Los peligros (II).

     ¿Cuántos peregrinos en algún momento del peregrinaje se habrán librado del susto que les propinaron un pícaro, un falsario o un sujeto embozado? Si se conviene que en la Edad Media y siglos posteriores la población era mayoritariamente pobre, la cultura resultaba un privilegio palatino y la justicia no estaba uniformemente implantada en todas las tierras hispánicas, es razonable afirmar que el pillaje o el engaño como medio de aprovechamiento propio a costa de la desgracia ajena eran moneda de uso corriente en todos los ámbitos y rincones.

      En efecto, muchas fueron las maneras de practicar el latrocinio.La modalidad más penosa era la del bandido que acechaba en los lugares más apartados y solitarios del camino para caer sobre el peregrino alevosamente y vaciarle la bolsa en que llevaba sus ahorros e incluso despojarlo del vestido. A veces, no le bastaba al ladrón con esto y le sometía a crueles torturas hasta provocar el desvanecimiento o la muerte por desangramiento de las heridas producidas en su cuerpo. Especialmente peligrosos eran los Montes de Oca o las tierras boscosas situadas entre Valvanera y San Millán, en las que actuaban a su antojo bandas incontroladas que se escondían en las escabrosidades de las sierras. Son conocidos, entre otros, los nombres de Thomas de Londres, capturado, juzgado y ahorcado en 1337, Marín de Castro, que fue apresado en Cantabria y ejecutado. La alarma fue de tal importancia que ya se dictaron leyes que castigaban con la pena de muerte a quienes incurrían en estos delitos, ya se construyeron albergues y hospitales como ciudadelas de seguridad o ya se fundaron algunos monasterios protectores como el de San Juan de Ortega en los mismos Montes de Oca.

    Con no menor peligro actuaban los “falsos peregrinos” que trajeron en jaque a las autoridades civiles y eclesiásticas. Estos se situaban a la salida de los pueblos de la ruta simulando ser peregrinos y dando grandes voces llamaban la atención de los verdaderos para ir en su compañía. Así los engañaban fingiendo ser hombres piadosos y cuando llegaban a un  lugar fijado, el resto del grupo los emboscaban, robaban y a veces los mataban sin ningún miramiento. Está registrado el nombre de Bartholomeus Cassam que, pasando por peregrino, robó objetos de valor en las iglesias de Zarauz y de Salas en Asturias, y por ello fue condenado a la horca.

   También el peregrino debía protegerse de algunos mesoneros que sagazmente aprovechaban la ocasión en que se dormía para expoliar la saca del durmiente. O vendían mala carne a precio de buena, o inflaban el peso de los alimentos mediante maquinaria truncada para elevar el precio. El Fuero de Estella de 1164 dedica alguna mención a los robos de los hospederos a quienes se sanciona con severidad. Otro gremio artero era el de los cambistas pues se había de pasar por lugares de distinta moneda, de modo que algunos aprovechaban la oportunidad para intercambiar moneda a su favor. Ni siquiera se salvaba el barquero que cobraba más dinero de la tarifa establecida o admitía en la barca más peregrinos que los que cabían para enriquecimiento propio, llegando en ocasiones a zozobrar la chalupa con el ahogamiento de los pasantes.

     Queda pintado así un cuadro variopinto y curioso de la Hispania zaragatera, tramposa y fullera que prepararía el camino a la novela picaresca del siglo XVI y XVII españoles.

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