La despedida y el regreso (I).

peregrinos[1]

          Actualmente el peregrino deja su casa y se incorpora al camino sin ningún gesto ni rito especial, y retorna otra vez con el morral cargado de recuerdos y una hilera de imágenes en los ojos, como si nada. Pero en época medieval existió una inevitable liturgia de la partida y del regreso. Era un derecho y una obligación consuetudinarios.

          Las campanas tañían a rebato el día de la partida y los peregrinos asistían primero al oficio de la misa celebrada por el obispo, si podía asistir, y los sacerdotes de las parroquias vecinales. Era costumbre que los peregrinos saliesen agrupados para soportar mejor las dificultades y ayudarse en los momentos más penosos, pues eran muchos los peligros con que se iban a encontrar a lo largo del peregrinaje. Luego recibían las bendiciones y entonaban salmos penitenciales y cánticos que preparaban el ánimo para la empresa viajera. Otros documentos que les eran entregados son un salvoconducto para que pudiesen transitar con seguridad sin ser detenidos, un certificado de peregrinación en el que se hacía constar que el portador viajaba con un fin pío, e incluso, los más afortunados portaban cartas de recomendación de autoridades para que fuesen bien tratados y atendidos por donde pasasen. Ya en la plaza o en el compás de la iglesia recogían el talego o saco para guardar las provisiones y el bordón que habría de servir para apoyarse o defenderse de los indomeñables animales que salían al encuentro en cualquier lugar solitario del camino. Tales eran las prendas que la iglesia regalaba a sus peregrinos a cambio de la firme promesa de estos de permanecer fieles a los objetivos de visitar la tumba del Apóstol y volver, si las fuerzas respondían, al pueblo natal. Acabada la ceremonia, los villanos acompañaban en alegre procesión a los peregrinos, que cerraban la comitiva junto con las autoridades eclesiásticas y civiles, hasta los aledaños del pueblo salpicados por verdes huertas. Una vez allí, los caminantes se alejaban e iniciaban la ruta jacobea. Si venían de algún lugar de Hispania buscaban la salida hacia el Camino Francés y si procedían de cualquier pago europeo venían todos a congregarse en alguna de las cuatro cabeceras francesas (Vía Turonensis por Tours, Vía Lemovicensis por Limoges, la de Podiensis por Puy y la Vía Tolosana por Montpellier y Toulouse) para seguir juntos hasta Roncesvalles o el puerto de Somport en tierras de Aragón. Era habitual que, sobre todo en la parte inicial, se cantaran cancioncillas profano-religiosas, como la recogida en la vía turonense que reproducimos en su lengua vernácula:

                         Lorsque nous partîmes de France/ tristes et marris,

                        nous quittames péres et méres/ tous nos amis;

                       au coeur avions si grand desir/ de voir Saint-Jacques.

                       Avons laisse tous nos plaisirs/ pour faire ce voyage.

              Y así, poco a poco, piedra a piedra, el peregrino se iba acercando, durante cortas noches y largos días, al sepulcro de Santiago.

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