El peregrino voluntario y forzoso.

        Durante la Edad Media el peregrino es generalmente alguien que decide libre y voluntariamente hacer el Camino a Santiago bien para cumplir una promesa, llevar ofrendas al Apóstol, o ganar la indulgencia por sus pecados, tal como ocurre en la actualidad. Pero está documentado que también había un peregrinaje obligado como consecuencia de penas eclesiásticas o civiles que conminaban a los reos a dirigirse a Santiago para la redención de sus culpas. Concretamente, existía la denominada “peregrinación penitencial” y la “peregrinación civil”.

        La primera supone que un reo confeso, demostrada su culpabilidad por la comisión de un pecado grave, era castigado por los tribunales eclesiásticos a peregrinar a Santiago. Los Libros Penitenciales del Medioevo muestran que los pecados estaban graduados de mayor a menor gravedad, y según su naturaleza, correspondía la aplicación de sanciones, de entre las cuales figuraba la de peregrinar a la ciudad compostelana. El Códice Calixtino es el primer tratado que afirma que “el peregrino, alejándose de su domicilio, es enviado a la peregrinación por un sacerdote, en pena de sus pecados”. Tales libros incluso distinguían diferentes clases de penitencia. Especialmente la iglesia castigaba severamente el pecado de adulterio y así sucedía que el camino estaba plagado de culpables adúlteros que purgaban su delito públicamente. Incluso, a fin de que la vergüenza fuera más ostensible, los penitentes quedaban obligados a utilizar distintivos en su vestimenta o caminar con grilletes e incluso desnudos, ellos, y ensayadas de blanco, ellas, por no exagerar más su situación. Resulta curioso que, una vez estas pecaminosas criaturas llegaban a Santiago, eran recibidas por un comité de penas de adulterio en la Portada de Platerías para recordarles la infamia de sus acciones. El fin de aquel penoso peregrinaje suponía que, confesado y bien comulgado el reo, obtenía la emisión arzobispal de un certificado que acreditaba la redención de su pecado y la conversión en un hombre nuevo.

         Con el paso del tiempo, son los tribunales civiles los que sustituyen a los religiosos en la tarea de imponer el castigo de peregrinar. Comenzó a aplicarse en los Países Bajos en el siglo XIII y en Francia y Alemania posteriormente.  Esta costumbre decae y desaparece en el transcurso del siglo XVI por influencia de la Reforma Protestante. Los delitos que podían dar lugar a este singular periplo son, por ejemplo, los de agresión con resultado de mutilación de miembros, los de acusación falsa, maltratos de palabra u obra, homicidios, etc.

        Actualmente persiste la situación anterior en algunos casos en que muchachos delincuentes  peregrinan, como alternativa a la prisión y mediante un proceso de reflexión tutelada por sus cuidadores, para mejorar su conducta personal y social. Tal sucede con el conocido como Proyecto Oikoten que funciona positivamente desde 1982 puesto que muchos jóvenes consiguen la plena rehabilitación. Asimismo, desde hace veinte años, algunos presos de nuestras cárceles desarrollan la actividad de peregrinar a la ciudad como un instrumento más de aprendizaje y reinserción. Bien está en esta ocasión.

 

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