El Camino Jacobeo. Una ruta milenaria. Teodoro Martínez.

           La publicación del Camino Jacobeo. Una ruta milenaria se produce en el año de 1976, siendo la Diputación de Vizcaya el organismo oficial patrocinador del libro, cuya edición se presenta muy cuidada. Del autor, Teodoro Martínez, solo se sabe por el curioso prólogo que precede al libro que se trata de un religioso con una sólida formación en Historia del Arte y Medieval, a juzgar por el rigor de los comentarios y exposiciones que realiza.

      El libro se articula en dos partes, un apéndice y un prólogo (denominado “pórtico”), firmado por Florentín G. de Andoin, cuyo contenido y forma son arquetipos de una época de la Historia de España. Dentro de un estilo generoso en retórica y circunloquios, el prologuista recrea los jalones más reseñables del Camino de Santiago sin otra documentación que la del autor, y con la intención de loar en último término la vertiente combativa de Santiago contra la religión musulmana, y defensor de los principios del cristianismo.

     La primera parte consta a su vez de veinticinco capítulos de temática heterogénea. Puede resumirse en cuatro apartados globales: aspectos relacionados con Santiago (origen del sepulcro y controversia del sepulcro, iconografía, extensión del fenómeno a Europa y América), los peregrinos y las peregrinaciones (indumentaria,enfermedades, el derecho, motivaciones…), cuestiones generales de historia ( la importancia de Cluny como propagador de la devoción y el arte románico, órdenes militares y cofradías, el Códice Calixtino…) y, por último, aspectos literarios ( canciones del Camino y la épica francesa y española en la peregrinación). De entre tanta variedad de temas, debe resaltarse la separación que realiza el escritor entre la Historia y la Leyenda de Santiago. Aquella se inicia y acaba con los Evangelios y los Hechos de los Apostoles; y a partir de ahí, se forja la Leyenda, tal como se relatan los sucesos del traslado del Apóstol a las costas gallegas y su posterior enterramiento. También incluye la teoría del  de Fray Justo Pérez de Urbel sobre el origen del sepulcro, que coloca las reliquias del Santo en Mérida, desde donde se traslada a Iria Flavia.

     La parte segunda es una descripción global e integral del Camino Francés, desde sus comienzos en Aragón y Roncesvalles, hasta Santiago de Compostela. Previamente, el capítulo veintiséis glosa las cuatro rutas francesas ya conocidas (Turonense, Limosina, Podiense y Tolosana), a donde concurrían todos los peregrinos de Europa. Alguna de las regiones o provincias que atraviesa el Camino es tildada por el autor con un título señero (Tierra de Campos es la vastedad de las llanuras palentinas; la paramera de León identifica el solar que se propaga entre la capital y la comarca del Bierzo; a Galicia le aplica el epíteto de “dulce”). Ya en Santiago, debe destacarse el apartado dedicado a las excavaciones que en la Catedral se realizaron a finales de la década de los cuarenta, que exhumaron la cimentación de la iglesia erigida por Alfonso III , e incluso, el umbral de la primitiva levantada por Alfonso II “El Casto”. Además, se descubrió una necrópolis sobre la que se levantó la Catedral, siendo de aclarar que los enterramientos solían realizarse a ser posible cerca las reliquias de algún santo.

     Pone remate al libro el apéndice que trata de otros Caminos que se seguían en la Península, pues no debe olvidarse que son muchas las sendas que desde cualquier origen tenían como meta la ciudad de Santiago. Concretamente, el escritor se detiene en varias rutas gallegas, en las que atravesaban las Vascongadas,  otras que iban desde Bilbao a Santander y Oviedo, la ruta de la vía de la Plata en el tramo de Mérida a Astorga etc.

     No faltan fotografías de monumentos importantes, algunos mapas trazados a mano alzada y algunos curiosos dibujos de pequeño tamaño, cuyo autor desconocemos.

     Es un libro de estilo sencillo y claro, a la vez que muy documentado y elaborado, que aporta copiosa información sobre este tema jacobeo. Como ningún libro es perfecto, en esta ocasión el autor implora el retorno a una vida pía para compensar la pérdida de los valores religiosos promovida, dice, por “poderes tenebrosos”. Es una opinión que adquiere sentido en el contexto del período de transición a la democracia española, año de publicación de este importante libro.

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