Paulo Coelho. El Peregrino a Compostela. Diario de un Mago.

 

         PAULO COELHO nació en 1947 en Río de Janeiro, Brasil. Novelista, dramaturgo, periodista, trabajó en todos los campos de la escritura.  Es un claro ejemplo de éxito editorial y de fenómeno de masas pues lleva más de cincuenta y cuatro millones de libros vendidos, y traducido a cincuenta y seis idiomas. Sin embargo, la crítica literaria no es unánime en la valoración del estilo y del fondo de su obra. Alabado por muchos, es tildado de escritor fácil por algunos-escribe sin perfilar adecuadamente el texto-, o atacado por la debilidad de sus argumentos y por la exageración de las ideas, lo que le convierte en un escritor, al menos, discutido.

        Su vida está jalonada por sucesos de toda clase. Participó en América y Europa del movimiento hippie en los años sesenta, y en 1974 fue encarcelado por el Estado de Brasil acusado de subversión. En 1986 la peregrinación que hizo a Santiago de Compostela cambió su vida, como él mismo ha reconocido, a partir de cuya experiencia iniciática escribe en 1987 la novela El peregrino a Compostela. Diario de un mago. Desde entonces la vinculación del escritor con Santiago ha sido muy estrecha pues ha recibido diferentes honores políticos y sociales, hasta incluso se ha colocado en una de las calles una cartela que lleva su nombre, Rúa Paulo Coelho. Obtuvo honores y premios de toda clase, de entre los que él valora sobre todo el nombramiento de caballero de la Hermandad RAM en 1981, orden católica, la participación como consejero de la UNESCO para acciones de interculturalidad, y el ingreso en la Academia Brasileña de las Letras en el año 2002. Actualmente, atiende compromisos con medios de comunicación y foros de todo el mundo.

    paulo coelhoSe trata de una novela corta en la que el narrador-protagonista, el propio Coelho, se hace peregrino para recuperar la espada que un Maestre le negó en el solemne acto de su incorporación a la Orden de RAM, sección de la rama de la religión católica, por haber cometido un error. Es su mujer la destinataria de la hoja y encargada de su conducción a un lugar del Extraño Camino de Santiago, según el lenguaje esotérico del autor, a fin de que el novicio la reencuentre. Tal es la sencilla trama que sirve como excusa para el relato de un viaje a través del milenario camino. El otro protagonista necesario es Petrus, guía y confidente, que lo acompaña en la aventura. Inicia el trayecto en San Juan Pied-de-Port y culmina el encuentro en Piedrafita de Cebrero, lugar en que el antiguo Maestre le entrega la deseada espada que lo convierte a su vez en un nuevo Prior de la Orden. El autobús lo lleva desde esta localidad lucense a Santiago de Compostela, donde acaba el relato. Entre el lugar de origen y destino la cuestión más relevante es el diálogo que se establece entre los dos protagonistas y que permite al narrador explorar el mundo esotérico y religioso que tanto le importa.

      El espacio-la toponimia del camino-y el tiempo interno-la España de los años ochenta- son el fondo acompañante y colateral del discurso metafísico del narrador.Los personajes son cerrados a pesar de la presumible naturaleza del camino que invita a la trasformación continua de las personas. Acerca de los lugares por los que pasan casi nada sabemos de su aspecto pues la descripción es parca o inexistente. Varios topónimos se cruzan en la novela: Roncesvalles, Alto del Perdón, Puente la Reina, Estella-el narrador recuerda las palabras que Aymeric Picó escribió sobre la villa, un lugar fértil,- Logroño, donde se recrea una boda y se pone en boca de un lugareño que en la época de Franco se vivía mejor, Azofra, Santo Domingo de la Calzada, Ponferrada, Villafranca del Bierzo y El Cebrero. Por error se introduce el pueblo de Triacastela como anterior a El Cebrero. Acaso sea una vulgarización en el discurso del relato el pasaje acaecido en Logroño en el que el narrador reconoce entre la multitud a Manolo, el del bombo, jefe de la afición española en el mundial del fútbol de México.

