La idiosincrasia de algunos pueblos según el C. Calixtino ( y IV).

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        El capítulo VII del Libro V del Códice es probablemente el mejor ejemplo textual de adjetivación gentilicia. Son tantos y seguidos estos adjetivos que llegan a formar verdaderas letanías descriptivas. Si bien, en su descargo, el autor no solo regala estas flores a los de acá, sino también mete en el mismo cajón a los de allá, a los galos del Sur de Francia.

          En efecto, a modo de preámbulo dice de los gascones que “son ligeros de palabra, parlanchines, burlones, libidinosos, borrachines, comilones, desastrados en su indumentaria, faltos de joyas”, aunque les compensa el que “se han significado por su hospitalidad con los necesitados”. Y descubre en estas gentes un vicio que le trae muy preocupado:”Se acuestan vergonzosamente todos juntos, los sirvientes con el amo y el ama, sobre un poco de paja entre la suciedad”. Con los vascos franceses de Bayona y lindes vecinas también se despacha a gusto: ”Es una región de lengua bárbara”, y critica especialmente el cobro de impuestos a que someten injustamente a los peregrinos. Ya del otro lado de los Pirineos tampoco se queda corto en su afán lisonjero y dice que “navarros y vascos tenían por costumbre, a los peregrinos que se dirigían a Santiago, no solo asaltarlos, sino montarlos como asnos y matarlos”. Y afila sus cuchillos dialécticos:”Son un pueblo bárbaro colmado de maldades, de aspecto innoble, malvados, perversos, pérfidos, desleales, lujuriosos, borrachos, agresivos, feroces y salvajes, desalmados y réprobos, impíos y rudos, crueles y pendencieros, desprovistos de cualquier virtud y enseñados a todos los vicios e iniquidades, parejos en maldad a los Getas ( tribu que habitaba junto al Danubio que se caracterizaron por su rebeldía) y a los Sarracenos y enemigo frontales de nuestra nación gala”. De sus hábitos en la mesa escribe:”Comen y beben  muy mal pues en la casa de un navarro se tiene la costumbre de comer toda la familia, lo mismo el criado que el amo, mezclando todos los platos en una sola cazuela, y nada de cucharas, sino con las mismas manos“. Y acaba por aludir otra vez al enconado  asunto sexual, dejando incluso pequeños a nuestro Francisco Delicado, autor de La Lozana Andaluza o al mismo Bocaccio en su Decamerón: “Los navarros, mientras se calientan, se enseñan sus partes, el hombre a la mujer y la mujer al hombre. Además los navarros fornican incestuosamente al ganado. Y da lujuriosos besos a la vulva de su mujer y de su mula”, sin distingos. Concluye:”Por ello, las personas con formación no pueden por menos de reprobar a los navarros”.

          Sobre los castellanos alaba el célebre escritor la riqueza y fecundidad de los campos: “Es una tierra llena de tesoros, de plata, oro, rica en paños y vigorosos caballos, abundante en pan, vino, carne, pescado, leche y miel”. No obstante, no puede evitar su innata naturaleza moral:” Esta tierra carece de arbolado y está llena de hombres malos y viciosos”, desconociendo si por”viciosos” quiso decir “lujuriosos”.

         Por último, encuentra que Galicia es lo más parecido al solar galo en sus bosques y frondas, y ríos limpios, opima en ganado y pescado, frutos y fuentes: “Los gallegos son el pueblo que, entre los demás pueblos incultos de España, más se asemejan a nuestra nación gala, si no fuera porque son muy iracundos y litigiosos”. Parece que no son lujuriosos.

        Así Aymeric Picaud, sensible obervador, llega a Santiago con el Códice Calixtino bajo el brazo y lo entrega para su custodia a la curia catedralicia, formada entonces por setenta y dos canónigos. Corría el año 1140.