Carta para Pilar.

 

        ¿Por qué a ti? Porque eres la clave.

        Me he quedado sentado en este poyo de piedra, junto al camino, al lado de un árbol chaparro que me regala su sombra y una fuente que susurra una canción. Ahora solo, en reposo, vuelvo la cabeza y rastreo el horizonte dejado a mis espaldas. Entonces se abre el paisaje rodado ante mi: He escrito en las noches avanzadas, bajo la luz amarilla de el aladino, mientras la mayoría duerme, cuestiones diferentes sobre el Camino de Santiago. Fue primero un recorrido pausado por el fenómeno global del peregrinaje en que se desvelan los orígenes legendarios del camino, el devenir álgido y ceniciento, los itinerarios más habituales repartidos a lo largo y ancho de España y Europa. Luego vino el peregrino, estrella de este asunto,  que atrajo toda mi preocupación y con él viví el gozo, la pena, aventuras y tribulaciones muchas para alcanzar el destino a donde dirige sus pasos desde el principio de su andadura. Con él salí de la aldea entre la algazara de los vecinos, el cura y el alguacil que salieron a despedirnos y con él me reí, sufrí y soñé, que es una manera feliz de vivir aunque dure lo que el sueño tarde en desvanecerse. Y ahora ¿qué más?  El plan estaba trazado y sería en mi opinión importante cuidar o tratar todo el haz maravilloso de luz, denominado Cultura, que la imaginación, la sensibilidad e inteligencia del peregrino han despertado en su recio caminar. El arte, la música, la literatura, la fábula… son la miga de la gran cultura del Camino de Santiago, de gran trascendencia histórica. Pero he llegado cansado a este hito y por eso me he sentado, repito, sobre este tajuelo de piedra gris.

        Ahora apareces tu. Iba a darme un descanso, un paseo solariego, cuando por casualidad hablamos por teléfono y me dices que aprendes con lo que yo voy aprendiendo y contando de este Camino y que te sientes a gusto. Sé que tu vida es difícil en estos momentos y es para mi un orgullo y un honor poder seguir leyéndote al oído este cuento que ya se inventó hace más de mil años. Por eso, déjame solazarme un momento, reponer fuerzas, sentir la frescura de este cristalino chorro de la fuente y ya me voy, con el zurrón pendiente y listo el bordón, a recorrer lo que me queda para así decírtelo palabra a palabra, verso a verso, como tú te mereces. A cambio solo te pido que te cuides mucho. Un  abrazo de tu amigo, Jose.

Peregrinos cronistas (y V).

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     Se citan  a continuación de modo sucinto nombres y obras de peregrinos que han escrito en la última década del siglo XX y primera del XXI. En unos casos son impresiones y huellas que la ruta ha ido dejando y, en otros, son estudios concienzudamente elaborados que revelan facetas diferentes del Camino, sobretodo, las mágicas y esotéricas que ejercen indudable atractivo y fascinación en los lectores.

     Es Juan García Atienza (1930-2011), además de viajero por los rincones más insólitos de la vieja España, un estudioso de las cuestiones más misteriosas del Camino. Su trilogía El Camino de Santiago: La ruta sagrada (1992), Los peregrinos del Camino de Santiago (1993) y Las leyendas del Camino de Santiago (1998) son ya un clásico para quienes gustan de estos temas e incluso para estudiosos de universidades y centros de investigación. La actriz Shirley Maclaine hace una provechosa peregrinación en el año 1994, siendo el resultado la redacción del libro El Camino, un viaje espiritual. En el año 1998 Luis Carandell (1929-2002), brillante cronista parlamentario de la década de los ochenta, publica su libro Ultreia, en que recoge de forma entretenida y con estilo suelto, ameno, anécdotas, leyendas, y otros comentarios. Eso sí, y en honor a la verdad, se plantea hacer el recorrido en coche para llegar pronto a Santiago un 25 de julio. También en automóvil transita Fernando Sánchez Dragó de donde resulta La Historia Mágica del Camino de Santiago (1999), en la línea iniciada porAtienza.

    En el siglo XXI Mariano Fernández Urresti realiza el trayecto en bicicleta y traduce sus  experiencias así como el tratamiento de asuntos esotéricos en Un viaje mágico, el Camino de Santiago, (2004). El camino tampoco pasa desapercibido para el pintor asturiano Alfredo González Sánchez que capta con igual maestría la fragosidad de los Pirineos o la planicie amarilla de tierra de campos en la colección de pinturas Alfredo debuxa o Camiño (2008). Completan esta nómina Una obra peregrina (2009) de Alfonso Biescas , que realizó dieciséis veces el camino, y en una de ellas decidió cambiar la profesión de diseñador por pintor. Por último, la crónica Bueno, me largo, es  otra visión novedosa de un extranjero que visita el Camino, Hape Kerkeling (2009).

     Aunque pueda resultar impropio en este contexto, sin embargo es cierto que el género narrativo no ha podido sustraerse al embrujo del camino. Tal es el caso de Tracy Saunders que aprovecha su novela Peregrinos de la herejía para ponerse del lado de los defensores de la teoría priscilianista en la controversia por la identidad del inquilino de la tumba catedralicia. Y por último, recordar al escritor brasileño Paulo Coelho, autor de El peregrino (1987), en que se propone como apéndice final que cada cual encuentre en esta tierra el sentido de su vida.

Peregrinos cronistas (IV).

                   D. Elías Valiña

IMG_7464[1]      Cuando el camino estaba anegado de zarzas y jarales, entre el silencio y las sombras de la memoria, aparece la figura del gran peregrino que fue Elías Valiña Sampedro (1929-1989). Acerca de él hemos pergeñado ya algunos rasgos, por lo que debemos trazar nuevas pinceladas para avanzar en su conocimiento. Recogemos dos ideas y un hecho.

