático animal. Aún es más duro el relato que cuenta que, a las afueras de El Burgo de Ranero un cuerpo humano yacía en el suelo devorado por una manada de lobos y que, preso de miedo, corrió al pueblo para pedir la ayuda de los vecinos.

      Hoy, por suerte, ya no se dan estas situaciones y el peregrino puede compartir felizmente su camino con las bandadas de pájaros, las camadas de conejos y liebres, a veces molestos por el vuelo rasante de un cernícalo, y algún zorrillo que huye medroso para esconderse entre los  resquicios de los majanos.

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