Estella-Torres del Río. Vino y agua (7 de julio)

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                            Palacio de los Reyes de Navarra  

          Estella es otra ciudad nacida a las orillas del Camino de Santiago desde que Sancho Ramirez, a finales del siglo XI, decidiera poblar este lugar con colonos franceses, que se asientan alrededor de la actual Plaza de San Martín,  justo en el paso del Camino. Por eso, Estella tiene dos partes bien distintas: la Histórica, el burgo franco, que resulta una verdadera eclosión de edificios monumentales; y la Moderna, en torno a la Plaza de los Fueros, que es en la actualidad el centro comercial y administrativo de la villa.

      La plaza es cuadrada, de dimensiones más bien pequeñas, y porticada, aunque de  forma desigual pues hay edificios modernos, comunes a cualquier ciudad española, y antiguos, que conservan el encanto del paso del tiempo. Parece que hubo hace tiempo un kiosco de rejería con viseras y techo de cristal, que el mal gusto sustituyó por el actual, de aspecto común y sin ningún interés artístico. En uno de los extremos, la iglesia parroquial de San Juan solapa, detrás de una fachada neoclásica de dos torres, una portada norte románica, dotada de arquivoltas sencillas y crismón en la dovela del primer arco. El crismón es el ADN del románico. Bares, restaurantes, comercios, van ocupando los espacios restantes.

       A las 15,00 de la tarde el silencio es total. El sol, que desprende fuego, inunda luminosamente la plaza, y los porches de los pórticos son el único lugar en que se puede reposar placenteramente. La comida es rica y copiosa. Tal es así que, después de haber ingerido una ensalada grandiosa de dos pisos, no puedo acabar el tierno pollo asado con patatas que me han servido en el restaurante. Se lo comento al amable camarero y dice que los peregrinos tienen que alimentarse bien porque hacen un gran esfuerzo. Pero el hecho más venturoso ha sido que, al cabo de días de búsqueda infructuosa, pido un cuajada casera y me la ofrecen al estilo de las de Ulzama, que son las mejores de Navarra a juicio de los cuajadistas más considerados. Me explica otro comensal colindante que, si soy un entusiasta de este manjar, debo asistir al Concurso de Cuajadas de Ulzama, que se vienen organizando sobre el mes de junio en el valle.

          Al atardecer es imprescindible recorrer la calle Curtidores, la Rúa y la de San Nicolás para admirar su abundoso y variado patrimonio artístico. En torno a la Plaza de San Martin, que hace de eslabón de estas vías, dos edificios civiles llaman la atención: el Palacio de los Reyes de Navarra, edificio románico del siglo XII, que hace chaflán; y el antiguo Ayuntamiento del siglo XVIII, reconvertido en la actualidad en Palacio de Justicia. El primero acoge una exposición permanente del pintor alavés Gustavo de Maeztu, hermano de Ramiro, miembro de la generación del 98, y María, importantísima pedagoga y feminista que luchó por la formación humanista de las mujeres. El Palacio de los Reyes de Navarra tiene dos pisos separados por una estética moldura, la planta baja abre cuatro arcos que se apoyan en capiteles. Es el del lado izquierdo el que esculpe la lucha entre el gigante Ferragout y Carlomagno, episodio sacado del Pseudo-Turpín, uno de los libros del Códice Calixtino, que representa la lucha entre el bien y el  mal.

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                                                                                                    Claustro de la Iglesia de San Pedro de la Rúa

              Delante del Palacio hay unas escaleras muy empinadas que conducen a la portada de la Iglesia románica de S. Pedro de la Rúa y a uno de los lados de la esbelta torre defensiva.  Cuesta subirlas, por eso hay muchos turistas que se quedan en la primera escalinata y le sacan fotos. Merece la pena sin embargo seguir el rito pedestre de la subida, aunque solo sea por la visión del bello claustro de la Iglesia. Tiene una particularidad y es que solo conserva dos tramos o crujías, porque los otros dos fueron destruidos al precipitarse sobre ellos las piedras del Castillo de Zalatambor,que estaba en la parte más elevada del espolón, como consecuencia de la voladura provocada por las tropas de Felipe II en 1572. A pesar de la irreparable pérdida, el claustro conserva el embrujo de estos apaciguados espacios abaciales de reposo y solaz. A estas horas en que ha descendido la posición del sol, es agradable sentarse en alguno de los sillares, y dejarse llevar de la imaginación. Observo que una muchacha lee despacio unas hojas orientativas sobre el arte del claustro, que un sacerdote repartía en el interior de la Iglesia. Ella tiene también el color grana de las rosas que allí están plantadas y un gesto sereno como la brisa que ahora nos acaricia.