     Primera, si Aymric Picaud escribió la guía medieval más temprana del Camino de Santiago, difundida y consultada por quienes decidieron realizar la ruta jacobea a lo largo de los siglos, puede afirmarse sin temor a errar que Elías Valiña redactó la primera guía moderna del siglo XX, década de los ochenta, El Camino de Santiago. Guía del peregrino, que sirve para alumbrar con espléndida luz a los caminantes y, simultáneamente, propagar las cualidades, patrimoniales y culturales del camino. Pero hay un nexo de unión entre ambas y es que el párroco de O Cebreiro incorpora como trabazón principal los contenidos hallados en el Códice Calixtino. Es una guía en la que coparticipan otros colaboradores, aunque es Valiña el principal autor. Tras una breve introducción en la que se plantean cuestiones generales de la peregrinación jacobea, sigue paso a paso el Camino en cada una de las regiones y provincias españolas hasta acabar el viaje en Santiago de Compostela, donde se dice: Nuestro esfuerzo, nuestra misión, ha concluido: ¡Conducirte a la Casa del Apóstol! Pero entre el principio y el fin se asiste a una amplísima eclosión de datos: toda la toponimia por donde transcurre, monumentos e iglesias, gastronomía y hospedaje, curiosidades, milagros, leyendas, un mosaico en fin de información variada y pintoresca de gran utilidad. Se añaden además como parte complementaria setenta y tres mapas que conforman una valiosa cartografía. La confección debió sustentarse sin duda en un perfecto conocimiento que el párroco tenía del Camino que nunca se cansó de recorrer.

   La segunda idea se refiere a la doble tarea de propagar por un lado las virtudes del camino en toda Europa, aprovechando conferencias en universidades y otros foros, encuentros de estudiosos y curiosos de este fenómeno y congresos de peregrinos; y por otro impulsar asociaciones en todas las provincias con el objeto de velar por la limpieza, reconstrucción y cultura del camino. Él es en cierto modo el padre del asociacionismo jacobeo.

    Por último, debe apuntarse que Valiña redactó entre julio de 1985 y agosto de 1987, dos años antes de su fallecimiento, valiosos boletines dedicados a aspectos diferentes y curiosos del Camino. Lo hacía con máquina de escribir. Este es un hecho que pone de manifiesto la entrega de un ser humano hacia algo que él considera sobre todo noble y digno. Encuentro las palabras de un peregrino anónimo que dice: lo conocí. Era un hombre enjuto, más bien menudo, mirada afilada que denotaba decisión, muy respetuoso de los motivos interiores por los que cada cual hacía la peregrinación. ¡Qué más puede decirse de un humilde cura al que la muerte le sorprende trabajando en su amor más querido!

   Buen camino, D. Elías.

Peregrinos cronistas (III).

     Villarroel_portada_peregrinacion-5ce43[1]    En el año 1532 el suizo Andrew Boord (1490-1549) viajó a Santiago de Compostela con más pena que gloria pues de su experiencia se deduce que no le gustó nada, ni los imponderables de la ruta ni la ciudad santiaguina. En consecuencia aconseja a los posibles peregrinos que tomen el destino de Roma o Jerusalén y se olviden de Santiago. De espíritu aventurero visitó casi todos los países de Europa, excepto Rusia y Turquía. Ambrosio de Morales (1523-1591) no fue un peregrino en sentido estricto, pero sí el cronista real de Felipe II que aporta datos culturales y étnicos muy importantes del noroeste de España en el  Viaje a los reinos de León, Galicia y Asturias, año 1572. Sobre todo hace un estudio pormenorizado de la ciudad y catedral de Santiago y, como anécdota, recomienda al arzobispo catedralicio que se deshaga del Liber Sancti Jacobi de Picaud por ser sórdido y feo, según palabras del cronista.

     José Bernardo de Aldrete (1565-1645) fue un gramático y canónigo de la catedral de Córdoba del siglo XVI, que compitió en conocimientos y sabiduría con el mismísimo Antonio de Nebrija, a pesar de la mayor influencia de este último en la propagación del Renacimiento español. Se le atribuye la autoría de un  manuscrito anónimo conservado en el archivo de la catedral de Granada del año 1612, que relata el viaje de un peregrino desde Córdoba a Santiago, siguiendo el Camino Mozárabe. El viaje discurre entre el 26 de enero y el 27 de febrero del año citado. Debe subrayarse, sin embargo, que la autoría no está ciertamente probada. Domenico Laffi (1636-1691) fue un sacerdote de Bolonia que peregrinó por tres veces a Santiago en los años 1666, 1670 y 1673. De resultas escribió el libro titulado Un viaje a Poniente, que adquirió  rápida difusión. A Laffi le gustaba curiosear los viejos pueblos y aldeas del camino y dejó de este modo un documento valioso de las costumbres, folklore, lugares, y monumentos que jalonan la ruta jacobea, incluso algunos ya desaparecidos. Actualmente el albergue de El Burgo de Ranero lleva su nombre.

     Se cierra esta apretada gavilla de trigo peregrino con la figura de Diego de Torres Villarroel (1694-1770), curioso y especial personaje que llegó a ocupar una cátedra de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, según él, sabiendo muy poco. En el año 1738 se publicó Viaje de Torres a Santiago, atípico relato en verso, escrito en cuartetas en el que cuenta su experiencia de peregrinaje desde Salamanca a Santiago en un tono jocoso e irónico. Dice: Con mi bordón en la mano,/…a caminar empecé/y no por la vía Láctea/…sino por donde juzgué,/que algún camino llevaba. Y después de muchas rimas acaba casi con un A Santiago en fin llegué.

