“La Historia se escribe en las plazas” (El Burgo de Ranero-Mansilla de las Mulas. 31 de julio de 2013).

OLYMPUS DIGITAL CAMERA      En esta ocasión he decidido levantarme de la cama más tarde puesto que el recorrido de la etapa es más corto y me encuentro físicamente mejor. El aire fresco bate mi cara y me recibe dispuesto para emprender la marcha con entusiasmo. No disimulo esta alegría casi infantil y estoy decidido a rodar solo por estos pagos para sacar más provecho a mí mismo pues la soledad deseada no es mala. El paisaje, en principio, parece repetirse como un calco de lo anterior: un sendero flanqueado de árboles adolescentes y llanuras desiguales. Sin embargo, reconozco que las cosas, bien miradas,  se parecen poco o nada: este parche de tierra ocre, en barbecho, tiene un cerco empedrado y en el centro hay un pináculo de piedras sobre cuyo extremo revolotea la ágil figura de un cernícalo o halcón, que a buen seguro ojea la llanura en busca de una presa que le sirva de alimento; más allá, a lo lejos, una encina solitaria dibuja una sombra tímida que desafía la luz aún tenue de las primeras horas de la mañana; aquí, otro raso segado de trigo deja las pajas apiladas en fardos bien simétricos. Y ni siquiera el aire es el mismo que ayer, es más cristalino y ligeramente más frío. ¿Quién dijo que todo es igual?

        En estas cavilaciones me coge el mediodía para adentrarme en Reliegos, un pequeño pueblo que invita al descanso. A la entrada hay unas bodegas que no hace mucho tiempo se extendían por tierras de León para conservar el vino a temperaturas óptimas. Eran épocas en que extramuros de estos pueblos podían verse bancales repletos de buena uva negra o clara, con la que se hacía un vino añejo de alta graduación y fuerte sabor. El campesino obtenía así una cosecha que guardaba en estas bodegas al abrigo del rigor del frío invernal y de los calores abochornantes del estío. Lo consumía poco a poco y más de una vez le escuché decir:

       – ¡Qué bueno que está el jodío! Pero tú, chaval, ni una gota si no te da licencia tu padre.

     Una larga avenida rodeada de casas, algunas callejas transversales y la iglesia parroquial son todo el aderezo de Reliegos. Atravieso la calle Real, escenario de un hecho insólito, y es que aquí cayó del cielo un meteorito de nueve kilogramos, sobre las ocho de la mañana de un día de diciembre de 1947, sin que afortunadamente hubiera que lamentar víctimas. ¡Vaya susto para una población que por aquel tiempo al único estruendo al que estaría acostumbrada habría de ser el chirrido de las ruedas de los carros que se iban a la era! El suceso aún perdura en la memoria de los mayores.

      Paso a paso nos acercamos al final de etapa. Desde lejos se columbra, al principio diminuta, luego más grande, la villa notable e importante de Mansilla de las Mulas. El sol hace justicia y no perdona. Siguiendo esta estela se entra por la Puerta del Castillo, habiendo dejado a la izquierda el monumento al peregrino —tres jóvenes en actitud de reposo— y se sigue por unas angostas callejas que tienen aferradas al suelo las vieiras emblemáticas del Camino. Un resquebrajado portalón tachonado por gruesos clavos pone una nota de antigüedad. La calle central divide la villa en dos partes desiguales. A la derecha arranca una tupida red de calles estrechas que asoman a la Plaza Mayor o Plaza del Pozo, como así se llama. Es una plaza oblonga, rematada en sus extremos por bellas galerías porticadas, lo suficientemente grande como para alojar desde el inicio de su nacimiento una intensa actividad humana. Las galerías alinean tiendas y comercios de diferente especie, bares y cafés silenciosos, lo que en otro tiempo fue seguramente el lugar privilegiado de los antiguos gremios medievales, talabarteros, ceramistas, artesanos, herreros, taberneros, panaderos… Y es, sin duda, uno de esos espacios más frecuentados por toda clase de tipos humanos, que hacen de la Plaza un espejo de la vida española, mercaderes, buhoneros, fulleros, jugadores, ricos y mendigos, malandrines, pícaros, soldados, colonos y campesinos, emigrantes, tunantes, necios, impostores, arciprestes, galanes, cortesanas, zaragateros, misántropos… Porque en estas plazas se ha escrito la verdadera y natural Historia de España.

      Por fin, retomo el descanso que necesito.

     – He venido aquí porque estaba hecho un lío —dice Emilio—, no sabía qué hacer.

      Emilio es un compañero al que conocí en la comida. Tiene cuarenta y tantos, de inteligencia viva y rápida, mentón saliente y nariz aguileña, que viene al Camino para resolver un conflicto interior. Miramos el paso rápido de las aguas del Esla en el atardecer dorado.

     –Me casé demasiado joven presionado por las familias de los dos. Creo que enamorado. Tengo tres hijos y el negocio va muy bien. Pero ella no tiene mis aficiones.

      – ¿Y qué? —respondo.

      – Quiero decir que no comparte casi nada conmigo. Voy solo o con mis amigos a la sierra, no quiere escuchar hablar del fútbol que tanto me gusta, le apetece salir las noches de los sábados cuando yo quiero quedarme en casa y así todo. Esto nos ha ido distanciando… y ¡hostia, no puedo más!

     – ¿Aún te emociona? ¿Sientes el deseo de besar su pelo o acariciar sus pies? —le contesto.

     – ¡Qué cosas!, eres un romántico.

     – Lo que decidas, está bien. Así que haz lo que creas mejor. Porque, aun si tomases una decisión equivocada, habrás sido libre. Lo difícil en este mundo es tomar decisiones y llevarlas adelante.

     – En León me espera la familia —dice mi acompañante.

      Emilio lleva doce días caminando y está decidido a dejarlo en León porque ya ha resuelto lo suyo. Por discreción no le pregunto. Él solamente repite que lo tiene resuelto. Sin darnos cuenta, la noche se va haciendo más espesa, los árboles de la otra orilla apenas menean sus hojas y poco a poco van transformándose en manchas oscuras. Entonces este pedazo de tierra castellana recupera el silencio y con él una paz infinita.