Referencias literarias. Un soneto de Antonio Machado.

 

        antonio machado En el año 1925 Antonio Machado publica en la Revista Alfar de La Coruña un precioso soneto que evoca, al menos aparentemente, el discurrir de un peregrino a Compostela. Posteriormente vuelve a publicarse el mismo soneto en 1928 en el libro Nuevas Canciones, que resulta una reunión de poemas muy diversos, lejos de aquella unidad temática de sus dos primeros libros. Reitero que el tema es sólo en apariencia.

     Se reproduce a continuación este soneto escrito de puño y letra- autógrafo- por el propio poeta pues es sabido que durante doce años, de 1912 a 1924, desde su estancia dolorosa en Baeza a su residencia en Segovia, Antonio Machado recogía esbozos, proyectos, poemas completos u otras ocurrencias en un abultado cuaderno que él tituló Los complementarios.

verás la maravilla del camino...

       Constituye el poema un soneto formado por dos serventesios- estrofas de cuatro versos de rima determinada- y dos tercetos encadenados-estrofas de tres versos que riman entre sí-. El texto se articula en tres bloques que se apoyan a su vez en tres postulados verbales: verás (versos 1 al 8), verás (versos 9 al 12) y la perífrasis modal debes entrar (versos 13 al 14). El interlocutor es un peregrino, no sabemos quién en principio, que ha de ver tres cosas fundamentalmente desde el lugar en que está afincado: el camino- camino de soñada Compostela-, tópico machadiano que recorre toda su obra poética; la catedral–gigante centinela/de piedra y luz, prodigio torreado-. Debe señalarse que la catedral a la que Machado hace referencia es posiblemente la de León dado que él la conoce y, además, deja el dato de que está rodeada de dos ríos, el Torío y el Bernesga-con dos ríos ha dorado el cerco  del gigante centinela-; y el cazador que, acompañado de los perros va tras la caza en la lejana sierra–una jauría de agudos galgos y un señor de caza– .Por fin, después de esta actividad pasiva, ojeadora, el peregrino es invitado a entrar por las calles de la vieja ciudad hasta la plaza vacía donde un balcón está iluminado-debes entrar cuando en la tarde fría brille un balcón de la desierta plaza-. El tiempo estacional en que transcurre este episodio es el otoño, cuando las hojas amarillean y los montes se visten de colores lilas y anaranjados-verás la maravilla del camino…entre chopos de candela/Otoño…-, y es la tarde el momento del día que el poeta elige para situar la escena-tarde fría-, otro lugar común del poeta sevillano. En resumidas cuentas, un peregrino contempla en la estación otoñal el camino que debe llevarlo, tras observar a lo lejos las torres de la Catedral de León dibujarse sobre el cielo y un viejo cazador, a un balcón que vuela sobre una plaza silenciosa en una tarde fría. Podría concluirse, pues, que el poema está anclado en la experiencia de una caminante que, llegado a León, sigue el paso hacia la ciudad del Apóstol.

        Pero debemos fijar nuestra atención sobre el personaje del peregrino. ¿Quién es él? ¿Es un peregrino anónimo? ¿Alguien amigo del poeta? Ni lo uno ni lo otro. Probablemente, conociendo la facilidad que tiene el poeta de hablar consigo mismo-converso con el hombre que siempre va conmigo/mi soliloquio es plática con este buen amigo, dice en su Retrato– el Tú sea el Yo, el Tú se desdobla en el Otro Yo no solo como un juego o licencia poética, sino como una necesidad personal para contar mejor las experiencias que la vida y su entorno le va aportando. No es la primera vez que Machado utiliza esta técnica poética. Por eso,el peregrino es él, un hombre que pasa sobre la mar-decía-o sobre el camino de soñada Compostela– en esta ocasión- para seguir un viaje penitencial, del cual dice que el último será aquel que nunca ha de tornar.

       Visto así el poema, no como un testimonio de la realidad externa, sino como un símbolo de la existencia itinerante del poeta, aún se comprende mejor que el camino de Santiago, aunque recordado, vive momentos de soledad.