Peregrinos cronistas (II).

          Diario íntimo es una crónica deliciosa del francés Geoffroi de Buletot, que inicia su andadura un 27 de marzo de 1381, allá lindante con el deshielo primaveral, y la culmina el 13 de abril del mismo año. Diario íntimo es la crónica de un peregrino estoico y de un buen escritor. Nos cuenta los graves males por los que debe pasar y los arriscados peligros que lo acechan, ya conocidos, como el pago injusto de portazgos-nos clavan los portazgueros hasta deslomarnos-, el latrocinio en las posadas y caminos, que él mismo sufre– el que nos desvalijó lo hizo a base de enseñarnos amenazadoramente un cuchillo. Era aquello de la bolsa o la vida-, las trampas de los cambistas-es necesario cuidarse mucho de los que tratan de hacerte mal cambio de monedas ya que aquí, por Viana en Navarra, pululan los cambistas-, la sinvergonzonería de los falsos peregrinos-yo no me podía imaginar que había seres que se visten a diario la media sotanilla y a vivir a costa de la peregrinación- y otros. Pero de la misma manera relata las satisfacciones que halla a su paso. Elogia las atenciones que prodigan los monjes de la hospedería de Roncesvalles a todos los peregrinos, de los que dice que tratan al caminante como si fuese el propio Cristo, y las de otros hospederos; pondera las muchas y excelentes leproserías que se encuentran a lo largo de la ruta así como otros hospitales, lo que dice favorablemente de los médicos y enfermeros; manifiesta el buen recibimiento que le dan los lugareños de las aldeas y burgos como los de Estella o Villafranca del Bierzo; o pone por las nubes las viandas suculentas de algunos pueblos. Y en fin nos pinta un retablo típicamente peregrino. Veladas animadas hablando de todo, relato de fábulas como el milagro de Sto. Domingo de la Calzada, los temores al pasar los ríos, historias de ahorcamientos de salteadores, milagros acaecidos, recuerdos de Carlomagno, Berceo, Fernán González, Cantigas, tumultos en algunas capillas, piadosos rezos, cantos de peregrinos, vendedores de conchas y emblemas, etc.

     Y sobre este texto asoma un autor, Geoffroi de Buletot, que rezuma excelentes cualidades. Es parlanchín, animado y traba buena relación con sus convecinos, los peregrinos; se siente a gusto con gentes de todas las naciones y razas; aprovecha el encuentro con los leprosos para expresar el respeto que le merecen estos enfermos; siente el dolor de la injusticia, matizado con sesgada ironía, en la descripción de los penitentes desnudos condenados por tribunales eclesiásticos; muestra capacidad de asombrarse como un niño ante hechos sorprendentes; como signo de respeto matiza los ataques desmedidos de Picaud, cuyo libro conocía, contra los navarros ; y acoge las adversidades con serenidad y humor, tal como un buen filósofo estoico.

     Exhibe, por último, un estilo claro, preciso. En ocasiones hace gala de descripciones rápidas, plásticas como cuadros impresionistas, y no es extraño encontrar en algunas de ellas un cierto lirismo bucólico. Es, sin duda, un relato digno, apreciable y delicioso no solo en el fondo, sino también en la forma. Es el relato de un hombre laico, religioso y bueno.

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Peregrinos cronistas (I).

  Cronica_pinatense[1]     El cronista era el escribano acompañante del noble o rey que, diestro en el arte de escribir y estilo claro, contaba los acontecimientos más destacados de su reinado o señorío en un orden cronológico. Hubo también cronistas que capturaron las impresiones de sus viajes a lo largo del mundo, y por supuesto, peregrinos que contaron el elenco de sucesos, hechos e impresiones de los que fueron protagonistas en su andadura a través del camino de Santiago. Ellos son una fuente viva y fresca para la recomposición de la historia del camino.

      El primer peregrino cronista del que se tiene noticia es Aymeric Picaud, al que ya dedicamos algunas líneas en apartados- casos los denominábamos precedentes. Por no repetir ideas, sintetizamos que Aymeric era un clérigo de Poiteau del siglo XII, próximo al Papa Calixto II, presunto compilador del Códice Calixtino o Liber Sancti Jacobi, libro hagiográfico; y seguro autor del Libro V, considerado la primera guía del Camino de Santiago. Parece que en torno al año 1140 el clérigo de Poiteau entrega a la curia catedralicia de Santiago el Códice Calixtino y que fue acompañado, dato nuevo que se aporta, por una misteriosa mujer de nombre Girberga de Flandes, a quien algún autor llama su socia. Hay, incluso, quien sugiere, la escritora Carmen Pugliese, que ella pudo ser la autora cierta del libro atribuido a Aymeric.

   Carácter diferente al de Aymeric Picaud es el de Geoffroi de Buletot, de origen parisino y autor del Diario íntimo, año 1381. Adorna a este peregrino un haz de virtudes y cualidades (sencillez, garbo en su estilo literario, sutil inteligencia para entender el entorno, ánimo resuelto para afrontar las dificultades, interés de su historia), que lo hacen tan singular e interesante que bien merece una glosa aparte en el capítulo siguiente.

    Siguen a estos peregrinos otros como Nompar II, señor de Caumont, apodado el Barón inglés, que viaja a Santiago en 1417 y un año después a Jerusalén. Parece que de resultas de ambos viajes se produce un cambio de vida del protagonista como consecuencia de una fe profunda en la que se sume; y Hermann Künig Von Vach, que llega a Santiago en 1495 y es redactor de un itinerario a la ciudad compostelana. Ambos recogen y propagan el milagro de la horca y los pollos asados y redivivos de Santo Domingo de la Calzada: el gallo y la gallina asados que el juez empezaba a devorar volvieron a cacarear con plumas de la misma manera que el cuerpo del muchacho ahorcado, falsamente acusado de hurto, estaba vivo porque lo sostenían la Virgen María y el Santo que da nombre a esta espléndida villa riojana. Los milagros, de posterior tratamiento, constituyen un adobo importante del Camino santiagués.