    No dejan de sorprender algunas historias y leyendas que entreveran el relato, tales como el apuñalamiento de Felicia de Aquitania por su hermano, los retos de Suero de Quiñones en el puente llamado Paso Honroso, la historia de la Orden del Temple o el milagro eucarístico de Santa María la Real en El Cebrero. En el conjunto de la obra aportan una frescura que compensan otros párrafos más densos u opacos.

    Novela sui géneris que, como casi todas las de Paulo Coelho, crecen entre la polémica, la disensión y el desacuerdo. No obstante, los hechos son contundentes y convierten a Coelho en el gran triunfador de los últimos cincuenta años de la Literatura Universal.

 

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Aguirre Bellver y H. Vincenot. El Bordón y la Estrella. Las Estrellas de Compostela.

       

          JOAQUÍN AGUIRRE BELLVER (Madrid 1929-Orihuela 2005) es autor de una novela corta dividida en dos partes, El bordón y la estrella. De Roncesvalles a Nájera (Primera parte). y El Camino de Santiago. El bordón y la estrella (Segunda parte). Licenciado en Filología Románica y Periodismo, se dedicó a la doble faceta de periodista en los diarios Pueblo y Alcázar y, simultáneamente, a la de escritor de relatos infantiles y juveniles. Probó también el género del ensayo dentro de una línea tradicionalista, lo que le postergó a líneas de retaguardia en el campo de las letras. Fue autor de El juglar del Cid, Premio Lazarillo en 1961.

     el bordon y la estrella El relato lo escribe en 1962 y obtiene el Premio de Literatura Infantil en ese mismo año. Asimismo se adapta al cine en 1966 con un éxito mediano. En realidad el autor halla en el contexto del camino de Santiago el caldo de cultivo propicio para encajar la trama y protagonistas de su invención, así como los valores que desea trasmitir, pues en su caso el espacio y tiempo son proyección de la intención comunicativa, a saber, dos peregrinos malhadados en agonía o lucha contra un entorno desapacible, malévolo e injusto. La acción comienza en Roncesvalles. Allí un escultor, Geraud de Saint Gilles, inicia el camino como penitente por haber sido acusado de asesinato, pero cuenta con la compañía de Mateo, un mozo huérfano que decide abandonar el campo por el camino para probar las aventuras que pudieran acaecerle. Tras sucesivos infortunios, andanzas desgraciadas y malas artes de pícaros y otras gentes bravuconas, el vejado escultor obtiene las indulgencias de Dios por un crimen que no había cometido y un rayo rompe las cadenas de sus manos con las que caminaba como si de un milagro, entre muchos del camino, se tratara. La primera parte apenas contiene detalles o datos del Camino que enseñen al lector lo que esta ruta esconde, pero sí se muestran en la segunda parte que resulta más ambiciosa en este sentido didáctico. No obstante, deben tenerse en cuenta sus propias palabras que disculpan posibles errores en la reconstrucción de los hechos y lugares porque, no se olvide, que lo consustancial no es el retrato de la realidad, sino el mundo de ficción creado: ni que decir tiene que historia y geografía han sido maltratados.

       HENRI VINCENOT fue un escritor de la región francesa de la Borgoña, nacido en 1912 en Dijon y fallecido en 1985 en la misma ciudad. Trabajó además como pintor y escultor. Educado en la sencillez de una vida en el campo con sus dos abuelas, transmitió en sus obras el interés por lo local y la vida campesina. Fue un incansable defensor de los valores de la aldea frente a la vertiginosidad materialista de las ciudades. Por razones de enfermedad se trasladó a Bretaña y allí se vinculó al celtismo y las prácticas más secretas de este grupo étnico, lo que le preparó para la redacción de su novela Las estrellas de Compostela.

       estrellas de compostela  vincenot El protagonista de la novela, Juan el Trueno, es un rozador del siglo XIIIcuya labor es talar los bosques para transformar las tierras en cultivos. Insatisfecho, decide abandonar aquel oficio y adentrarse en el de tallador de piedras. De esta manera recorre el camino de Santiago entre penalidades y sufrimientos, aunque ésta es la excusa para que el escritor pueda mostrar la influencia que tienen los celtas en el arte románico y en el arte gótico, que se prolonga a lo largo de todo el camino. Descubre además las técnicas maravillosas de los constructores de las catedrales, aportando una información valiosísima sobre este tema. Obra, pues, narrativa que expone las relaciones entre el más puro celtismo y la cultura cristiana a través de sus obras arquitectónicas.

