Las antiguas peregrinaciones (I).

       images9FWD5VZ3   Las oleadas de peregrinos a Santiago fueron creciendo con el paso del tiempo. Nada más descubrirse la supuesta tumba del Apóstol el obispo Teodomiro  llama al rey asturiano Alfonso II el Casto para que acuda a validar con su presencia el extraordinario hallazgo. Puede considerarse uno de los peregrinos más tempraneros. Durante la  segunda mitad del siglo IX y principios del siglo X las comitivas estaban formadas por fieles de los Condados y Reinos cristianos refugiados en la cornisa peninsular, que estaban obligados a peregrinar por el Camino del Norte para esquivar los embates de las pujantes fuerzas sarracenas. Avanzado el siglo X  por primera vez se constata documentalmente la visita del obispo de Tuy, Gotescalco, a Santiago y con él se abren paso las primeras oleadas de francos. Ahora, sí, ya por el Camino denominado Francés, que se convierte en el principal eje de comunicación, toda vez que las tropas cristianas empujaban a sus enemigos hacia el sur peninsular. En los siglos siguientes las peregrinaciones se convierten en una fiebre convulsa que se propaga a toda Europa, de donde parten millones de peregrinos que buscan el deseado encuentro con el Apóstol. Incluso es tal la avalancha que los cabildos de Roma y Jerusalén temen que Santiago de Compostela se convierta en el primer centro de peregrinación del mundo, arrebatándoles la hegemonía mantenida hasta la fecha.

         Pero para que se produzca este acontecimiento insólito es condición necesaria la preparación y desarrollo de unas tareas de infraestructura en la que van a desempeñar un papel decisivo diferentes figuras.

        En el año 910 Guillermo I de Aquitania dona a doce monjes la propiedad de unas tierras en la Borgoña, naciendo así la Orden de Cluny, cuya influencia y poder sociales serán comparables a la de los reyes y nobles feudales de la época. Seguidores de las enseñanzas de San Benito de Nursia (“ora et labora”), adoptan del santo italiano las reglas de vida por las que han de regirse (“Regulae Sancti Benedicti”) y emprenden el levantamiento del monasterio de Cluny para vivir el cristianismo alejados del mundo. A partir de entonces fundan abadías en toda Europa, siendo el Camino de Santiago un ámbito idóneo para la construcción de monasterios benedictinos, como es el caso de San Zoilo en Carrión de los Condes y el de Sahagún de Campos, denominado “la Cluny española”. Es, por otro lado, el nacimiento de la cultura del Románico, que se glosará en capítulos posteriores. En consecuencia, esta idea expansionista de la Orden conlleva el proyecto de mejorar el Camino mediante la construcción de puentes, hospitales, iglesias, trazados viarios, fuentes, e incluso a través de la elaboración de un código deontológico que obliga y cuida al peregrino en su deambular. Puede afirmarse que desde el siglo XII el Camino Francés está definitivamente concluso merced a la labor constructora patrocinada por los cluniacenses, que se convirtieron en una verdadera escuela de ingenieros de caminos en la Alta Edad Media. Cuestión aparte es la acumulación de riquezas y poder temporal de la Orden que abocó a la reforma emprendida por la también benedictina Orden Cisterciense de San Bernardo de Claraval, y que supuso el ocaso de los Cluniacenses. No obstante, esa es una parte de la Historia occidental tan interesante como ajena a nuestro relato.