Gregorio Morán. Nunca llegaré a Santiago.

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           Gregorio Morán nace en la ciudad de Oviedo en el año 1947. Desde muy joven toma contacto con la realidad obrera, comprometiéndose en la defensa de sus intereses sociales y económicos, susceptibles de llevar a esta clase social a cotas de bienestar superiores. La actividad desplegada la instrumentaliza a través del Partido Comunista, que abandona voluntariamente antes de la legalización del partido por Adolfo Suárez, en plena transición española de la dictadura a la democracia. Pronto descubre en el periodismo una veta importante no solo para explicar el mundo desde su perspectiva, sino como manera de ganarse lícitamente la vida, colaborando en revistas y periódicos tan emblemáticos como Mundo Obrero, Cambio 16, La Vanguardia o la Gaceta del Norte, del que fue además director durante un tiempo. Experto de ese período tan importante en la historia de España es autor de dos biografías de Adolfo Suárez-Historia de una ambición y Ambición y destino– y de la interpretación más polémica del mismo período, entreverada de censuras-EL precio de la transición-. Otros muchos libros salieron de la pluma del escritor, pero por las diatribas planteadas e interés, destaca el titulado El cura y los mandarines, publicado por ediciones Akal en 2014, una vez negada la publicación a cargo de la editorial Nadal. Actualmente puede seguirse el relato político y social del escritor en la columna “Sabatinas intempestivas” del diario La Vanguardia, donde hace gala de sus mejores cualidades de escritor, a saber, la sagacidad, el humor, la ironía y la búsqueda de la verdad, incluso en los asuntos más frívolos, por encima de todo, unido a un talento excepcional para la escritura. Estas cualidades ya se muestran explícitas tiempo ha en el libro del y sobre el camino, Nunca llegaré a Santiago, tan insólito como magnífico.

         El libro consta de un doble prólogo, veintitrés jornadas de camino, y un final o coda-arcaismo usado deliberadamente por el autor-. Sirve el preludio para explicar los obstáculos que las editoriales aducían en la publicación de la obra, hasta que tres años después de haberla escrito, en 1996, la editorial Anaya otorga el beneplácito para su publicación. Posteriormente, Pepitas de Calabaza, Ediciones, vuelve a publicar el libro en el año 2015. Se pregunta además el escritor cómo decide realizar el Camino de Santiago desde su perspectiva atea en un tiempo en que además los libros de viaje están en crisis lectora porque la imagen ha desplazado a la palabra por mor de la insistencia de los medios de comunicación de masas. Y aunque no hay una respuesta clara, se deduce de la lectura general que Morán camina por un efecto “civilizador”, esto es, el camino funde inevitablemente al caminante con el entorno humano y paisajístico, influyéndole en un sentido u otro.

         En cuanto al epílogo, el escritor decide junto a su amigo Antonio Meseguer, conmilitón, dibujante y pintor, tomar un autobús desde León a Finisterre, para dar allí por terminado el viaje, sin que se haga necesario visitar la ciudad de Santiago de Compostela. Y lo que pudiese parecer una irreverencia para la ortodoxia, o para muchos, es en realidad un gesto libre y meditado del autor, coherente con su visión acerca de Dios y de la Iglesia y de las infundadas pruebas de las reliquias del Apóstol en la Catedral.

       Entre principio y fin, el escritor cuenta su singladura particular, que comienza un día invernal del año 1993 en Roncesvalles y culmina en León, agotado, malcomido y cabreado porque el camino no le ha deparado cosas buenas, como tampoco lo hubiera hecho ninguna otra ruta de la España de los años noventa. Porque en efecto la visión esencial del camino es un puro esperpento, una grotesca representación de la vida, donde lo burdo, la fealdad, la indignidad, la tragedia, cobran un desgraciado protagonismo: nuestros pueblos se abandonan y ahí se quedan, como despojos, a la espera de una desaparición definitiva, solo falsamente reanimados por los domingueros presuntuosos y frustrados; las cunetas de las carreteras, las entradas industriales a las ciudades o villas (Estella, Logroño, Burgos…) acopian basura y restos de consumo, como vastas sentinas malolientes; pocos albergues ofrecen condiciones mínimas de salubridad, agua corriente y luz; deterioro del patrimonio artístico o incuria de la calzada romana de Cirauqui ; pobreza en la Castilla de Tierra de Campos; lugareños despreciativos con los peregrinos a quienes consideran o pecadores-mala gente- o pordioseros; una Iglesia que populariza el camino de Santiago verbalmente, pero que desatiende las obligaciones más básica de atención y cuidados verdaderos al peregrino; sacerdotes carcas y atrabiliarios, o figurines narcisistas; fe superficial de golpes en el pecho pero sin fondo, son algunos ejemplos de esta danza grotesca.

         Sin embargo, a Morán le pueden los gestos sencillos y auténticos de algunos protagonistas, sobre quienes vuelca la cargazón de su afecto espontáneo, como son los casos de la madre de Burguete o la bondadosa hospitalera de Cizur Menor, de la que se acuerda todo el viaje, aunque ya no puede darle las gracias, o el cortés alcalde Larrasoaña. Lo mismo puede afirmarse de su íntimo amigo Meseguer o Ana, acompañante solo hasta Burgos, de lacónicas expresiones, pero por quien siente un profundo respeto. Y tampoco pueden pasar inadvertidos los instantes más emotivos que embargan al escritor como consecuencia de la contemplación de paisajes en las horas crepusculares como el de San Juan de Ortega,  o de monumentos señeros como el del Santo Sepulcro de Torres del Río, la iglesia de Sta. María la Blanca de Villasirga o el monasterio de S. Zoilo.

     Hay también períodos para la reflexión a partir de observaciones directas o detalles aparentemente banales. Así el breve discurso sobre la autenticidad, el sentido espiritual del Camino, breve meditación del racismo etc.

       Es, por lo demás, un libro magistralmente escrito, fruto de la buena labor literaria de su autor. Es un texto rápido, ágil, de vocablo directo y preciso, en el que las descripciones de personajes y paisajes o lugares de gran plasticidad y acierto, se combinan equilibradamente con el relato narrativo. Y como gran libro crítico no podría subsistir sin la necesaria carga de humor e ironía, que rezuma todo el texto.

        Libro, en definitiva, muy valioso no solo por la originalidad de un planteamiento valiente y nada convencional, sino por un estilo impecable, que pone de manifiesto la rebeldía de un escritor independiente, libre y sensible.