 

Genaro X. Vallejos. El Camino, el Peregrino y el Diablo.

        A finales de 1980 y principios de 1990 el camino de Santiago empieza a recuperar la vocación peregrina de antaño, como consecuencia de una serie de acontecimientos ya contados, que ha ido en aumento gradual hasta culminar el año actual con un contingente próximo a los 300.000 peregrinos. Las consecuencias son de toda índole, social, económica, religiosa y, por supuesto, artística, pues el componente creativo es coaxial a cualquier acto colectivo y, máxime, tratándose de la vieja ruta de Santiago, tan fecunda en este asunto. Desde la perspectiva literaria este nuevo hecho supone una importante y novedosa floración del género narrativo y poético, que obviamente aún no se ha cerrado pues siguen publicándose actualmente obras de diferente valor, a la espera, como dice algún crítico literario, de esa cimera obra que ponga el broche áureo a la creación artística.

        En las siguientes cuartillas se repasa en orden cronológico las obras narrativas que, aunque distintas en los argumentos y el estilo del relato, comparten idéntico embrujo por el camino de Santiago y sus hondos contenidos históricos, paisajísticos o esotéricos. Pero debe subrayarse que la intención presente es solo la de informar al lector de las obras, evitando pues la opinión subjetiva o valoración del peso formal de las mismas, sobre todo, si se sopesa que el narrador no ha podido leer todavía la mayoría de las novelas publicadas.

   elcamino, el peregrino y el diablo       De novela pionera puede calificarse El camino, el Peregrino y el Diablo de GENARO XAVIER VALLEJOS JABALA, publicada por la Diputación Foral de Navarra en 1978, a pesar de que fue un libro finalista del premio Planeta en 1971 y del Ateneo de Sevilla en 1972. Porque, en efecto, se trata de la primera novela histórica que se edita, adelantándose a las demás de este subgénero, que tendrá un fabuloso cultivo a partir de la década de los años 90 en adelante. Y porque además es un relato que aborda sin recelo el tema del camino de Santiago cuando el camino era una calzada sin peregrinos.

     Genaro nació en Sangüesa en 1897 y falleció en Pamplona en 1991. Fue un sacerdote comprometido con las misiones -cofundador del Secretariado Internacional de Misiones- que compatibilizó su cargo pastoral con el oficio de escritor. La novela es una recreación de la peregrinación a Santiago del Infante D. Carlos de Navarra en el año 1381. La ruta que sigue coincide con la que señala Aymeric Picaud, autor del libro V del Códice Calixtino, aunque el infante viene de Francia por Perpiñán y pasa a Barcelona, Montserrat , Tarragona y Poblet.  Luego recorre tierras de Aragón y de allí, a través de Sangüesa y Ujué, penetra en Puente la Reina para seguir en adelante los hitos característicos del camino francés. Recoge a un leproso en el Monte del Gozo y entra con él en la ciudad de Santiago. El relato acaba con una descripción del Pórtico de la Gloria.

      Bien documentado, el escritor reproduce acertadamente los monumentos, iglesias, monasterios y hospitales que se derraman a través del camino. Describe la variedad de paisajes que halla a su paso. Pinta vigorosamente la variedad de tipos y peregrinos. Y no duda en mostrar las costumbres, las músicas y el folclore de los pueblos, de donde se deduce que los protagonistas principales son el camino y el peregrino junto al diablo, como indica su título, que representa las dificultades y problemas que D. Carlos padece a lo largo de la ruta. Aporta también rasgos de la situación histórica de este siglo, perfiles de personajes de la época y muchas leyendas jacobeas que se han trasladado oralmente de generación en generación.

    Obra con voz propia en la que el autor pone escrupulosa atención en el detalle historicista y con un lenguaje rico y variado.