Peregrinos famosos (y III).

       375661353_0adfb385c9[1]        Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, conocidos como los Reyes Católicos, comenzaron el viaje a Santiago un 7 de septiembre de 1486 en la localidad leonesa de Ponferrada. Parece que el séquito acompañante era bien escaso. La comitiva pasó por Villafranca del Bierzo y descansó en Cebreiro para conocer directamente de los monjes benedictinos del santuario la narración del Santo Milagro ( la transformación real de la hostia en carne y el vino en sangre cuando un monje celebraba la eucaristía con la sola asistencia de un vecino que había hecho el sacrificio de acudir a la misa en un día tempestuoso de nieve y viento). Luego atravesaron las localidades de Triacastela, Sarria, Portomarín, Melide y por fin Compostela. Allí permanecieron veinte días y regresaron a la corte el 21 de septiembre. Durante su estancia en  la ciudad santiaguina se distinguieron por las dádivas y limosnas que repartían a peregrinos, enfermos y necesitados. Como consecuencia más importante resultó el compromiso adquirido por los reyes para construir un hospital que atendiera las necesidades médicas y alimenticias de los peregrinos y, en efecto, en el año 1511 el Hospital Real de Santiago de Compostela fue finalizado tras diez años de trabajos penosos, convirtiéndose en uno de los más importantes de las rutas peregrinas de la Europa medieval, hoy Parador de Santiago de Compostela u Hostal dos Reis Católicos.

       Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), de sobrenombre El Gran Capitán, viajó como peregrino con la intención de agradecer al Santo su apoyo en las batallas y hazañas, y llegó a Santiago en enero de 1510. Fue acogido en la residencia personal del arzobispo. En señal de agradecimiento y fervor donó una lámpara que se ha colocado detrás de la imagen del Apóstol. A cerca del peregrinaje de Felipe II (1527-1598) existen algunas dudas sobre la verosimilitud del viaje. Se dice que contando veintisiete años, en 1554, y antes de embarcarse para Inglaterra para contraer matrimonio con María I de Inglaterra, el monarca llegó a Santiago como auténtico peregrino, y que se hospedó durante el viaje en las localidades de Rabanal del Camino (León) donde durmió en la Casa llamada de las Cuatro Esquinas y en Ligonde (Lugo). No hay, sin embargo, datos fehacientes y escritos cotejados de estas últimas afirmaciones.

        A partir de este período el camino entra en una franca decadencia, como ya se ha explicado, siendo ya muy pocos los peregrinos que se aventuran a pisar sus senderos, ya deshabitados, ya cubiertos de jaras y zarzas, en otro tiempo gloriosos, hasta que en el último cuarto del  siglo XX retorna a una nueva plenitud.

Peregrinos famosos (II).

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        Se cuenta que S. Francisco de Asís (1181-1226) fue peregrino y visitó la tumba del Apóstol en el año 1214, pero esta circunstancia no queda suficientemente acreditada. Su cuidado por la conversión de los musulmanes, que lo lleva a Oriente, no lo sitúa obligatoriamente en el Camino de Santiago para provocar mediante la plática y el ejemplo la conversión a la fe cristiana de los renegados. En principio ninguna de las biografías consultadas recogen este episodio. Los datos, por otro lado, que argumentan la teoría de su peregrinaje son meramente indiciarios: la amistad con la abadesa del monasterio de Santa María de San Salvador de Cañas ( La Rioja) no guarda relación con su presencia en este lugar porque a la sazón era normal cultivar las amistades por medio epistolar; el segundo indicio es la aparición de Francisco esculpido en el tímpano de la puerta de la Coronería de la Catedral de Burgos, que en esta ocasión guarda fila para presentar la Regla de la Orden a Fernando III El Santo. Tal representación en piedra no equivale por necesidad a una fotografía periodística de la época que avala el hecho de su paso por la ciudad burgalesa pues puede ser que el escultor haya decidido incluirlo en la portada por su buena fama y ejemplaridad cristiana; y el tercer indicio es que parece que fue huésped en Santiago de Compostela de un rico comerciante conocido como Cotolay, de lo que no hay testimonio escrito a pesar de la simpatía y generosidad del burgués por la orden franciscana. Otras razones se aducen sin estar convincentemente probadas. No obstante y pese a lo dicho, Francisco emprende en el año 2o13 un viaje con destino a Marruecos, pero graves dolencias le impidieron alcanzar la meta. Se supone que pasó por Francia y España, y es posible que, siguiendo el camino francés, se acercase a la ciudad de Santiago. Por eso la  S.A. de Xestión do Plan Xacobeo en colaboración con el Ayuntamiento de Asís y los frailes franciscanos organiza en este año 2014, con motivo del VIII Centenario de su Peregrinación, una Exposición en la ciudad de Asís sobre este tema.

     El mallorquín Ramón Llul (1232-1316) peregrinó en el año 1262. Vacilaba el célebre escritor qué hacer con su vida, y el Camino de Santiago lo orientó con posterioridad hacia el estudio y predicación de la teología cristiana. Compartió con San Francisco el interés evangelizador en tierras moras y es actualmente una figura señera en el mundo de las letras catalanas. Es admirable la figura de Santa Isabel de Portugal, reina de este país, que dedicó su vida al cuidado y atención de los pobres y menesterosos. Viajó como peregrina en dos ocasiones a Santiago, 1326 y 1335. Fue enterrada en el convento de las clarisas de Coimbra y aparece sobre el sarcófago su estatua yacente tallada en piedra con el bordón de peregrina que le regaló el obispo compostelano. Por último, como contraste artístico Jean Van Eyck, pintor flamenco, aprovechó su estancia en Portugal para acudir como peregrino a la tumba de Santiago en el año 1430.