  

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Referencias literarias. Dos siglos de silencio.

 

          Tras las  palabras que dedicó Feijóo a los peregrinos, los siglos XIX y XX guardan un silencio discreto sobre la ruta santiaguesa hasta bien entrado el último cuarto del último siglo. Ni el Romanticismo, ni el Realismo, que porfiaron por revelar la estética de lo popular, ahondando en las raíces de lo más primitivo y genuino de las regiones, apenas se acordaron del Camino a pesar de que éste representaba la mejor manifestación de los valores religiosos y culturales de los pueblos europeos. Tampoco los nuevos aires de Vanguardia, ajenos a las realidades históricas y más preocupadas por la renovación del lenguaje artístico, ni las generaciones literarias del 98 o del 27, supusieron una vuelta al recuerdo. Parece como que se hubiese propagado un conjuro para evitar este tema. Y es que, en efecto, como se ha dicho en otros capítulos, el Camino de Santiago era a la sazón sólo un recuerdo, un viario de zarzas y pedrizas por donde los peregrinos ya no transitaban como antaño. Poco a poco las peregrinaciones del mundo entero, especialmente las del territorio peninsular a Santiago de Compostela, dejaron de atraer a los vastos contingentes de peregrinos de otrora porque empezaban a sentir que la adoración de las reliquias de santos no era la única manera de agradar a Dios y ganar las indulgencias.

          Sin embargo, no es del todo cierto que ya no haya alusiones literarias. Las hay, pero han perdido la verosimilitud y frescura de las épocas anteriores. Son atemporales. José Zorrilla, romántico tradicional, escribe unos versos cómicos de escaso valor, cuyo protagonista es un peregrino, pero que hubiera podido serlo sin quitar un ápice al sentido del texto un curda o un tuno de las noches pícaras salmantinas, resultando que el rasgo más definitorio de estos versos es el prosaísmo o la facilona comicidad:

                          Caminaba un peregrino                                                                                                                                                                                                                                                               en una noche serena

                          con la calabaza llena

                          de muy exquisito vino.

                          La sed le salió al camino

                          y él de apagarla dio traza

                          hizo al cielo puntería:

                          y así a un tiempo veía

                          estrellas y calabaza.

         rosalia  La voz postromántica de la poesía gallega, Rosalía de Castro, recoge la emoción que le produce la contemplación de las estatuas del maestro Mateo en el Pórtico de la Gloria, pero sin la referencia al peregrino que desde lejos ha llegado para arrodillarse ante el santo. No hay nada vibrante que nos evoque el mundo del peregrinaje. Y así acude la poetisa a la interrogación retórica como artificio poético:

                          ¿Estarán vivos? ¿Serán de pedra

                          aqués sembrantes tan verdadeiros,

                          aquelas túnicas maravillosas,

                          aqueles ollos de vida cheos? 

       En otro sentido más urbano se expresan Valle-Inclán o Miguel de Unamuno, miembros de la Generación del 98, al decir el primero que Compostela es una rosa mística de piedra, flor romántica y tosca… No parece antigua, sino eterna; y al recordar el catedrático de Salamanca que Compostela, vista de lejos, semeja un gran bosque oscuro de piedra. Falta en ambos casos la perspectiva real del Camino. Incluso un poeta de la experiencia y el compromiso con el hombre, su poesía es ser palabra en el tiempo, Antonio Machado, compañero generacional de los escritores señalados anteriormente, escribe un poema dedicado al peregrino que resulta un auténtico ensueño en lugar del testimonio palpitante de una realidad. El desbroce de este poema se dilata en el capítulo que viene.

          lorca  Federico García Lorca no pudo sustraerse al embrujo melancólico de Santiago, a la que visita en el año 1932, y fruto de esa experiencia fueron Seis poemas gallegos, donde no se hallan huellas del Camino. Pero sí queda patente la imagen de la lluvia sobre la ciudad, que él recoge en un gallego exquisito:

                            Chove en Santiago

                             meu doce amor…

                             Chove en Santiago

                                                                                       na noite escrura.