Referencias literarias. Un soneto de Antonio Machado.

 

        antonio machado En el año 1925 Antonio Machado publica en la Revista Alfar de La Coruña un precioso soneto que evoca, al menos aparentemente, el discurrir de un peregrino a Compostela. Posteriormente vuelve a publicarse el mismo soneto en 1928 en el libro Nuevas Canciones, que resulta una reunión de poemas muy diversos, lejos de aquella unidad temática de sus dos primeros libros. Reitero que el tema es sólo en apariencia.

     Se reproduce a continuación este soneto escrito de puño y letra- autógrafo- por el propio poeta pues es sabido que durante doce años, de 1912 a 1924, desde su estancia dolorosa en Baeza a su residencia en Segovia, Antonio Machado recogía esbozos, proyectos, poemas completos u otras ocurrencias en un abultado cuaderno que él tituló Los complementarios.

verás la maravilla del camino...

       Constituye el poema un soneto formado por dos serventesios- estrofas de cuatro versos de rima determinada- y dos tercetos encadenados-estrofas de tres versos que riman entre sí-. El texto se articula en tres bloques que se apoyan a su vez en tres postulados verbales: verás (versos 1 al 8), verás (versos 9 al 12) y la perífrasis modal debes entrar (versos 13 al 14). El interlocutor es un peregrino, no sabemos quién en principio, que ha de ver tres cosas fundamentalmente desde el lugar en que está afincado: el camino- camino de soñada Compostela-, tópico machadiano que recorre toda su obra poética; la catedral–gigante centinela/de piedra y luz, prodigio torreado-. Debe señalarse que la catedral a la que Machado hace referencia es posiblemente la de León dado que él la conoce y, además, deja el dato de que está rodeada de dos ríos, el Torío y el Bernesga-con dos ríos ha dorado el cerco  del gigante centinela-; y el cazador que, acompañado de los perros va tras la caza en la lejana sierra–una jauría de agudos galgos y un señor de caza– .Por fin, después de esta actividad pasiva, ojeadora, el peregrino es invitado a entrar por las calles de la vieja ciudad hasta la plaza vacía donde un balcón está iluminado-debes entrar cuando en la tarde fría brille un balcón de la desierta plaza-. El tiempo estacional en que transcurre este episodio es el otoño, cuando las hojas amarillean y los montes se visten de colores lilas y anaranjados-verás la maravilla del camino…entre chopos de candela/Otoño…-, y es la tarde el momento del día que el poeta elige para situar la escena-tarde fría-, otro lugar común del poeta sevillano. En resumidas cuentas, un peregrino contempla en la estación otoñal el camino que debe llevarlo, tras observar a lo lejos las torres de la Catedral de León dibujarse sobre el cielo y un viejo cazador, a un balcón que vuela sobre una plaza silenciosa en una tarde fría. Podría concluirse, pues, que el poema está anclado en la experiencia de una caminante que, llegado a León, sigue el paso hacia la ciudad del Apóstol.

        Pero debemos fijar nuestra atención sobre el personaje del peregrino. ¿Quién es él? ¿Es un peregrino anónimo? ¿Alguien amigo del poeta? Ni lo uno ni lo otro. Probablemente, conociendo la facilidad que tiene el poeta de hablar consigo mismo-converso con el hombre que siempre va conmigo/mi soliloquio es plática con este buen amigo, dice en su Retrato– el Tú sea el Yo, el Tú se desdobla en el Otro Yo no solo como un juego o licencia poética, sino como una necesidad personal para contar mejor las experiencias que la vida y su entorno le va aportando. No es la primera vez que Machado utiliza esta técnica poética. Por eso,el peregrino es él, un hombre que pasa sobre la mar-decía-o sobre el camino de soñada Compostela– en esta ocasión- para seguir un viaje penitencial, del cual dice que el último será aquel que nunca ha de tornar.

       Visto así el poema, no como un testimonio de la realidad externa, sino como un símbolo de la existencia itinerante del poeta, aún se comprende mejor que el camino de Santiago, aunque recordado, vive momentos de soledad.

  

Referencias literarias. Dos siglos de silencio.