Peregrinos famosos (I).

      DSC07453[1] También ha habido personajes conocidos de ayer y hoy, reyes, emperadores, nobles, clero y similar parentela, que han peregrinado a Santiago de Compostela para buscar el perdón,  la gracia o la protección del santo. De entre ellos, se selecciona por orden cronológico los que en mi opinión aportan alguna singularidad o curiosidad digna de mención, a sabiendas de la arbitrariedad de la elección.

      Fue Alfonso II El Casto (762-842) el primer monarca peregrino y probablemente uno de los primeros peregrinos de la Historia del Camino, que acude desde Oviedo a Compostela en el año 824 siguiendo la ruta hoy conocida como el Camino Primitivo. Resulta llamado por el obispo Teodomiro para avalar con su presencia regia el descubrimiento de la tumba. No debe desmerecer la idea de que un motivo del peregrinaje es el uso mágico de la figura del  Apóstol en la cruzada contra el sarraceno, como lo ratifica el que unos años posteriores Ramiro I de Asturias, sucesor de Alfonso II, vence al ejercito moro en la Batalla de Clavijo gracias a la supuesta intervención milagrosa de Santiago. Nace la leyenda de Santiago, Patrón de España y matamoros. Por la parte francesa, el primer peregrino de nombre conocido fue el obispo de Puy Gotescalco, año 951. Otro personaje importante en la formación del reino de Castilla y peregrino resultó el Conde Fernán González(inicios del siglo X-970). Tal fue su grado de participación en el asunto político de la independencia del Condado de Castilla, luego convertido en Reino, que sus méritos son recogidos literariamente en el titulado Poema de Fernán González, anónimo, uno de los escasos monumentos literarios del Medievo escritos en cuaderna vía junto a obras de Berceo y el Arcipreste de Hita. Llega a la ciudad santiaguina junto al abad de San Pedro de Cardeña en el año 956. De gran trascendencia para el futuro de la primitiva lírica peninsular es el viaje a Santiago de Guillermo IX de Aquitania (1071-1126) y su hijo Guillermo X de Aquitania (1099-1137), que tienen el mérito de propagar en la Península Ibérica, concretamente en Castilla y Galicia, la métrica y temática de la lírica provenzal, de explicación posterior. Este ultimo murió nada más llegar a Compostela a donde acudió como acto de penitencia para probar que nada tenía que ver con la herejía de la que era acusado por Bernardo de Claraval. Ello le reportó fama posterior e hizo que muchos otros peregrinos viniesen a Santiago. Figuras relevantes son San Luis VII de Francia y su acompañante Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, que pisan Santiago en el año 1154. Este último inició la unión del Condado de Barcelona con el Reino de Aragón merced a su matrimonio con Petronila, hija del rey aragonés Ramiro II.

     Durante casi toda la Edad Media el peregrinaje de reyes y nobles fue un suceso frecuente provocado no solo por un acto de fe, sino por la necesidad de hallar una referencia religiosa que ayudara a las necesidades políticas del momento.

Peregrinos ilustres.

      Son ilustres todos los peregrinos que a lo largo de la historia se han echado al Camino y lo han seguido total o parcialmente, personas de condición y clase diferente, profesiones dispares, seres anónimos que sin quererlo se han convertido en  los verdaderos protagonistas y hacedores de la ruta jacobea por el hecho de estar en ella. Lo demás es ficción. Son ilustres, pues los peregrinos…

      …2035577263_4b5ad80a95[1]      …Leñadores   Secretarios    Canteros    Porteros    Peluqueros   Relojeros    Serenos    Maestros  Pizarreros    Anguileros   Bibliotecarios   Cineastas    Pescadores    Zapateros    Poetas    Telegrafistas   Cordeleros   Caballistas  Heladeros   Aguadores    Fogoneros      Biólogos    Herreros  Entrenadores   Ingenieros   Tejeros  Costureros    Barrenderos   Calzadores  Taxistas    Esparteros    Toneleros Sopladores    Tallistas   Analistas     Científicos    Rejeros    Barquilleros    Dietistas    Resineros    Afiladores     Maquinistas    Sombrereros    Planchadores    Alfareros   Coleccionistas   Artesanos Guanteros  Trovadores    Tallistas    Mineros    Profesores    Torneros    Logopedas    Fareros    Lavanderos    Calígrafos   Bomberos  Barberos    Cunicultores     Agrimensores    Encuadernadores    Dramaturgos    Guarnicioneros    Vaqueros    Galgueros    Modelistas    Espaderos    Barberos    Coplistas    Cantautores    Restauradores    Administrativos    Siderúrgicos    Calafateadores    Médicos    Ebanistas    Ganaderos    Basteros    Jornaleros    Carroceros     Cerrajeros    Carniceros    Campaneros    Monitores    Pasteleros    Transportistas      Porteros     Pedagogos    Estuchistas   Cerrajeros   Forjadores    Grabadores    Estibadores    Deshollinadores    Cocineros    Pastores    Modelistas    Diseñadores   Comediógrafos    Plateros    Queseros    Pirotécnicos    Paragüeros    Limeros     Cigarreros    Curtidores    Cuchilleros    Rejeros    Enfermero    Panaderos    Pregoneros    Cupletista    Arrieros    Sastres    Albañiles    Músicos    Sepulturero    Cesteros    Colchoneros    Resineros    Antropólogos    Veterinarios    Mancebos    Limpiabotas    Psicólogos    Investigadores    Conductores    Electricistas    Botilleros    Ceramistas    Cuidadores    Auxiliares    Estudiantes    Etnólogos    Madreñeros    Titiriteros    Payasos    Funambulistas    Magos  Ensayistas    Traductores    Filósofos    Cuentacuentos    Topógrafos    Conserjes    Fontaneros    Mecánicos    Camareros     Funerarios    Sociólogos     Periodistas    Pescadores    Azafatos   Instaladores    Jueces    Tenderos     Amos de casa     Comadronas  Trabajadores Sociales   Guías    Fotógrafos    Marmolistas    Pescaderos    Socorristas    Pintores    Botánicos    Anguleros    Catadores    Cartógrafos   Actores    Deportistas    Editores    Entibadores…