        Por último, Gerardo Diego, excelente rapsoda de las tierras del Duero, torna a Santiago en 1929 y, escondido al anochecer entre las sombras de la Plaza del Obradoiro, escribe un bellísimo soneto Ante las torres de Compostela, que se abre con este esplendente cuarteto:

                               Aquella noche de mi amor en vela

                               Grité con voz de arista aguda y fría:

                               -Creced ,mellizos lirios de osadía,

                               Creced, pujad, torres de Compostela.

         La literatura de esta época, nos susurra a media voz, atiplada, congelada, ensordinada, que el camino de Santiago está mudo y ayuno de peregrinos.

                                               

Referencias literarias. Fray Benito Jerónimo Feijoo.

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          Fray Benito J. Feijoo (1680- 1768) fue un caso excepcional: desde una celdilla del convento de San Vicente en el Oviedo del siglo XVIII, una pequeña ciudad provinciana apenas conocida más allá del Pto. de Pajares, este benedictino silencioso, laborioso, metódico, experimentalista, racionalista y profundo creyente resultó el mayor pensador de su siglo, cuyas obras se tradujeron a muchos idiomas y se leyeron como verdaderos libros de moda. No solo, además fue el escritor más respetado de su tiempo. Asturiano por vocación, aunque de ascendencia gallega, se propuso hacer docencia para la mayoría, ejercer la enseñanza para todos, cuando era minoritaria y retórica, combatiendo las falsas creencias, las supercherías, los conceptos científicos erróneos, proponiendo el uso de la observación y el análisis en todas las ramas del saber. No le faltaron detractores, como es lógico, que buscaron la deshonra del sabio ovetense. Resulta admirable ver hoy la estatua de Feijoo en la plaza de su nombre, frente al monasterio donde él vivió, luego facultad de Letras, llevándose la mano derecha al mentón cuadrado y con la izquierda sosteniendo un libro. Allí permanece pétreo desafiando al sol y la lluvia de Oviedo para ejemplo de las generaciones futuras, libres, esforzadas y honestas.

           Paradójicamente Feijoo fue un maestro benedictino que no le interesó en exceso el fenómeno de las peregrinaciones. Sin embargo, trató en el Discurso quinto, Tomo cuarto, de su obra Teatro crítico universal, el abuso, a su juicio, en que incurrían las numerosas romerías que tenían lugar en todos los lugares de España, lo que le llevó de facto a anotar algunas ideas sobre el tema peregrino. Menciona que hay dos clases de peregrinaciones sagradas: las que se realizan a lugares distantes como las de Santiago, Roma o Jerusalén, y las que acaecen en las cercanías de las villas y pueblos. De estas dice, no podía Feijoo sustraerse a las ideas religiosas en boga, que en su seno se concitan “coloquios desenvueltos de uno a otro sexo, rencillas y borracheras”. Pero de rondón se cuelan algunas anotaciones curiosas. Justifica, de un lado, las peregrinaciones a Santiago porque son actos religiosos y voluntarios, pero no ignora la existencia de falsedades, engaños, picardías y trapisondas, por lo que aconseja mucha prudencia a los peregrinos. Constata la escasa participación de los peregrinos españoles, frente al “enjambre” de extranjeros, “franceses, italianos, alemanes, flamencos y polacos” porque no es que sean “más piadosos”, sino “más curiosos y andariegos”. Se duda, en nuestra opinión, de que los foráneos sean multitud pues en esta época el Camino casi no tenía visitantes. Feijoo, probablemente hablara de oídas del pasado, a pesar de su espíritu positivo. Pero apunta que no todos los extranjeros lo hacen devotamente pues muchos vienen a mendigar o a beneficiarse del oficio de peregrino para salir de la menesterosidad: “Aumenta mucho la presunción del gran número que hay de tunantes con capa de peregrino, el que los que acá vemos con el pretexto de ir a Santiago”, y él mismo lo prueba con su propia experiencia: “Vi en esta ciudad de Oviedo a un flamenquillo de catorce o quince años, de admirable viveza de ingenio…le ofrecí sustentarle y darle estudios…aceptó el muchacho para la vuelta de su peregrinación. Pero no volvió a Oviedo hasta ahora. Por lo menos tres años después lo he visto hecho vagabundo en otro lugar”. Y a modo de conclusión trae una sentencia de un libro religioso de autoría discutida que dice: “los que peregrinan mucho, rara vez se ponen en estado de gracia”. Así exculpa a nuestros nacionales que a la sazón peregrinaban muy poco a Santiago.

