El Apóstol Santiago y la Ruta Jacobea. Luis Máiz Eleizegui y Luis Aguirre Prado.

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       Mientras en la posguerra española prestigiosos medievalistas elaboraban obras jacobeas de primer nivel, como es el caso de Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, o Peregrinaciones jacobeas, ya mencionadas, también hubo aportaciones historiográficas más sencillas que se sumaron a la rica bibliografía de Santiago con el fin de despertar el interés por este tema y colocar las primeras bases eruditas.

          En la fecha de 1944, Luis Máiz Eleizegui (1880-1967), farmacéutico militar, publica la obra El apóstol Santiago y el arte jacobeo, con motivo del XIX centenario de la decapitación de Santiago.

          No es el autor un especialista en arte, como el mismo se reconoce en la introducción, pero aun así se carga con la responsabilidad de realizar una amplia batida por todo el territorio español para recoger y comentar aquellas obras artísticas- iglesias, templos, catedrales, esculturas y pinturas-, que presentan a Santiago como tema central. De esta manera el autor desea poner de relieve la gran importancia que la figura del Apóstol tiene en España y lo mucho que ha calado en la sociedad de la época, dentro de un contexto político más amplio de ensalzamiento del Apóstol como peregrino y soldado, sobre todo. No es pues un estudio estricto del fenómeno peregrino, pero sí la puesta en escena de la prodigiosa expansión de la popularidad del Santo que ha inspirado miles de obras artísticas repartidas a lo largo del Estado.

      El libro se cierra con una extensa galería de fotografías o láminas, como las denomina el escritor, que recuerdan algunas iglesias importantes, portadas románicas de extraordinario valor, pueblos señeros de la ruta jacobea y pinturas y esculturas representativas de Santiago.

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       Con ocasión del Año jacobeo de 1965 se publica el libro La ruta jacobea. Sobre el sepulcro, una estrella, de Luis Aguirre Prado, escritor y periodista, nacido en 1896 en Ciudad Real y fallecido en 1991.

      El libro está dividido en tres capítulos, y cada uno se distribuye en breves artículos que están titulados de manera periodística. A partir de la mitad del capítulo segundo se recorre el Camino Francés, precedido de las vías galas por donde transitaban los peregrinos procedentes de Europa, resaltando aspectos históricos y culturales de las rutas. Se acompañan además un mapa detallado del Camino Francés y un plano de la ciudad de Compostela con el señalamiento de los monumentos más importantes, junto a sencillos dibujos alzados a mano de etapas de la ruta. La otra primera parte sirve al autor para mostrarse defensor de sucesos como los de Clavijo (a propósito de la existencia de la batalla en la que cabalgó Santiago sobre un caballo blanco), o el del voto de Santiago por el que el citado pueblo riojano se comprometió a pagar a la Catedral de Compostela una cuota anual en agradecimiento a aquella intervención milagrosa, solo extinguida por la Constitución de Cádiz de 1812 y la II República Española, entre otras cuestiones.

     El texto va acompañado asimismo de una bella relación de fotografías de iglesias, portadas románicas, esculturas…

      Por último, el escritor aporta una antología de textos jacobeos de escritores tan relevantes como, por ejemplo, Rosalía de Castro, Valle-Inclán, Miguel de Unamuno, Manuel Machado, Francisco Villaespesa o Gerardo Diego.

          No debe olvidarse el estilo, a veces, algo retórico del libro, común a otras publicaciones de este período de la historia de España, como consecuencia de un hervor patriótico indisimulado, que conmueve antes las emociones que las razones. Aquella hinchazón del lenguaje se vuelve, sin embargo, más llano en muchos otros pasajes de carácter descriptivo.