 

          Tras las  palabras que dedicó Feijóo a los peregrinos, los siglos XIX y XX guardan un silencio discreto sobre la ruta santiaguesa hasta bien entrado el último cuarto del último siglo. Ni el Romanticismo, ni el Realismo, que porfiaron por revelar la estética de lo popular, ahondando en las raíces de lo más primitivo y genuino de las regiones, apenas se acordaron del Camino a pesar de que éste representaba la mejor manifestación de los valores religiosos y culturales de los pueblos europeos. Tampoco los nuevos aires de Vanguardia, ajenos a las realidades históricas y más preocupadas por la renovación del lenguaje artístico, ni las generaciones literarias del 98 o del 27, supusieron una vuelta al recuerdo. Parece como que se hubiese propagado un conjuro para evitar este tema. Y es que, en efecto, como se ha dicho en otros capítulos, el Camino de Santiago era a la sazón sólo un recuerdo, un viario de zarzas y pedrizas por donde los peregrinos ya no transitaban como antaño. Poco a poco las peregrinaciones del mundo entero, especialmente las del territorio peninsular a Santiago de Compostela, dejaron de atraer a los vastos contingentes de peregrinos de otrora porque empezaban a sentir que la adoración de las reliquias de santos no era la única manera de agradar a Dios y ganar las indulgencias.

          Sin embargo, no es del todo cierto que ya no haya alusiones literarias. Las hay, pero han perdido la verosimilitud y frescura de las épocas anteriores. Son atemporales. José Zorrilla, romántico tradicional, escribe unos versos cómicos de escaso valor, cuyo protagonista es un peregrino, pero que hubiera podido serlo sin quitar un ápice al sentido del texto un curda o un tuno de las noches pícaras salmantinas, resultando que el rasgo más definitorio de estos versos es el prosaísmo o la facilona comicidad:

                          Caminaba un peregrino                                                                                                                                                                                                                                                               en una noche serena

                          con la calabaza llena

                          de muy exquisito vino.

                          La sed le salió al camino

                          y él de apagarla dio traza

                          hizo al cielo puntería:

                          y así a un tiempo veía

                          estrellas y calabaza.

         rosalia  La voz postromántica de la poesía gallega, Rosalía de Castro, recoge la emoción que le produce la contemplación de las estatuas del maestro Mateo en el Pórtico de la Gloria, pero sin la referencia al peregrino que desde lejos ha llegado para arrodillarse ante el santo. No hay nada vibrante que nos evoque el mundo del peregrinaje. Y así acude la poetisa a la interrogación retórica como artificio poético:

                          ¿Estarán vivos? ¿Serán de pedra

                          aqués sembrantes tan verdadeiros,

                          aquelas túnicas maravillosas,

                          aqueles ollos de vida cheos? 

       En otro sentido más urbano se expresan Valle-Inclán o Miguel de Unamuno, miembros de la Generación del 98, al decir el primero que Compostela es una rosa mística de piedra, flor romántica y tosca… No parece antigua, sino eterna; y al recordar el catedrático de Salamanca que Compostela, vista de lejos, semeja un gran bosque oscuro de piedra. Falta en ambos casos la perspectiva real del Camino. Incluso un poeta de la experiencia y el compromiso con el hombre, su poesía es ser palabra en el tiempo, Antonio Machado, compañero generacional de los escritores señalados anteriormente, escribe un poema dedicado al peregrino que resulta un auténtico ensueño en lugar del testimonio palpitante de una realidad. El desbroce de este poema se dilata en el capítulo que viene.

          lorca  Federico García Lorca no pudo sustraerse al embrujo melancólico de Santiago, a la que visita en el año 1932, y fruto de esa experiencia fueron Seis poemas gallegos, donde no se hallan huellas del Camino. Pero sí queda patente la imagen de la lluvia sobre la ciudad, que él recoge en un gallego exquisito:

                            Chove en Santiago

                             meu doce amor…

                             Chove en Santiago

                                                                                       na noite escrura.