      La relación nominal de las profesiones no es una lista tasada, tiene un carácter abierto como es obvio. En cuanto al uso del género masculino para la mención de las ocupaciones y oficios, me acojo a la norma académica por razones de economía lingüística en virtud de la cual el masculino plural o singular colectivo hace el papel de genérico, esto es, incluye a la mujer y al hombre.

     ¡Buen camino, buen año 2014!

Amor y sexo.

       Que el Camino de Santiago es espejo de la vida resulta un hecho innegable. Los actos, las virtudes y vicios, repercuten obligatoriamente en ese pequeño mundo del camino compostelano. En este caminar se recogen en proporciones parecidas la modestia, la vanidad, la inteligencia, la torpeza, la sensibilidad, el egoísmo, la solidaridad, el trabajo, la pereza, el amor y el desamor. Es, pues, propósito presentar algunos datos curiosos sobre al amor y el sexo en el Camino Jacobeo porque, dígase lo que se diga, ambos elementos existen.

     Téngase en cuenta que el Códice Calixtino insiste reiterada y obsesivamente en la lascivia de algunos pobladores de la península de los que hace una burlona caricatura. Pero avanza aún más en este campo cuando introduce el ejercicio de la prostitución e involucra, indirectamente, al peregrino como partícipe necesario de esa menesterosa actividad. El Libro I, capítulo XVII, del citado libro, dice en tono amenazante: Las criadas de los hospedajes del camino de Santiago que, por motivos vergonzosos y para ganar dinero por instigación del diablo se acercan al lecho de los peregrinos, son completamente dignas de condenación, y a continuación las nombra situándolas en lugares concretos y para las que se piden las penas más despiadadas, incluida la amputación : Las meretrices que, por estos motivos entre Puerto Marín y Palas del Rey , en lugares montuosos, suelen salir al encuentro de los peregrinos, no solo deben ser excomulgadas, sino que además deben ser despojadas, presas y avergonzadas, cortándoles las narices, exponiéndolas a la vergüenza pública. Solas suelen presentarse a solos. De cuántas maneras, hermanos, el demonio tiende sus malvadas redes y abre el antro de perdición a los peregrinos, me causa asco describirlo. Otros documentos más templados repiten el mismo suceso, como es un Reglamento consular de 1205 de Toulouse en el que se habla de profesionales que ofrecen sus servicios públicos al peregrino que no ha tenido contactos sexuales desde hace mucho tiempo. Un relato de un anónimo inglés de 1380 dice que las mujeres llevan sombreros con adornos que parecen mitras, visten mantos a rayas y muchas son de mala vida. El peregrino Jean de Tournai se escandalizaba en 1488 del ambiente de burdel que encuentra en las posadas del camino. Y en 1497 un cronista alemán comenta que muchos peregrinos regresaban de Santiago llevando con ellos la sífilis.

     Actualmente, puede suceder algo parecido. Al margen del discreto ambiente prostibulario que pueda haber, no es extraño escuchar aventuras y andanzas sexuales de peregrinos e incluso confesiones de compañeros que relatan, tras un largo espacio de conversación e intimidad, algún que otro esporádico encuentro amoroso. Cierra este escueto comentario el siguiente anuncio  recogido en un foro de peregrinos y  que es objeto de comentario entre ellos: En Burgos capital, a apenas 50m.de la catedral, doy alojamiento a chicos y chicas con ganas de echar unos polvos en el camino. Anuncio serio, y ante todo buen rollito. Yo, 29 años.

      Amor y sexo no dejan de ser una realidad más del Camino.

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Cacharros y ollas.

     porrua_llar[1]  El peregrino de ayer y de hoy debe comer bien en el buen sentido de ingerir la variedad suficiente de alimentos necesarios para su peregrinaje. Es la alimentación una cualidad fundamental del Camino de Santiago que tiene además la suerte de contar con la riqueza de la gastronomía propia de las regiones por las que atraviesa. Sin embargo, no se trata en esta ocasión de elogiar los valores de esa variada gastronomía, sino de relatar parcamente los víveres que acompañan y nutren al peregrino en su deambular diario. Por supuesto, ni las modas salutíferas ni las sofisticadas naderías de la gastronomía moderna interesan en este contexto: cuchara y platos calientes hacen el Camino.

      Es ya un lugar común que Aragón es abundante en cordero, con la variante conocida como ternasco, espárragos y borraja, verdura ésta peculiar de la tierra aragonesa; que La Rioja  aporta excelentes verduras, pollo, patatas y vino; así como que Castilla ofrece, generosa, una variedad de quesos frescos de oveja y derivados del cerdo o chacina; y que Galicia es fértil en pescados y mariscos, carne de ternera y  grelos, entre otros alimentos. Esto permite que el peregrino pueda comer los platos típicos que se preparan en estas zonas: el ternasco asado, el pote de borrajas, las pochas, las patatas a la riojana, la sopa castellana, el cocido maragato, el pulpo a la marinera y el lacón con grelos, dejando la mención de otros muchísimos platos a cada cual más gustoso y suculento. Pero, en mi opinión, el peregrino en general desoye el gusto de estos platos y suele cambiarlos por una pizza, unas pastas con tomate y abundantes y variados bocadillos. Las razones son por un lado la escasez de hospederías que sirvan a buen precio estas viandas apetecibles, y por otra, el mal hábito alimenticio que muchos caminantes  tienen como dieta diaria.

