Federico García Lorca (III).

luna llena 

Danza da lúa en Santiago

¡Fita aquel branco galán,
olla seu transido corpo!

É a lúa que baila
na Quintana dos mortos.

Fita seu corpo transido
negro de somas e lobos.

Nai: a lúa está bailando
na Quintana dos mortos.

¿Quén fire potro de pedra
na mesma porta do sono?

¡É a lúa! ¡É a lúa
na Quintana dos mortos!

¿Quen fita meus grises vidros
cheos de nubens seus ollos?

¡É a lúa! ¡É a lúa
na Quintana dos mortos!

Déixame morrer no leito
soñando con froles d’ouro.

Nai: a lúa está bailando
na Quintana dos mortos.

¡Ai filla, co ar do ceo
vólvome branca de pronto!

Non é o ar, é a triste lúa
na Quintana dos mortos.

¿Quén brúa co-este xemido
d’imenso boi melancónico?

¡Nai: É a lúa, a lúa
coronada de toxos,
que baila, e baila, e baila
na Quintana dos mortos!

 

Danza de la luna en Santiago

¡Observa a aquel blanco galán,/ mira su transido cuerpo! /Es la luna que baila en la Quintana de los muertos. /Observa su cuerpo transido/ negro de sombras y lobos./ Madre: la luna está bailando en la Quintana de los muertos./ ¿Quién hiere potro de piedra/ en la misma puerta del sueño?/ ¡Es la luna! ¡Es la luna en la Quintana de los muertos!/ ¿Quién observa mis grises vidrios/ llenos de nubes sus ojos?/ ¡Es la luna! ¡Es la luna en la Quintana de los muertos!/ Déjame morir en el lecho/ soñando con flores de oro./ Madre: la luna está bailando en la Quintana de los muertos/. ¡Ay hija, con el aire del cielo/ me vuelvo blanca de pronto!/ No es el aire, es la triste luna/ en la Quintana de los muertos./ ¿Quién brama con este gemido/ de inmenso buey melancólico?/ ¡Madre: Es la luna, la luna/ coronada de tojos,/ que baila, y baila, y baila/ en la Quintana de los muertos! firma de lora  

          Es este un poema inserto en la tradición más genuina de Lorca, que guarda extraordinarias concomitancias con el “Romance de la luna, luna”, del libro Romancero Gitano, e incluso con el “Romance sonámbulo” del mismo libro. Se trata de un diálogo dramático entre madre e hija acerca de la muerte próxima de aquella, que experimenta la angustia de los postrimeros momentos de la vida previos a la definitiva partida. Y para ello Lorca recurre a la imagen de la luna como símbolo del presagio de la muerte, que aparece dibujada con los rasgos tétricos propios, tales como cuerpo transido/ negro de sombras y lobos. En este caso la muerte-luna danza además en la Plaza de los Muertos, una de las cuatro que rodean la Catedral, donde antaño se enterraban los monjes benedictinos que custodiaban el sepulcro de Santiago hasta que en 1780 se trasladan al actual cementerio. Todo sucede como en el “Romance de la luna, luna”, donde el cuerpo celeste, personificado como una bailarina, presagia la muerte del gitanillo, al cual se lleva de la mano por el cielo.

        La hija realiza una acción pasiva pues solo responde angustiosamente a la madre para anunciarle su muerte mediante la repetición, recurso típico lorquiano, de los versos de entonación exclamativa y enunciativa ¡Es la luna, la luna!…la luna está bailando.Mientras que, por el contrario, la madre lleva significativamente el peso de la acción en el lecho de muerte, planteando interrogantes dramáticos como pudiera hacerlo cualquier llamado a la último viaje al infinito, al más allá o a la nada. La misma madre, que da vida a la luna, se pregunta por esa que la hiere, la observa y la brama como un buey melancólico.

        Pero, al contrario del Romace citado, la madre permanece yacente y viva, diríase agonizante y en situación de inquieta espera.

        Una vez más, el poeta adopta el metro octosilábico repartido en varios pareados y una copla final con que se cierra el poema y que viene a resumir el tema del texto. La asunción de formas populares, junto al empleo de inauditas y brillantes expresiones retóricas lorquianas,convierten este poema en un vivo ejemplo de neopopularismo, corriente en que destacó el ilustre poeta granadino.