F. Javier Leralta García. Las peregrinas cosas del Camino.

Leralta

        Javier Leralta nace en Madrid en 1959, ciudad en la que reside. Es Licdo. en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y un experto en las nuevas tecnologías de comunicación. Consecuentemente, es redactor y colaborador en distintos medios, así como profesor y ponente en foros y universidades nacionales, desarrollando temas sobre la movilidad de los ciudadanos y del tráfico en el espacio de las ciudades. Lleva además en sus genes el marchamo de “investigador”, y explora de esta manera ámbitos tan singulares como la vida de algunos reyes y nobles españoles estigmatizados por la “Leyenda Negra”, el porqué de los apodos reales o sencillamente la crónica de los taxis madrileños. Obtiene en 1992 el Premio Villa de Madrid “Ortega y Gasset” de Ensayo y Humanidades por el libro Madrid, villa y coche. Más allá de estas circunstancias, acaso como coherente mixtura de comunicador e investigador, escribe Las peregrinas cosas del Camino,  publicado en 1993.

      No es este el caso de un peregrino que recorre a pie o en automóvil o acémila, o como quiera que sea, los senderos jacobeos, sino de un curioso historiador que recaba los detalles más pintorescos de cada lugar, siendo que el libro bien pudiera haberse escrito sin dejar la casa propia y sin haber dado un paso por los caminos de Santiago. Pero sea lo que fuese, el escritor atraviesa real o virtualmente pagos y montes, páramos y llanuras, para explicar entre el rigor y el desenfado aquello que es llamativo, e incluso, esencial de cada lugar. Son pinceladas histórico-legendarias, sucintos flecos, que definen los pueblos y ciudades jacobeas.

       Por citar algunos ejemplos se traen a colación los siguientes.

     En Aragón el libro cuenta la historia del ferrocarril de Canfranc con toda clase de detalles. Al final, el proyecto duró solo entre 1928 y 1970, y dice el autor que los franceses alegaron como pretexto para cerrar las vías que las naranjas de España se congelaban a su paso pirenaico y no llegaban en las mejores condiciones al país vecino. Otro caso es el del cáliz o copa del que Jesús bebió en la última cena y luego empleado por José de Arimatea para recoger  la sangre derramada de Cristo en la cruz, el llamado Santo Grial. Nos cuenta el viaje interminable del susodicho, que primero estuvo en el monasterio de Leyre, luego pasó  trescientos años en el de San Juan de la Peña y más adelante en Zaragoza.

      Otras tantas anécdotas suceden en el territorio navarro. Carlomagno da lugar a la leyenda de Roldán y los Doce Pares, que muere sonando el olifante a los cuatro vientos y abriendo con su espada Durandart la roca de pedernal, como si de un melón se tratase. Estando aquí se cuenta que las brujas recorren el bosque de Irati y que se trata de la reina Juana de Labrit, madre de Enrique IV, que asoló las iglesias católicas de esta zona. Otros milagros como el de la Virgen de Rocamador, que salva de las aguas a una infanta navarra, arrojada allí por pérfidos personajes, o el Misterio de Obanos, que cuenta el terrible fratricidio de Guillén contra su hermana Felicia, a la que decapita, son retazos que dibujan esta variopinta orografía.

       Y si de la Rioja se trata, muchos son los artículos, sobre todo, los relacionados con el vino. En este punto el libro es un verdadero tratado de enología: la poda y la vendimia, la fermentación y la consecución del sabor y del mejor grado etc. hacen las delicias del buen bebedor. Como sabio consejo popular es bueno que después de parir las vacas se les dé como medicina un litro de vino o que el arrope caliente-que es el mosto cocido- es el mejor remedio para los catarros. Se viene también a decir que el voto de Santiago, posterior a la  dudosa batalla de Clavijo, donde por vez primera aparece Santiago degollando cabezas moras con verdadero frenesí y entusiasmo, queda instaurado como un tributo anual que los habitantes de Galicia, León y Castilla deben pagar de por vida a los canónigos de Santiago de Compostela, costumbre que deroga las Cortes de Cádiz de 1812.

       Ya en Castilla, Isabel la Católica visita la Iglesia de San Juan de Ortega en 1477 para tener descendencia, pues el santo tenía la fama de hacer fecundas a las mujeres y, se supone, a los hombres, aunque por entonces no eran ellos los responsables de la esterilidad familiar. En Villalcázar de Sirga, Palencia, a cuatro km. de Carrión, un ahorcado acusado de robar una piedra de sillería, es salvado por la Virgen colocando a sus pies la piedra falsamente robada. También el lector se entera de que el Palacio de los Botines en León, obra modernista de Antonio Gaudí, es en realidad Palacio de Botinás, pues uno de los propietarios se llamaba Hans Botinás. Se cuenta también que el poeta Gerardo Diego visitó en cierta ocasión el Palacio Episcopal de Astorga y que, perdido en él, alguien le preguntó qué buscaba y respondió que no encontraba el sepulcro de Blancanieves.

        Por último, dentro de los límites de Galicia, el lector se entera de la guerra de los Irmandiños en Sarriá, hermandad popular que lucha contra los desafueros y caprichos de la nobleza gallega. Por supuesto, vencedores al inicio, son pasados por las armas y destruidos finalmente. O en la fortaleza de Vilar de Donas, cerca de palas de Rei, los caballeros de la Orden de Santiago dejaban bien guardadas a sus mujeres para visitarlas en cuanto dejaban sus asuntos de policía de los caminos. Y por fin, en Santiago, se acumulan los decires y entuertos. Poco se conoce de la vida del Maestro Mateo, artífice fabuloso del Pórtico de la Gloria. Acerca del butafumeiro, ocurrió en una ocasión que el descuelgue del ambientador hizo que saliera despedido por la puerta de la Plaza de Platerías y allí acabara con la vida de una inocente castañera, que no esperaba la embestida de aquel mihura, y menos en un lugar santo. Del arzobispo Diego Gelmírez se cuenta que su relación con el pueblo nunca fue buena y que alguna vez hubo de salir a toda prisa por los tejados de su palacio para evitar daños mayores. Es curiosa la historia de un frailecillo que con 17 años hizo el Camino de Santiago y, al término, decidió pedir convento en el monasterio de los Franciscanos. Al poco tiempo se descubrió que era una delicada mujer y paso a las clarisas de Pontevedra con el nombre de María de San Antonio.

        Libro curioso, plagado de historias y leyendas y milagros, contado con esmero y gracia, que aportan conocimientos interesantes al lector y que, seguro, no defraudarán a nadie.