    Durante la Edad Media y siglos posteriores la alimentación resultaba distinta. El pan era un alimento principal en la ingesta del peregrino, pan de trigo y pan de centeno, pues Castilla y Galicia eran fecundas en esta clase de cereal desde la época romana. Era normal que el caminante guardaba en el zurrón un buen pedazo de pan, queso fresco y, a veces, algunas cucharadas de miel que mezclaba con ellos. Es conocido el caldo del peregrino o sopa boba como alimento más socorrido, elaborado con agua, migajas de pan duro, vinagre y sal. Se añadía, si lo había, alguna hortaliza y tocino para dar más cuerpo al manjar. El Códice Calixtino comenta que las carnes de ternera de Navarra y Galicia eran muy apreciadas, y en efecto, formaban parte de la dieta diaria, si bien debe matizarse que los peregrinos de estamento elevado comían carne fresca de caza mientras que los comunes habían de conformarse con las carnes saladas y secas guardadas durante más tiempo en las despensas de las hospederías. Otras carnes muy consumidas a la sazón son las de ganso u oca (existen topónimos alusivos como los Montes de Oca o San Estebán de Oca), gallos, gallinas (se divulga popularmente el milagro de los capones de Sto. Domingo de la Calzada), perdices, pichones y palomas. Los pescados de río forman parte de la dieta peregrina, si bien con las cautelas que el Códice Calixtino recomienda tener en cuenta cuando se viaja por las tierras de  Hispania. Había muchos rios en que ingerir sus pescados producia la muerte, según el nombrado libro.

   Y así, entre el sano yantar y el buen andar al Apóstol se ha de agradar.

Los peligros (y III).

       SARAVAIANSA[1]       Los días que habría de durar el recorrido completo del Camino había que minuciosamente calcularlos antes de la partida, pues un mal cómputo podía suponer la rápida transición entre las estaciones y el cambio de tiempo sorprender negativamente al peregrino. A veces, el caminante debía descansar más de lo esperado o curarse de las enfermedades sobrevenidas en los hospitales, obligándole durante días o semanas a permanecer estacionado sin poder proseguir su camino. Por estas u otras razones, la repentina e inesperada alteración de las condiciones climatológicas suponía un grave peligro.

        Hay registrados casos en que la nieve y el frío dejaban primero ateridos pies y manos y, poco a poco, el cuerpo iniciaba una lenta congelación que acababa en la muerte. Otras veces, el peregrino se hallaba rodeado de una niebla persistente y densa que provocaba su desorientación y pérdida en un entorno desconocido. Mientras que unos volvían a encontrar la senda, otros desaparecían envueltos en el cendal de las nubes y perdían la vida entre las hostiles tinieblas. Pero los rigores del estío también se conjuraban contra el peregrino como se documenta en las listas hospitalarias, parcas por otro lado en la explicación de los males, en que, enfermos por un sofoco de calor o por la falta de hidratación necesaria, morían de forma rápida. En la actualidad estos sucesos difícilmente se repiten, aunque todavía puede escucharse que un peregrino se ha perdido en las bifurcaciones de los caminos, o ha sufrido una deshidratación por no tener acopio de agua o un golpe de calor le ha producido leves desmayos sin consecuencias mayores.

        A los riesgos anteriores se sumaban la picadura de reptiles, víboras por ejemplo, las mordeduras de perros asilvestrados, e incluso, el ataque feroz de los lobos. No se trata de fábulas que se cuentan a los niños, sino de historias verdaderas el que estos mamíferos acechaban en  manada al peregrino que caminaba solitario en los parajes yermos o cerca de los bosques insidiosos, produciéndole heridas gravísimas que a veces provocaban su muerte. Relata Domenico Laffi, sacerdote y peregrino de finales del siglo XVII, que los pastores de Hontanas tenían que cercar con piedras los rediles para proteger sus rebaños del ataque de los lobos y que hasta temían por sus propias vidas cuando el invierno dejaba sin alimento al selvático animal. Aún es más duro el relato que cuenta que, a las afueras de El Burgo de Ranero un cuerpo humano yacía en el suelo devorado por una manada de lobos y que, preso de miedo, corrió al pueblo para pedir la ayuda de los vecinos.

      Hoy, por suerte, ya no se dan estas situaciones y el peregrino puede compartir felizmente su camino con las bandadas de pájaros, las camadas de conejos y liebres, a veces molestos por el vuelo rasante de un cernícalo, y algún zorrillo que huye medroso para esconderse entre los  resquicios de los majanos.

Los peligros (II).

     ¿Cuántos peregrinos en algún momento del peregrinaje se habrán librado del susto que les propinaron un pícaro, un falsario o un sujeto embozado? Si se conviene que en la Edad Media y siglos posteriores la población era mayoritariamente pobre, la cultura resultaba un privilegio palatino y la justicia no estaba uniformemente implantada en todas las tierras hispánicas, es razonable afirmar que el pillaje o el engaño como medio de aprovechamiento propio a costa de la desgracia ajena eran moneda de uso corriente en todos los ámbitos y rincones.

