Cacharros y ollas.

     porrua_llar[1]  El peregrino de ayer y de hoy debe comer bien en el buen sentido de ingerir la variedad suficiente de alimentos necesarios para su peregrinaje. Es la alimentación una cualidad fundamental del Camino de Santiago que tiene además la suerte de contar con la riqueza de la gastronomía propia de las regiones por las que atraviesa. Sin embargo, no se trata en esta ocasión de elogiar los valores de esa variada gastronomía, sino de relatar parcamente los víveres que acompañan y nutren al peregrino en su deambular diario. Por supuesto, ni las modas salutíferas ni las sofisticadas naderías de la gastronomía moderna interesan en este contexto: cuchara y platos calientes hacen el Camino.

      Es ya un lugar común que Aragón es abundante en cordero, con la variante conocida como ternasco, espárragos y borraja, verdura ésta peculiar de la tierra aragonesa; que La Rioja  aporta excelentes verduras, pollo, patatas y vino; así como que Castilla ofrece, generosa, una variedad de quesos frescos de oveja y derivados del cerdo o chacina; y que Galicia es fértil en pescados y mariscos, carne de ternera y  grelos, entre otros alimentos. Esto permite que el peregrino pueda comer los platos típicos que se preparan en estas zonas: el ternasco asado, el pote de borrajas, las pochas, las patatas a la riojana, la sopa castellana, el cocido maragato, el pulpo a la marinera y el lacón con grelos, dejando la mención de otros muchísimos platos a cada cual más gustoso y suculento. Pero, en mi opinión, el peregrino en general desoye el gusto de estos platos y suele cambiarlos por una pizza, unas pastas con tomate y abundantes y variados bocadillos. Las razones son por un lado la escasez de hospederías que sirvan a buen precio estas viandas apetecibles, y por otra, el mal hábito alimenticio que muchos caminantes  tienen como dieta diaria.

    Durante la Edad Media y siglos posteriores la alimentación resultaba distinta. El pan era un alimento principal en la ingesta del peregrino, pan de trigo y pan de centeno, pues Castilla y Galicia eran fecundas en esta clase de cereal desde la época romana. Era normal que el caminante guardaba en el zurrón un buen pedazo de pan, queso fresco y, a veces, algunas cucharadas de miel que mezclaba con ellos. Es conocido el caldo del peregrino o sopa boba como alimento más socorrido, elaborado con agua, migajas de pan duro, vinagre y sal. Se añadía, si lo había, alguna hortaliza y tocino para dar más cuerpo al manjar. El Códice Calixtino comenta que las carnes de ternera de Navarra y Galicia eran muy apreciadas, y en efecto, formaban parte de la dieta diaria, si bien debe matizarse que los peregrinos de estamento elevado comían carne fresca de caza mientras que los comunes habían de conformarse con las carnes saladas y secas guardadas durante más tiempo en las despensas de las hospederías. Otras carnes muy consumidas a la sazón son las de ganso u oca (existen topónimos alusivos como los Montes de Oca o San Estebán de Oca), gallos, gallinas (se divulga popularmente el milagro de los capones de Sto. Domingo de la Calzada), perdices, pichones y palomas. Los pescados de río forman parte de la dieta peregrina, si bien con las cautelas que el Códice Calixtino recomienda tener en cuenta cuando se viaja por las tierras de  Hispania. Había muchos rios en que ingerir sus pescados producia la muerte, según el nombrado libro.

   Y así, entre el sano yantar y el buen andar al Apóstol se ha de agradar.