La despedida y el regreso (y II).

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        Después de haber recorrido muchas leguas y dejar atrás andanzas, riesgos y toda suerte de experiencias, el peregrino de ayer y hoy llega por fin a la ciudad de Santiago de Compostela para encontrase con la Idea que le llevó hasta allí y que lo mantuvo en pie en sus peores momentos. Contra viento y marea, el peregrino abraza al fin la ansiada meta por la que porfió sin tregua. No puede, sin embargo, excluirse el caso de que algún peregrino pueda sentirse decepcionado porque sus objetivos no se hayan cumplido o porque simplemente el Camino no le haya servido para nada.Toda situación, la satisfactoria o la frustrante, es posible por la singular condición del hombre.

        Esencialmente siempre se han dado los mismos pasos: antiguamente el caminante compraba la concha o vieira que acreditaba su peregrinaje pues era el signo visible de que el Camino había sido recorrido en su integridad. Probablemente este atributo fuese desconocido por los primeros peregrinos, pero en el siglo XI está ya documentada su venta. Con el paso del tiempo la concha ha perdido el significado confirmatorio del camino y viene a resultar un símbolo de significado plural que identifica al caminante tanto en la ida como en la vuelta. Si además el peregrino estaba obligado al cumplimiento de una pena eclesial o civil, debía recoger del arzobispo de Compostela una carta probatoria para la exculpación definitiva de sus culpas. Hoy, el peregrino visita la Oficina homónima y, presentada la credencial debidamente sellada en las iglesias, albergues o centros autorizados, gana la Compostela o certificado eclesial del peregrinaje plenamente consumado. Procede, en adelante, la vuelta al hogar, tras haber visitado y saboreado cada uno de los vetustos rincones de la ciudad y sus lugares de culto. La lluvia es la última imagen que el caminante debe cargar en su imaginario antes de emprender el retorno y de esta manera poder contar a todos que la lluvia es el signo de identidad más genuino de Santiago, no solo.

         Es en este punto en que las diferencias se agigantan. Antaño, el peregrino reiniciaba un viaje a pie similar al que acababa de hacer y se exponía nuevamente a los riesgos que con suerte pudo esquivar en la primera parte. Llegado al lugar de origen era recibido con el mismo alborozo ritual con el que se fue: la comunidad de vecinos salía a recibirlo y conducirlo en procesión hasta el pórtico de la iglesia o el zaguán de la plaza. Luego el sacerdote le daba su bendición y volvía a sus labores domésticas y laborales. Sin embargo, el hombre moderno regresa seguro mediante el uso de los modernos medios de transporte y atraviesa el umbral de su casa en el más absoluto y, probablemente, deseable silencio.

     Pero no siempre el rito se repite. A veces, también el Camino es la tumba del peregrino.

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