       No podía quedar fuera de esta nómina de autores que rozan el tema santiagués, Fray Benito J. Feijoo, acaso el talante más agudo y sutil de nuestras letras.

Referencias literarias. Diego de Torres Villarroel.

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        En otro capítulo precedente se aludía a este singular escritor dieciochesco a propósito del viaje que realizó en 1737 a la ciudad de Santiago como acción de gracias al Santo por las dolencias de las que curó. Fruto de este viaje es el romance intitulado Peregrinación al Glorioso Apóstol Santiago de Galicia. Diego Torres Villarroel nació en Salamanca en 1694, hijo de un humilde librero del que tomó la avidez lectora por toda clase de libros. Era un personaje curioso que ganó la Cátedra de Matemáticas por oposición en 1726, según él, sabiendo muy poco. En realidad solo hubo dos opositores y la vacante de esta disciplina existía en Salamanca desde hacía treinta años, lo que dice de la poca importancia que a las Matemáticas se le daba en los ámbitos universitarios. Dos veces estuvo en Portugal, y la tercera fue para realizar en el año referido su viaje a Santiago. Se hizo famoso en Castilla y España por las dotes como arúspice llegando a crear una sección de pronósticos firmada con el seudónimo del “gran Piscator de Salamanca“. Desde 1750 hasta su muerte en 1770 se dedicó a preparar la edición de sus obras completas, vivió como administrador del Duque de Alba y, tal como dicen los biógrafos, ejerció la caridad con los necesitados.

     En efecto, el escritor nos relata en el poema antedicho la peregrinación que hizo a Santiago. Resulta un romance chirigotero, satírico y sin duda testimonial de la mitad del siglo XVIII no solo de España sino también de Portugal. E inicia los primeros pasos, tomando como interlocutor al lector y glosando el guión de su composición:

                                        “Querrás saber (claro está),

                                        los ápices, las circunstancias,

                                         dónde, por qué, cómo y cuándo

                                         del cuento…”

     Nótese el gracejo y la socarronería, cualidades siempre presentes, de estos versos que hablan de la partida:

                                        “Salí, pues, y no al romper, (burla de los epítetos épicos)

                                         sino al remendar del alba, (ambigüedad del vocablo “alba”)

                                          que era mucho coste un nuevo

                                         vestido cada mañana…

                                         …A caminar empecé,

                                        y no por la Vía Láctea… (constelación que guía a los peregrinos)

                                         sino por donde juzgué

                                         que algún camino llevaba…”

   Y fue tal la invención de una nueva ruta a Santiago que, en efecto, no siguió el habitual Camino de la Plata que lo llevaría de Salamanca por Zamora, sino que se adentró tierras adentro de Portugal por Almeida, Pinhel, Trancoso, Ponte do Abade, Lamego, Braga, pasó a Galicia por Tuy y llegó tan ufano a Santiago. El viaje de vuelta no fue menos original. Saltó a la capital La Coruña, y de allí a Castilla para regresar a Salamanca. De toda esta singladura no hay más que quejas, lamentos y censuras de costumbres y personas, a excepción de los obispos de Tuy y de Santiago, que pueden resumirse en la estrofa que sigue:

                                           “Pues qué diré de los piojos,

                                           ya no se me daba nada,

                                           por un oído salían

                                           y por otro me entraban”.