        Siguiendo por la calle de la Rúa se halla el Palacio del Gobernador, que es un edificio de ladrillo y sillería construido entre 1608 y 1613, por encargo de una familia estellesa adinerada que tuvo gran influencia en la vida de la ciudad. Sufrió abandono durante siglos hasta que el Ayuntamiento se hizo cargo de él y lo cedió al Gobierno de Navarra, que lo ha convertido actualmente en el Museo del Carlismo, probablemente el único del mundo dedicado exclusivamente al estudio de este tema histórico. Me interesa y entro en su interior. Se trata de un proporcionado edificio de dos plantas con un patio vistoso de arcos que se apoyan en capiteles de estilo clásico. El techo es una bóveda acristalada reforzada con materiales que le proporcionan solidez. Subo a la primera planta, que es donde está el núcleo museístico, pero me advierte con gravedad una joven ujier que debo esperar a los demás visitantes para realizar la visita bajo su vigilancia. Debe ser que la sutileza del tema lo exige, o que habrá habido robos o daños provocados en el mobiliario de la casa, que han obligado a adoptar medidas preventivas de esta clase. Todo el tiempo nos acompaña una música triste y, por supuesto, la conserje, que frunce el entrecejo cada vez que la miro, como si nos reprendiera por algo que  desconocemos. Hay retratos de militares carlistas, cuadros que recuerdan batallas de las contiendas civiles, dagas, fusiles, pistolas, libros y códices, en fin, un elenco de objetos y enseres alusivos al Carlismo. Pero me interesa, sobre todo, los textos que explican el origen y desarrollo del movimiento carlista, redactados por un comité científico integrado por profesores y catedráticos universitarios con la finalidad de aportar objetivismo y evitar suspicacias. La visita ha sido provechosa.

     Volvemos a recuperar la normalidad de la calle. Muy cerca, hay un prado desde el que se contempla reposadamente la fachada impresionante de la iglesia del Santo Sepulcro, cuya fábrica se inicia en el siglo XII y acaba en el siglo XVI. La portada gótica cincela esculturas de escenas bíblicas, rodeada a los dos lados de los doce apóstoles que se encajan en hornacinas, y delante de la puerta se muestran las figuras de Santiago y San Martín de Tours. Al otro lado del río, es necesario realizar la visita de la Iglesia de San Miguel, otro de los burgos antiguos de Estella.

     –Patxi eres el amo, dice el camarero a un hombre de edad, que iba a los sanfermines a correr delante de los toros, siendo mozo, y que ahora está delante de la barra del bar saboreando un vino navarro y la corrida que emiten en la televisión.

    -¡Va, ya estoy viejo! Pero la afición no la he perdido, está dentro , muy adentro- repetía orgulloso

      El camarero, un chico de barba, se enardece con las imágenes de los encierros y me da una cerveza en vez de una coca-cola, que le pido.

   -Me cago en la hosti. Perdona tú, es que los sanfermines es lo más grande y  se me va la cabeza. Ahí tenía que estar, y no aquí, currando como un pringao.

       Luego tomo un vino de la misma cepa que la de Patxi, la noche echa la llave y me despido.