        Por último, Gerardo Diego, excelente rapsoda de las tierras del Duero, torna a Santiago en 1929 y, escondido al anochecer entre las sombras de la Plaza del Obradoiro, escribe un bellísimo soneto Ante las torres de Compostela, que se abre con este esplendente cuarteto:

                               Aquella noche de mi amor en vela

                               Grité con voz de arista aguda y fría:

                               -Creced ,mellizos lirios de osadía,

                               Creced, pujad, torres de Compostela.

         La literatura de esta época, nos susurra a media voz, atiplada, congelada, ensordinada, que el camino de Santiago está mudo y ayuno de peregrinos.

                                               

Referencias literarias. Fray Benito Jerónimo Feijoo.

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          Fray Benito J. Feijoo (1680- 1768) fue un caso excepcional: desde una celdilla del convento de San Vicente en el Oviedo del siglo XVIII, una pequeña ciudad provinciana apenas conocida más allá del Pto. de Pajares, este benedictino silencioso, laborioso, metódico, experimentalista, racionalista y profundo creyente resultó el mayor pensador de su siglo, cuyas obras se tradujeron a muchos idiomas y se leyeron como verdaderos libros de moda. No solo, además fue el escritor más respetado de su tiempo. Asturiano por vocación, aunque de ascendencia gallega, se propuso hacer docencia para la mayoría, ejercer la enseñanza para todos, cuando era minoritaria y retórica, combatiendo las falsas creencias, las supercherías, los conceptos científicos erróneos, proponiendo el uso de la observación y el análisis en todas las ramas del saber. No le faltaron detractores, como es lógico, que buscaron la deshonra del sabio ovetense. Resulta admirable ver hoy la estatua de Feijoo en la plaza de su nombre, frente al monasterio donde él vivió, luego facultad de Letras, llevándose la mano derecha al mentón cuadrado y con la izquierda sosteniendo un libro. Allí permanece pétreo desafiando al sol y la lluvia de Oviedo para ejemplo de las generaciones futuras, libres, esforzadas y honestas.

           Paradójicamente Feijoo fue un maestro benedictino que no le interesó en exceso el fenómeno de las peregrinaciones. Sin embargo, trató en el Discurso quinto, Tomo cuarto, de su obra Teatro crítico universal, el abuso, a su juicio, en que incurrían las numerosas romerías que tenían lugar en todos los lugares de España, lo que le llevó de facto a anotar algunas ideas sobre el tema peregrino. Menciona que hay dos clases de peregrinaciones sagradas: las que se realizan a lugares distantes como las de Santiago, Roma o Jerusalén, y las que acaecen en las cercanías de las villas y pueblos. De estas dice, no podía Feijoo sustraerse a las ideas religiosas en boga, que en su seno se concitan “coloquios desenvueltos de uno a otro sexo, rencillas y borracheras”. Pero de rondón se cuelan algunas anotaciones curiosas. Justifica, de un lado, las peregrinaciones a Santiago porque son actos religiosos y voluntarios, pero no ignora la existencia de falsedades, engaños, picardías y trapisondas, por lo que aconseja mucha prudencia a los peregrinos. Constata la escasa participación de los peregrinos españoles, frente al “enjambre” de extranjeros, “franceses, italianos, alemanes, flamencos y polacos” porque no es que sean “más piadosos”, sino “más curiosos y andariegos”. Se duda, en nuestra opinión, de que los foráneos sean multitud pues en esta época el Camino casi no tenía visitantes. Feijoo, probablemente hablara de oídas del pasado, a pesar de su espíritu positivo. Pero apunta que no todos los extranjeros lo hacen devotamente pues muchos vienen a mendigar o a beneficiarse del oficio de peregrino para salir de la menesterosidad: “Aumenta mucho la presunción del gran número que hay de tunantes con capa de peregrino, el que los que acá vemos con el pretexto de ir a Santiago”, y él mismo lo prueba con su propia experiencia: “Vi en esta ciudad de Oviedo a un flamenquillo de catorce o quince años, de admirable viveza de ingenio…le ofrecí sustentarle y darle estudios…aceptó el muchacho para la vuelta de su peregrinación. Pero no volvió a Oviedo hasta ahora. Por lo menos tres años después lo he visto hecho vagabundo en otro lugar”. Y a modo de conclusión trae una sentencia de un libro religioso de autoría discutida que dice: “los que peregrinan mucho, rara vez se ponen en estado de gracia”. Así exculpa a nuestros nacionales que a la sazón peregrinaban muy poco a Santiago.