   Casi se olvidó del Apóstol si no es porque en la parte final del Romance le apostrofa tópicamente como exterminador de infieles y herejes:

                                           “Más moros envió al infierno

                                           su centelleante Tarama

                                           que médicos a cristianos

                                           al otro mundo despachan”.

      Las últimos versos van asimismo dirigidos donosamente al lector como si de un guiño provocador se tratase. Sin duda hay algo de exhibicionismo no solo en la vida, sino en la obra de este especial autor del siglo XVIII español.      

Referencias literarias. Lope de Vega y Tirso de Molina.

 

   lope-de-vega2-237x300[1] Ambos dramaturgos universales recuerdan a los peregrinos en el entresijo de sus obras. Lope de Vega (Madrid 1562- Madrid 1635) es el padre del teatro clásico español que revolucionó el modo de entender y representar el teatro en el siglo XVII. Expone la nueva teoría dramática en el Arte nuevo de hacer comedias, que se puede resumir en la ruptura de las reglas clásica de acción, tiempo y lugar, en la presencia de numerosos personajes arquetipos-el gracioso, la dama, el galán, la criada etc.- que carecen de profundidad psicológica y complejidad humana y la utilización de un lenguaje ajustado a la clase social de los personajes. Tirso de Molina (Madrid 1579- Almazán, provincia de Soria 1648) sigue los pasos de Lope, pero por su sacerdocio como mercedario la obra de Tirso ahonda más en el aspecto religioso y moral de los temas. Lope lleva una vida más desordenada que Tirso. Aquel entabla relaciones amorosas continuas que le colman de cuitas e hijos, mientras que éste busca en el estado religioso el fin y el sentido de todas sus acciones, lo que no significa que Tirso haya tenido una vida más plácida pues se vio envuelto en discusiones y acusaciones de correligionarios mercedarios que lo arrastraron al ostracismo en algunas ocasiones. Incluso los últimos años de su vida dejó de escribir por la presión ejercida contra él por el estamento superior de la orden y de la curia. Pero los dos coinciden en el recuerdo del peregrino.

       Lope de Vega publica en 1620 la obra teatral de título Las almenas de Toro, que debió de escribir hacia 1615. Basada en un hecho histórico situado en el siglo XI, la obra cuenta el asedio de la villa de Toro por el ejercito de Sancho al que acompaña como fiel vasallo el Cid Campeador. Dentro vive Elvira, hermana de Sancho, a la que su padre legó esta villa, contra la voluntad de Sancho que considera una injusticia la legación a su hermana. Elvira era de tal belleza que despierta el amor de todos, incluso el de su hermano, a la que no reconoce cuando ella habla desde las almenas. Conquistada la plaza, Elvira vaga vestida de labradora y se encuentra con un peregrino que dice llamarse Enrique. Ambos se enamoran, ajenos a la verdadera identidad, y es entonces cuando sucede la agnición o reconocimiento del misterioso peregrino:

                                             Enrique soy de Borgoña,

                                             y al Duque mi padre llaman…

                                             peregrino vine aquí

                                             a ver al patrón de España.

       

    200px-Fray_Gabriel_Téllez,_Tirso_de_Molina[1]     Tirso escribe La romera de Santiago, una comedia histórica en la que el rey de León, Ordoño, concede la mano de su hermana, Dña. Linda, al conde D. Lisuardo como agradecimiento por los servicios recibidos de él. Mientras llega el día de los desposorios, el rey envía al conde a pedir la mano de Margarita de Inglaterra para él, pero en el camino D. Lisuardo requiere de amores a Dña. Sol, una hermosa peregrina que dice ser noble aunque pide limosnas. Como ella no le corresponde, la fuerza violentamente quitándole por consiguiente el honor y la honra. Es por ello conducido a prisión al ser denunciado por la compañera peregrina Dña.Urraca, pero liberado por su prometida decide casarse con Dña. Sol  a la que devuelve la honra. En la escena XIV, Jornada I, hablan el conde y Dña. Sol, aquel admirado de su hermosura, ésta explicándose quién es y de dónde viene:

                                                …Hice voto

                                                 de visitar el sagrado

                                                  sepulcro de nuestro apótol;

                                                  de esta suerte caminando

                                                  a pie y pidiendo limosna…

                                                   …Vuelvo agora

                                                   despues de haber visitado

                                                    su sepulcro y su patrón,

                                                    a Castilla, publicando

                                                     mi devoción en las conchas…

Referencias literarias. Fray Luis de León.