      En efecto, muchas fueron las maneras de practicar el latrocinio.La modalidad más penosa era la del bandido que acechaba en los lugares más apartados y solitarios del camino para caer sobre el peregrino alevosamente y vaciarle la bolsa en que llevaba sus ahorros e incluso despojarlo del vestido. A veces, no le bastaba al ladrón con esto y le sometía a crueles torturas hasta provocar el desvanecimiento o la muerte por desangramiento de las heridas producidas en su cuerpo. Especialmente peligrosos eran los Montes de Oca o las tierras boscosas situadas entre Valvanera y San Millán, en las que actuaban a su antojo bandas incontroladas que se escondían en las escabrosidades de las sierras. Son conocidos, entre otros, los nombres de Thomas de Londres, capturado, juzgado y ahorcado en 1337, Marín de Castro, que fue apresado en Cantabria y ejecutado. La alarma fue de tal importancia que ya se dictaron leyes que castigaban con la pena de muerte a quienes incurrían en estos delitos, ya se construyeron albergues y hospitales como ciudadelas de seguridad o ya se fundaron algunos monasterios protectores como el de San Juan de Ortega en los mismos Montes de Oca.

    Con no menor peligro actuaban los “falsos peregrinos” que trajeron en jaque a las autoridades civiles y eclesiásticas. Estos se situaban a la salida de los pueblos de la ruta simulando ser peregrinos y dando grandes voces llamaban la atención de los verdaderos para ir en su compañía. Así los engañaban fingiendo ser hombres piadosos y cuando llegaban a un  lugar fijado, el resto del grupo los emboscaban, robaban y a veces los mataban sin ningún miramiento. Está registrado el nombre de Bartholomeus Cassam que, pasando por peregrino, robó objetos de valor en las iglesias de Zarauz y de Salas en Asturias, y por ello fue condenado a la horca.

   También el peregrino debía protegerse de algunos mesoneros que sagazmente aprovechaban la ocasión en que se dormía para expoliar la saca del durmiente. O vendían mala carne a precio de buena, o inflaban el peso de los alimentos mediante maquinaria truncada para elevar el precio. El Fuero de Estella de 1164 dedica alguna mención a los robos de los hospederos a quienes se sanciona con severidad. Otro gremio artero era el de los cambistas pues se había de pasar por lugares de distinta moneda, de modo que algunos aprovechaban la oportunidad para intercambiar moneda a su favor. Ni siquiera se salvaba el barquero que cobraba más dinero de la tarifa establecida o admitía en la barca más peregrinos que los que cabían para enriquecimiento propio, llegando en ocasiones a zozobrar la chalupa con el ahogamiento de los pasantes.

     Queda pintado así un cuadro variopinto y curioso de la Hispania zaragatera, tramposa y fullera que prepararía el camino a la novela picaresca del siglo XVI y XVII españoles.

Los peligros (I).

        farfan[1]         Los inconvenientes que el peregrino medieval encontraba en el camino para llegar sano y salvo a Santiago eran muchos y difíciles. Se dice que partían de sus casas a millares y que pocos eran  los afortunados que conquistaban el suelo compostelano pues entre el principio y el fin mediaban multitud de peligros que, incluso, podían provocar la muerte o el abandono. Los peligros más habituales eran las enfermedades, las estafas y robos, la climatología y los animales salvajes. Obviamente, tales peligros han desaparecido en la actualidad y quedan residualmente algunos hurtos que pueden producirse en determinados lugares de encuentro de peregrinos, o leves desvanecimientos provocados por el calor y el cansancio.

         Que el Códice Calixtino hiciese publicidad de las dotes curativas del apóstol Santiago ( “devuelve-se entiende Santiago- la vista a los ciegos, el paso a los cojos, el oído a los sordos etc.”) atrajo a muchos enfermos congénitos, tullidos e inválidos que buscaban la curación del santo, aumentando así el contingente de enfermos, y por consiguiente, el número de fallecimientos sobrevenidos por esta causa. Pero el citado libro también menciona las enfermedades más letales, tales como la lepra y la peste negra. La lepra estaba adquirida en muchos casos antes de iniciar el camino, por lo que fue necesario abrir leproserías a lo largo de la ruta en el lado francés y en los condados y reinos españoles. Los leprosos eran tratados en grupos de seis o siete y se les aislaban a veces en pequeñas chozas en la falsa creencia de su contagio. Resulta curioso a efectos de la tolerancia del Medioevo que la sociedad del siglo XIII fue permisiva con esta enfermedad, pero en el siglo XIV los leprosos son en ocasiones desterrados e incluso ejecutados. La peste negra aún causó más estragos. Introducida en el continente europeo en el siglo XIV provocó la muerte de una tercera parte de la población europea, y por lo tanto, afectó directamente al Camino de Santiago. Algunos peregrinos arrastraban la enfermedad y otros la adquirieron en contacto con ellos dada la rápida transmisión de aquella. Colaboraba en la pandemia las malas condiciones de salubridad del camino, el hacinamiento de poblaciones y villas por las que transcurría la ruta y la proliferación de las ratas negras portadoras de la pulga causante de la peste. En cierta medida esta enfermedad redujo el número de peregrinos en el siglo XIV y con ello se inició el principio del ocaso del Camino que habría de consumarse en los siglos siguientes sobrevenidos otros hechos históricos. Otras enfermedades frecuentes fueron la blenorragia como enfermedad paradigmática de transmisión sexual, la tuberculosis transmitida en la ruta jacobea por vía aérea y el tifus contraído por la picadura de piojos.

      Esta proliferación de males determinó en primer lugar la propagación de pequeños hospitales con el fin de asistir al enfermo y, simultáneamente, el aumento de capillas y cementerios para dar sepultura y paz a los muertos, objeto de explicación en capítulos posteriores.