       No podía quedar fuera de esta nómina de autores que rozan el tema santiagués, Fray Benito J. Feijoo, acaso el talante más agudo y sutil de nuestras letras.

Referencias literarias. Diego de Torres Villarroel.

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        En otro capítulo precedente se aludía a este singular escritor dieciochesco a propósito del viaje que realizó en 1737 a la ciudad de Santiago como acción de gracias al Santo por las dolencias de las que curó. Fruto de este viaje es el romance intitulado Peregrinación al Glorioso Apóstol Santiago de Galicia. Diego Torres Villarroel nació en Salamanca en 1694, hijo de un humilde librero del que tomó la avidez lectora por toda clase de libros. Era un personaje curioso que ganó la Cátedra de Matemáticas por oposición en 1726, según él, sabiendo muy poco. En realidad solo hubo dos opositores y la vacante de esta disciplina existía en Salamanca desde hacía treinta años, lo que dice de la poca importancia que a las Matemáticas se le daba en los ámbitos universitarios. Dos veces estuvo en Portugal, y la tercera fue para realizar en el año referido su viaje a Santiago. Se hizo famoso en Castilla y España por las dotes como arúspice llegando a crear una sección de pronósticos firmada con el seudónimo del “gran Piscator de Salamanca“. Desde 1750 hasta su muerte en 1770 se dedicó a preparar la edición de sus obras completas, vivió como administrador del Duque de Alba y, tal como dicen los biógrafos, ejerció la caridad con los necesitados.

     En efecto, el escritor nos relata en el poema antedicho la peregrinación que hizo a Santiago. Resulta un romance chirigotero, satírico y sin duda testimonial de la mitad del siglo XVIII no solo de España sino también de Portugal. E inicia los primeros pasos, tomando como interlocutor al lector y glosando el guión de su composición:

                                        “Querrás saber (claro está),

                                        los ápices, las circunstancias,

                                         dónde, por qué, cómo y cuándo

                                         del cuento…”

     Nótese el gracejo y la socarronería, cualidades siempre presentes, de estos versos que hablan de la partida:

                                        “Salí, pues, y no al romper, (burla de los epítetos épicos)

                                         sino al remendar del alba, (ambigüedad del vocablo “alba”)

                                          que era mucho coste un nuevo

                                         vestido cada mañana…

                                         …A caminar empecé,

                                        y no por la Vía Láctea… (constelación que guía a los peregrinos)

                                         sino por donde juzgué

                                         que algún camino llevaba…”

   Y fue tal la invención de una nueva ruta a Santiago que, en efecto, no siguió el habitual Camino de la Plata que lo llevaría de Salamanca por Zamora, sino que se adentró tierras adentro de Portugal por Almeida, Pinhel, Trancoso, Ponte do Abade, Lamego, Braga, pasó a Galicia por Tuy y llegó tan ufano a Santiago. El viaje de vuelta no fue menos original. Saltó a la capital La Coruña, y de allí a Castilla para regresar a Salamanca. De toda esta singladura no hay más que quejas, lamentos y censuras de costumbres y personas, a excepción de los obispos de Tuy y de Santiago, que pueden resumirse en la estrofa que sigue:

                                           “Pues qué diré de los piojos,

                                           ya no se me daba nada,

                                           por un oído salían

                                           y por otro me entraban”.

   Casi se olvidó del Apóstol si no es porque en la parte final del Romance le apostrofa tópicamente como exterminador de infieles y herejes:

                                           “Más moros envió al infierno

                                           su centelleante Tarama

                                           que médicos a cristianos

                                           al otro mundo despachan”.

      Las últimos versos van asimismo dirigidos donosamente al lector como si de un guiño provocador se tratase. Sin duda hay algo de exhibicionismo no solo en la vida, sino en la obra de este especial autor del siglo XVIII español.