 

        250px-Retrato_de_Fray_Luis_de_León[1]

            El poeta cantor por excelencia de la aldea, de la vida sosegada, lejos del tráfago urbano, de la sencillez y el recato al que una sola mesa le basta, del que vive sin ambiciones vanas, Fray de Luis de León, también tiene palabras para el apóstol Santiago y un recuerdo, aunque breve, para el peregrino que busca la protección del santo. Nació en Belmonte, provincia de Cuenca, en 1527. Profesó en la orden de los agustinos, y como era normal en ese momento, entabló debates teológicos con los dominicos. Fue además profesor en la Universidad de Salamanca. Ambas realidades prepararon su espíritu para la dialéctica y, por consiguiente, para la búsqueda ansiosa de la paz íntima, que solo la soledad silenciosa puede suministrar a los hombres de prez inquieto como Fray Luis. Pasó como otros coetáneos suyos cuatro amargos años de cárcel en Valladolid por haber traducido al castellano el Cantar de los Cantares y haber preferido la versión hebraica de la Biblia a la latina o Vulgata. Murió en 1591 en Madrigal de las Altas Torres, provincia de Ávila, admirado por muchos y denostado por una minoría. Y es curioso que su obra no fue publicada en vida, siendo el genial Francisco de Quevedo quien sacara a la luz pública el conjunto de su poemario en 1631.

       La Oda XX es la dedicada a Santiago. Corresponde al segundo período en que se divide la obra del escritor, que coincide con la permanencia en la cárcel de Valladolid. Es un poema bien escrito, como todos los del poeta, compuesto por 37 estrofas denominadas liras –estrofas de cinco versos heptasílabos y endecasílabos de rima consonante, que el elegante Garcilaso de la Vega había introducido en España años antes como consecuencia de su viaje a Italia-. Fray Luis escribe la mayoría de su obra poética en liras, lo que aporta a sus versos contención expresiva y variedad rítmica. Pero no está esta Oda a la altura de las demás o, al menos, de sus mejores composiciones: por un lado falta, a mi juicio, la originalidad temática. Parece como si el poema fuese un encargo de algún prelado u obispo, y, por lo tanto, no se halla la sinceridad a que nos tiene acostumbrados el ilustre agustino; y sobra, por otro, el tratamiento común que se le da al santo como adalid de la reconquista convirtiéndolo en el Santiago Matamoros que la pintura y escultura han reproducido hasta la saciedad. Como muestra sirva este ejemplo: Como león hambriento, /sigue, teñida en sangre espada y mano, /de más sangre sediento, /al Moro que huye en vano; /de muertos queda lleno el monte, el llano. Acerca de la figura del peregrino, el poeta recoge su devoción al apóstol y los peligros que entraña el camino de esta manera: El áspero camino /vence con devoción, y al fin te adora /el Franco, el peregrino /que Libia descolora, /el que en Poniente, el que en Levante mora. No deja asimismo de ser un tópico común el relato del viaje del cadáver de Santiago a través del mar, tal como explica el Códice Calixtino, del que ya se rindió cuenta en espacios precedentes: Y aquella Nao dichosa, /del cielo esclarecer merecedora, /que joya tan preciosa /nos trujo…

   Gerardo Diego, poeta de la Generación del 27, veía en esta poesía la versión musical de una sonata en la que distinguía una introducción, exposición, desarrollo y cadencia y epílogo, proponiendo a Fray Luis como un poeta musical. Cierto es que la música es un tema fundamental en la obra del conquense, y es  seguro que además sus versos rezuman música como si de una partituta se tratara. Lo dice el maestro.