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                               Monasterio de Irache

           A poco de abandonar Estella, se tropieza a lo lejos, entre ramas y frondas, escondido en la ladera del monte, con la hermosa vista del monasterio de Irache. Como los grandes monasterios del Camino de Santiago fue fundado y regentado por los benedictinos en el siglo XI, y contaba con un Hospital más antiguo que el de Roncesvalles, fechado en 1050. Abad del cenobio fue San Veremundo, patrón del Camino de Santiago en Navarra, y del que hallamos en Villatuerta una mención en la piedra del muro de la iglesia; allí se imprimió también la Crónica de la Orden Benedictina del Padre Yepes; y se creó un importante centro de estudios teológicos que perduró hasta el siglo XIX. Pero a pesar de este pasado, el monasterio cerró las puertas en 1985, y lo que otrora fue grandeza, hoy todo es sombras y olvido. Al lado, para animar el día, se asientan las Bodegas Irache, que obsequian a los peregrinos con dos espitas, una de vino y otra de agua. No recuerdo en mi vida refrescarme la cabeza con vino y sorber despacio el agua, lo que provoca la risa de unos ciclistas que observan la escena.

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          Fuente de los Moros de Villamayor de Monjardín             

         La etapa es un continuo ascenso hasta Azqueta, pero la primera parte se me ha hecho liviana porque he ido conversando con Javier, un vecino jubilado de Estella que sale a diario a caminar porque en otro tiempo fue peregrino y lo echa de menos. Agradezco su compañía y nos despedimos con un fuerte apretón de manos.

        Desde Azqueta, la subida a Villamayor de Monjardín es dura y larga, pero Javier me ha comentado que descanse de vez en cuando y mire hacia atrás para gozar de la belleza del paisaje. Antes del pueblo de Villamayor nos sorprende una extraña construcción: la Fuente de los Moros, una entrada cuadrangular de dos arcos de medio punto que descansan sobre una columna geminada, obra de sillería cerrada con un techo a dos aguas. Al pasar dentro se descubren unas escaleras que descienden al fondo de un aljibe lleno de agua, pero papeles y otros restos que flotan en la superficie no invitan a beber, a pesar de la sed. A los pocos metros surge entre frondosos castaños, la torre y la espadaña de la iglesia de San Andrés de Villamayor de Monjardín, construcción de portada románica. El pueblo es pequeño, recogido, pero tiene algunas casas solariegas de buena hechura. Pregunto dónde está el pico de Montejurra y la mujer de la tienda me lo indica.

   -¿Ve aquella cresta, enfrente? Ese es.

     Hubo en ese monte durísimos enfrentamientos sangrientos entre los partidarios del aspirante a la corona española, Carlos VII, y las fuerzas gubernamentales fieles a la monarquía constitucional. La última de las batallas de Montejurra, que puso fin a la tercera guerra carlista, cerró para siempre las esperanzas que el Carlismo tenía de gobernar este país. A pesar de todo, grupos de esta corriente tradicional celebran todos los años actos de exaltación de su causa particular.

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                                                                                                                                                          Los Arcos

 

        El camino que sigue hasta Los Arcos es un descenso suave. Una cañada sucede a otra,  alternándose vastas parcelas de trigo con hazas de viñedo, que están flanqueados por colinas o montes de vegetación escasa. A veces, el campo se estira y pueden verse, a lo lejos, algunos peregrinos cada vez más diminutos que desaparecen en las curvas de la carretera. Por fortuna, las nubes ocultan el sol, y eso permite andar con más comodidad. Unas cabras que pastan con el pastor y el perro, nos colocan a la entrada de Los Arcos, donde debemos reponer fuerzas con una buena refacción. Los Arcos es un pueblo medieval de calles angostas y empedradas, casas blasonadas, que estuvo habitado en la Edad Media por núcleos importantes de judíos. Esto determinó que el pueblo fuese un centro financiero de primera clase en que se cambiaban monedas y se cobraban impuestos, a veces de forma leonina. La calle central conduce a una plaza alargada, donde sobresale la iglesia de Santa María, síntesis de varios estilos como es casi normal en otras obras religiosas. Guarda una talla gótica de la virgen de Santa María de los Arcos, que el sol ilumina en los solsticios de verano como ocurre en la iglesia de S. Juan de Ortega, en tierras burgalesas.

     Confiado en proseguir el camino después de la comida, temo a estas horas en que el calor aprieta sin piedad que pueda darme una indigestión. Como un acto milagroso, un cartel a la salida del pueblo anuncia el teléfono de un taxista. El trayecto de ocho km. es solo un rapto de cinco minutos.

      Ya estoy en Torres del Río sano y salvo, dispuesto a sentir las horas del crepúsculo. La tarde, que va cayendo, es para mí.

 

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