Un poema provenzal y otro galaico (I).

Bventadorn1[1]

         Bernart de Ventadorn fue acaso el mejor poeta occitano. De origen humilde ascendió rápido por ser un trovador cualificado. Escribió una poesía amatoria en lengua romance representativa del nuevo arte del amor cortés, que habría de tener una influencia decisiva en la lírica occidental, incluida la galaico-portuguesa. Los 45 poemas conservados resultaron escritos entre 1147 y 1170. Poco antes de morir, se retiró al monasterio de Dalon, probablemente porque su llama de amor quemaba tanto que solo Dios podía enfriarla en su ideal existencia.

         Los siguientes versos repiten el ciclo del amor cortés: el poeta queda enamorado de la dama a la que considera su dueña, su dios. Los atributos que la adornan son la humildad, discreción, cortesía y belleza, siendo los ojos de la amada la parte más resplandeciente de donde mana como una cascada de agua limpia el más puro deseo. Ya se apunta el canon de una mujer delgada, blanca y de estatura media. Atrapado por el amor el poeta ya no es él, pierde el sentido y hasta el juicio más básico, pasa a una cárcel de amor, y por lo tanto, pierde su libertad. Es un amor generalmente no correspondido, por lo que deviene en una compostura melancólica que lo acompañará siempre. De ahí que emprenda la huída para olvidar la causa de su irreparable daño, para olvidar a su amada. Nótese el impecable contraste entre la imagen de la alondra, luego imitada por el mismísimo Dante, que se siente dichosa al recibir los cálidos rayos del sol, y la alusión mitológica a Narciso que padece la frustración de su incapacidad de amar a otra persona por el deseo de amarse a sí mismo. Véase también cómo el ritmo y el lenguaje de los cuatro primeros versos recuerdan el momento unitivo de las almas de nuestra mística castellana- que se olvida y se deja caer-. Debe añadirse por fin la sencillez y frescura con que Ventadorm se expresa, algo extraño cuando la corriente poética común se caracterizaba por el exagerado envaramiento de las formas.

     El relato amoroso anterior será el fundamento del petrarquismo y por lo tanto de la poesía española del Renacimiento, lo que aún pone más de relieve el extraordinario papel del Camino de Santiago en la difusión de la lírica provenzal.

     Dicen así:

                                            Cuan vei la lauzeta mover

                                                               I

                                  Cuando veo la alondra que mueve

                                  de alegría sus alas contra el rayo de sol

                                  y que se olvida y se deja caer

                                  por la dulzura que le entra en el corazón,

                                 ¡ay!, entonces siento tal envidia

                                  por cualquiera que vea alegre,

                                  que me admira cómo al instante

                                  el corazón no se me funde de deseo.

                                                             II

                                   Ya no tuve dominio sobre mí

                                   ni fui mío desde el momento

                                   que me dejó mirar en sus ojos,

                                   en un espejo que me agrada mucho.

                                   espejo, desde que me miré en ti,

                                   me han matado los profundos suspiros,

                                   de modo que me perdí igual que se perdió

                                   el hermoso Narciso en la fuente.

 

        No estaría de más conocer si los supuestos del amor cortes siguen manteniéndose vigentes en nuestro tiempo. ¡Quién sabe! Pero es cierto que los más nobles y altos sentimientos no tienen fecha ni fin, son atemporales y universales.

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