Referencias literarias. Cervantes.

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         Miguel de Cervantes Saavedra, nacido en Alcalá de Henares en 1547, muerto en Madrid en 1616, es probablemente el mayor escritor de las letras hispanas. No es preciso abundar en lo que ya es un lugar común, su extraordinario talento de escritor, como tampoco es ignorado que Cervantes fue un personaje polémico, complejo y contradictorio. Qué añadir que no se haya dicho ya de Cervantes. Lo que sí es cierto es que probablemente no hubiera escrito nunca su gran obra, Don Quijote de la Mancha, de no haber vivido los escalofriantes, extraños, aventureros capítulos de su vida, uno a uno como si se tratara de una novela real: perdió su mano izquierda en la batalla de Lepanto, conoció el sufrimiento y la pérdida de libertad en Argel, mantuvo amores escondidos y otros conocidos que no le llenaron, hijos adoptados o propios de madre oculta, se paseó como recaudador de impuestos en Andalucía, sufrió la cárcel por mor de este oficio denostado en su época, protagonizó lances de espadachines en Valladolid, murió pobre, arruinado y casi solo, pero en olor de la gloria de grandísimo escritor. Cervantes empezó su magno relato quijotesco a los cincuenta y tantos años, después de haber dejado las cuentas de una vida tan intensa como apasionada: la obra es sin duda la herencia de su vida. Y un escritor que compendia como nadie el friso abigarrado de su tiempo, la España de finales del siglo XVI y principios del XVII, no podía dejar al margen algunas referencias al apóstol Santiago y al fenómeno peregrino.

     Ambas tienen como protagonistas al escudero Sancho Panza.

     La primera alusión, segunda parte, capítulo LIV, sucede cuando el simpático y sabio Sancho regresa hastiado y triste como exgobernador de la ínsula que le prometió el caballero D. Quijote. Llevaba el campesino la desazón de ver a su inseparable amigo cuando en el camino se encontró con seis peregrinos extranjeros, entre los cuales figuraba disfrazado su amigo y vecino Ricote, el morisco. Tras una charla amistosa y entretenida durante una noche, mientras los demás peregrinos duermen tras haber bebido buenos tragos de vino, ambos se despiden y continúan su camino, Sancho desengañado del poder y del dinero, Ricote temeroso de la justicia española que había decretado la expulsión de los moriscos. Parece que los peregrinos, algo desviados del camino francés, situado más al norte de Zaragoza, con los zurrones bien provistos de víveres y mejor repletos de vino, pidiendo dinero como limosna, más bien podrían ser falsos peregrinos disfrazados que verdaderos penitentes que buscaban el perdón de sus culpas. Es llamativa la descripción del vestuario: Vio que por el camino por donde él iba venían seis peregrinos con sus bordones, de estos extranjeros que piden la limosna cantando… Arrojaron los bordones, quitáronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota…Todos traían alforjas…Tendiéronse en el suelo y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobre ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamón… Pero lo que más campeó en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino. La segunda alusión, segunda parte, capítulo LVIII es la graciosa aclaración que le pide Sancho Panza a su amo a propósito de la célebre frase “¡Santiago, y cierra España!”: Y querría que vuestra merced me dijese qué es la causa por que dicen los españoles cuando quieren dar alguna batalla, invocando aquel San Diego Matamoros: “¡Santiago y cierra España!”. ¿Está por ventura España abierta y de modo que es menester cerrarla, o qué ceremonia es ésta? La respuesta es que “cerrar” quiere decir “acometer”: Simplicísimo eres, Sancho- respondió D. Quijote… Y así le invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas que acometen.

   ¿Cómo no iba a ser que el genio cervantino no se acordara de Santiago, aún cuando se iniciaba por este tiempo el declive del Camino?