El vestido.

     imagesQY1TFR3Z     No es objeto del presente relato establecer una relación del fondo de armario que hoy en día utiliza el peregrino en su marcha pues hay otros medios de información más precisos que lo pueden hacer con mayor eficiencia. Pero sí explicar siquiera básicamente el atuendo que adornaba al peregrino medieval cuando transitaba a lo largo y ancho del camino. Es probable que en sus orígenes no hubiera una uniformidad en el vestuario y cada uno usase las prendas más cómodas según el período estacional en que iniciase el periplo. Pero a lo que parece el paso del tiempo creó una moda en el vestir del peregrino que se afianzó y acabó imponiéndose. Se diría que hubo, residualmente ha quedado solo como recuerdo, un traje de gala que el caminante exhibía en su viaje, aunque este hecho tiene el inconveniente de que fuese copiado por los conocidos como “falsos peregrinos” con fines arteros y pícaros, hasta el punto de que se hubieron de dictar normas jurídicas para prohibir vestirse como peregrino sin serlo y castigar este hecho si se hacía con engaño y en provecho propio.

          El vestuario era un sombrero de ala ancha y redondo, aplanado en su parte delantera, para protegerse, a modo de paraguas, de las inclemencias del tiempo; un abrigo o más bien sayal de estameña pardo, abierto por delante para facilitar el movimiento de las piernas, que se ceñía por la misma razón a la cintura por medio de un cíngulo o fibra de esparto; por encima y a lo largo de la espalda el peregrino se hacía cubrir por la esclavina de piel que servía como refuerzo del sayal cuando el viento o la lluvia arreciaba con más fuerza; y se completaba con el calzado a modo de sandalias de dos tiras en la parte anterior y una solo en su parte posterior, que llevaba una suela de cuero o madera. Además, acompañaban al peregrino un sartal de atributos que lo identificaban inconfundiblemente. Consistían estos en un bordón o bastón algo más alto que su estatura, rematado por una contera metálica, de uso polivalente pues ya servía para defenderse de los ataques de perros o lobos o bandidos, ya para apoyarse en la marcha, o ya con el fin de vadear arroyos y ríos; del bordón colgaba atada la calabaza o cantimplora que guardaba el agua necesario para aliviar las necesidades hídricas del caminante; los víveres iban en el morral colgado oblicuamente del cuello; así como el dinero iba custodiado en la escarcela de cuero o bolsa que se escondía a veces en las partes y extremidades más íntimas. El Códice Calixtino, habitualmente grandilocuente en el fondo, busca un simbolismo para algunas de estas piezas, de manera que la escarcela connota, por ejemplo, la caridad cristiana y el bordón indica la fe en el misterio de la santísima trinidad. Por último, es parte indisoluble del peregrino la concha, también llamada venera, que, colgada del abrigo o pegada al sombrero, resulta el icono principal del Camino de Santiago. La interpretación semántica de este signo es muy variable, pero se acepta en general la idea de que su uso supone que el caminante acepta a Cristo como hijo de Dios y desea seguir el camino según los preceptos del cristianismo. Se dice que las estrías de la concha son los dedos de Jesús que rozan e inflan levemente el espíritu del peregrino.

       Nadie, en efecto, debe peregrinar sin la vieira.